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16 de diciembre de 2008

Zelarayán, el compositor entrerriano

por Fabián Casas

Mateo es un peluquero joven del barrio de Monserrat. Una de sus obsesiones es poder dar un buen servicio a los clientes y que ese servicio se metabolice en un crecimiento de su negocio. También es fanático de los libros de autoyuda que te estimulan para potenciarte y “no decir sí cuando se quiere decir no”. Tiene mucho sentido del humor y chispa al hablar. Hace poco me dijo: “Todos las noches le pido a Dios que haga nacer pibes con dos cabezas”. Esa frase me hizo reir y después me dejó pensando.

19 de septiembre de 2008

Recuerdos del poeta incómodo


por Fabián Casas

Fue una mañana calurosa en extremo –esas mañanas que preanuncian un día completo en el horno de Banchero– cuando sonó el teléfono y me dijeron que había muerto Joaquín Giannuzzi. Llamaba una periodista y quería que le dijera unas palabras sobre el poeta. En ese entonces yo solía levantarme muy tarde, casi al filo del mediodía y –después de un manguerazo en la ducha– salir para mi trabajo. La llamada llegó apenas un rato antes de eso, me encontró groggy y transpirado y después de que corté quedé peor aún. Se había muerto Joaquín. [SIGUE ACÁ]

1 de julio de 2008

El Castrador Oculto


por Fabián Casas

Ah, las viejas series! Tenían capítulos unitarios que empezaban y terminaban en el mismo día, aunque algunas siguieran su trama a lo largo de toda la temporada. Las veíamos por la noche, con toda mi familia tirada sobre la cama matrimonial de mis viejos. En ese entonces, seguíamos El fugitivo. Me acuerdo del último capítulo, en el que el doctor Richard Kimble consigue atrapar al Hombre Manco que había matado a su esposa. Un capítulo doble con final feliz y catártico. Ahora la cosa se perfeccionó, se volvió rizomática. Por ejemplo Lost. No me imagino que pueda tener un final satisfactorio para sus seguidores –dentro de los cuales me encuentro–, a esta altura del partido y con cuatro temporadas en el buche. No, me parece que los guionistas no van a poder suturar a Lost cuando deban converger las tramas y subtramas que se fueron desperdigando dentro y fuera de la isla. Creo que Benjamin Linus no quiere producir satisfacción. Con la obra inédita de J.D. Salinger va a pasar lo mismo... [SIGUE ACÁ]

14 de mayo de 2008

Una visita al pediatra


por Fabián Casas

(Sobre la Las aventuras de Barbaverde, la última novela de César Aira)
¿Se zarpó César Aira? Ya leímos en sus libros a indios que hablaban como eruditos universitarios, niñas proletarias que jugueteaban con fantasmas okupas y sectas de gimnastas dispuestos a disputarse el barrio de Flores palmo a palmo. Ahora le toca el turno al cómic como motor de inspiración... [SIGUE ACÁ]

21 de abril de 2008

El bocadillo de Délfor


por Fabián Casas

Sobre la novela “Jill”, de Philip Larkin (1922-1985)

Qué pensarían de un tío viejo y solterón que se la pasa diciendo que los libros son pura mierda y que Picasso, Joyce y Miles Davis representan la enfermedad de nuestra civilización? ¿Y qué haríamos si descubrimos que en el cajón de la cómoda nuestro tío impresentable guardaba poemas hermosos que había escrito después de cenar y lavar los platos? Bueno, ese tío existió y se llamó Philip Larkin, tal vez el mayor poeta inglés posterior a Auden, si es que estos podios le sirven a alguien [SIGUE ACÁ]

23 de marzo de 2008

Poesía actual

por Santiago Llach
Así como muchas de las mejores novelas argentinas de los años noventa fueron libros y libritos de poemas (de Martín Gambarotta, Fabián Casas, Cecilia Pavón, Martín Rodríguez), ahora lo mejor que le pasa a la poesía argentina lo hacen blogueras (como Fille Putain), fotógrafos (como Mariano Blatt, que diseña afiches con leyendas y los sube a su fotolog) y narradores (como Leonardo Oyola). Siempre lo más interesante que pasa con un arte son los elementos nuevos que el artista trae del afuera para mezclar con lo viejo, con la tradición.

En la era del dólar ultrabajo, mientras el mercado interno se achicaba, la política venía mal cortada y los jóvenes de clase media viajaban por el mundo, un arte de las catacumbas como la poesía, que camina siempre con un pie afuera del mercado, fue la sede que encontraron los hijos del rock y las utopías setentistas para contar sus mejores historias. El modelo argentino se convirtió pronto en una feria artesanal de poetas latinoamericanos que iban y venían por el patio trasero de USA con sus libros objeto y sus papeles fotocopiados.

Los narradores de la era de la soja kirchnerista, de la época en que el 24 de marzo se convirtió en un feriado más, en cambio, tienen acceso inmediato a la publicación. Mientras ellos cocinan su poética a la vista de todos (los viejos dinosaurios editoriales les abren la puerta con antologías, y los medios los saludan desde la tapa de los suplementos), los formatos ofrecidos por Google Inc y sus competidores van reconfigurando las formas literarias. ¿Dónde están los mejores poemas actuales? Posiblemente, en breves posts en prosa que se descubren saltando por los blogs, en los párrafos que los nuevos narradores prolijos dejan afuera de su angustia publicadora, en la crítica cultural instantánea de los hijos de la educación humanística masiva y a la bartola volcados a la ficción: ahora la que viene mal cortada es la poesía.

