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4 de agosto de 2016
"La uruguaya" se va a Uruguay - 2016
Presentamos "La uruguaya" en Montevideo, junto a la escritora Natalia Mardero, el jueves 11 de agosto de 2016 en librería Escaramuza. Calle Dr Pablo de María 1185, a las 21 hs. Pueden venir cuantos quieran!
4 de mayo de 2016
La uruguaya - novela
LA URUGUAYA, novela publicada por Emecé, 2016
***
Contratapa:
“Como en los sueños, en Montevideo las cosas me resultaban parecidas pero diferentes. Eran pero no eran.”
Lucas Pereyra viaja a Uruguay en barco por el día a buscar dólares. Son tiempos de restricciones cambiarias. Tiene ya arreglado un encuentro secreto en Montevideo, pero sus planes pueden fallar.
Encandilado por el recuerdo de un verano anterior y agobiado por un matrimonio que se resquebraja, sueña con escaparse y no volver. ¿Con quién se va a encontrar? Montevideo, esa ciudad idealizada por la distancia, se volverá impredecible.
La uruguaya es una novela inquietante y ferozmente entretenida. Con pulso magistral, Pedro Mairal sostiene la intriga en cada una de sus páginas y demuestra, de modo irrefutable, que es uno de los grandes de la literatura argentina contemporánea.
***
Reseñas y entrevistas:
Prensa escrita:
Entrevista en La Nación
Por qué miraste mis mails, reseña en Página12
Reseña en Inrockuptibles
Reseña en La Agenda
Entrevista en Eterna Cadencia
Revista Qué Pasa, Chile
Revista Paula, Chile
Agencia Télam de Noticias
Diario La Voz del Interior, Córdoba
Entrevista en Infobae
La Gaceta de Tucumán
Un infierno de promesas en Montevideo, La Nación
Confesiones de invierno, diario Los Andes, Mendoza
Revista Otra Parte
Diario Página12
La Gaceta de Tucumán
Un infierno de promesas en Montevideo, La Nación
Confesiones de invierno, diario Los Andes, Mendoza
Revista Otra Parte
Diario Página12
Reseña en Los diarios en la puerta
Entrevista en Más Tarde que Nunca, Rosario
Entrevista en Escribir en el aire
Entrevista en Más Tarde que Nunca, Rosario
Entrevista en Escribir en el aire
31 de octubre de 2015
Detrás de Natalia
Pedro Mairal
Natalia trabajó un tiempo para
mí, como asistente. A veces la extraño. Era hermosa diciendo que
no, que mil disculpas pero Pedro está con muchos compromisos estos
meses y no va a poder asistir, que desde ya muchísimas gracias por
la invitación. Era hermosa con su tono de simpática porfiada,
reclamando pagos atrasados, transferencias demoradas, respuestas
editoriales. Siempre cordial y efectiva, diciendo lo que había que
decir, yendo al punto, sin evasivas ni preguntas tibias. Y sabía
exactamente lo que yo quería, lo que necesitaba. Sabía cuándo
hacerme de escudo protector frenando plomos, pedidos de prólogos,
manuscritos voladores que a veces me rodean en enjambre. Custodiaba
mis horas de escritura como el guardia en la bóveda de un banco. Me
hacía apagar el teléfono, desenchufar internet. Y sabía cuándo
volver a abrir el canal para que yo respondiera finalmente algún
mail, cuándo era de verdad importante que llamara yo mismo por
teléfono y diera la cara en alguna reunión.
La convoqué cuando se me estaba
yendo de las manos mi trabajo con los talleres de redacción para
abogados. Un día me di cuenta de que tenía que negociar un
honorario y la senté a ella a redactar la respuesta intransigente.
Surtió efecto. El curso duraba tanto, era para tantas personas y
costaba tanto. Punto. Sin disculpas ni ofensas ni compadradas. Noté
que lo hacía mucho mejor que yo: no le discutían ni le regateaban,
no le salían con extorsiones emocionales ni precios especiales para
amigos. Era perfecta Natalia, y ordenada. Y así contestaba los mails
(porque se manejaba solo por mail), con una elegancia de azafata
sueca.
Yo le abrí una casilla de correo
y empezó a responder: Hola Esteban, soy Natalia, la asistente de
Pedro Mairal. Quería recordarles que Pedro va a usar el cañón para
el powerpoint, porque tengo entendido que la última vez hubo
problemas con la conexión. Hola Constanza, soy Natalia, la asistente
de Pedro Mairal, con respecto a tu propuesta de aumentar a treinta el
número de alumnos en el curso de redacción, me temo que no es
posible, porque Pedro los hace participar a todos trabajando con
ejercicios y con más de quince personas se pierde la atención. En
todo caso no habría problema en hacer el curso para los otros quince
abogados los martes o los miércoles a la misma hora.
Era un placer patearle los temas
incómodos. Si alguien me llamaba con algún pedido les decía:
mandámelo por mail así se lo paso a Natalia, que ella sabe bien las
fechas. Así empezó. Después, cuando los compromisos de escritor se
me empezaron a acumular, la volví convocar. Ya había dejado de dar
el curso de redacción para abogados, pero se me juntaban mensajes
nuevos y extraños. Es difícil explicar la variedad de propuestas y
reclamos que puede llegar a recibir un autor. Invitaciones a
escuelas, estudiantes de comunicación que tienen que hacer una
entrevista y alguien les dijo que vos sos un tipo bastante abierto,
entrevistas presenciales en un bar, entrevistas por mail, entrevistas
por teléfono, ¿cómo empezó a escribir?, ¿qué autores fueron
influyentes en su formación de escritor?, ¿cómo ve la literatura
argentina actual?, ¿cómo cree que las nuevas tecnologías modifican
el modo en que se consume y producen los textos en la actualidad?,
gente que quiere tomar un café porque te leyó y tuvo mucha empatía
con un personaje que no sos vos, gente que no te conoce y quiere que
le presentes su libro, gente que te conoce y quiere que le presentes
su libro, invitaciones a leer en centros culturales, invitaciones a
congresos, propuestas para ser jurado de concursos de cuentos,
secretarias que piden tu dirección para enviarte la tonelada de
anillados que deben ser leídos en quince días, el fotógrafo que
llama urgente un año después de que fue hecha la entrevista para
hacer las fotos porque se publica la semana que viene, el hijo de
unos amigos que necesita ayuda con una monografía sobre El Quijote,
pedidos de artículos con temas pautados ¿por qué nos gustan las
mujeres maduras?, tesoreras de medios colombianos curtidas por la
indignación a distancia que postergan durante medio año un pago de
400 dólares, organizadoras de festivales que necesitan el pasaporte
escaneado, editores que están esperando los datos biográficos para
la antología, diseñadores que reclaman más pixeles para la foto de
solapa...
