10 de agosto de 2007

La fuga

por Ignacio Molina

Yo seguía haciéndome pis en la cama. Debajo de las sábanas mi mamá ponía una especie de celofán que impedía que el colchón se mojara demasiado. Cuando algún amigo mío o de mis hermanos venía a jugar o a tomar la leche, yo hacía todo lo posible para que no se acercara a mi cama: no había casi nada que me diera más vergüenza que el ruido que todos escuchábamos cuando alguien se sentaba ahí. Era parecido al de estrujar el envoltorio de esos caramelos que me compraban para el recreo. Algo así pero multiplicado por mil.
Muchas veces, también me hacía pis en la escuela. Demoraba tanto en decidirme a pedirle permiso a la señorita, que lo más común era que llegara mojado a los mingitorios. Empapado, el pantalón gris del uniforme me hacía picar toda la zona alcanzada por el chorro. A veces la picazón se daba sólo en la zona del pito, pero otras veces se extendía hasta alguna de las rodillas.
Cuando me quedaba a comer y a dormir en la casa de mi mejor amigo, tomaba muy poca agua en la mesa y después trataba de pasar en vela toda la noche; quería estar despierto cuando me vinieran las ganas. Acostado, con los ojos bien abiertos, jugaba a darles formas de animales a las siluetas de las cosas que veía en la oscuridad. Oía, cada tanto, el motor de los autos y las voces de las personas que pasaban por la calle. Imaginaba a la hermana durmiendo plácidamente en el cuarto de al lado, y mi cama tendida y vacía a dos cuadras de ahí.
Una noche no aguanté más: se me cerraron los ojos, y me desperté mojado a los cinco minutos. Supe que el pis acababa de salir; todavía estaba caliente. En el baño, parado en un banquito, y para no hacer ruido al tirar la cadena, abrí la canilla del lavatorio y terminé de vaciar ahí la vejiga. Vi cómo el agua se teñía de amarillo, y busqué una toalla con la que después intenté secar las sábanas y el colchón.
Cuando vi, por las rendijas de la persiana, que ya comenzaba a hacerse de día, pensé en escaparme. Sabía que en cualquier momento sonaría algún despertador. A punto de llorar, mientras veía las sombras cada vez menos borrosas que venían del pasillo, empecé a imaginar la fuga. Con un temblor en el pecho me levanté, estiré la frazada, atravesé el living en puntas de pie y gané en silencio la calle. Todavía me puedo ver, corriendo al amanecer por esas cuadras de Bahía, con las mandíbulas tensas por el frío, una toalla humedecida entre las manos, y, en el pijama, un lamparón oscuro a la altura del pito.

9 comentarios:

venusina dijo...

Muy bueno. Pobre mi hermano, padecía esa misma vergüenza.
Saludos.

Nacho S. dijo...

me gustó el cuento, está en el libro de Entropía?

Lacónica dijo...

nunca pude escribir nada sobre el tema
y menos tan bien escrito
aún creo que tuviste suerte: tu máma no te hizo hacer pis sobre un ladrillo candente en la cocina, delante de ella, para sacarte esa mala costumbre de hacer evidentes los problemitas meando la cama
me encantó el relato
sigue?
www.nobuhardilla.blogspot.com

Molina dijo...

Gracias Venusina, Nacho S. y Lacónica.

Lacónica:
Tal vez siga, pero en mi blog.

Venusina:
No, este cuentito no está en Los estantes vacíos (ahí hay cuentos más largos y mucho mejores!!).

Saludos a todos.

AEZ dijo...

"Mientras tanto, la gente de 'El señor de abajo' comparte hoy un cacho de la pluma de Ignacio: el recuerdo cuando de pibe, acá en Bahía, se meaba en la cama."

Etcétera.

Molina dijo...

Grande, Abel. Te pasaste con ese post, gracias. Nos veremos en Bahía.

Lacónica dijo...

y cuál es tu blog?

Lacónica dijo...

y cuál es tu blog?

Molina dijo...

Lacónica: clickeando sobre mi nombre podés entrar al blog.
O si no:
www.unidadfuncional.blogspot.com

Saludos