10 de diciembre de 2014

Entrevista para Libroteca



Me entrevistó Eugenia Zicavo para Libroteca. Hablamos de cine, sexo, pudor y mis dos últimos libros.


9 de diciembre de 2014

Poemas con animales, viernes 12 de diciembre 2014





Poemas con animales
a cargo de Pedro Mairal y Alejandro Crotto

Un recorrido por ballenas, caballos, perros, insectos y etcéteras 
en las palabras de Watanabe, Ponge, Guimaraes Rosa, Juan L. Ortiz…

Viernes 12 de diciembre, de 19:30 a 21 hs. 

En Zenba - Arévalo 2274 CABA

Informes
4774-1169 / 4776 8130
info@zenba.com.ar 

7 de octubre de 2014

El subrayador - en Chile



Ya está en librerías de Chile mi libro El subrayador (publicado en Argentina como El equilibrio). Lo sacó la editorial Laurel. Va la contratapa del gran Zambra:


«Si uno diluye un buen poema en un litro de agua consigue un cuento regular», dice en este libro Pedro Mairal, y enseguida agrega, sin ironía: «Si uno diluye ese cuento en diez litros de agua, consigue una novela innecesaria». Hay que decir que Mairal ha escrito cuentos formidables y novelas muy necesarias, pero en estas columnas prevalece la mirada del poeta: cierto desdén por el tremendismo, la palabrería, la alharaca. El adjetivo que me viene a la cabeza para describir su tono es bonhomía, que el diccionario de los españoles define como afabilidad, sencillez, bondad y honradez. Algo de todo eso hay en El subrayador, aunque estoy seguro de que Mairal encontraría una palabra menos resbalosa, pues, como dice por ahí, «al final lo que importa es la lengua que usa la gente para escribir en las paredes del baño».

Hay en estas páginas, desde luego, mucho humor, casi siempre de ese que surge sin buscarlo, cuando la escritura, venturosamente, se vuelve un modo de prolongar las conversaciones solitarias. El subrayador es un libro sobre alguien a quien se le ocurren poemas en el colectivo y cuentos cuando anda en taxi, alguien que quizás hacia el final de alguna caminata arma estas columnas susurrantes y medio milagrosas.

Los temas son deliciosamente misceláneos: la paternidad, los demasiados libros, los conflictos vocacionales, los trajines del amor y la amistad, y sobre todo el deseo de aprender, de pronto, un poco más sobre el mundo. No creo que sea posible aludir a este libro sin pronunciar, aunque sea a la pasada, la palabra sabiduría.

Yo no diría que Mairal vive para narrar: en algún momento, después de vivir intensa y silenciosamente, después de absorber, de calar sin pausas ni prisas el presente, Mairal decide narrar, y lo hace con tanta precisión, tan perfectamente adentrado en la experiencia, que es difícil no creerle; no creerle todo, digo.

Alejandro Zambra



1 de setiembre de 2014

El gran surubí - completo online

Ya está en las librerías, en papel. Pero acá va completo online y como salió en Orsai.




EL GRAN SURUBÍ, de Pedro Mairal. 
Ilustrado por Jorge González

























16 de julio de 2014

Dentro del poema - agosto 2014

Taller de lectura de poesía

Coordinado por Pedro Mairal y Alejandro Crotto
Del 7 de agosto al 30 de octubre
Los jueves a las 19hs, en Callao 868 - Usina Creativa Callao

Programa:

1. Giannuzzi - Gonzalo Rojas
2. Fabián Casas - Sergio Raimondi
3. Haiku
4. César Mermet
5. Pablo Neruda
6. Poemas sobre animales
7. Héctor Viel Temperley
8. El soneto
9. Ted Hughes y Silvia Plath.
10. Canto V del Infierno de Dante
11. García Lorca.
12. César Vallejo

info: tallermairal@gmail.com

31 de enero de 2014

Maradona (Accumulated)