18 de marzo de 2008

Very Important Loser





por Fabián Casas






La poesía de Charles Bukowski da pelea para no convertirse en un lugar común. Ahí están los miles de poemas que escribió casi sin preocupaciones formales, con pequeños estiletazos líricos que hacen que algunas de sus imágenes queden flotando en la mente y en el corazón de sus lectores. Pienso, por ejemplo, en el poema "Mellizos", donde termina en los últimos versos poniéndose el traje de su padre muerto. Un poema que lo muestra mucho más conciliador y tierno con su padre que en la feroz descripción que va a tener de éste en sus relatos posteriores.

Tal vez sin proponérselo programáticamente, Bukowski exportó el lado oscuro del sueño americano. De la noche a la mañana, leyendo sus novelas, muchos escritores del mundo -y músicos y lo que sea- se convirtieron en malditos. Su retórica también llegó al cine encarnada en Mike Rouke a través de la película Barfly. En argentina, su influencia se metabolizó positivamente en el que quizá sea el mejor trabajo de Fito Páez: Ciudad de Pobres Corazones.Y en los relatos de Enrique Symns que por ese entonces dirigía la gran Cerdos y Peces.

De pronto, con la explosión anagramática de los relatos del viejo indecente, muchos querían dejar de ser VIP para convertirse en VIL: Very Important Loser. Pero no todo es cotillón ni papel picado. Más allá de su pose antiintelectual, de peleador callejero y de bebedor y jugador compulsivo, late un corazón de escritor. De buen lector. Detrás de los libros de Hank -como lo llamaban sus amigos- están las voces poderosas de Lois Ferdinand Celine, Henry Miller, Hemingway y John Fante. Al lado de todos ellos, Charles Bukowski es un escritor menor. Sin que este adjetivo se vuelva peyorativo. De hecho, si repetimos la palabra menor varias veces, empieza a surgir la palabra Enorme. En realidad, todos los hombres son mortales, todos los escritores son menores. La larga saga que cuenta su vida: Cartero -para muchos su mejor libro-, Factotum , Mujeres y La Senda del Perdedor, son lo mejor de una cosecha añeja. La poesía de Bukowski, esa canción que pasan por la radio en las tardes melancólicas de domingo, está en estos relatos.

(publicado en Cultura, Perfil, domingo 16 de marzo de 2008)

[LEER EL POEMA "MELLIZOS"]

8 de febrero de 2008

El culo de una arquitecta

(Quizá para equilibrar aquel ensayo sobre las tetas, ahora me pidieron uno sobre el culo femenino para la revista Soho de Colombia. Lo escribí con mucha ayuda de mi amigo Ramón).

por Pedro Mairal
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No suelo concordar con el prójimo varón sobre cuál es el mejor culo. Noto un gusto general por el culito escuálido de las modelos flacas. A mí me gustan grandes, hospitalarios, macizos. Me gusta el culo balcón, que sobresale y se autosustenta como un milagro de ingeniería. El culo bien latino, rappero, reggaetón, de doble pompa viva y prodigiosa.

Me salen versos cuando hablo de culos. Quizá porque en los culos hay algo más antiguo y atávico que en las tetas, que en realidad son una intelectualización. Las tetas son renacentistas, pero el culo es primitivo, neanderthaliano. Con su poder de atracción inequívoca, su convergencia invitadora, es un hit prehistórico. Despierta nuestro costado más bestial: el del acoplamiento en cuatro patas. Las tetas son un invento más reciente, son prosaicas. El culo, en cambio, es lírico, musical, cadencioso, indiscernible del meneo de caderas, del ritmo, la batida de la bossa que retrata a la garota que se aleja en Ipanema [SIGUE ACÁ].

16 de noviembre de 2007

Leído al recibir el premio "Anna Seghers"

foto: Guadalupe Gaona
por Fabián Casas

Hace un tiempo atrás se me rompió un zapato. Me vi en problemas porque no recordaba una zapatería cerca de casa para poder arreglarlo. Sin embargo, salí a la calle y a las dos cuadras encontré una. Era un local viejo iluminado por una luz muy cálida. Había olor a cuero y una estufa daba un calor acojedor. Parecía una zapatería sacada de los cuentos infantiles. Detrás del mostrador, un hombre mayor trabajaba con un martillo y unos clavos. Tenía unos anteojos de esos que se usan para ver de cerca. Intercambiamos frases de cortesía y le pregunté si era nuevo en la zona, ya que yo –que había pasado infinidad de veces por ahí- no lo conocía. El hombre se sonrío y me dijo que hacía 20 años que estaba en el barrio. Que había visto crecer a varios de los chicos que antes jugaban en la vereda. Le dejé mis zapatos para que los arreglara, lo cual hizo de manera notable. Saqué una conclusión: hasta que no lo necesité, el zapatero había sido invisible. Saqué otra conclusión: todos los que hacen bien su trabajo son invisibles. De manera que, en una cultura que propicia la sobreexposición mediática, la invisibilidad es un don. Me di cuenta que también algo de ese espíritu estaba en los escritores que me gustan, esos que no salen a buscarte desde los desmesurados aparatos editoriales sino que se los encuentra irremediablemente cuando son necesarios.

El zapatero de mi cuadra hace zapatos, yo escribí algunos poemas. Y tengo hoy el inmenso honor de ser premiado con el galardón que lleva el nombre de una gran escritora. Me gustaría decirles que desde chico tuve la certeza de que la literatura no es algo individual, sino colectivo. Me siento parte de una larga lista de escritores, de todas las lenguas y de todos los tiempos. Por suerte el espíritu no tiene una sola dirección y sigue soplando donde quiere. No escribo poesía argentina, sino que formo parte de un territorio panlinguístico y mestizo donde se mezclan los dialectos y las costumbres de todos los seres que lo habitan. Escribamos o no, lo más importante es que todos nosotros somos narraciones de la vida. En cada bar, oficina, hotel o cualquier lugar donde la gente se junta, está alguien escribiendo el sermón de la montaña. Simplemente hay que ponerse en estado de atención para poder oirlo. Un joven, leyendo en el subte, está sosteniendo algo de lo mejor de nuestra civilización. Porque todo indica que los tiempos son oscuros. Que vivimos en una época de choque entre civilizaciones totalitarias, conducidas por puristas que sólo pueden engendrar horror y muerte. Si seguimos así, a todos nos va a tener que reconocer por la dentadura.

