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4 de agosto de 2016

"La uruguaya" se va a Uruguay - 2016



Presentamos "La uruguaya" en Montevideo, junto a la escritora Natalia Mardero, el jueves 11 de agosto de 2016 en librería Escaramuza. Calle Dr Pablo de María 1185, a las 21 hs. Pueden venir cuantos quieran!

4 de mayo de 2016

La uruguaya - novela




LA URUGUAYA, novela publicada por Emecé, 2016



*** 

Contratapa:

“Como en los sueños, en Montevideo las cosas me resultaban parecidas pero diferentes. Eran pero no eran.”
Lucas Pereyra viaja a Uruguay en barco por el día a buscar dólares. Son tiempos de restricciones cambiarias. Tiene ya arreglado un encuentro secreto en Montevideo, pero sus planes pueden fallar.
Encandilado por el recuerdo de un verano anterior y agobiado por un matrimonio que se resquebraja, sueña con escaparse y no volver. ¿Con quién se va a encontrar? Montevideo, esa ciudad idealizada por la distancia, se volverá impredecible.
La uruguaya es una novela inquietante y ferozmente entretenida. Con pulso magistral, Pedro Mairal sostiene la intriga en cada una de sus páginas y demuestra, de modo irrefutable, que es uno de los grandes de la literatura argentina contemporánea.

***

Reseñas y entrevistas:





31 de octubre de 2015

Detrás de Natalia



Pedro Mairal


Natalia trabajó un tiempo para mí, como asistente. A veces la extraño. Era hermosa diciendo que no, que mil disculpas pero Pedro está con muchos compromisos estos meses y no va a poder asistir, que desde ya muchísimas gracias por la invitación. Era hermosa con su tono de simpática porfiada, reclamando pagos atrasados, transferencias demoradas, respuestas editoriales. Siempre cordial y efectiva, diciendo lo que había que decir, yendo al punto, sin evasivas ni preguntas tibias. Y sabía exactamente lo que yo quería, lo que necesitaba. Sabía cuándo hacerme de escudo protector frenando plomos, pedidos de prólogos, manuscritos voladores que a veces me rodean en enjambre. Custodiaba mis horas de escritura como el guardia en la bóveda de un banco. Me hacía apagar el teléfono, desenchufar internet. Y sabía cuándo volver a abrir el canal para que yo respondiera finalmente algún mail, cuándo era de verdad importante que llamara yo mismo por teléfono y diera la cara en alguna reunión.

La convoqué cuando se me estaba yendo de las manos mi trabajo con los talleres de redacción para abogados. Un día me di cuenta de que tenía que negociar un honorario y la senté a ella a redactar la respuesta intransigente. Surtió efecto. El curso duraba tanto, era para tantas personas y costaba tanto. Punto. Sin disculpas ni ofensas ni compadradas. Noté que lo hacía mucho mejor que yo: no le discutían ni le regateaban, no le salían con extorsiones emocionales ni precios especiales para amigos. Era perfecta Natalia, y ordenada. Y así contestaba los mails (porque se manejaba solo por mail), con una elegancia de azafata sueca.

Yo le abrí una casilla de correo y empezó a responder: Hola Esteban, soy Natalia, la asistente de Pedro Mairal. Quería recordarles que Pedro va a usar el cañón para el powerpoint, porque tengo entendido que la última vez hubo problemas con la conexión. Hola Constanza, soy Natalia, la asistente de Pedro Mairal, con respecto a tu propuesta de aumentar a treinta el número de alumnos en el curso de redacción, me temo que no es posible, porque Pedro los hace participar a todos trabajando con ejercicios y con más de quince personas se pierde la atención. En todo caso no habría problema en hacer el curso para los otros quince abogados los martes o los miércoles a la misma hora.

Era un placer patearle los temas incómodos. Si alguien me llamaba con algún pedido les decía: mandámelo por mail así se lo paso a Natalia, que ella sabe bien las fechas. Así empezó. Después, cuando los compromisos de escritor se me empezaron a acumular, la volví convocar. Ya había dejado de dar el curso de redacción para abogados, pero se me juntaban mensajes nuevos y extraños. Es difícil explicar la variedad de propuestas y reclamos que puede llegar a recibir un autor. Invitaciones a escuelas, estudiantes de comunicación que tienen que hacer una entrevista y alguien les dijo que vos sos un tipo bastante abierto, entrevistas presenciales en un bar, entrevistas por mail, entrevistas por teléfono, ¿cómo empezó a escribir?, ¿qué autores fueron influyentes en su formación de escritor?, ¿cómo ve la literatura argentina actual?, ¿cómo cree que las nuevas tecnologías modifican el modo en que se consume y producen los textos en la actualidad?, gente que quiere tomar un café porque te leyó y tuvo mucha empatía con un personaje que no sos vos, gente que no te conoce y quiere que le presentes su libro, gente que te conoce y quiere que le presentes su libro, invitaciones a leer en centros culturales, invitaciones a congresos, propuestas para ser jurado de concursos de cuentos, secretarias que piden tu dirección para enviarte la tonelada de anillados que deben ser leídos en quince días, el fotógrafo que llama urgente un año después de que fue hecha la entrevista para hacer las fotos porque se publica la semana que viene, el hijo de unos amigos que necesita ayuda con una monografía sobre El Quijote, pedidos de artículos con temas pautados ¿por qué nos gustan las mujeres maduras?, tesoreras de medios colombianos curtidas por la indignación a distancia que postergan durante medio año un pago de 400 dólares, organizadoras de festivales que necesitan el pasaporte escaneado, editores que están esperando los datos biográficos para la antología, diseñadores que reclaman más pixeles para la foto de solapa...
Pero Natalia no existe, nunca existió. La inventé para que me ataje todos esos penales, y mande los pelotazos para el lado correcto, y así poder escribir. Natalia, la hermosa Natalia, atajaba muy bien y discernía. Sabía cuándo decir que sí, que iba, que allí estaría, porque adivinaba mi intención de aparecer en ese cocktail a emborracharme con amigos, y sabía cuándo aceptar ir a esa escuela lejana porque había algo que me caía bien en esos niños haciéndome preguntas inesperadas, y cuándo tomar un trabajo porque la plata era necesaria para pagar el arreglo de la humedad de la pared de mi casa, y cuándo comprometerme con ese artículo sobre el tema que justo me había estado dando vueltas por la cabeza los últimos meses. Ella me conocía mejor que nadie. La asistente perfecta: superyoica, lacónica, invisible. No faltaba nunca, no me cobraba nada, no comía, no lloraba en el baño. Ahí estaba siempre con lanza y escudo para defenderme. Yo estaba un poco enamorado de ella. Mi mujer de ese entonces le tenía celos, incluso sabiendo que no existía. Le consulto a Natalia, le contestaba yo cuando me preguntaba si el viernes a la noche podía ir al cumpleaños de su tío.