Pero Natalia no existe, nunca
existió. La inventé para que me ataje todos esos penales, y mande
los pelotazos para el lado correcto, y así poder escribir. Natalia,
la hermosa Natalia, atajaba muy bien y discernía. Sabía cuándo
decir que sí, que iba, que allí estaría, porque adivinaba mi
intención de aparecer en ese cocktail a emborracharme con amigos, y
sabía cuándo aceptar ir a esa escuela lejana porque había algo que
me caía bien en esos niños haciéndome preguntas inesperadas, y
cuándo tomar un trabajo porque la plata era necesaria para pagar el
arreglo de la humedad de la pared de mi casa, y cuándo comprometerme
con ese artículo sobre el tema que justo me había estado dando
vueltas por la cabeza los últimos meses. Ella me conocía mejor que
nadie. La asistente perfecta: superyoica, lacónica, invisible. No
faltaba nunca, no me cobraba nada, no comía, no lloraba en el baño.
Ahí estaba siempre con lanza y escudo para defenderme. Yo estaba un
poco enamorado de ella. Mi mujer de ese entonces le tenía celos,
incluso sabiendo que no existía. Le consulto a Natalia, le
contestaba yo cuando me preguntaba si el viernes a la noche podía ir
al cumpleaños de su tío.
Sólo ella sabía que Natalia era
inventada. O quizá algún amigo. Los demás no. Y era un placer leer
los mails que le contestaban: Hola Natalia, entiendo la situación,
espero que podamos contar con Pedro el año que viene, muchas gracias
por la respuesta. Estimada Natalia, no hay problema, podemos esperar
el artículo de Pedro unos días más. Natalia, el pago de Mairal
estará disponible a partir del viernes, perdón por las demoras. Yo
me dividía a la perfección: cuando era Natalia era ella, sentada
con la espalda derecha, el pelo atado atrás con una hebilla,
anteojos de secretaria, desapego profesional, eficacia, velocidad
resolutiva. No dudaba y despachaba los temas en diez minutos. Abría
la casilla y contestaba, tipeando rápido, sin faltas de ortografía,
poniendo acentos y mayúsculas, y luchando con una dulzura feroz
contra la burocracia del mundo. Después, cerraba la casilla y volvía
a ser yo, tomando mates lavados cada tres oraciones, todavía en
pijama a las 11 de la mañana, derretido en la silla frente al cursor
que titila al final del párrafo.
Me empezó a ir bien; Natalia me
abría y cerraba puertas, aceitaba mi costado profesional y, como las
invitaciones a congresos y festivales provocan más invitaciones a
congresos y festivales, empecé a viajar mucho, a figurar en listas
de autores jóvenes, a aterrizar en aeropuertos donde me esperaban
con el cartelito de mi nombre para subirme a unas combis suicidas
cargadas de gente con habilidad verbal. Natalia no viajaba conmigo.
Yo me acordaba a veces de ella en la euforia posterior al tercer
wisky, entre los brindis internacionales, a punto de derrapar feo
tras una poetisa yugoslava, y le decía está todo bien, ta todo
bien, y ella me recordaba con su exacta telepatía la entrevista de
la mañana siguiente a las ocho, y la mesa redonda diez y media, y la
visita al monasterio que se iba a poner difícil con la resaca que se
empezaba a vislumbrar. A veces le hacía caso, a veces no.
Una mañana horrible en Bogotá,
sentado frente a una computadora del lobby del hotel, bañado y
pálido y derrotado por el madrugón obligatorio del mundo cultural,
recibí un mail de Natalia. El corazón me bombeó de golpe la sangre
etílica. Mi asistente me decía: Querido Pedro, vos sabés que nunca
me meto en tus cosas, pero creo que estás descuidando tu escritura.
Espero que no te enojes por lo que te digo. Beso, Natalia. Me quedé
petrificado hasta que pensé que evidentemente yo había dejado sin
cerrar esa casilla en alguna computadora y alguien se había metido a
hacerme el chiste. Durante mucho tiempo estuve convencido de que fue
mi ex, pero ella siempre lo negó. No sé qué otra persona pudo
haber sido. A veces pienso que fue Natalia.
La despedí sin echarla. No la
volví a llamar. Redirigí los mails de su casilla a la mía y no
volvió a aparecer. Intenté asimilarla poco a poco, ser Natalia yo,
aprender a decir que no con mi propia cara, a desviar en mi nombre
las distracciones, pero nunca pude hacerlo tan bien como ella y al
final la avalancha de asuntos literarios que no tienen nada que ver
con la escritura me terminó tapando y me entregué de lleno a los
daikiris culturales mientras alguien habla de literatura allá al
fondo. La verdad es que la necesito de vuelta, pero no sé si va a
querer volver. La necesito para que me desenchufe el wifi de la vena
y me ate a la silla de escritor con su lazo de Mujer Maravilla.
"Maniobras de evasión", Ediciones Universidad Diego Portales, Santiago de Chile, 2015
17 de mayo de 2015
Prólogo a La Sudestada, de Juan Sáenz Valiente
Prólogo a La Sudestada, de Juan Sáenz Valiente
Pedro Mairal
En Buenos Aires, cuando viene la sudestada, no hay nada que la detenga. Los vientos cruzados del sudeste y la creciente del Río de la Plata embravecen la costa, la tormenta puede durar días y cambia el humor de la gente. El agua se desborda. En la ciudad, las olas pegan contra el paredón de la costanera y la pasan por arriba empapando la avenida. Un poco más lejos, en el Delta del Tigre, todo se inunda y quedan las casas aisladas, cada una salvada sobre sus pilotes de madera.
Al investigador privado Jorge Villafañez se le va a venir la sudestada. Es un personaje cínico, gris, tabacoso, ultra porteño, desamorado, puteador, capaz de cualquier bajeza con tal de conseguir un dato, un sabiondo de sobremesa que siempre está de vuelta, y sin embargo las emociones le van a empezar a soplar desde el sudeste sin que se las vea venir. Cuando le piden investigar a la coreógrafa Elvira Puente, los sueños se le enrarecen y, en el fútbol con los amigos, le empieza a pifiar a la pelota. El detective que se las sabe todas, se queda sin pistas.
El cerebro creativo de Juan Sáenz Valiente es una cosa muy rara. Tiene una libertad de extraterrestre. Es capaz de tomar las influencias más diversas, de Tintín a Egon Schiele, y asimilarlas para hacerlas entrar en su dibujo de una manera completamente personal. Su estilo puede ir en todas las direcciones y esto lo viene demostrando hace más de diez años. Desde entonces publicó Sarna, con guión de Trillo, las recopilaciones de historietas cortas Sigilo y Matufia, que son un despliegue de humor y genialidad, El hipnotizador, con guión de Pablo De Santis, y la más reciente historieta de aventuras Norton Gutiérrez y el collar de Emma Tzampak. Publicó también fanzines y catálogos de muestras, como aquella titulada Es muy importante apreciar un gran impacto vestido de blanco, que Sáenz Valiente, después de quebrarse la mano derecha saltando con su skate, dibujó enteramente con la mano izquierda. De hecho, parece como si tuviera varias manos distintas, una para cada obra, porque le gusta variar estilos. No se repite. A cada libro le da el tipo de dibujo que más le conviene a esa historia.