Lo cierto es que a la poesía no se la define, se la reconoce, dijo Alberto Girri, un gran poeta argentino. Así que no voy a cometer la estupidez de definir algo en lo que no se han puesto de acuerdo siglos y siglos de pensadores. Pero sí voy a nombrar algunas de las cosas en las que encuentro poesía: a veces en un animal, otras en el motor de un auto, en las largas vías del tren y en el silencio de los hospitales. En Johan Cruyff corriendo con su elegante camiseta naranja o en la construcción anónima de las catedrales. En el inferno de Dante, en el cerebro de Ugolino y en el sticker de la virgen pegado en el tablero del patrullero. La poesía siempre se encuentra en estado de pregunta. ¿Por qué estamos acá? ¿quiénes somos? ¿De dónde venimos? A veces, hasta nuestros seres queridos nos resultan extraños. Y sin embargo, la voluntad poética de habitar el mundo, es lo que todavía hace que la cosa valga la pena. Buenas noches, apúrense que vamos a cerrar, repite alguien desde hace años en uno de los versos de The Waste Land, buenas noches, buenas noches a todos. Mi nombre es Fabián Casas, pero en Alemania pueden decirme Kaspar Houses.


Berlín, noviembre de 2007

8 de noviembre de 2007

Terranova y las antologías

(Texto leído por Juan Terranova el martes 6 de nov. en la presentación de "Buenos Aires. Escala 1:1")
1. Enfrentar una novela, un cuento, un libro de cuentos, un poema, un conjunto de poemas, un libro cualquier, en definitiva, es enfrentar un autor. Con las antologías esto es diferente. El lector, siempre en solitario, enfrenta a un grupo de tipos. Uno, el lector, contra todos los que forman parte de la antología. En el caso de Buenos Aires, escala 1:1, uno contra veinticinco, más que una patota. Todo un desafío al pedorrísimo refrán “Muchos contra uno no es bueno para ninguno”. Y encima, podría decir el lector “estos vienen con pretensiones de narrar los barrios de Buenos Aires”.
2. Las antologías son castigadas con una fuerza llamativa. Tienen hasta detractores. Como el aborto, la mano dura, el gatillo fácil o la pena de muerte. ¿Quiénes son estos detractores? Primero que nada son los autores que se quedaron afuera, que no están incluidos y que por lo general, no leen las antologías que los excluyeron. ¿Qué van a leer si no están ellos? Pero no se privan de hablar mal. Si no están ellos, ¿no?, ¿por qué privarse de hablar mal? ¿Qué puede tener de bueno una antología que no los incluye? Los escritores no son de controlar la envidia, más bien todo lo contrario. Pero hay algunos que lo hacen, y leen las antologías y valoran el esfuerzo de sus colegas. Dios los bendiga.
3. Sin embargo, el principal apoyo para la negación lo ponen las mismas antologías. Se trata del infernal trampolín del slogan que adopta muchas variantes. “Los mejores escritores”, “los escritores más jóvenes”, “los escritores nuevos”, todos conceptos vanos, llenos de recovecos traicioneros. Porque siempre hay uno mejor que nosotros, siempre hay uno más joven, más nuevo, más interesante, que tendría que haber estado y no está. Siempre hay, si no un error, la posibilidad de un error. Pero el problema más rotundo lo da la palabra “escritor”. Otra vez la misma situación: uno compra una novela, un libro de cuentos, un ensayo, una autobiografía y no dice, en la tapa, “esto lo escribió un escritor”. No hay necesidad. Pero con la antología, a esta altura un artefacto desquiciado, un pulpo insoportable, es diferente. Parece que participar en una antología no lo hace a uno “escritor”, ni mucho menos “mejor” que otro, ni muchísimo menos “joven”, para no hablar de la problemática palabra “generación”, una palabra llena de fisuras, casi tabú, contra la que todos parecen estar siempre en desacuerdo, en tensión, de la que siempre se desconfía y a la que hay que agregarle una serie de explicaciones y cláusulas para hacerla funcionar con un mínimo de dignidad. Habría que señalar, lo cual es un poco lastimoso pero, parece, muy necesario, que los libros vienen envueltos en el agridulce terciopelo del markentig. Y con eso explicaríamos quizás tantos equívocos, tantas contratapas, tanta joda loca y discusión sobre lo que es al final algo muy obvio. La antología es un junte y rejunte. Y hay que hacerse cargo.
4. Para terminar, me gustaría hablar del queso rotatorio. Toda antología –esta que presentamos hoy no tiene por qué ser la excepción- contiene un queso, una parte, una pieza, en este caso un texto que no va, que pertenece a otra antología, que no funciona, que debería haber sido desechado, que es, en definitiva, malo y que sobra. Pero, y acá este “pero” es fundamental, después de leer y comentar con autores y lectores varias de estas antologías que salieron, me di cuenta, de a poco, que el queso es rotatorio. Ninguna antología tiene un queso fijo. Y esto sucede porque los lectores van cambiando y, gracias a Dios, todos leemos de manera diferente. Los textos que son hits, son casi siempre hits para la mayoría, pero el queso va cambiando. Para unos es este, para otros es aquel, producto de lecturas encontradas y cruzadas el queso se desmarca y va armando un repertorio de variaciones. Leer una antología es algo difícil, porque como objeto no es un espejo, ni una ventana, ni un plato, sino más bien –metáfora trillada pero eficiente– un caleidoscopio que gira y cambia. Para leer antologías, entonces, hay que saber saltar y aprender a luchar contra la hidra de mil cabezas, actividad, por supuesto, no apta para perezosos.
(via Rino)