(gracias Martín Wilson por traducir esto al inglés)
Pedro Mairal

I have always been obsessed with the famous goal Maradona scored against England. I never get tired of watching it over and over again. There, Diego turns like a little eel, he turns away from trouble, little squat man , like an Amazon hunter, dodging plants, jumping mats, intrudes, getting through the hole of European tempo. Cheeky, runs like a child. He is a wity wily and his rivals try to stop him like outraged adults. Maradona runs like an outlaw, avoiding the moral righteousness of the northern hemisphere. He drains through, he filters and yet often he doesnt touch the ball, he lets her go, he releases her till getting her safe to the net. He passes the ball to himself, to the same self he´ll find forward, more ahead jumping over the defender after dribbling, the change of pace. Our hero rushes, falls, and the arquitects of the fair play cathedral  have no more remedy than to bring him down. But he is like a rascal that robbed, takes his booty away and keeps on the run. The brits seem in plaster, playing at some other game, as if the rules of the sport they once invented have suddenly been changed. They can´t understand nor foresee latin individualism; Maradona never passes the ball to Valdano, the companion next to him. It all takes 9 seconds. He scores. he even eludes the cameraman. Not even his teammates can reach and hug him.



***

( Siempre me obsesionó el famoso gol de Maradona a los ingleses. No me canso de verlo una y otra vez porque Maradona corre ahí como un cazador amazónico, esquivando plantas, saltando matas, se inmiscuye, se cuela por el tiempo europeo (el tempo, el timming). Pícaro, corre como un chico, es un chico y los rivales lo marcan como adultos indignados. Maradona corre como fuera de la ley, eludiendo la rectitud moral del hemisferio norte, se escurre, se filtra, y a la vez no toca muchas veces la pelota, la deja ir, la libera hasta ponerla a salvo en el arco. Se la va pasando a sí mismo, al sí mismo que va a estar más allá, más adelante después de saltar al defensor, después del sobrepique, del cambio de ritmo. Se precipita, se cae, y a los cultores del fair play no les queda más remedio que faulearlo, pero como es un chico que se la robó, se la lleva y se la sigue llevando. Los ingleses parecen enyesados, parecen estar jugando a otra cosa, como si de repente les cambiaran las reglas de ese deporte inventado por ellos mismos. No entienden ni preven el individualismo latino; Maradona nunca se la pasa a Valdano, el compañero que tiene al lado. Todo dura 9 segundos. Mete el gol. Elude hasta al camarógrafo. No lo pueden alcanzar ni los compañeros de equipo para abrazarlo.)


22 de setiembre de 2013

Soneto 18 - Shakespeare




tas más buena que un día de verano
mucho más y además sos más hermosa
el vendaval de enero es inhumano
y el verano es cortito poca cosa
el ojazo del cielo nos aplasta
y el oro de sus rayos devalúa
lo hermoso de lo hermoso se desgasta
porque el tiempo es un chorro con ganzúa
pero el verano tuyo no termina
nadie puede robarte ese secreto
ni la muerte que a todos nos fulmina
porque sos inmortal en mi soneto

mientras siga este mundo respirando
esto sigue viviendo y vos brillando  


(traducción: ramón paz)

*

Shall I compare thee to a summer's day? 
Thou art more lovely and more temperate:
Rough winds do shake the darling buds of May,
And summer's lease hath all too short a date:
 
Sometime too hot the eye of heaven shines,
And often is his gold complexion dimm'd;
 
And every fair from fair sometime declines,
By chance or nature's changing course untrimm'd;
But thy eternal summer shall not fade
Nor lose possession of that fair thou owest;
Nor shall Death brag thou wander'st in his shade,
When in eternal lines to time thou growest:
 

So long as men can breathe or eyes can see,
So long lives this and this gives life to thee.