Si El hiptnotizador sucedía en un mundo literario, mágico y misterioso, envuelto en una penumbra antigua, La sudestada sucede en la resolana de una Buenos Aires hiperrealista, berreta, fechada en plena luz del 2015, una ciudad donde se acumularon las décadas y donde conviven la melancolía del viejo club de barrio con la posmodernidad descascarada. Porque sabe mirar, Saenz Valiente vuelve visibles las cosas invisibles. ¿Cómo son realmente esos paisajes urbanos que dejamos de ver porque la vida cotidiana los volvió fondos neutros por donde circulamos y vivimos? El perfil de la ciudad tiene una línea irregular. Junto al galpón del viejo taller mecánico se levantan las torres pretenciosas, junto a las molduras de la casa italiana del 1900 hay un maxi kiosco de lata. Se ven las terrazas con los tanques de agua, las medianeras, los depósitos, las antenas, el campanario de una iglesia…
Hay como un cariño por los detalles dibujados, pero sin nostalgia y sin ninguna intención de embellecer ni de volver más pintoresco el espacio de la historia: ahí están esas azoteas porteñas que son la espalda de la ciudad, el lugar donde van a parar los proyectos personales inconclusos y se cuelga la ropa, entre cables cruzados, parrillas de cemento, chapas oxidadas, mangueras, caños, chimeneas. La ciudad amontonada, que creció sin planificación urbana, donde cada uno levanta lo que quiere y lo que puede.
Los personajes, con sus cuerpos tan reales, tampoco están idealizados. Nadie dibuja viejos como Sáenz Valiente. Es como un gerontólogo. Los cuerpos vencidos, encorvados, con sus arrugas, sus rollos, pliegues y papadas. Nada más lejos de los personajes sexys, o atractivos, del dibujo erótico. Cada uno está mostrado como es y no hay posibilidad de pose. Y sin embargo, de nuevo, esa mirada no es despiadada o cruel. En la actitud de revelar la intimidad inconfesable de los cuerpos, hay cierta inocencia, y hasta un perdón absoluto, como si el autor dijera “está bien, somos así, no hace falta simular más”. Esa es una de las raíces de la impresionante humanidad de su dibujo. Hasta los personajes más secundarios, esos que aparecen en un solo cuadrito, tienen caras creíbles y a la vez grotescas, que uno cree haber visto hace un rato por la calle.
Como un alivio contra esa Buenos Aires individualista y escéptica que parece el espacio emocional de Villafáñez, se contrasta el paisaje natural del Tigre con sus islas y canales. Es el paisaje que elige Elvira Puente, la heroína secreta, escondida entre los árboles, con su danza y un despliegue expresivo que paraliza y derrite al canchero de asfalto. Pobre Villafañez, que estaba tan tranquilo tirado en la cama, fumando en calzoncillos, viendo televisión.
10 de diciembre de 2014
Entrevista para Libroteca
Me entrevistó Eugenia Zicavo para Libroteca. Hablamos de cine, sexo, pudor y mis dos últimos libros.
7 de octubre de 2014
El subrayador - en Chile
Ya está en librerías de Chile mi libro El subrayador (publicado en Argentina como El equilibrio). Lo sacó la editorial Laurel. Va la contratapa del gran Zambra:
«Si uno diluye un buen poema en un litro de agua consigue un cuento regular», dice en este libro Pedro Mairal, y enseguida agrega, sin ironía: «Si uno diluye ese cuento en diez litros de agua, consigue una novela innecesaria». Hay que decir que Mairal ha escrito cuentos formidables y novelas muy necesarias, pero en estas columnas prevalece la mirada del poeta: cierto desdén por el tremendismo, la palabrería, la alharaca. El adjetivo que me viene a la cabeza para describir su tono es bonhomía, que el diccionario de los españoles define como afabilidad, sencillez, bondad y honradez. Algo de todo eso hay en El subrayador, aunque estoy seguro de que Mairal encontraría una palabra menos resbalosa, pues, como dice por ahí, «al final lo que importa es la lengua que usa la gente para escribir en las paredes del baño».
Hay en estas páginas, desde luego, mucho humor, casi siempre de ese que surge sin buscarlo, cuando la escritura, venturosamente, se vuelve un modo de prolongar las conversaciones solitarias. El subrayador es un libro sobre alguien a quien se le ocurren poemas en el colectivo y cuentos cuando anda en taxi, alguien que quizás hacia el final de alguna caminata arma estas columnas susurrantes y medio milagrosas.
Los temas son deliciosamente misceláneos: la paternidad, los demasiados libros, los conflictos vocacionales, los trajines del amor y la amistad, y sobre todo el deseo de aprender, de pronto, un poco más sobre el mundo. No creo que sea posible aludir a este libro sin pronunciar, aunque sea a la pasada, la palabra sabiduría.
Yo no diría que Mairal vive para narrar: en algún momento, después de vivir intensa y silenciosamente, después de absorber, de calar sin pausas ni prisas el presente, Mairal decide narrar, y lo hace con tanta precisión, tan perfectamente adentrado en la experiencia, que es difícil no creerle; no creerle todo, digo.
Alejandro Zambra
1 de septiembre de 2014
El gran surubí - completo online
Ya está en las librerías, en papel. Pero acá va completo online y como salió en Orsai.
EL GRAN SURUBÍ, de Pedro Mairal.
Ilustrado por Jorge González
Ilustrado por Jorge González
29 de junio de 2013
El equilibrio
Contratapa
Santiago Llach
Iluminaciones en la noche de los
countries; la voz de Tinelli, banda de sonido de la argentinidad; la
falta de autos en la literatura nacional; la playa, pasarela de las
carnes triunfales o vencidas; el taxista invasor de la intimidad; el
zoológico como espacio para ejercer el narcisismo familiar; la
educación de un hombre entre mujeres superpoderosas con forma de
arenga; Maradona, cazador amazónico; los locutorios, zonas de
acumulación de microbios y de historias orales; el aburrimiento que
le produce a un escritor la cultura libresca; una micropoética de
los casos policiales: todo ello es descrito con el ojo preciso y
sencillo de Mairal.
El equilibrio es una selección de
columnas publicadas en el periódico Perfil. Pedro Mairal inventa con
ellas un género, en la justa mitad de camino entre las aguafuertes
callejeras de Roberto Arlt y los breves ensayos de laboratorio de
Jorge Luis Borges. En conjunto, el libro arma un panorama hecho de
epifanías sobre la Argentina de principios del siglo XXI.
Pedro Mairal es para mí un escritor
ejemplar. Su virtud más notable es digna de envidia: se las arregla
para producir felicidad en el lector. Cada uno de los pequeños
tratados que contiene El equilibrio ofrece una perspectiva original
sobre un aspecto de la vida contemporánea. No es fácil la empatía
para los ensayistas; Mairal la logra, quizás porque lo que vende no
es ideología.
El primer texto, homónimo del libro,
habla de un padre que le intenta enseñar a su hijo a andar en bici,
a hacer equilibrio. Como metáfora soave del futuro que encarna al
pasado, de ese pase de postas triste y bello, de una generación a
otra, en que consiste la “supervivencia mamífera”, el libro
contiene un prólogo del padre de Pedro e ilustraciones de
su hijo.