12 de septiembre de 2007

Acerca del grosor de lo humano

(reflexiones y puntos de vista en torno de “El Trabajo” de Aníbal Jarkowski)

Por Gustavo Ferreyra

Si uno se mueve en cierta dirección va adquiriendo un sesgo desde el cual el grosor de lo humano va decreciendo. Queda la lámina, la lámina que sólo puede habitar un mundo puramente visual. Un mundo para ver y un mundo que eventualmente puede mirarte. Las láminas parlantes de los medios, bellas y ejemplares en su ausencia de grosor.
¿Y si todo se va haciendo lámina? Si aun lo feo y lo desagradable y lo desvencijadamente triste se hace lámina? Estos interrogantes parecen subyacer en El Trabajo, la última novela de Jarkowski. Novela extraña si las hay porque justamente los personajes ya están resignados desde el vamos a ser láminas. Láminas en escenarios porque ya no hay más que escenarios en esta realidad bidimensional. Oficinas, dormitorios, la misma calle no son más que escenario para las láminas. Los cuerpos se han desvanecido y no queda más que su representación. Pero representando al cuerpo lo refutan. Y en tanto láminas los personajes se niegan a hablar. Todos sin excepción. No porque sean lacónicos ni porque guarden una sabiduría ancestral ni tampoco porque se resuelvan en el hacer, se niegan a hablar porque son láminas. Apenas si dicen frases de dos o tres palabras. No tienen fuerza para nada más.
Las láminas –entre ellas Diana, la protagonista- buscan trabajo. Son bien conscientes de ser láminas y están resignadas a ello. Diana encuentra trabajo como lámina. Vive como lámina, o sea no vive (en el sentido que no es un sujeto acabado) sino que transcurre por el espacio de una ciudad. El yo de la novela, un personaje, es el que debe registrar el acontecer de las láminas y su ser sujeto parece estar en otro tiempo, cuando era escritor. Existe otro tiempo en donde todos ellos pueden ser sujetos y no láminas pero no es el tiempo de la novela. Como si existiera un tiempo subterráneo, que corre por debajo de la novela. Un mundo de sujetos que hubo otrora, que corre por debajo y que eventualmente puede reaparecer en el futuro. Podemos sospechar incluso que cuando Diana va a convertirse en sujeto por la fuerza de los hechos, desaparece de escena y por lo tanto la novela termina.
Novela hipermoderna, cool, para nada elegante sin embargo (y que hasta podría confundirse con una novela erótica aunque no lo sea en absoluto) se mira, es decir, se lee, con la extrañeza que provocaría un tropel de feos y sucios irrumpiendo en el mundo de la moda. Novela realista, de un realismo tenue como la más tenue de las láminas, pareciera aspirar a su pesar a lo profético. Tal si, sin saber cómo, deslizándose el mundo en patines que ya no puede arrancarse de sus pies, llegara a la helada superficie de un espejo. Las chicas en el mundo (porque es más bien una novela de “chicas” que tienen que ganarse la vida) y el mundo en el frío espejo.
Jarkowski, que es el escritor detrás del escritor, sostiene el espejo para las chicas que se desnudan de ropa y al mismo tiempo de humanidad. Es sin duda paradójico que la desnudez y el cuerpo se hayan convertido en artificio, en pura imagen, en pábulo de lo inhumano, como si el cuerpo (al que, según Nietzsche debíamos aferrarnos) deshumanizara al hacer desaparecer al mismo tiempo al sujeto. La moda, la imagen, el cuerpo de las chicas, lo bello y su remedo, tal como en el burlesque (cuyo mundo articula la novela) el remedo de lo refinado se convierte en patético. Ya en las novelas anteriores, en Tres y en particular en Rojo Amor, Jarkowski había unido mundos diversos (Chanel y el proletariado, por ejemplo) y es en este trabajo de amalgama en donde su perspicacia de escritor revela las mejores sutilezas, los más paradójicos contrapuntos.
Sin las virulencias y la brillantez de Rojo Amor, más contenido también, tal vez más escéptico con respecto a la literatura, no menos talentoso, Jarkowski levantó su frío espejo para mostrarnos (deleuziano) que lo sexual y lo social son una misma y sola cosa.

17 de agosto de 2007

La marquesa salió a las cinco

por Pedro Mairal
Medio cansado de la narrativa (de escribirla, de leerla). Tanta acción, tanto reclamo de dinamismo, tanto fue, vino, volvió, subió, viajó, estaba cayendo… Todos esos verbos, todos esos movimientos que no dejan ninguna huella en el aire ni en el alma, esos conflictos y oponentes, esas intrigas y estafas, explicaciones, diálogos. A las tres sonó el teléfono. Atendió. Cine, trama, novela, cuento, guión.

Quiero leer lo que le pasa a la gente cuando para. Sin verbos. Lo que le pasa al personaje del hijo en el poema de Damián Ríos cuando ve a su padre borracho. Lo ve. Está parado frente a él en un descampado. Se da cuenta. O lo que le pasa a Cucurto cuando visita a su hermano en Quilmes después de la inundación y lo ve con un pescado en la mano. Copio acá abajo los dos poemas.