Sólo ella sabía que Natalia era inventada. O quizá algún amigo. Los demás no. Y era un placer leer los mails que le contestaban: Hola Natalia, entiendo la situación, espero que podamos contar con Pedro el año que viene, muchas gracias por la respuesta. Estimada Natalia, no hay problema, podemos esperar el artículo de Pedro unos días más. Natalia, el pago de Mairal estará disponible a partir del viernes, perdón por las demoras. Yo me dividía a la perfección: cuando era Natalia era ella, sentada con la espalda derecha, el pelo atado atrás con una hebilla, anteojos de secretaria, desapego profesional, eficacia, velocidad resolutiva. No dudaba y despachaba los temas en diez minutos. Abría la casilla y contestaba, tipeando rápido, sin faltas de ortografía, poniendo acentos y mayúsculas, y luchando con una dulzura feroz contra la burocracia del mundo. Después, cerraba la casilla y volvía a ser yo, tomando mates lavados cada tres oraciones, todavía en pijama a las 11 de la mañana, derretido en la silla frente al cursor que titila al final del párrafo.

Me empezó a ir bien; Natalia me abría y cerraba puertas, aceitaba mi costado profesional y, como las invitaciones a congresos y festivales provocan más invitaciones a congresos y festivales, empecé a viajar mucho, a figurar en listas de autores jóvenes, a aterrizar en aeropuertos donde me esperaban con el cartelito de mi nombre para subirme a unas combis suicidas cargadas de gente con habilidad verbal. Natalia no viajaba conmigo. Yo me acordaba a veces de ella en la euforia posterior al tercer wisky, entre los brindis internacionales, a punto de derrapar feo tras una poetisa yugoslava, y le decía está todo bien, ta todo bien, y ella me recordaba con su exacta telepatía la entrevista de la mañana siguiente a las ocho, y la mesa redonda diez y media, y la visita al monasterio que se iba a poner difícil con la resaca que se empezaba a vislumbrar. A veces le hacía caso, a veces no.

Una mañana horrible en Bogotá, sentado frente a una computadora del lobby del hotel, bañado y pálido y derrotado por el madrugón obligatorio del mundo cultural, recibí un mail de Natalia. El corazón me bombeó de golpe la sangre etílica. Mi asistente me decía: Querido Pedro, vos sabés que nunca me meto en tus cosas, pero creo que estás descuidando tu escritura. Espero que no te enojes por lo que te digo. Beso, Natalia. Me quedé petrificado hasta que pensé que evidentemente yo había dejado sin cerrar esa casilla en alguna computadora y alguien se había metido a hacerme el chiste. Durante mucho tiempo estuve convencido de que fue mi ex, pero ella siempre lo negó. No sé qué otra persona pudo haber sido. A veces pienso que fue Natalia.

La despedí sin echarla. No la volví a llamar. Redirigí los mails de su casilla a la mía y no volvió a aparecer. Intenté asimilarla poco a poco, ser Natalia yo, aprender a decir que no con mi propia cara, a desviar en mi nombre las distracciones, pero nunca pude hacerlo tan bien como ella y al final la avalancha de asuntos literarios que no tienen nada que ver con la escritura me terminó tapando y me entregué de lleno a los daikiris culturales mientras alguien habla de literatura allá al fondo. La verdad es que la necesito de vuelta, pero no sé si va a querer volver. La necesito para que me desenchufe el wifi de la vena y me ate a la silla de escritor con su lazo de Mujer Maravilla.









"Maniobras de evasión", Ediciones Universidad Diego Portales, Santiago de Chile, 2015





17 de mayo de 2015

Prólogo a La Sudestada, de Juan Sáenz Valiente




Prólogo a La Sudestada, de Juan Sáenz Valiente 

Pedro Mairal 



En Buenos Aires, cuando viene la sudestada, no hay nada que la detenga. Los vientos cruzados del sudeste y la creciente del Río de la Plata embravecen la costa, la tormenta puede durar días y cambia el humor de la gente. El agua se desborda. En la ciudad, las olas pegan contra el paredón de la costanera y la pasan por arriba empapando la avenida. Un poco más lejos, en el Delta del Tigre, todo se inunda y quedan las casas aisladas, cada una salvada sobre sus pilotes de madera. 

Al investigador privado Jorge Villafañez se le va a venir la sudestada. Es un personaje cínico, gris, tabacoso, ultra porteño, desamorado, puteador, capaz de cualquier bajeza con tal de conseguir un dato, un sabiondo de sobremesa que siempre está de vuelta, y sin embargo las emociones le van a empezar a soplar desde el sudeste sin que se las vea venir. Cuando le piden investigar a la coreógrafa Elvira Puente, los sueños se le enrarecen y, en el fútbol con los amigos, le empieza a pifiar a la pelota. El detective que se las sabe todas, se queda sin pistas. 

El cerebro creativo de Juan Sáenz Valiente es una cosa muy rara. Tiene una libertad de extraterrestre. Es capaz de tomar las influencias más diversas, de Tintín a Egon Schiele, y asimilarlas para hacerlas entrar en su dibujo de una manera completamente personal. Su estilo puede ir en todas las direcciones y esto lo viene demostrando hace más de diez años. Desde entonces publicó Sarna, con guión de Trillo, las recopilaciones de historietas cortas Sigilo y Matufia, que son un despliegue de humor y genialidad, El hipnotizador, con guión de Pablo De Santis, y la más reciente historieta de aventuras Norton Gutiérrez y el collar de Emma Tzampak. Publicó también fanzines y catálogos de muestras, como aquella titulada Es muy importante apreciar un gran impacto vestido de blanco, que Sáenz Valiente, después de quebrarse la mano derecha saltando con su skate, dibujó enteramente con la mano izquierda. De hecho, parece como si tuviera varias manos distintas, una para cada obra, porque le gusta variar estilos. No se repite. A cada libro le da el tipo de dibujo que más le conviene a esa historia. 