Mairal tiene esa virtud de los
verdaderos poetas que es elevarse por encima de las candorosas
batallas de la época, sin dejar de ofrecer por ello un retrato
supremo de la misma.
16 de junio de 2013
Entrada en la naranja
por Pedro Mairal
Cuando Egon Schiele estuvo preso en
Neulengbach por hacer dibujos pornográficos, pintó unas acuarelas
de su celda. En una se ve sólo el contorno de la puerta, el catre y,
sobre las mantas, una naranja. La inscripción dice: “Esa naranja
era la única luz (Die eine Orange war das einzige Licht)”. Es un
dibujo a lápiz, están apenas coloreadas las mantas raídas y
grises, y brilla el color de la naranja. No estuvo preso mucho
tiempo, fueron tres meses y tres días, pero se percibe en esas
imágenes una soledad absoluta, casi feliz. En otra de las acuarelas,
dice: “Me siento purificado, no castigado”. En ese contexto, la
naranja que le dieron, o que le mandaron, irradia su propia luz, es
lo único vivo en la celda, como si quien la mira se estuviera
volviendo transparente, ausentándose, fugándose del encierro hacia
un estado espiritual. Difícil ver la naranja como la vio Schiele,
aunque el dibujo logra mostrarnos algo de su experiencia.
Si a uno lo hicieran escribir sobre una
naranja debería rodearla por sus infinitos lados y después entrarle
hasta el corazón. Primero, quizá podría buscar las asociaciones
personales en la infancia, la forma en que le enseñaron a uno a
cortar la naranja, a pelarla, el gusto, los botecitos, el primo que
se ponía un gajo en la boca como dientes postizos y nos tiraba en el
ojo ese spray ácido que sale al apretar la cáscara. La naranja
secreta y afectiva.
La naranja con mayúscula se podrá
rastrear en Wikipedia, su origen oriental, su viaje hacia el Este
rodando en su palabra, del sánscrito al persa, del persa al árabe y
de ahí al español, narang, narensh, naranjah, naranja... La
historia de la naranja, cuando se llamaba naranja china a la redonda
y naranja mandarina a la achatada. Hasta que una quedó naranja
(salvo en Puerto Rico, donde ahora la llaman directamente china) y la
otra quedó mandarina.
Se puede pensar en la naranja general,
pero también en esa naranja en particular. Cuando fue flor en una
provincia del Litoral quizá, y el riego de los árboles la convirtió
en fruto. La dejaron madurar al sol. Alguien la cosechó, la
seleccionaron en la planta procesadora, la lavaron, la encajonaron y
la llevaron en un camión hasta un depósito y después a un
supermercado donde uno la terminó comprando. El viaje de la naranja
individual entre millones iguales. La producción y el consumo
reducido a un sólo ejemplar que ahora rueda en nuestras manos.
Y esa faceta industrial podría
llevarnos a la desnaturalización de la naranja, o más bien a mirar
todo lo mercadotécnico que hay en su naturaleza. Su estrategia de
franchising en árboles que tienen el know how codificado y
automático y producen frutos idénticos que albergan cápsulas
mínimas donde se esconden más futuras plantas sucursales. Su
packaging perfecto, esférico, impermeable, no tóxico,
biodegradable... Todo su marketing saludable, vitamínico,
nutricional. La gran naranja capitalista.
Y lo que sucede al hacerle un corte
transversal: descubrimos la rueda, que estaba dibujada ahí desde los
siglos de los siglos, delante de los ojos de la humanidad que seguía
arrastrando bloques de piedra para construir pirámides. Los planos
de la rueda dibujada por Dios para que los hombres –ese experimento
mal encarado– echen a rodar la historia y aceleren y se estrellen
de una vez por todas contra el final de los tiempos.
Y ya que estamos apocalípticos, pensar
también la transformación de la naranja quieta, cuando cambia a
escondidas cada vez que no la miramos. Se desinfla intacta en la
frutera, se inclina, le crece un moretón grisáceo que le avanza,
una ceniza que la cubre hasta quedar como una luna de moho, y se va
pinchando, pudriendo, secando, se hace tierra. Un bodegón macabro.
Mirarle el aura a la naranja viva, eso
que la vuelve gigante, alrededor, su energía movediza de links y
asociaciones, las palabras que le salen si la exprimimos: naranjazo,
anaranjado, naranjo, naranjales, su color, su jugo, pulpa, semillas,
su tango de naranjo en flor, mi media naranja, no pasa naranja. La
pinchamos, la cortamos, la aplastamos, la mordemos, la matamos. La
naranja entra en nosotros y entramos en la naranja.
Perfil, 15 de junio de 2013
18 de mayo de 2013
Música para claustrofóbicos
Pedro Mairal
“Era más blanda que el agua, que el
agua blanda.” Con esa frase empieza Naranjo en flor, quizá el
mejor comienzo de todas las letras de tango. Es uno de esos casos de
la poesía en que la forma es el fondo. Está hablando de la suavidad
de una novia que tuvo, de lo inasible de esa mujer, de su recuerdo
que se le escapa entre las manos, como el agua. Y el verso mismo es
el agua, se acerca “era más blanda que el agua”, hace una pausa
arriba como una ola, y se aleja repetida y hacia atrás, “que el
agua blanda”. Son esas repeticiones del tartamudeo de la emoción.
Pero empecé al revés. Quería hablar
primero de meterse en el subte a las ocho y media de la mañana y
apiñarse como si los demás no fueran otra cosa que la angustia, los
problemas sin resolver, temas pendientes, eso es el horrendo prójimo
de golpe, un vagón de conflictos, incertidumbres que se te cayeron
encima temprano, se te llenó el vagón con los pasajeros de tu
pesadilla, no entran más, pero siguen subiendo. Como dice Mermet,
“Donde no cabe uno, caben tres”. Te cuesta respirar. Te
concentran, no te dejan distraerte de vos mismo. En una época soñaba
que salía de un estadio, iba casi adelante en una multitud, me metía
en la boca del subte, por el pasillo, toda la gente venía detrás,
el pasillo doblaba y terminaba ahí, como el final de un túnel sin salida. Y la gente se empezaba a acumular. Soy un claustrofóbico
controlado.
Y el otro día venía así, aunque sin
controlar demasiado bien la cosa. Tenía trepado al monstruo. El
espacio entre la gente era más gente. Alguna de esas cabezas de
ganado era yo, queriendo bramar fuerte, pero mugiendo por dentro.
¿Yendo a dónde? Al Microcentro, al micropunto. Parecía que el
subte estaba intentando reducirnos de tamaño para que entráramos en
esa idea porteña, esa maqueta de ciudad. Decidí bajar en Pueyrredón
para caminar desde ahí, pero al salir de la aglomeración tuve que
abrirme paso a empujones. Salí furioso contra nadie, que es la peor
furia.
En el pasillo, cuando todo me parecía
el fin del mundo, unos acordes de armónica me levantaron del piso y
me dejaron flotando. Era el comienzo de Naranjo en flor. La música
se me metió hasta los huesos, calmó a la fiera, me humanizó. La
guitarra y la armónica en la reverberación del pasillo del subte.