19 de setiembre de 2013

Evita y Arlt

César Tiempo

Yo era cronista teatral de un diario de la tarde. Caminando por el centro de Buenos Aires, por calle Corrientes, me encontré con Roberto Arlt. Era pasada la medianoche. Entramos a tomar un cafecito en el bar La Terraza, y allí nos encontramos con dos actrices muy jóvenes, muy delgadas y muy pálidas ... Una era Elena Zucotti y la otra Eva Duarte. Arlt no las conocía, yo sí, pues habían venido a la redacción del teatro más de una vez en procura de un poco de publicidad ... Entre café y café, Arlt se puso a hablar ... y de pronto, sin quererlo, manoteó bruscamente la taza que estaba tomando la Zucotti, volcando su contenido sobre el vestido de la Duarte. Arlt exageró su consternación y con un gesto teatral se arrodilló ante la anónima actriz pidiéndole perdón. Evita se puso de pie y corrió hasta el baño a recomponerse. Cuando volvió tuvo un acceso de tos y sonrió, indulgente.
" Me voy a morir pronto " - dijo Eva Duarte sin dejar de toser y de sonreir.
_ No te aflijás, pebeta - intervino Arlt. Yo que parezco un caballo, me voy a morir antes que vos.
_ " ¿ Te parece ? " - preguntó Eva Duarte.
_ ¿ Cuánto querés apostar ? - contestó Arlt.
Pero no apostaron nada. Como dato curioso quiero destacar que el escritor Roberto Arlt falleció el 26 de julio de 1942. Y Evita, la hermosa actricilla del episodio, diez años después, exactamente el 26 de julio de 1952.

*

César Tiempo (seudónimo de Israel Zeitlin), fue poeta, escritor, periodista, autor teatral y guionista. Este texto está recogido de "Buenos Aires ciudad secreta", de Germinal Nogués, pág 196. 

24 de agosto de 2013

Seis de copas

Fabián Casas


El invierno pasado, una gripe fuerte me tomó de sorpresa. Me compré un blister de Refrianex y cometí el error de comprarlo compuesto. El Refrianex compuesto te duerme, el Refrianex solo (que es el que suelo tomar) te levanta. La cosa es que con el compuesto en el cuerpo, tuve que parar el auto volviendo del trabajo y ponerme a dormir, ahí mismo, como suelen hacerlo los remiseros. No sólo duermo en el auto sino que también escucho mucha música, mientras voy a mi trabajo, ya que es un viaje largo. Hace poco tuve que parar el coche de nuevo, pero no porque estuviera dormido, sino porque estaba conmocionado. Venía escuchando el disco 6 de copas, de Edgardo Cardozo, y me fue imposible seguir conduciendo. Estacioné en una calle lateral, arbolada, y me dejé transportar por la música, la voz y la letra encantatoria de este compositor genial. Muchachas de ojos de flores es el tema que abre el disco y donde Cardozo hace algo muy difícil: le pone música a un poema del inmenso Juan L. Ortiz. Es difícil, digo, porque muchas veces asistimos a la musicalización forzada de poemas, como si se tratara de ponerle a un niño un saco que le queda chico o largo, pero que no se ajusta a su esencia. Ya maravillados por el primer tema, el segundo que viene, Vamos a levantarnos para ver las flores del jardín, es la obra maestra del disco. Empieza así: “Tanto que yo creí que nunca iba a ser esto/ Y acá estoy diciéndome es insólito es simplísimo/ entre tantas frases hechas te diré que me hace falta tu canción”. No sé cómo lo logra pero la canción parece elástica y a la vez, mineral. Cardozo es un guitarrista virtuoso pero nunca la habilidad pierde emoción; en algún sentido, parece que trabajara en contra de su habilidad, como debe ser. ¿Por qué le creemos a un artista? ¿Qué es lo que hace que nos resulte definitivo, revelador? Cada tema de 6 de copas es una crítica al cliché de nuestra vida, es la búsqueda de una melodía inexistente. El disco no se estanca, duda y aprende con nosotros. Hace poco un amigo de la familia cumplió años y le regalamos el disco de Cardozo. Como suele suceder cuando se entregan los obsequios, uno le dice al homenajeado: si no te gusta, lo podés cambiar. Con el disco de Edgardo Cardozo la sentencia es otra: si este disco no te gusta, tenés que cambiar vos; dale tiempo, dale gracias.