Si El hiptnotizador sucedía en un mundo literario, mágico y misterioso, envuelto en una penumbra antigua, La sudestada sucede en la resolana de una Buenos Aires hiperrealista, berreta, fechada en plena luz del 2015, una ciudad donde se acumularon las décadas y donde conviven la melancolía del viejo club de barrio con la posmodernidad descascarada. Porque sabe mirar, Saenz Valiente vuelve visibles las cosas invisibles. ¿Cómo son realmente esos paisajes urbanos que dejamos de ver porque la vida cotidiana los volvió fondos neutros por donde circulamos y vivimos? El perfil de la ciudad tiene una línea irregular. Junto al galpón del viejo taller mecánico se levantan las torres pretenciosas, junto a las molduras de la casa italiana del 1900 hay un maxi kiosco de lata. Se ven las terrazas con los tanques de agua, las medianeras, los depósitos, las antenas, el campanario de una iglesia… 

Hay como un cariño por los detalles dibujados, pero sin nostalgia y sin ninguna intención de embellecer ni de volver más pintoresco el espacio de la historia: ahí están esas azoteas porteñas que son la espalda de la ciudad, el lugar donde van a parar los proyectos personales inconclusos y se cuelga la ropa, entre cables cruzados, parrillas de cemento, chapas oxidadas, mangueras, caños, chimeneas. La ciudad amontonada, que creció sin planificación urbana, donde cada uno levanta lo que quiere y lo que puede.

Los personajes, con sus cuerpos tan reales, tampoco están idealizados. Nadie dibuja viejos como Sáenz Valiente. Es como un gerontólogo. Los cuerpos vencidos, encorvados, con sus arrugas, sus rollos, pliegues y papadas. Nada más lejos de los personajes sexys, o atractivos, del dibujo erótico. Cada uno está mostrado como es y no hay posibilidad de pose. Y sin embargo, de nuevo, esa mirada no es despiadada o cruel. En la actitud de revelar la intimidad inconfesable de los cuerpos, hay cierta inocencia, y hasta un perdón absoluto, como si el autor dijera “está bien, somos así, no hace falta simular más”. Esa es una de las raíces de la impresionante humanidad de su dibujo. Hasta los personajes más secundarios, esos que aparecen en un solo cuadrito, tienen caras creíbles y a la vez grotescas, que uno cree haber visto hace un rato por la calle. 

Como un alivio contra esa Buenos Aires individualista y escéptica que parece el espacio emocional de Villafáñez, se contrasta el paisaje natural del Tigre con sus islas y canales. Es el paisaje que elige Elvira Puente, la heroína secreta, escondida entre los árboles, con su danza y un despliegue expresivo que paraliza y derrite al canchero de asfalto. Pobre Villafañez, que estaba tan tranquilo tirado en la cama, fumando en calzoncillos, viendo televisión.





10 de diciembre de 2014

Entrevista para Libroteca



Me entrevistó Eugenia Zicavo para Libroteca. Hablamos de cine, sexo, pudor y mis dos últimos libros.


7 de octubre de 2014

El subrayador - en Chile






Ya está en librerías de Chile mi libro El subrayador (publicado en Argentina como El equilibrio). Lo sacó la editorial Laurel. Va la contratapa del gran Zambra:


«Si uno diluye un buen poema en un litro de agua consigue un cuento regular», dice en este libro Pedro Mairal, y enseguida agrega, sin ironía: «Si uno diluye ese cuento en diez litros de agua, consigue una novela innecesaria». Hay que decir que Mairal ha escrito cuentos formidables y novelas muy necesarias, pero en estas columnas prevalece la mirada del poeta: cierto desdén por el tremendismo, la palabrería, la alharaca. El adjetivo que me viene a la cabeza para describir su tono es bonhomía, que el diccionario de los españoles define como afabilidad, sencillez, bondad y honradez. Algo de todo eso hay en El subrayador, aunque estoy seguro de que Mairal encontraría una palabra menos resbalosa, pues, como dice por ahí, «al final lo que importa es la lengua que usa la gente para escribir en las paredes del baño».

Hay en estas páginas, desde luego, mucho humor, casi siempre de ese que surge sin buscarlo, cuando la escritura, venturosamente, se vuelve un modo de prolongar las conversaciones solitarias. El subrayador es un libro sobre alguien a quien se le ocurren poemas en el colectivo y cuentos cuando anda en taxi, alguien que quizás hacia el final de alguna caminata arma estas columnas susurrantes y medio milagrosas.

Los temas son deliciosamente misceláneos: la paternidad, los demasiados libros, los conflictos vocacionales, los trajines del amor y la amistad, y sobre todo el deseo de aprender, de pronto, un poco más sobre el mundo. No creo que sea posible aludir a este libro sin pronunciar, aunque sea a la pasada, la palabra sabiduría.

Yo no diría que Mairal vive para narrar: en algún momento, después de vivir intensa y silenciosamente, después de absorber, de calar sin pausas ni prisas el presente, Mairal decide narrar, y lo hace con tanta precisión, tan perfectamente adentrado en la experiencia, que es difícil no creerle; no creerle todo, digo.

Alejandro Zambra



1 de septiembre de 2014

El gran surubí - completo online

Ya está en las librerías, en papel. Pero acá va completo online y como salió en Orsai.




EL GRAN SURUBÍ, de Pedro Mairal. 
Ilustrado por Jorge González

























29 de junio de 2013

El equilibrio







Contratapa

Santiago Llach

Iluminaciones en la noche de los countries; la voz de Tinelli, banda de sonido de la argentinidad; la falta de autos en la literatura nacional; la playa, pasarela de las carnes triunfales o vencidas; el taxista invasor de la intimidad; el zoológico como espacio para ejercer el narcisismo familiar; la educación de un hombre entre mujeres superpoderosas con forma de arenga; Maradona, cazador amazónico; los locutorios, zonas de acumulación de microbios y de historias orales; el aburrimiento que le produce a un escritor la cultura libresca; una micropoética de los casos policiales: todo ello es descrito con el ojo preciso y sencillo de Mairal.

El equilibrio es una selección de columnas publicadas en el periódico Perfil. Pedro Mairal inventa con ellas un género, en la justa mitad de camino entre las aguafuertes callejeras de Roberto Arlt y los breves ensayos de laboratorio de Jorge Luis Borges. En conjunto, el libro arma un panorama hecho de epifanías sobre la Argentina de principios del siglo XXI.

Pedro Mairal es para mí un escritor ejemplar. Su virtud más notable es digna de envidia: se las arregla para producir felicidad en el lector. Cada uno de los pequeños tratados que contiene El equilibrio ofrece una perspectiva original sobre un aspecto de la vida contemporánea. No es fácil la empatía para los ensayistas; Mairal la logra, quizás porque lo que vende no es ideología.

El primer texto, homónimo del libro, habla de un padre que le intenta enseñar a su hijo a andar en bici, a hacer equilibrio. Como metáfora soave del futuro que encarna al pasado, de ese pase de postas triste y bello, de una generación a otra, en que consiste la “supervivencia mamífera”, el libro contiene un prólogo del padre de Pedro e ilustraciones de su hijo.

Mairal tiene esa virtud de los verdaderos poetas que es elevarse por encima de las candorosas batallas de la época, sin dejar de ofrecer por ello un retrato supremo de la misma.