La luz de la escalera hacia la calle. Salí cantando. Es un
guitarrista pelado y genial. Al día siguiente le compré el disco.
Se llama Nino Zoccola.
Perfil, 18 de mayo de 2013
24 de marzo de 2013
Habemus niñam
Pedro Mairal
Con una mano sostengo a mi hija recién
nacida, con la otra escribo esta columna, con la otra le abro a la
gata que quiere pasar a la cocina, con la otra agarro la tostada...
soy Visnú, el dios de muchos brazos. Ya vengo ejercitándome desde
que el verano pasado en Montevideo, en una de esas fiestas de terraza
a la que caímos de rebote con un amigo, surgió el uruguayo del
futuro. Fue así: encontré un bracito de muñeca dando vueltas entre
las macetas y me lo puse asomando de la manga corta de la remera, a
la altura de la axila. Parecía real, era medio impresionante. Entre
los dedos del bracito puse un cigarrillo. Entonces me manifesté ante
los presentes: “Soy el uruguayo del futuro, vengo a mostrarles el
brazo suplementario que luego de generaciones y generaciones irán
desarrollando para sostener el termo. La mutación será lenta pero
ya está en curso. Aquellos de ustedes que sientan un leve rollo
sobresaliendo a la altura del sobaco son los más aptos. Ése es el
tímido comienzo de lo que será el tercer miembro superior que les
permitirá recuperar la movilidad de ambos brazos sin soltar el termo
y el mate”. No me echaron. Al contrario. Supongo que el Fernet
(muchos montevideanos toman Fernet) ayudó a que mi aparición no
cayera mal.
Mi hija solo se duerme en brazos. La
miro. Es más chiquita que un haiku. Entra entera en un diminutivo.
Como dice e.e.cummings: “Nadie, ni siquiera la lluvia, tiene manos
tan pequeñas.” Y ella tiene solo dos, por suerte; se las conté cuando
nació. Fue el día del Habemus Papam. En las primeras contracciones
de la madre yo llevaba y traía toallas calientes, vasos de agua
fría, cronometraba intervalos, hacía llamados, ya empezaban a
brotarme los demás brazos. En una de las pasadas frente al televisor
sin sonido se vio la fumata blanca, en otra pasada el titular
urgente: El Papa argentino. Se lo conté a la parturienta. ¿Esto le
juega a favor o en contra a Cristina? Si lo sabe usar, a favor, me
contestó la licenciada en ciencias políticas entrando en el trance
de la siguiente contracción. Y tenía razón. Días después estaba
la presidenta vestida de negro Darth Vader: con una mano desenvolvía
el mate de regalo, con la otra la yerbera, con la otra el termo, con
la otra no se atrevía a tocar la blancura inmaculada de su Santidad,
y juntaba las dos restantes entre las piernas, en gesto de escolar
arrepentido.
Ahora mi niña arruga la cara y se pone
una mano en la frente como un mini luchador de sumo que se enteró de
algo tremendo. Se dio cuenta de golpe adónde la traje. Se suponía
que éste era un estado laico. Ahora se va a volver todo más
católico. No franciscano y humilde, sino más bien con ese aire de
Versace que tiene el Vaticano. Aquella propuesta de la jueza Argibay
de sacar los crucifijos de Tribunales no prosperará. Sumemos la
teatralidad eclesiástica al estilo ya de por sí teatral del
peronismo y pensemos en el resultado. El papa peronista. Es una idea
genial. El gran guionista que escribe la película de este país se
está luciendo. Se viene el cirio pascual hasta en las tortas de
cumpleaños. El papa tocando el bombo en la capilla Sixtina. Los
retorcidos profetas de Miguel Ángel lo miran de reojo.
Ella sacude los brazos, como si temiera
caerse para arriba, le da vértigo ascendente. Vértigo de futuro. Y
tiene razón mi niña. Qué país más raro y mazorquero. Un país
donde se colgaba el retrato del gobernador Rosas en el altar mientras
se celebraba la misa. Esa energía recursiva se vuelve a activar en
la nueva era, Iglesia y Estado potenciando sus liturgias. Con cuánta
naturalidad el presidente Mujica se omitió de la ceremonia de
asunción del papa: “Uruguay es un país absolutamente laico, la
Iglesia está separada del Estado desde principios del siglo pasado".
Un país tan cercano y tan distinto.
La hija de este gorila hereje abre los
ojos. Mira con asombro la luz. Busca tetas en el aire. Mi tamagotchi
glorificado. Se chupa una mano. Hace un mini puchero, le tiembla la
pera. Habemus niñam. Vino con un papa bajo el brazo. Entró llorando
al país que se viene. Daniel Scioli y Karina Rabolini de rodillas
rezando como en ese aviso para su campaña, en La Nación. Macri
declarando asueto escolar para que los niños de todos los credos
puedan ver la asunción de Francisco. Esto lo tiene que haber
inventado Cucurto, es el realismo atolondrado. Dios interfiriendo a
través del papa cuervo en el resultado del torneo de clausura para
que gane San Lorenzo. O quizá lo inventó el poeta Fabián Casas.
Los dos están metiendo mano en la obra del gran guionista, no cabe
duda hija mía.
Perfil, 23 de marzo del 2013
25 de enero de 2013
16 de enero de 2013
El gran surubí
Pedro Mairal
Escribí una novelita en sonetos que se
llama “El gran surubí”. La historia ocurre en una Argentina de
pesadilla. El país se quedó sin carne y hay poca comida. En medio del caos, el
Ejército recluta a los varones mayores de edad. Los saca de sus
casas, de los bares, de donde sea. Los arrastra a empujones, los
uniforma y los obliga a pescar. En los afluentes del río Paraná
crecieron surubíes enormes que son atrapados por gomones de
Gendarmería y suministrados a los habitantes del conurbano.
En las profundidades viscosas, además,
existe un surubí gigante (una especie de Moby Dick) que todos los
Regimientos quieren pescar como trofeo. Los soldados pasan hambre,
frío, tienen sexo entre ellos, pescan de noche, mueren ahogados,
quieren escapar.
“El gran surubí” está escrito en
seis capítulos de diez sonetos cada uno, ilustrados por Jorge González. La revista
Orsai lo fue publicando como folletín en los números del 2012. En orsaipad hay una versión con el audio leído por mí, para iPad y
iPhone. En 2013 sale el libro en papel.
Va un video con el avance del audio y
los dibujos del Capítulo I
13 de diciembre de 2012
Dramaturgos y telépatas
Pedro Mairal
Existen dos tipos de familias: la
teatral y la telepática. La familia teatral es la más expresiva,
donde todo sale para fuera y la gente se grita las cosas en la cara.
Familias de estilo italiano, por ejemplo, donde los hermanos pueden
tirarse las sillas por la cabeza y al rato estar abrazados riéndose.
Los conflictos salen a la luz, se ventilan en la mesa, hay
confrontaciones, se levanta la voz, todo sucede más rápido, porque
la energía se libera, el conflicto se vuelve materia actuada para
todos los presentes. Esas familias ya tienen abiertos los canales de
lucha y así aprovechan como un deporte en los asados y comilonas, se
miden entre sí, forcejean. La madre o el padre quizá hacen de
árbitro, aunque nadie está libre del “¿y vos qué te metés?