Hablo de quedarse mudo, mudo de acción, quedarse helado o quemado, fulminado por el rayo misterioso, un gigantesco signo de pregunta que te queda flotando sobre la cabeza como un halo de santo. Hablo de quedarse quieto, tratando de entender algo en medio del remolino de tu propia vida. El reflector del poema iluminando una sola cosa en la noche del mundo.
Me pongo grandilocuente y mis amigos narradores periodistas se codean. Pero para mí, y al menos por un tiempo (días? semanas?), basta de verbos y relleno literario, entró, preguntó, se sobresaltó, basta de transiciones, escenas necesarias para generar expectativa, climas, secuencias, sintaxis, párrafos, capítulos.

No escribo más cosas largas, no leo más cosas largas. No puedo pasar de la página 20. Necesito la droga dura, la droga densa de la poesía. La vida entera metida en un solo poema. Echás dos gotas de un gran poema en diez litros de agua narrativa y hacés un novelón inabordable. En mi novela El año del desierto me llevó 280 páginas borrar toda Buenos Aires; los buenos poetas, en cambio, lo hacen en un solo verso: “¿y si la ciudad fuese una gran pradera?” dice Cucurto; y Fabián Casas dice: “Hay toque de queda, pero no queda nada”.


***

Acá La misma luz en todas partes, de Damián Ríos;
y La casa de Cacho, de W.Cucurto

15 de agosto de 2007

Texto leído en la presentación de En Celo

por Esteban Schmidt
Quiero hacer referencia a un aspecto que se lee como controversial dentro del minúsculo grupo de personas que siguen los lanzamientos de las editoriales pero quienes, al verse todos los días y hablar siempre de lo mismo, desarrollan una endogamia que les hace perder de vista cuán pequeño es el mundo de la gente letrada y cuánto más pequeño va a ser conforme esto se vaya haciendo cada vez más pelota. Con esa distorsión, no se puede ver en la escala normal que tienen las cosas y nos permite decir como Bill Buchanan le dijo a Jack Bauer hace algunas semanas: Jack, calm down porque necesito ver the big picture. [TEXTO COMPLETO]

16 de julio de 2007

Tarde en la noche, viendo a Cortázar


por Fabián Casas

Antes que nada tengo que avisar que soy un sentimental. En el cine, cualquier escena medio lacrimógena -aunque sea malísima- me hace llorar. Por eso, resulta extraño que a veces en los velatorios de seres queridos no llore. Tal vez porque son precisamente para llorar. Soy -con el llanto- como esos tipos que se excitan para tener sexo en los lugares dónde es más difícil tener sexo (debajo de la mesa de un bar concurrido, en el pasillo de la oficina, etc). La otra noche estaba tirado en mi cama viendo tele y de golpe apareció Cortázar, entrevistado por un gallego letal. Era una entrevista de fines de los setenta, imagino. Lo primero que me vino a la mente fue el recuerdo de estar volviendo del centro a mi casa, en el subte línea E, con el ladrillo negro de Rayuela recién comprado. Tenía once años y pasaba las manos por el lomo del libro con la excitación en el pecho propia de los enamorados. Leía en la contratapa cosas como: "Rayuela, exasperante contranovela, libro total, denuncia de la inautenticidad de la vida humana". Lo abría, lo hojeaba. Tenía un tablero de dirección con ordenación de los capítulos para leerlos de diferentes maneras. El primer verso de la novela decía: "¿Encontraría a la Maga?", la puta madre. Todo era críptico, prometedor, maravilloso. Me acuerdo que pensé: si me leo este libro, si lo diseco y lo metabolizo en mi porvenir, voy a ser un genio inalcanzable. Después, pasaron las lecturas múltiples de Rayuela, después pasaron los años y el libro me empezó a parecer ingenuo, snob e insoportable, aunque jamás me pude desprender de él y ahora mora en mi biblioteca medio hecho mierda por el paso del tiempo. Hasta que finalmente llegó el día en que negué a Cortázar tres veces mientras cantaba el Gallo Airano. Listo. Pasemos a otra cosa: primero publicar después escribir. Sin embargo, esta noche Cortázar habla con su inconfundible acento gangoso, francés, como el zorrinito enamoradizo de la Warner. Cortázar habla de sus primeros pasos, desprecia a los escritores que no piensan hacer la revolución, defiende a los escritores de la garcha del boom, critica su 62 modelo para armar y destroza su Libro de Manuel. Yo asiento. Habla de la urgencia de escribir mientras el mundo tiene que cambiar drásticamente. No hay pasión por la indiferencia: hay ingenuidad y nobleza. Me doy cuenta de que le creo todo lo que dice. Entonces, tapado por la frazada escocesa, solo con mi perra Rita a los pies, me doy cuenta de que estoy llorando. Sí, sí, digo, mientras empino el quinto whisky, Cortázar tiene razón. Quiero que vuelva. Que volvamos a tener escritores como él: certeros, comprometidos, hermosos, siempre jóvenes, cultos, generosos, bocones. No esta vulgar indiferencia, esta pasión por la banalidad, esta ficcionalización con todos los tics de la peor tv de la tarde, los talk shows de Moria, y toda esa mierda. Al octavo whisky lo llamo a mi amigo Santiago y le digo, medio llorando, medio exaltado: Che, Aira nos cagó, la literatura argentina cayó en la trampa de Aira !es un agente de la Cía! Los escritores serios, los grandes gigantes, son mirados de soslayo: ¡reina el viva la pepa! Aira le hizo mucho mal a la literatura, la partió en dos, antes y después de él. De Operación Masacre a Operación Jajá.