16 de junio de 2013

Entrada en la naranja



por Pedro Mairal

Cuando Egon Schiele estuvo preso en Neulengbach por hacer dibujos pornográficos, pintó unas acuarelas de su celda. En una se ve sólo el contorno de la puerta, el catre y, sobre las mantas, una naranja. La inscripción dice: “Esa naranja era la única luz (Die eine Orange war das einzige Licht)”. Es un dibujo a lápiz, están apenas coloreadas las mantas raídas y grises, y brilla el color de la naranja. No estuvo preso mucho tiempo, fueron tres meses y tres días, pero se percibe en esas imágenes una soledad absoluta, casi feliz. En otra de las acuarelas, dice: “Me siento purificado, no castigado”. En ese contexto, la naranja que le dieron, o que le mandaron, irradia su propia luz, es lo único vivo en la celda, como si quien la mira se estuviera volviendo transparente, ausentándose, fugándose del encierro hacia un estado espiritual. Difícil ver la naranja como la vio Schiele, aunque el dibujo logra mostrarnos algo de su experiencia.

Si a uno lo hicieran escribir sobre una naranja debería rodearla por sus infinitos lados y después entrarle hasta el corazón. Primero, quizá podría buscar las asociaciones personales en la infancia, la forma en que le enseñaron a uno a cortar la naranja, a pelarla, el gusto, los botecitos, el primo que se ponía un gajo en la boca como dientes postizos y nos tiraba en el ojo ese spray ácido que sale al apretar la cáscara. La naranja secreta y afectiva.

La naranja con mayúscula se podrá rastrear en Wikipedia, su origen oriental, su viaje hacia el Este rodando en su palabra, del sánscrito al persa, del persa al árabe y de ahí al español, narang, narensh, naranjah, naranja... La historia de la naranja, cuando se llamaba naranja china a la redonda y naranja mandarina a la achatada. Hasta que una quedó naranja (salvo en Puerto Rico, donde ahora la llaman directamente china) y la otra quedó mandarina.

Se puede pensar en la naranja general, pero también en esa naranja en particular. Cuando fue flor en una provincia del Litoral quizá, y el riego de los árboles la convirtió en fruto. La dejaron madurar al sol. Alguien la cosechó, la seleccionaron en la planta procesadora, la lavaron, la encajonaron y la llevaron en un camión hasta un depósito y después a un supermercado donde uno la terminó comprando. El viaje de la naranja individual entre millones iguales. La producción y el consumo reducido a un sólo ejemplar que ahora rueda en nuestras manos.

Y esa faceta industrial podría llevarnos a la desnaturalización de la naranja, o más bien a mirar todo lo mercadotécnico que hay en su naturaleza. Su estrategia de franchising en árboles que tienen el know how codificado y automático y producen frutos idénticos que albergan cápsulas mínimas donde se esconden más futuras plantas sucursales. Su packaging perfecto, esférico, impermeable, no tóxico, biodegradable... Todo su marketing saludable, vitamínico, nutricional. La gran naranja capitalista.

Y lo que sucede al hacerle un corte transversal: descubrimos la rueda, que estaba dibujada ahí desde los siglos de los siglos, delante de los ojos de la humanidad que seguía arrastrando bloques de piedra para construir pirámides. Los planos de la rueda dibujada por Dios para que los hombres –ese experimento mal encarado– echen a rodar la historia y aceleren y se estrellen de una vez por todas contra el final de los tiempos.

Y ya que estamos apocalípticos, pensar también la transformación de la naranja quieta, cuando cambia a escondidas cada vez que no la miramos. Se desinfla intacta en la frutera, se inclina, le crece un moretón grisáceo que le avanza, una ceniza que la cubre hasta quedar como una luna de moho, y se va pinchando, pudriendo, secando, se hace tierra. Un bodegón macabro.

Mirarle el aura a la naranja viva, eso que la vuelve gigante, alrededor, su energía movediza de links y asociaciones, las palabras que le salen si la exprimimos: naranjazo, anaranjado, naranjo, naranjales, su color, su jugo, pulpa, semillas, su tango de naranjo en flor, mi media naranja, no pasa naranja. La pinchamos, la cortamos, la aplastamos, la mordemos, la matamos. La naranja entra en nosotros y entramos en la naranja.


Perfil, 15 de junio de 2013



18 de mayo de 2013

Música para claustrofóbicos


Pedro Mairal


“Era más blanda que el agua, que el agua blanda.” Con esa frase empieza Naranjo en flor, quizá el mejor comienzo de todas las letras de tango. Es uno de esos casos de la poesía en que la forma es el fondo. Está hablando de la suavidad de una novia que tuvo, de lo inasible de esa mujer, de su recuerdo que se le escapa entre las manos, como el agua. Y el verso mismo es el agua, se acerca “era más blanda que el agua”, hace una pausa arriba como una ola, y se aleja repetida y hacia atrás, “que el agua blanda”. Son esas repeticiones del tartamudeo de la emoción.

Pero empecé al revés. Quería hablar primero de meterse en el subte a las ocho y media de la mañana y apiñarse como si los demás no fueran otra cosa que la angustia, los problemas sin resolver, temas pendientes, eso es el horrendo prójimo de golpe, un vagón de conflictos, incertidumbres que se te cayeron encima temprano, se te llenó el vagón con los pasajeros de tu pesadilla, no entran más, pero siguen subiendo. Como dice Mermet, “Donde no cabe uno, caben tres”. Te cuesta respirar. Te concentran, no te dejan distraerte de vos mismo. En una época soñaba que salía de un estadio, iba casi adelante en una multitud, me metía en la boca del subte, por el pasillo, toda la gente venía detrás, el pasillo doblaba y terminaba ahí, como el final de un túnel sin salida. Y la gente se empezaba a acumular. Soy un claustrofóbico controlado.

Y el otro día venía así, aunque sin controlar demasiado bien la cosa. Tenía trepado al monstruo. El espacio entre la gente era más gente. Alguna de esas cabezas de ganado era yo, queriendo bramar fuerte, pero mugiendo por dentro. ¿Yendo a dónde? Al Microcentro, al micropunto. Parecía que el subte estaba intentando reducirnos de tamaño para que entráramos en esa idea porteña, esa maqueta de ciudad. Decidí bajar en Pueyrredón para caminar desde ahí, pero al salir de la aglomeración tuve que abrirme paso a empujones. Salí furioso contra nadie, que es la peor furia.

En el pasillo, cuando todo me parecía el fin del mundo, unos acordes de armónica me levantaron del piso y me dejaron flotando. Era el comienzo de Naranjo en flor. La música se me metió hasta los huesos, calmó a la fiera, me humanizó. La guitarra y la armónica en la reverberación del pasillo del subte. La luz de la escalera hacia la calle. Salí cantando. Es un guitarrista pelado y genial. Al día siguiente le compré el disco. Se llama Nino Zoccola.