¿Qué te peinás si no salís en la foto? No saltés que no hay
charquito”, etc. Los invitados o familiares políticos recién
llegados pueden asustarse, porque les parece que se van a matar, que
de esa pelea no se vuelve, que ese llanto va a incubar un odio
eterno, que el insulto le va a quedar colgado al otro de por vida. Y
no. El fluir del domingo dentro de la casa se va llevando lejos el
mal rato, un par de carcajadas soplan la nube de la mala onda, lo
dicho dicho está y quedó claro. El sacudimiento de brazos en plena
discusión fue como un karate a distancia, un “kame hame ha” de
dibujito japonés, puños aéreos de llamas encendidas, y así se
resolvió, uno aplastó al otro, lo revolcó en el barro de la
humillación doméstica, le enseñó, sonó un portazo, bajó al rato
la hermana menor después de encerrarse a llorar en el baño, la tía
hizo el rogel famoso y no faltará quien le diga que le salió
horrible, un mazacote, aunque igual se lo coma y pida otro pedazo.
La familia telepática, en cambio, es
para adentro, más de drama sicológico, de angustia larga y
silenciosa. En este tipo de familia no se pierde nunca la cordialidad
básica, y toda emoción se terceriza. “Estuviste medio duro con
papá, aflojá un poco”, o “A tu hermana no le gustó nada que te
metas con el tema del bautismo”. En la mesa se cuentan anécdotas,
se intercambian opiniones que pueden diferir, pero nadie lleva nada
al plano personal. A lo sumo el aparente choque mínimo se resuelve
en chiste y la causa pasa al juzgado telefónico del lunes a la
mañana donde alguien hace de mediador, habla con uno, habla con
otro, el tema se patea, quizá se disuelve pero queda como el
mercurio en el agua. Y se hacen intensas telepatías donde cada uno
cree que el otro debería ya haber entendido algo que nunca se dijo.
Hay mucha burocracia emocional, se trabaja la culpa con
triangulaciones del mensaje. No se le pega directo a la bocha, se
juega al menos a dos bandas, hasta con el cariño, porque “dice mamá que Sofi está tan agradecida con ustedes.” Se aman y se
odian pero a través de los ríos subterráneos. Aunque esté
presente en los gestos distantes, la palabra amor no se susurra cara
a cara ni en situaciones terminales, y así todo lo no dicho se puede
volver cuento o poema o novela, pero nunca teatro.
Perfil, 8 de diciembre de 2012
10 de diciembre de 2012
Cipriano
Pedro Mairal
El Cristo de neón que dominaba
la sala velatoria en Gualeguay...
[UN POEMA LARGO QUE SIGUE ACÁ]
[Y ACÁ LO ESTOY LEYENDO EN EL FESTIVAL DE POESÍA DE ROSARIO]
El Cristo de neón que dominaba
la sala velatoria en Gualeguay...
[UN POEMA LARGO QUE SIGUE ACÁ]
[Y ACÁ LO ESTOY LEYENDO EN EL FESTIVAL DE POESÍA DE ROSARIO]
20 de noviembre de 2012
Polaroids por telegrama
Pedro Mairal
Desde hace veinte años
el mundo no cambia, algo se congeló en el devenir del diseño y la
moda. Los veinteañeros siguen vestidos como Kurt Cobain. Los años
80, con su brushing flúo, marcaron el último momento de los cambios
ridículos. Y en los 90 se estancó la mutación. La línea
redondeada de los autos, la arquitectura de vidrio y acero, la ropa,
el diseño gráfico, los peinados... todo parece haber quedado en una
meseta de repetición donde sólo se hacen alusiones retro. Es decir,
no hay más presente evolutivo, no hay actualidad como cosa nueva.
Sólo existe el replay de lo que cada uno quiera revivir. Los cambios
suceden dentro de la pantalla, la revolución fue sólo digital, pero
afuera de la pantalla nos quedamos quietos y desentendidos. Los
cibernautas estamos vestidos igual que hace veinte años, cuando
prendimos la computadora por primera vez. La humanidad se distrajo
mirando videítos de YouTube y se olvidó del mundo externo. Quizá
no necesitamos cambios en ese plano concreto, porque todo está
cambiando en este otro plano más cerebral. Somos Kurt Cobain pero
con iPhone. Desde hace dos décadas Bart Simpson sigue teniendo 10
años.
Pienso en Instagram, una
aplicación para darles a las fotos una pátina vintage. El nombre es
una mezcla de instantánea y telegrama. El filtro más conocido de
esta aplicación hace que una foto digital actual tenga los colores
saturados y el grano de una Polaroid de los setentas, con su borde
blanco analógico y todo. La imagen con Instagram pasa así a tener
algo que no podía tener antes una foto del presente, pasa a tener
una nostalgia automática, tiempo acumulado, como si fuera ya un
viejo recuerdo. Y sin embargo quizá es una foto de tu gato sacada
hace pocos minutos. Los norteamericanos son buenos descubriendo ese
tipo de trucos. Mientras los franceses dejan el vino treinta años en
barricas de roble para que tenga esa madera sutil al fondo de su
sabor, en California consiguen el mismo efecto espolvoreando aserrín
de roble sobre el vino nuevo. (Habría que inventar un sobrecito que
le echás al vino en cajita y lo convierte en un Château Petrus
cosecha 1971).
Los fotógrafos están
horrorizados con Instagram porque logra darles un aire profesional a
las malas fotos amateurs. El usuario sólo tiene que encuadrar bien y
apretar un botón, y el cielo de hoy parece el cielo de la infancia,
la ropa tiene un aire gastado, la gente se convierte en sus propios
padres cuando eran jóvenes. Instagram te atrasa una generación (si
tenés cuarenta, porque si tenés veinte te atrasa dos). Para los más
jóvenes habría que ver qué sentido tienen esos anacronismos
visuales, esas alusiones a un mundo analógico que no conocieron y
que no despierta ningún eco afectivo. Instagram es una maquinita del
tiempo que manda a los setenta cualquier cosa que apuntes con tu
lente: tu taza de café, tus pies, tu bicicleta, tu cuadra y el sol
en la ventana.
Ya tenemos en el disco
rígido diez años de fotos digitales. Las primeras, con el numerito
rojo de la fecha que no sabíamos quitar, o esas de familiares
todavía posando como si fuera una ocasión única, un solo disparo.
Fotos de las cuales las mejores se imprimían en papel porque el
archivo digital no se consideraba la cosa en sí, sino algo parecido
a los negativos.
Después las carpetas de
fotos crecieron. Pasamos de las fotos malas a las fotos malísimas,
total no tenían costo. Fotos más documentales que estéticas. Miles
y miles y también videítos. Y también carpetas con fotos borrosas
y ultrapésimas sacadas con el celular. Las mandamos por mail, las
subimos a Facebook, las guardamos en la nube, en Flickr, en Picasa
Web, ahora las compartimos por Twitter en Instagram...