11 de junio de 2007

El blog y la ansiedad


por Pedro Mairal


(en la mesa redonda "Hipermedia. De los suplementos al blog", Malba, marzo 2007)


Entre los aspectos que me interesan de los blogs, quizá el primero es que me parece un medio caliente y cambiante. Uno se mete en un blog y espera que haya cambiado; o siente la desilusión de meterse en un blog y descubrir que está abandonado hace un año. Se suele hablar de la televisión como un medio caliente a diferencia del cine que es un medio frío... [TEXTO COMPLETO]

18 de abril de 2007

El viejo letal de Indiannapolis


por Fabián Casas

El subte, a veces, puede ser un lugar de redención. Ayer,en medio del clima asmático y pegajoso, un niñín leía, de parado, Barbazul, de Kurt Vonnegut. Me emocioné. Por un lado está el demoledor cambio climático, el imbécil de Telerman pensando que hacer cultura es traer a Tom Waits, Tinelli confirmando la sentencia Zappiana de que lo que más abunda en el mundo es el oxígeno y la estupidez, el maestro asesinado que renace en una pancarta piquetera bailando por un sueño y los nenitos encerrados en una casa para solaz de los que no pueden pasar la noche en vela. Y toda la mar en coche. Pero por el otro sigue Kurt. Hay una canción que cantan las hinchadas que me gustaría cantarle al viejo letal de Indianápolis: No te vayas campeón/quiero verte otra vez.

Kurt Vonnegut fue un veterano de guerra que debió soportar dos tragedias: una colectiva y otra más personal: el bombardeo de Dresde que hizo puré a toda la ciudad -y del que se salvó encerrándose en un matadero- y el suicidio de su madre. Comprendió muy temprano que el horror, a determinado nivel de ebullición, se debe convertir en risa o corremos el serio peligro de quedar turulatos. Escribió varias novelas extraordinarias: Matadero cinco, Las Sirenas de Titán, Barbazul, Buena Puntería, Cuna de Gato. Supongo que cada lector del Viejo debe tener su preferida: la mía es Las Sirenas de Titán. En ella Kurt utiliza el truco de tomar prestado recursos de la ciencia ficción para enmascarar un relato descaradamente realista. Como es realista La metamorfosis, de Kafka. Sobre el final de su vida de escritura, Vonnegut tenía un estilo: era una mezcla de Louis Ferdinand Celine y el cómico Juan Verdaguer. Parece que hace una semana se cayó y se hizo trizas. Con daños irreversibles en el cerebro, entró a boxes. Los que leímos sus libros con pasión, sabemos dónde está ahora. Nos vemos, Kilgore Trout!

17 de abril de 2007

Esa aburrida poesía blanca

Hoy en día, en Francia, la poesía, al perder contacto con su público a medida que renuncia a toda dimensión existencial, ética y de destino, deriva en tendencia a agotarse en juegos paródicos, o incluso a quedarse exangüe, como esa aburrida “poesía blanca” que se mantiene desde hace un tiempo en el proscenio. La actual “modernidad negativa” no ha teorizado nunca su práctica, solo se contenta con promulgar interdictos, ya que posee tabúes, sobre todo, y uno de los más risibles es aquel que sospecha de toda emoción, incluso la más sobria, aun cuando la poesía posee su propio pathos, que es el de la afasia. Con el pretexto de poner a prueba los límites de la lengua, imita la abstracción minimalista pictórica, movimiento repetido multitud de veces epigonalmente, sin tener en cuenta que la poesía no puede llegar tan lejos en su propio despojo como la pintura, en razón del vínculo del lenguaje con el sentido y el deseo que no puede cortarse sino a riesgo de perderlo todo. ¿Hay que erradicar de la lengua todos los nombres del deseo? Mallarmé dijo un día que “la destrucción fue mi Beatriz”, y desde entonces un muro entero de la poesía actual todavía no ha podido reedificarse. ¿Es un destino de lo sublime, por exceso de sublimación, el de devenir solamente negativo, sublime de lo impresentable? ¿Es un destino del deseo puro, a fuerza de quemar los objetos, el de terminar extinguiéndose en un deseo de nada, deseo de muerte? (Martine Broda) (via Días después del diluvio)

16 de febrero de 2007

Castaneda revisitado

por Fabián Casas

El nombre de Carlos Castaneda lo escuché por primera vez en un aula de la facultad de Filosofía y Letras. Estaba en un teórico repleto del profesor que daba Introducción a la Antropología. El hombre –bajo, entusiasta, muy buen orador- discurría sobre su tema cuando fue interrumpido por un psicobolche que le preguntó qué opinaba sobre los libros de Castaneda. El profesor pareció perder la postura, hizo silencio y, después, largó una diatriba encendida sobre lo que él consideraba un chiste, una estafa que estaba muy lejos de la ciencia antropológica. Castaneda, nos quedó claro a todos, era un farsante que ponía nervioso a los antropólogos que no comulgaban con sus métodos de trabajo. ¿Pero cuál era su famoso sistema? Yo en ese entonces no sabía nada del aprendiz de brujo. [SIGUE ACÁ]