Perfil, 18 de mayo de 2013



24 de marzo de 2013

Habemus niñam



Pedro Mairal

Con una mano sostengo a mi hija recién nacida, con la otra escribo esta columna, con la otra le abro a la gata que quiere pasar a la cocina, con la otra agarro la tostada... soy Visnú, el dios de muchos brazos. Ya vengo ejercitándome desde que el verano pasado en Montevideo, en una de esas fiestas de terraza a la que caímos de rebote con un amigo, surgió el uruguayo del futuro. Fue así: encontré un bracito de muñeca dando vueltas entre las macetas y me lo puse asomando de la manga corta de la remera, a la altura de la axila. Parecía real, era medio impresionante. Entre los dedos del bracito puse un cigarrillo. Entonces me manifesté ante los presentes: “Soy el uruguayo del futuro, vengo a mostrarles el brazo suplementario que luego de generaciones y generaciones irán desarrollando para sostener el termo. La mutación será lenta pero ya está en curso. Aquellos de ustedes que sientan un leve rollo sobresaliendo a la altura del sobaco son los más aptos. Ése es el tímido comienzo de lo que será el tercer miembro superior que les permitirá recuperar la movilidad de ambos brazos sin soltar el termo y el mate”. No me echaron. Al contrario. Supongo que el Fernet (muchos montevideanos toman Fernet) ayudó a que mi aparición no cayera mal.

Mi hija solo se duerme en brazos. La miro. Es más chiquita que un haiku. Entra entera en un diminutivo. Como dice e.e.cummings: “Nadie, ni siquiera la lluvia, tiene manos tan pequeñas.” Y ella tiene solo dos, por suerte; se las conté cuando nació. Fue el día del Habemus Papam. En las primeras contracciones de la madre yo llevaba y traía toallas calientes, vasos de agua fría, cronometraba intervalos, hacía llamados, ya empezaban a brotarme los demás brazos. En una de las pasadas frente al televisor sin sonido se vio la fumata blanca, en otra pasada el titular urgente: El Papa argentino. Se lo conté a la parturienta. ¿Esto le juega a favor o en contra a Cristina? Si lo sabe usar, a favor, me contestó la licenciada en ciencias políticas entrando en el trance de la siguiente contracción. Y tenía razón. Días después estaba la presidenta vestida de negro Darth Vader: con una mano desenvolvía el mate de regalo, con la otra la yerbera, con la otra el termo, con la otra no se atrevía a tocar la blancura inmaculada de su Santidad, y juntaba las dos restantes entre las piernas, en gesto de escolar arrepentido.

Ahora mi niña arruga la cara y se pone una mano en la frente como un mini luchador de sumo que se enteró de algo tremendo. Se dio cuenta de golpe adónde la traje. Se suponía que éste era un estado laico. Ahora se va a volver todo más católico. No franciscano y humilde, sino más bien con ese aire de Versace que tiene el Vaticano. Aquella propuesta de la jueza Argibay de sacar los crucifijos de Tribunales no prosperará. Sumemos la teatralidad eclesiástica al estilo ya de por sí teatral del peronismo y pensemos en el resultado. El papa peronista. Es una idea genial. El gran guionista que escribe la película de este país se está luciendo. Se viene el cirio pascual hasta en las tortas de cumpleaños. El papa tocando el bombo en la capilla Sixtina. Los retorcidos profetas de Miguel Ángel lo miran de reojo.

Ella sacude los brazos, como si temiera caerse para arriba, le da vértigo ascendente. Vértigo de futuro. Y tiene razón mi niña. Qué país más raro y mazorquero. Un país donde se colgaba el retrato del gobernador Rosas en el altar mientras se celebraba la misa. Esa energía recursiva se vuelve a activar en la nueva era, Iglesia y Estado potenciando sus liturgias. Con cuánta naturalidad el presidente Mujica se omitió de la ceremonia de asunción del papa: “Uruguay es un país absolutamente laico, la Iglesia está separada del Estado desde principios del siglo pasado". Un país tan cercano y tan distinto.

La hija de este gorila hereje abre los ojos. Mira con asombro la luz. Busca tetas en el aire. Mi tamagotchi glorificado. Se chupa una mano. Hace un mini puchero, le tiembla la pera. Habemus niñam. Vino con un papa bajo el brazo. Entró llorando al país que se viene. Daniel Scioli y Karina Rabolini de rodillas rezando como en ese aviso para su campaña, en La Nación. Macri declarando asueto escolar para que los niños de todos los credos puedan ver la asunción de Francisco. Esto lo tiene que haber inventado Cucurto, es el realismo atolondrado. Dios interfiriendo a través del papa cuervo en el resultado del torneo de clausura para que gane San Lorenzo. O quizá lo inventó el poeta Fabián Casas. Los dos están metiendo mano en la obra del gran guionista, no cabe duda hija mía.


Perfil, 23 de marzo del 2013





16 de enero de 2013

El gran surubí

Pedro Mairal

Escribí una novelita en sonetos que se llama “El gran surubí”. La historia ocurre en una Argentina de pesadilla. El país se quedó sin carne y hay poca comida. En medio del caos, el Ejército recluta a los varones mayores de edad. Los saca de sus casas, de los bares, de donde sea. Los arrastra a empujones, los uniforma y los obliga a pescar. En los afluentes del río Paraná crecieron surubíes enormes que son atrapados por gomones de Gendarmería y suministrados a los habitantes del conurbano.

En las profundidades viscosas, además, existe un surubí gigante (una especie de Moby Dick) que todos los Regimientos quieren pescar como trofeo. Los soldados pasan hambre, frío, tienen sexo entre ellos, pescan de noche, mueren ahogados, quieren escapar.

“El gran surubí” está escrito en seis capítulos de diez sonetos cada uno, ilustrados por Jorge González. La revista Orsai lo fue publicando como folletín en los números del 2012. En orsaipad hay una versión con el audio leído por mí, para iPad y iPhone. En 2013 sale el libro en papel.