Pero son fotos de un
presente que ya no envejece, sólo cambian un poco los cuerpos; el
entorno es siempre el mismo. No hay pérdida, ni tiempo, ni
nostalgia. Esa falta es lo que parece llenar Instagram: transforma y
envejece un presente eterno e inmutable. Le agrega un filtro
emocional al museo infinito de los días iguales. Durará un rato,
después ya no va a causar efecto. Si cada época inventa su pasado,
¿cómo será en el futuro el pasado de este tiempo congelado? Como
Billy Pilgrim, el personaje de Vonnegut en Matadero 5, nos salimos
del tiempo lineal y vivimos un poco en cada época. Saltamos por los
años con nuestros dispositivos, archivos y filtros. Envejece Madonna
y la suplantamos por Lady Gaga. No necesitás cambiar, tu iPhone
cambia por vos.
Perfil, 17 de noviembre de 2012
21 de octubre de 2012
Perros al alba
Pedro Mairal
De lunes a sábado me despiertan 7.30
los perros que el paseador deja atados en un poste a mitad de cuadra.
Mientras busca más perros por los departamentos, los deja ladrando
sus ladridos metafísicos que suben hasta mi ventana como una jauría
atrapada en un cañadón. Las fachadas de los edificios hacen de
megáfono, el ruido sube. Son casi veinte perros preguntándole cosas
al cielo, en toda la escala, desde el guau profundo de un labrador
hasta el aullido finito de un caniche toy. ¿Qué dicen, a quién
invocan, llaman a sus dueños, liberan tensión, se declaran listos
para algo, se contestan a sí mismos, afirman su yo canino en cada
grito?
Si uno solo empieza, ése desata el
coro, y cada uno empieza a probar la acústica de la cuadra, les
gusta estudiar el espacio a los perros, fijarse dónde pega su
ladrido, dónde rebota, dónde se pierde. Estoy seguro. Tiene algo de
radar su vozarrón. García Lorca muestra muy bien los ladridos
lejanos en lugares abiertos cuando, en su Romancero, un gitano y una
casada infiel van al río de noche, furtivos, a amarse sin ser
vistos, y a lo lejos se oye “un horizonte de perros”. Saer, en su
novela La grande, desglosa el recuerdo de los cinco sentidos en su
pueblo y al llegar a las sensaciones auditivas habla de los ladridos
en el espacio negro descomponiendo una multiplicidad de planos
diferentes, una geometría de ladridos que rebotan en patios
cuadrados, en tapiales largos, en tinglados de chapa. Los ladridos
son el espacio.
Muy lindo y muy literario todo. Pero
quiero dormir media hora más hasta las ocho sin que las tres cabezas
del can Cerbero me ladren en la puerta del infierno. ¿Qué hacer?
¿Bajar con un bate de baseball a hablar con el paseador? ¿Bajar en
son de paz? ¿Llamarlo? ¿Agremiarme con los vecinos para hacerle un
reclamo colectivo? ¿Distribuir su teléfono en un papelito buchón
por todos los pisos? ¿Soltarle una mañana la jauría y dejarle un
cartel mafioso en el poste? ¿Hacerme el San Francisco de Asís y
hermanarme con los hermanos perros hasta anularlos por aceptación?
Qué detestable esa actitud de
tercerizar el tema mascota. Los dueños que no se hacen cargo de sus
perros deberían ser atados todos juntos a un poste. Qué manera de
joder al prójimo. Yo convivo con una gata hace dos meses. A la
tarde, cuando el sol entra por la ventana, ella se sienta derecha,
egipcia y luminosa, adora a un dios antiguo, brinda tributo, se
acicala. Yo la miro y escribo. No molestamos a nadie.
Perfil, 20 de octubre de 2012
16 de septiembre de 2012
La Pasión
Pedro Mairal
Un médico al
que no le gusta el fútbol está almorzando con dos matrimonios
amigos, por Núñez, en una larga sobremesa de domingo. Uno de los
amigos mira por debajo de la mesa su BlackBerry y dice: “¡Vamos!
San Lorenzo metió un gol en el último minuto. Terminó el partido.
Están jugando acá en River”. Los amigos del médico discuten
sobre San Lorenzo. Uno es de San Lorenzo; el otro, de Boca. El los
escucha cansado, mirándose con las esposas respectivas, hartos todos
del tema, y se pone a argumentar contra el fútbol.
Afuera hay unas corridas a la salida
del estadio. Aconsejan en el restaurante esperar un poco, y cierran
la puerta.
Después salen. Hay un tumulto en la
esquina. Se acercan. La gente pide un médico. Contra un poste de
luz, ven a un hincha de San Lorenzo sentado sobre su propio charco de
sangre. El médico duda, se acerca, lo revisa. El tipo le pregunta si
se va a morir. El médico no le contesta. Le mira la herida, trata de
frenar la hemorragia. Llama a una ambulancia y se arrodilla al lado
de él. El hincha, otra vez, le pregunta si se va a morir. El médico
le dice que puede ser. El hincha está en estado de gracia. Se ríe a
carcajadas pero a la vez grita de dolor. El médico lo acompaña en
su agonía.
El hincha le pregunta: “¿De qué
cuadro sos”. “No me gusta el fútbol”, dice el médico.
“Entonces ahora sos de San Lorenzo”, le dice, se saca la bandera
que lleva en los hombros y se la pone al médico. “Mi pasión ahora
es tuya”, le dice. El médico se mira la bandera como bufanda
colgada del cuello, la agarra y en ese momento el hincha le agarra
las manos, se las aprieta y lo trae contra sí como si lo fuera a
zamarrear o a decirle un secreto; no lo suelta. Es un tipo grandote y
fuerte. Se aferra a la vida muriéndose, yéndose. Es un momento
íntimo. Se escucha la respiración agónica. Finalmente, el hincha
le dice al oído: “Aguantame los trapos”. Y se muere.
Llegan otros barras corriendo. Lo
empiezan a levantar. El médico les dice que ya no hay nada que
hacer. Es mi hermano, dice uno. El médico le dice: “Me dio esto”,
le quiere devolver la bandera. El hermano le mira la camisa blanca
ensangrentada, las manos. Le dice: si te la dio, es tuya.
Se lo llevan en andas. Llega la
ambulancia. El médico queda ahí parado en medio de la gente que
mira.
Una semana después está dando una
conferencia en Europa, en un congreso de medicina. Habla en inglés,
lo aplauden. Se va a sentar para escuchar a otros, pero no puede
dejar de mirar en su iPhone cómo va el marcador del partido de San
Lorenzo.
***
Cuando vuelve en el avión lee los
suplementos deportivos on line. La azafata le pide que apague el teléfono y él
le dice: “Ya lo voy a apagar”, y se demora un rato. En el kiosco
del aeropuerto va a comprar cigarrillos (no fuma hace cinco años,
pero no se aguanta) y entre las revistas ve un número aniversario de
San Lorenzo que viene con un DVD. Lo compra y lo hojea en el remise,
con la ventana baja, fumando.
