17 de agosto de 2007

La marquesa salió a las cinco

por Pedro Mairal
Medio cansado de la narrativa (de escribirla, de leerla). Tanta acción, tanto reclamo de dinamismo, tanto fue, vino, volvió, subió, viajó, estaba cayendo… Todos esos verbos, todos esos movimientos que no dejan ninguna huella en el aire ni en el alma, esos conflictos y oponentes, esas intrigas y estafas, explicaciones, diálogos. A las tres sonó el teléfono. Atendió. Cine, trama, novela, cuento, guión.

Quiero leer lo que le pasa a la gente cuando para. Sin verbos. Lo que le pasa al personaje del hijo en el poema de Damián Ríos cuando ve a su padre borracho. Lo ve. Está parado frente a él en un descampado. Se da cuenta. O lo que le pasa a Cucurto cuando visita a su hermano en Quilmes después de la inundación y lo ve con un pescado en la mano. Copio acá abajo los dos poemas.

Hablo de quedarse mudo, mudo de acción, quedarse helado o quemado, fulminado por el rayo misterioso, un gigantesco signo de pregunta que te queda flotando sobre la cabeza como un halo de santo. Hablo de quedarse quieto, tratando de entender algo en medio del remolino de tu propia vida. El reflector del poema iluminando una sola cosa en la noche del mundo.
Me pongo grandilocuente y mis amigos narradores periodistas se codean. Pero para mí, y al menos por un tiempo (días? semanas?), basta de verbos y relleno literario, entró, preguntó, se sobresaltó, basta de transiciones, escenas necesarias para generar expectativa, climas, secuencias, sintaxis, párrafos, capítulos.

No escribo más cosas largas, no leo más cosas largas. No puedo pasar de la página 20. Necesito la droga dura, la droga densa de la poesía. La vida entera metida en un solo poema. Echás dos gotas de un gran poema en diez litros de agua narrativa y hacés un novelón inabordable. En mi novela El año del desierto me llevó 280 páginas borrar toda Buenos Aires; los buenos poetas, en cambio, lo hacen en un solo verso: “¿y si la ciudad fuese una gran pradera?” dice Cucurto; y Fabián Casas dice: “Hay toque de queda, pero no queda nada”.


***

Acá La misma luz en todas partes, de Damián Ríos;
y La casa de Cacho, de W.Cucurto

6 comentarios:

Ana dijo...

Estoy casi segura de que quien había salido a las cinco era la marquesa. Y Mrs. Dalloway compraría las flores. Buenos Aires no podría borrarse en un verso, creo que se resistiría. ¿Volvés a traducir a Shakespeare pronto?

El señor de abajo dijo...

gracias, ana. corregida la frase de valery.

SL dijo...

bien pedro educando al soberano periodístico

marina k dijo...

o cómo hacer en prosa, breve, por qué no, para "entender algo en medio del remolino". es una densidad, no una forma, aunque hay ciertas formas más propensas a esas densidad,o ciertas narrativas,ciertas poéticas.
no sé, yo no escribo poesía, pero sí me pasa, muy seguido y casi a modo de mandato, esto de: "hoy tengo que leer poesía".

un beso pedro, gran post,
marina

Jaramillo dijo...

O a la inversa, armar la ciudad desde cero, en un sólo verso.

Lo que acabo de leer en este blog salvó la semana entera. Cheers.

Lucía dijo...

Un buenhombre decía que su patria era su lengua, la mía es mi no lengua… Todo aquello que no me posibilita comunicarme, todo lo que no intento decir, ahí vivo. Es como cuando hacés zapping y parás el dedo en un canal deportivo que pasa los juegos olímpicos de un año que desconocés; y ves a ese tipo fibroso suspendido en el aire, aparentemente sostenido por una vara que tiembla debilucha. Ese estar suspendido saltando -sin más- que tiene mi persona, es donde estoy.
Cuando hablo o gesticulo estoy queriendo decir algo que quiero decir, pero no siempre me dice. Creo que toda palabra o gesto va acompañada/o de lo que acostumbro llamar ¨pensamiento paralelo¨. Muchas veces cuando hablo con alguien y pasa a ser un atleta saltarín, le digo: ¡ahí estás!; y vuelve a la charla sin notar que ya lo conocí un poco. Consciente o inconscientemente todos desplegamos un pensamiento paralelo en cada conversación, algunos antes y otros después. Me gusta imaginar que lo que soy y somos abreva allí, en ese cierto pero no mentado lugar que nos maneja más de lo que podemos saber.