11 de febrero de 2007

Permanencia bajo el arce

por Fabián Casas

Es difícil acercarnos a un poema sin aplicarle la sombra que depositamos en todo lo que intentamos conocer. Pero para bien o para mal, hay algunos a los que volvemos insistentemente: nunca terminan de cerrarse, siempre nos están diciendo algo distinto, dependiendo, a veces, del contexto en el que los leamos o los recordemos. Tal vez el poema cifre una parte central de nuestra vida y, a la vez, también en él esté concentrado buena parte del pathos total de la obra del poeta admirado. Un poema como un corazón de energía que atrae y dispara, metabolizados, los materiales retóricos.
Rosebud, de Jorge Aulicino, del libro Paisaje con autor, es probablemente el poema al que más veces he vuelto en mi vida una y otra vez. Tengo muchos motivos para eso. Por un lado, leer ese libro –al que entré por esa poesía- me llevó a conocer una forma nueva de escritura. Seca, metafísica y emotiva, pero no sentimental. Una escritura que, en términos Montalianos, no dejaba de lado lo esencial por lo transitorio. Y que también tenía una cierta épica de aventuras –al estilo de Conrad- , pero aventuras menores, que podían suceder en el interior de un pisapapeles. Era, también, una poesía con respiración de prosa.
Para los que habíamos aprendido a leer con la dictadura militar y -por debajo de la alfombra- con los restos de la efervescencia política de los sesenta, la poesía de ese libro de Aulicino nos parecía sumamente extraña. Por un lado, los versos habían dejado de marchar, como en esos encabalgamientos setentistas. También habían dejado de saltar vallas, como en buena parte de la última producción de Gelman a la hora de la aparición de Paisaje con Autor. Con el tiempo, cuando leí toda la obra de Aulicino - la anterior a Paisaje y la posterior- pude asistir al propio crecimiento del poeta, a la educación que se aplicaba a sí mismo para salir de los escombros retóricos de la poesía confesional y de combate. Y escapar así de una de las voces más centrífugas de ese período: la de Juan Gelman. No hay vuelta que darle: como un farol en el campo, los que orbitaron cerca del magma gelmaniano sin tener capacidad de metabolizarlo en una voz propia, murieron pegados al radiador (Gelman, en cambio, sí pudo metabolizar a Tuñón y a Vallejo para nombrar algunas de sus centrales primeras influencias).
¿Cómo escapa uno de un vozarrón? Entre muchas otras maneras, corriendo el foco de la mirada. Aulicino pasa de Gelman a Joaquín Giannuzi –un epígrafe de éste abre una parte de Paisaje con autor- y Alberto Girri. Dos poetas que habían sido relegados en la opinión pública pero admirados secretamente por un grupo minoritario (esos grupos de los que siempre necesita una obra difícil) que los mantuvo vivos, en circulación. Algo similar pasa en la película Fantasmas de Marte de John Carpenter. Un grupo de mineros, excavando, abren un pasadizo que libera a seres extraterrestres que, hasta entonces, dormían esperando ser liberados. Claro que en la película los mineros, sin antídotos a mano, son despedazados por los extraterrestres que –inmateriales- les invaden los cuerpos y los vuelven locos. Aulicino no se volvió loco. Pero acusó el cimbronazo. Pasó de firmar sus libros como Jorge Ricardo a Jorge Aulicino. Intuyó de alguna manera que un poema siempre es esencialmente político aunque trate de una manzana. Y percibió que cierta certeza instalada en la época le empezó a parecer antipoética. Los poemas de Paisaje con Autor son relatados por una voz que constantemente tiene que reconocer que las cosas a las que interpela no le quieren explicar nada. Nada, al menos, en el lenguaje al que él estaba habituado: “Tuvieron un Dios, a nosotros nos quedan la gaviotas/ que no muestran decisión en resolver el poema”, dice en Los bárbaros en sí.

De modo que bajo la precisión mental de Girri y Giannuzzi, Aulicino, al igual que el Buda de la plaza San Martín –lugar donde el autor de Monodias iba a tostarse- descubre que el poeta también puede quedarse maravillado observando tanto una rosa como el misterio del motor de un auto. El camarada, el mochilero de los setenta, el obrero, se empieza a convertir en un cybor con implantes. Acaba de atravesar una época increíble, esfervecente, de gran urgencia lírica, que dejó muertos a granel por todos lados. Pero las preguntas siguen siendo las mismas y las respuestas ni siquiera están soplando en el viento. En el 83 llega la democracia y hay alegría en las calles. En el 88, cuando sale de imprenta Paisaje con Autor, el poeta ya es un sobreviviente. Es el Buda del revotril. Sus poesías son pequeños artefactos lírticos, como tratados filosóficos presocráticos, que ponen el foco en un costado oscuro de la bañera o en el olor ocre de las medias de los príncipes en desgracia. Rosebud, el poema del que empecé hablando, marca un antes y después en la obra de Aulicino y también en buena parte de la nueva poesía argentina (influencia dada, a veces, de manera inconsciente, de la misma forma en que muchos jóvenes que hoy escriben tienen una libertad estilística heredada de Leónidas Lamborghini sin siquiera haberlo leído).
Rosebud, digo, es una bisagra, un disparador hacia otros mundos. El lugar donde un hipotético escalador podría encontrar un resquicio para agarrarse y seguir trepando. ¿Por se supone que ese joven que permanece bajo el arce viene de la guerra de guerrillas sólo porque está callado? Y la forma en que empieza el poema, casual: “es decir que estuvo suficientemente solo bajo la rama de un arce…” como si el relato se hubiese iniciado hace mucho, como si el relato estuviera siempre narrándose, cada vez que le acercamos la oreja. Este recurso dramático tiene algo de los cuentos repetitivos de la infancia. Les paso el poema:

Rosebud

Es decir que estuvo suficientemente solo bajo la rama de un arce.
Levantó los ojos, los bajó, con infinita insistencia.
Se privó de todo.
Y cuando levantaba la vista veía: el arce
-una palabra-; humo, una nube amarilla.
Y cuando bajaba la vista veía una mata de pasto aplastada.
Donde habitaban unas moscas grises.
El hecho finalizó hacia la primavera de 1956.
Cuando presentó su experiencia a los mayores,
Ellos entendieron que el chico volvía de la guerra de guerrillas
porque en realidad no dijo una palabra.
“Este chico hablará el día del Juicio”, dijo la abuela,
pero se equivocaba.
Aquella permanencia bajo el arce –una palabra-
Había sumido al chico en esta reflexión:
“Tengo la potestad de irme de las palabras,
lo que significa lisa y llanamente irme.
Y, de permanecer bajo el arce –una palabra-
No puedo decir nada, puesto que soy un chico bajo el arce”.