Va un video con el avance del audio y los dibujos del Capítulo I







13 de diciembre de 2012

Dramaturgos y telépatas


Pedro Mairal


Existen dos tipos de familias: la teatral y la telepática. La familia teatral es la más expresiva, donde todo sale para fuera y la gente se grita las cosas en la cara. Familias de estilo italiano, por ejemplo, donde los hermanos pueden tirarse las sillas por la cabeza y al rato estar abrazados riéndose. Los conflictos salen a la luz, se ventilan en la mesa, hay confrontaciones, se levanta la voz, todo sucede más rápido, porque la energía se libera, el conflicto se vuelve materia actuada para todos los presentes. Esas familias ya tienen abiertos los canales de lucha y así aprovechan como un deporte en los asados y comilonas, se miden entre sí, forcejean. La madre o el padre quizá hacen de árbitro, aunque nadie está libre del “¿y vos qué te metés? ¿Qué te peinás si no salís en la foto? No saltés que no hay charquito”, etc. Los invitados o familiares políticos recién llegados pueden asustarse, porque les parece que se van a matar, que de esa pelea no se vuelve, que ese llanto va a incubar un odio eterno, que el insulto le va a quedar colgado al otro de por vida. Y no. El fluir del domingo dentro de la casa se va llevando lejos el mal rato, un par de carcajadas soplan la nube de la mala onda, lo dicho dicho está y quedó claro. El sacudimiento de brazos en plena discusión fue como un karate a distancia, un “kame hame ha” de dibujito japonés, puños aéreos de llamas encendidas, y así se resolvió, uno aplastó al otro, lo revolcó en el barro de la humillación doméstica, le enseñó, sonó un portazo, bajó al rato la hermana menor después de encerrarse a llorar en el baño, la tía hizo el rogel famoso y no faltará quien le diga que le salió horrible, un mazacote, aunque igual se lo coma y pida otro pedazo.

La familia telepática, en cambio, es para adentro, más de drama sicológico, de angustia larga y silenciosa. En este tipo de familia no se pierde nunca la cordialidad básica, y toda emoción se terceriza. “Estuviste medio duro con papá, aflojá un poco”, o “A tu hermana no le gustó nada que te metas con el tema del bautismo”. En la mesa se cuentan anécdotas, se intercambian opiniones que pueden diferir, pero nadie lleva nada al plano personal. A lo sumo el aparente choque mínimo se resuelve en chiste y la causa pasa al juzgado telefónico del lunes a la mañana donde alguien hace de mediador, habla con uno, habla con otro, el tema se patea, quizá se disuelve pero queda como el mercurio en el agua. Y se hacen intensas telepatías donde cada uno cree que el otro debería ya haber entendido algo que nunca se dijo. Hay mucha burocracia emocional, se trabaja la culpa con triangulaciones del mensaje. No se le pega directo a la bocha, se juega al menos a dos bandas, hasta con el cariño, porque “dice mamá que Sofi está tan agradecida con ustedes.” Se aman y se odian pero a través de los ríos subterráneos. Aunque esté presente en los gestos distantes, la palabra amor no se susurra cara a cara ni en situaciones terminales, y así todo lo no dicho se puede volver cuento o poema o novela, pero nunca teatro.



Perfil, 8 de diciembre de 2012



20 de noviembre de 2012

Polaroids por telegrama


Pedro Mairal

Desde hace veinte años el mundo no cambia, algo se congeló en el devenir del diseño y la moda. Los veinteañeros siguen vestidos como Kurt Cobain. Los años 80, con su brushing flúo, marcaron el último momento de los cambios ridículos. Y en los 90 se estancó la mutación. La línea redondeada de los autos, la arquitectura de vidrio y acero, la ropa, el diseño gráfico, los peinados... todo parece haber quedado en una meseta de repetición donde sólo se hacen alusiones retro. Es decir, no hay más presente evolutivo, no hay actualidad como cosa nueva. Sólo existe el replay de lo que cada uno quiera revivir. Los cambios suceden dentro de la pantalla, la revolución fue sólo digital, pero afuera de la pantalla nos quedamos quietos y desentendidos. Los cibernautas estamos vestidos igual que hace veinte años, cuando prendimos la computadora por primera vez. La humanidad se distrajo mirando videítos de YouTube y se olvidó del mundo externo. Quizá no necesitamos cambios en ese plano concreto, porque todo está cambiando en este otro plano más cerebral. Somos Kurt Cobain pero con iPhone. Desde hace dos décadas Bart Simpson sigue teniendo 10 años.

Pienso en Instagram, una aplicación para darles a las fotos una pátina vintage. El nombre es una mezcla de instantánea y telegrama. El filtro más conocido de esta aplicación hace que una foto digital actual tenga los colores saturados y el grano de una Polaroid de los setentas, con su borde blanco analógico y todo. La imagen con Instagram pasa así a tener algo que no podía tener antes una foto del presente, pasa a tener una nostalgia automática, tiempo acumulado, como si fuera ya un viejo recuerdo. Y sin embargo quizá es una foto de tu gato sacada hace pocos minutos. Los norteamericanos son buenos descubriendo ese tipo de trucos. Mientras los franceses dejan el vino treinta años en barricas de roble para que tenga esa madera sutil al fondo de su sabor, en California consiguen el mismo efecto espolvoreando aserrín de roble sobre el vino nuevo. (Habría que inventar un sobrecito que le echás al vino en cajita y lo convierte en un Château Petrus cosecha 1971).

Los fotógrafos están horrorizados con Instagram porque logra darles un aire profesional a las malas fotos amateurs. El usuario sólo tiene que encuadrar bien y apretar un botón, y el cielo de hoy parece el cielo de la infancia, la ropa tiene un aire gastado, la gente se convierte en sus propios padres cuando eran jóvenes. Instagram te atrasa una generación (si tenés cuarenta, porque si tenés veinte te atrasa dos). Para los más jóvenes habría que ver qué sentido tienen esos anacronismos visuales, esas alusiones a un mundo analógico que no conocieron y que no despierta ningún eco afectivo. Instagram es una maquinita del tiempo que manda a los setenta cualquier cosa que apuntes con tu lente: tu taza de café, tus pies, tu bicicleta, tu cuadra y el sol en la ventana.

Ya tenemos en el disco rígido diez años de fotos digitales. Las primeras, con el numerito rojo de la fecha que no sabíamos quitar, o esas de familiares todavía posando como si fuera una ocasión única, un solo disparo. Fotos de las cuales las mejores se imprimían en papel porque el archivo digital no se consideraba la cosa en sí, sino algo parecido a los negativos.

Después las carpetas de fotos crecieron. Pasamos de las fotos malas a las fotos malísimas, total no tenían costo. Fotos más documentales que estéticas. Miles y miles y también videítos. Y también carpetas con fotos borrosas y ultrapésimas sacadas con el celular. Las mandamos por mail, las subimos a Facebook, las guardamos en la nube, en Flickr, en Picasa Web, ahora las compartimos por Twitter en Instagram...

Pero son fotos de un presente que ya no envejece, sólo cambian un poco los cuerpos; el entorno es siempre el mismo. No hay pérdida, ni tiempo, ni nostalgia. Esa falta es lo que parece llenar Instagram: transforma y envejece un presente eterno e inmutable. Le agrega un filtro emocional al museo infinito de los días iguales. Durará un rato, después ya no va a causar efecto. Si cada época inventa su pasado, ¿cómo será en el futuro el pasado de este tiempo congelado? Como Billy Pilgrim, el personaje de Vonnegut en Matadero 5, nos salimos del tiempo lineal y vivimos un poco en cada época. Saltamos por los años con nuestros dispositivos, archivos y filtros. Envejece Madonna y la suplantamos por Lady Gaga. No necesitás cambiar, tu iPhone cambia por vos.