De noche en su cuarto se oye que dice:
Buticce, Albrecht, Rosi, Calics, Villar, arriba Rendo... Prende la
luz, su mujer le pregunta qué le pasa (está casado, con hijos
estudiando en el exterior). Mira la revista, apaga la luz y dice:
Rendo, Veglio, Cocco, González... El domingo le pide a su amigo
cuervo que lo lleve a la cancha. En la popular mira como asustado a
los demás gritando, saltando. De a poco se suma al grito de la
hinchada. Pierden 1 a 0 y el árbitro no cobra un penal evidente.
Empiezan a volar cosas, el amigo se lo quiere llevar y él sigue
saltando desaforado. En los empujones el hermano del barra brava
muerto lo reconoce y se lo lleva al corazón del agite. Uno le
pregunta si es alemán, no escucha, dice que sí. Lo bautizan “el
Alemán”. Se vuelve solo a su casa, sentado en el asiento de atrás
del colectivo, se trata de calmar pero por momentos se ríe solo.
Es obstetra. El lunes está en un
parto. “¿De qué cuadro lo van a hacer?”, pregunta. “El abuelo
es de Huracán”, dice el padre. “No, tiene que ser de San
Lorenzo”, le dice. “Vamos a ver”, dice el padre. “Si no lo
hacés de San Lorenzo no lo asisto yo”, contesta y se empieza a
sacar los guantes, como yéndose. La madre con las piernas abiertas,
empapada en sudor, los mira y dice: “¿Me están jodiendo?” “Está
bien, está bien”, dice el padre, “es de San Lorenzo”. Al día
siguiente, tiene que dar explicaciones al director de la clínica.
Va a ver a su amigo cuervo que es
psicoanalista. Quiere parar con esta conducta, pero no puede. El
amigo le habla de una proyección traumática puesta en el fútbol.
Le dice que San Lorenzo no es lo más importante. Discuten. El médico
se va gritándole: “No tenés huevos, loco, no tenés huevos.”
Vuelve a la cancha, ya es “el Alemán” en la barra brava. Ese día
hay heridos. Lo invitan a un asado. De vuelta en su casa a la noche,
lejos del sexo tullido matrimonial, tienen sexo apasionado y de pie
con su mujer, que lo mira sorprendida.
El lunes lo llaman del hospital para
decirle que no vaya más. “Prendé la tele”, le dice el director.
En el noticiero lo identificaron con las cámaras de la cancha. Su
imagen congelada en pantalla. Santo Biasatti dice: “¿Saben quién
es este señor que tira piedras? Un prestigioso médico porteño.”
Una noche le traen un herido de bala.
Se vuelve médico clandestino de la barra brava. Empieza a tomar
decisiones. Viajan a un partido en el interior... El final mejor no
contarlo todavía.
Perfil, 9 de septiembre y 16 de septiembre de 2012
21 de agosto de 2012
El amo y el sirviente
por Pedro Mairal
A la mañana me siento en el living y
apoyo la taza de café al lado de la taza sucia de ayer. Y de pronto
me veo repetido, desfasado, facetado en fotogramas, el fantasma del
que fui cada día de la semana apoyando la taza el lunes, apoyando la
taza el martes, y el miércoles, etc. Es decir todos mis etcéteras
como una serpiente que me sigue, un multiplicado reflejo de ascensor,
una coreografía de mí mismo, mi estela semanal.
No logro equilibrarme en la soledad de
mi casa: o soy el amo o soy el sirviente. Cuando soy el amo voy
ensuciando platos, cubiertos, vasos, y ahí quedan, y la ropa se
apila en la silla, y los papeles van formando una parva, los libros
que fui hojeando estos días para preparar clases llegan hasta la
cocina, los cables de los distintos adaptadores y cargadores se van
haciendo un nudo negro... Qué lindo ser el amo, qué gran
displicencia indigna, ser un déspota caprichoso que va barajando el
orden y despeina la casa y vuelca el frasco de monedas en la mesa
para sacar un clip de papel y así lo deja.
Cuando soy el sirviente voy levantando
el caos del señorito. Repaso su semana, la voy como leyendo, acá su
vaso de vitamina C dominical, acá su clase de Saer del jueves, acá
el bol de cereales del miércoles del hijo, acá las cuentas impagas,
acá el recibo que buscó durante días. El sirviente es mucho más
sabio que el amo, más digno, más alto y despejado. Nada de jogging,
ni pijama, ni crocs impresentables. El sirviente es un mayordomo
inglés que respeta hasta el orden alfabético de la biblioteca y
guarda en carpetas las facturas, y dobla la ropa del hijo con amor.
Qué lindo cuando finalmente logro ser el sirviente y la casa queda
planchada, espaciosa, nueva.
Por qué me costará tanto invocarlo
más seguido, y tenerlo más cerca para aplacar el aluvión del amo.
Quisiera ser amo y sirviente al mismo tiempo, poder mezclarlos,
volverlos simultáneos hasta que no se sepa quién hace qué, hasta
que el amo le traiga un té al sirviente que estaba cansado y leyendo
una novela.
Perfil, 17 de agosto de 2012
18 de agosto de 2012
Amor incondicional
Pedro Mairal
Se podría escribir un cuento de una
chica joven que se muda con un viejo escritor. El viejo no termina de
entender el porqué de la devoción de ella, que pasa todo el día en
la casa durmiendo y leyendo, y se acuesta con él de vez en cuando
con ternura, sin desprecio. A los dos años la chica se va y lo deja.
Después entendemos la verdad: ella estaba enamorada de la biblioteca
del escritor, no del escritor, y se quedó todo el tiempo que le
llevó leer sus libros.
Tuve durante diez años mi biblioteca
desparramada en distintos lugares. Mis libros iban y venían según
mi estado civil y mis metros cuadrados. En cajas, en roperos ajenos,
guardé primero, creo, los libros de teoría y ensayo, después en
bolsas de consorcio la narrativa que no fuera latinoamericana,
después me quedé solo con la literatura argentina, pero al final la
ficción también terminó en una baulera oscura... De lo que nunca
pude despegarme fue de mis libros de poesía en castellano que me
acompañan a todos lados, como el árbol de Basho que él llevaba
consigo en cada mudanza.
Intenté varios sistemas que fallaron.
En una época tuve doble fila de libros en los estantes, pero no
funciona porque el libro que no se ve no se lee. Guardé libros abajo
de la cama, pero eso tampoco es práctico y además provoca
pesadillas. A veces imagino una casa con un piso flotante y abajo
guardados los libros en escotillas traslúcidas. Sería una linda
biblioteca.
Ahora estoy logrando reunir todos mis
libros disgregados, rebobinar mi atomización. Sé que puede no
parecer motivo para la felicidad, pero estoy enamorado de mi
biblioteca, de hecho me tolero solo gracias a mis libros. Hace poco
murió un amigo de quien todavía no pude escribir una sola línea
porque ninguna partícula de mi persona se cree realmente que él ya
no esté. El asunto es que, cuando mi amigo ya sabía que se estaba
muriendo, dijo que si tuviera que elegir un epitafio sería esa frase
de Pearsall Smith: “Some people say life is the thing. I prefer
reading”. Que se podría traducir como: “Algunos dicen que lo
importante es vivir. Yo prefiero leer”.
Perfil, 10 de agosto de 2012
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