No había que entender que aquello significara nada.
Excepto que el chico estaba bajo el arce, definitivamente
perdido para los significantes,
en una eternidad que carecía de sentido.

Unas pocas cosas más. Cuando hablo de la solución que encuentra Aulicino frente a la poesía hegemónica del sesenta, estoy hablando sólo de uno de los lados del fenómeno poético. Por suerte, una nación no tiene una sola voz (y también por suerte, la idea misma de nación pura se va haciendo trizas en favor de una poesía mestiza, cruza de voces y estilos). Lo que sí queda claro es que para la poesía de Jorge Aulicino, es vital desprenderse del lastre de las que para él sí funcionaban como influencias. Parece algo que hasta tiene características de destino: es la misma poesía, sin nombres propios, la que intenta cambiar de piel y expandir su sensibilidad mediante otros recursos. Como si agotada de decir, mutara para permanecer. Nótese en este caso como el verso “ellos entendieron que el chico volvía de la guerra de guerrillas” la parte final (“guerra de guerrillas”), tan utilizada en los sesenta, se vacía de significación y es puesta nuevamente en el concierto de significantes pero, ahora, ansiando por un nuevo sentido.
Rosebud, en su brevedad lacónica, también tiene eso que Joseph Brodsky denominaba como la ingeniería esencial del artefacto. El poema, rodeado de los márgenes en blanco, como un avión en el aire, está sujeto a la misma presión que estos gigantes de los cielos: si falla una pequeña tuerca, todo se puede venir abajo.
Y para que levante vuelo, hay piezas y piezas. A mí, el verso: “El hecho finalizó hacia la primavera de 1956”, me parece central. ¿Por qué? Porque en un poema concebido como una caja china, donde la historia parece quedar abolida de golpe en función de una “enseñanza final, atemporal”, este verso, el efecto de fecharlo, lo enrarece aún más. ¿Por qué 1956? ¿Para qué le importa a la voz que narra contar el día exacto en que finalizó la permanencia bajo el arce?
Del viejo coloqialismo de los sesenta sólo quedan frases como “Este chico hablará el día del jucio”, que anota la abuela, justo la persona más vieja, la que vio pasar la Historia con mayúscula. El chico, en cambio, cuando toma la palabra, repite un mantra linguístico que produce el engaño de que el poema avanza hacia su fin. Nada más alejado de la verdad. Rosebud se convierte así en el corazón de Paisaje con autor, un clásico de nuestra poesía.

En el verano del año 2000 pasé una temporada en Saigón. Había un chico que venía siempre al restaurant donde íbamos con mi mujer. Haciendo gestos con la mano, metiéndosela en la boca como si fuera un sandwhich, me pedía comida. Era un chico vital de unos seis o siete años cuya cara dejaba percibir un pequeño retraso. Yo lo encontraba vagamente familiar pero no lograba saber a quién me hacía acordar. Estábamos en un país que había peleado varias guerras y que había vencido a los imperios colonialistas más poderosos. Por la vereda donde a veces se cruzaba este chico corriendo, picoteando de un bar a otro, a veces aparecían americanos tullidos que habían elegido vivir ahí después de la guerra. Una guerra siempre presente como souvenir. Con el correr de los días percibí que el chico no hablaba. Se manejaba con gestos. Entonces me dí cuenta de dónde lo conocía.

2 de febrero de 2007

Soriasis

por Fabián Casas

Hace unos días leí una nota del El Gran Diario Argento, en la página de cultura, donde Juan Martini –como único foco- se quejaba y pataleaba porque a Osvaldo Soriano no lo reconocían dos o tres personas de Puán. En vez de dedicar ese espacio a contar un perfil del escritor o a decir por qué para él era un escritor necesario, la nota, llorona, iba, dale que dale, a dar sobre el muro de los lamentos. Tuve la sensación de que si bajaba un marciano justo ese día a nuestro país y compraba el diario para ver cómo éramos los argentinos, leyendo a Martini podría inferir que Soriano fue un escritor apedreado por sus pares, exiliado, enmudecido y repudiado o hasta lapidado y obligado a vivir en un sótano, como el pobre Kaspar Hauser. Todo una vida, pobre, sin conseguir un puto lector. ¿O tal vez Martini estaba hablando de él, ventrilocuando a Soriano? No sé.

En ese mismo diario me pidieron una opinión sobre Soriano. Les dije que no tenía ninguna. Me contraatacaron: bueno, por lo menos podés dar cuenta de esa incomodidad.

¿Qué incomodidad? Yo leí dos libros de Soriano cuando era chico. Me parecieron bien escritos. Y ahora ni me va ni me viene. Hay un montón de escritores que están para uno en un limbo impreciso. Por ejemplo, en mi caso, Soriano, Geno Diaz, Dal Masetto, Rabanal, Poldi Bird y Vicente Batista –para nombrar sólo unos pocos- forman una escudería que, no sabría justificar por qué, va de la mano. Seguro que son diferentes, disímiles, pero los pongo, como diría mi vieja profesora de matemática, dentro del Conjunto A. También existe otro conjunto de escritores que intuyo, sin leerlos aún, que pueden ser geniales. Formarían el Conjunto B. O acaso en el Conjunto A exista un escritor que en el futuro me parta la cabeza. Soy de los que se ponen contento cuando descubren un nuevo escritor, como si fuera un nuevo planeta, tenga la edad que tenga y ocupe el lugar que ocupe.

Los mísiticos dicen que el espíritu humano es infinito. Pero la mente y la atención tienen un límite. No se puede leer todo y opinar sobre todo. Aunque exista la Facultad de Todología. Sin embargo, lo que es sintomático del caso Soriano, es la encarnizada defensa de sus admiradores y amigos. Ellos, por algún motivo, no descansan en paz.