Perfil, 17 de noviembre de 2012


21 de octubre de 2012

Perros al alba


Pedro Mairal

De lunes a sábado me despiertan 7.30 los perros que el paseador deja atados en un poste a mitad de cuadra. Mientras busca más perros por los departamentos, los deja ladrando sus ladridos metafísicos que suben hasta mi ventana como una jauría atrapada en un cañadón. Las fachadas de los edificios hacen de megáfono, el ruido sube. Son casi veinte perros preguntándole cosas al cielo, en toda la escala, desde el guau profundo de un labrador hasta el aullido finito de un caniche toy. ¿Qué dicen, a quién invocan, llaman a sus dueños, liberan tensión, se declaran listos para algo, se contestan a sí mismos, afirman su yo canino en cada grito?

Si uno solo empieza, ése desata el coro, y cada uno empieza a probar la acústica de la cuadra, les gusta estudiar el espacio a los perros, fijarse dónde pega su ladrido, dónde rebota, dónde se pierde. Estoy seguro. Tiene algo de radar su vozarrón. García Lorca muestra muy bien los ladridos lejanos en lugares abiertos cuando, en su Romancero, un gitano y una casada infiel van al río de noche, furtivos, a amarse sin ser vistos, y a lo lejos se oye “un horizonte de perros”. Saer, en su novela La grande, desglosa el recuerdo de los cinco sentidos en su pueblo y al llegar a las sensaciones auditivas habla de los ladridos en el espacio negro descomponiendo una multiplicidad de planos diferentes, una geometría de ladridos que rebotan en patios cuadrados, en tapiales largos, en tinglados de chapa. Los ladridos son el espacio.

Muy lindo y muy literario todo. Pero quiero dormir media hora más hasta las ocho sin que las tres cabezas del can Cerbero me ladren en la puerta del infierno. ¿Qué hacer? ¿Bajar con un bate de baseball a hablar con el paseador? ¿Bajar en son de paz? ¿Llamarlo? ¿Agremiarme con los vecinos para hacerle un reclamo colectivo? ¿Distribuir su teléfono en un papelito buchón por todos los pisos? ¿Soltarle una mañana la jauría y dejarle un cartel mafioso en el poste? ¿Hacerme el San Francisco de Asís y hermanarme con los hermanos perros hasta anularlos por aceptación?

Qué detestable esa actitud de tercerizar el tema mascota. Los dueños que no se hacen cargo de sus perros deberían ser atados todos juntos a un poste. Qué manera de joder al prójimo. Yo convivo con una gata hace dos meses. A la tarde, cuando el sol entra por la ventana, ella se sienta derecha, egipcia y luminosa, adora a un dios antiguo, brinda tributo, se acicala. Yo la miro y escribo. No molestamos a nadie.

Perfil, 20 de octubre de 2012




16 de septiembre de 2012

La Pasión


Pedro Mairal


Un médico al que no le gusta el fútbol está almorzando con dos matrimonios amigos, por Núñez, en una larga sobremesa de domingo. Uno de los amigos mira por debajo de la mesa su BlackBerry y dice: “¡Vamos! San Lorenzo metió un gol en el último minuto. Terminó el partido. Están jugando acá en River”. Los amigos del médico discuten sobre San Lorenzo. Uno es de San Lorenzo; el otro, de Boca. El los escucha cansado, mirándose con las esposas respectivas, hartos todos del tema, y se pone a argumentar contra el fútbol.

Afuera hay unas corridas a la salida del estadio. Aconsejan en el restaurante esperar un poco, y cierran la puerta.

Después salen. Hay un tumulto en la esquina. Se acercan. La gente pide un médico. Contra un poste de luz, ven a un hincha de San Lorenzo sentado sobre su propio charco de sangre. El médico duda, se acerca, lo revisa. El tipo le pregunta si se va a morir. El médico no le contesta. Le mira la herida, trata de frenar la hemorragia. Llama a una ambulancia y se arrodilla al lado de él. El hincha, otra vez, le pregunta si se va a morir. El médico le dice que puede ser. El hincha está en estado de gracia. Se ríe a carcajadas pero a la vez grita de dolor. El médico lo acompaña en su agonía.

El hincha le pregunta: “¿De qué cuadro sos”. “No me gusta el fútbol”, dice el médico. “Entonces ahora sos de San Lorenzo”, le dice, se saca la bandera que lleva en los hombros y se la pone al médico. “Mi pasión ahora es tuya”, le dice. El médico se mira la bandera como bufanda colgada del cuello, la agarra y en ese momento el hincha le agarra las manos, se las aprieta y lo trae contra sí como si lo fuera a zamarrear o a decirle un secreto; no lo suelta. Es un tipo grandote y fuerte. Se aferra a la vida muriéndose, yéndose. Es un momento íntimo. Se escucha la respiración agónica. Finalmente, el hincha le dice al oído: “Aguantame los trapos”. Y se muere.

Llegan otros barras corriendo. Lo empiezan a levantar. El médico les dice que ya no hay nada que hacer. Es mi hermano, dice uno. El médico le dice: “Me dio esto”, le quiere devolver la bandera. El hermano le mira la camisa blanca ensangrentada, las manos. Le dice: si te la dio, es tuya.
Se lo llevan en andas. Llega la ambulancia. El médico queda ahí parado en medio de la gente que mira.
Una semana después está dando una conferencia en Europa, en un congreso de medicina. Habla en inglés, lo aplauden. Se va a sentar para escuchar a otros, pero no puede dejar de mirar en su iPhone cómo va el marcador del partido de San Lorenzo. 


***


Cuando vuelve en el avión lee los suplementos deportivos on line. La azafata le pide que apague el teléfono y él le dice: “Ya lo voy a apagar”, y se demora un rato. En el kiosco del aeropuerto va a comprar cigarrillos (no fuma hace cinco años, pero no se aguanta) y entre las revistas ve un número aniversario de San Lorenzo que viene con un DVD. Lo compra y lo hojea en el remise, con la ventana baja, fumando.

De noche en su cuarto se oye que dice: Buticce, Albrecht, Rosi, Calics, Villar, arriba Rendo... Prende la luz, su mujer le pregunta qué le pasa (está casado, con hijos estudiando en el exterior). Mira la revista, apaga la luz y dice: Rendo, Veglio, Cocco, González... El domingo le pide a su amigo cuervo que lo lleve a la cancha. En la popular mira como asustado a los demás gritando, saltando. De a poco se suma al grito de la hinchada. Pierden 1 a 0 y el árbitro no cobra un penal evidente. Empiezan a volar cosas, el amigo se lo quiere llevar y él sigue saltando desaforado. En los empujones el hermano del barra brava muerto lo reconoce y se lo lleva al corazón del agite. Uno le pregunta si es alemán, no escucha, dice que sí. Lo bautizan “el Alemán”. Se vuelve solo a su casa, sentado en el asiento de atrás del colectivo, se trata de calmar pero por momentos se ríe solo.

Es obstetra. El lunes está en un parto. “¿De qué cuadro lo van a hacer?”, pregunta. “El abuelo es de Huracán”, dice el padre. “No, tiene que ser de San Lorenzo”, le dice. “Vamos a ver”, dice el padre. “Si no lo hacés de San Lorenzo no lo asisto yo”, contesta y se empieza a sacar los guantes, como yéndose. La madre con las piernas abiertas, empapada en sudor, los mira y dice: “¿Me están jodiendo?” “Está bien, está bien”, dice el padre, “es de San Lorenzo”. Al día siguiente, tiene que dar explicaciones al director de la clínica.

Va a ver a su amigo cuervo que es psicoanalista. Quiere parar con esta conducta, pero no puede. El amigo le habla de una proyección traumática puesta en el fútbol. Le dice que San Lorenzo no es lo más importante. Discuten. El médico se va gritándole: “No tenés huevos, loco, no tenés huevos.” Vuelve a la cancha, ya es “el Alemán” en la barra brava. Ese día hay heridos. Lo invitan a un asado. De vuelta en su casa a la noche, lejos del sexo tullido matrimonial, tienen sexo apasionado y de pie con su mujer, que lo mira sorprendida.

El lunes lo llaman del hospital para decirle que no vaya más. “Prendé la tele”, le dice el director. En el noticiero lo identificaron con las cámaras de la cancha. Su imagen congelada en pantalla. Santo Biasatti dice: “¿Saben quién es este señor que tira piedras? Un prestigioso médico porteño.”

Una noche le traen un herido de bala. Se vuelve médico clandestino de la barra brava. Empieza a tomar decisiones. Viajan a un partido en el interior... El final mejor no contarlo todavía.




Perfil, 9 de septiembre y 16 de septiembre de 2012



21 de agosto de 2012

El amo y el sirviente


por Pedro Mairal 

A la mañana me siento en el living y apoyo la taza de café al lado de la taza sucia de ayer. Y de pronto me veo repetido, desfasado, facetado en fotogramas, el fantasma del que fui cada día de la semana apoyando la taza el lunes, apoyando la taza el martes, y el miércoles, etc. Es decir todos mis etcéteras como una serpiente que me sigue, un multiplicado reflejo de ascensor, una coreografía de mí mismo, mi estela semanal.

No logro equilibrarme en la soledad de mi casa: o soy el amo o soy el sirviente. Cuando soy el amo voy ensuciando platos, cubiertos, vasos, y ahí quedan, y la ropa se apila en la silla, y los papeles van formando una parva, los libros que fui hojeando estos días para preparar clases llegan hasta la cocina, los cables de los distintos adaptadores y cargadores se van haciendo un nudo negro... Qué lindo ser el amo, qué gran displicencia indigna, ser un déspota caprichoso que va barajando el orden y despeina la casa y vuelca el frasco de monedas en la mesa para sacar un clip de papel y así lo deja.

Cuando soy el sirviente voy levantando el caos del señorito. Repaso su semana, la voy como leyendo, acá su vaso de vitamina C dominical, acá su clase de Saer del jueves, acá el bol de cereales del miércoles del hijo, acá las cuentas impagas, acá el recibo que buscó durante días. El sirviente es mucho más sabio que el amo, más digno, más alto y despejado. Nada de jogging, ni pijama, ni crocs impresentables. El sirviente es un mayordomo inglés que respeta hasta el orden alfabético de la biblioteca y guarda en carpetas las facturas, y dobla la ropa del hijo con amor. Qué lindo cuando finalmente logro ser el sirviente y la casa queda planchada, espaciosa, nueva.

Por qué me costará tanto invocarlo más seguido, y tenerlo más cerca para aplacar el aluvión del amo. Quisiera ser amo y sirviente al mismo tiempo, poder mezclarlos, volverlos simultáneos hasta que no se sepa quién hace qué, hasta que el amo le traiga un té al sirviente que estaba cansado y leyendo una novela.


Perfil, 17 de agosto de 2012

18 de agosto de 2012

Amor incondicional


Pedro Mairal

Se podría escribir un cuento de una chica joven que se muda con un viejo escritor. El viejo no termina de entender el porqué de la devoción de ella, que pasa todo el día en la casa durmiendo y leyendo, y se acuesta con él de vez en cuando con ternura, sin desprecio. A los dos años la chica se va y lo deja. Después entendemos la verdad: ella estaba enamorada de la biblioteca del escritor, no del escritor, y se quedó todo el tiempo que le llevó leer sus libros.

Tuve durante diez años mi biblioteca desparramada en distintos lugares. Mis libros iban y venían según mi estado civil y mis metros cuadrados. En cajas, en roperos ajenos, guardé primero, creo, los libros de teoría y ensayo, después en bolsas de consorcio la narrativa que no fuera latinoamericana, después me quedé solo con la literatura argentina, pero al final la ficción también terminó en una baulera oscura... De lo que nunca pude despegarme fue de mis libros de poesía en castellano que me acompañan a todos lados, como el árbol de Basho que él llevaba consigo en cada mudanza.

Intenté varios sistemas que fallaron. En una época tuve doble fila de libros en los estantes, pero no funciona porque el libro que no se ve no se lee. Guardé libros abajo de la cama, pero eso tampoco es práctico y además provoca pesadillas. A veces imagino una casa con un piso flotante y abajo guardados los libros en escotillas traslúcidas. Sería una linda biblioteca.

Ahora estoy logrando reunir todos mis libros disgregados, rebobinar mi atomización. Sé que puede no parecer motivo para la felicidad, pero estoy enamorado de mi biblioteca, de hecho me tolero solo gracias a mis libros. Hace poco murió un amigo de quien todavía no pude escribir una sola línea porque ninguna partícula de mi persona se cree realmente que él ya no esté. El asunto es que, cuando mi amigo ya sabía que se estaba muriendo, dijo que si tuviera que elegir un epitafio sería esa frase de Pearsall Smith: “Some people say life is the thing. I prefer reading”. Que se podría traducir como: “Algunos dicen que lo importante es vivir. Yo prefiero leer”.



Perfil, 10 de agosto de 2012



Retrato de mi biblioteca, por María Luque, 2016.