Perfil, 10 de agosto de 2013




EL AGUARIBAY FLORECIDO

Juan L. Ortiz

Muchachas de ojos de flores y de labios de flores.
En la sombra exhalada -¿de qué su dulce hálito?-
los vestidos ligeros, muy ligeros, con pintas.
Arde de abejas el aguaribay, arde.
Ríen los ojos, los labios, hacia las islas azules
a través de la cortina
de los racimos
pálidos.
Ríen los ojos, los labios. ¿Veis las muchachas o es
la tenue sombra ebria
y bordoneada
que se alucina de muselinas claras
y de otras flores vivas –extrañas flores vivas-
riendo, riendo, riendo hacia las islas?
Muchachas de ojos de flores y de labios de flores.
Arde de abejas el aguaribay, arde.


9 de julio de 2013

Cruce de talleres













dibujo: Germán Amato

Pedro Mairal
Este año empezamos los talleres en Orsai. Miguel Rep coordinó el de dibujo y yo el de narrativa. En algún momento, volviendo con Miguel de las primeras reuniones donde todo era todavía un proyecto, se nos ocurrió hacer el cruce. Podíamos pedirles a los participantes de su taller que ilustren textos del taller de narrativa, y a la vez, la gente de narrativa podía escribir algo a partir de dibujos del taller de Rep. Así lo hicimos y el siguiente es el resultado feliz de esa suma: ilustraciones contadas y cuentos ilustrados en Que no te falle el verosímil. 

29 de junio de 2013

El equilibrio







Contratapa

Santiago Llach

Iluminaciones en la noche de los countries; la voz de Tinelli, banda de sonido de la argentinidad; la falta de autos en la literatura nacional; la playa, pasarela de las carnes triunfales o vencidas; el taxista invasor de la intimidad; el zoológico como espacio para ejercer el narcisismo familiar; la educación de un hombre entre mujeres superpoderosas con forma de arenga; Maradona, cazador amazónico; los locutorios, zonas de acumulación de microbios y de historias orales; el aburrimiento que le produce a un escritor la cultura libresca; una micropoética de los casos policiales: todo ello es descrito con el ojo preciso y sencillo de Mairal.

El equilibrio es una selección de columnas publicadas en el periódico Perfil. Pedro Mairal inventa con ellas un género, en la justa mitad de camino entre las aguafuertes callejeras de Roberto Arlt y los breves ensayos de laboratorio de Jorge Luis Borges. En conjunto, el libro arma un panorama hecho de epifanías sobre la Argentina de principios del siglo XXI.

Pedro Mairal es para mí un escritor ejemplar. Su virtud más notable es digna de envidia: se las arregla para producir felicidad en el lector. Cada uno de los pequeños tratados que contiene El equilibrio ofrece una perspectiva original sobre un aspecto de la vida contemporánea. No es fácil la empatía para los ensayistas; Mairal la logra, quizás porque lo que vende no es ideología.

El primer texto, homónimo del libro, habla de un padre que le intenta enseñar a su hijo a andar en bici, a hacer equilibrio. Como metáfora soave del futuro que encarna al pasado, de ese pase de postas triste y bello, de una generación a otra, en que consiste la “supervivencia mamífera”, el libro contiene un prólogo del padre de Pedro e ilustraciones de su hijo.

Mairal tiene esa virtud de los verdaderos poetas que es elevarse por encima de las candorosas batallas de la época, sin dejar de ofrecer por ello un retrato supremo de la misma.




16 de junio de 2013

Entrada en la naranja



por Pedro Mairal

Cuando Egon Schiele estuvo preso en Neulengbach por hacer dibujos pornográficos, pintó unas acuarelas de su celda. En una se ve sólo el contorno de la puerta, el catre y, sobre las mantas, una naranja. La inscripción dice: “Esa naranja era la única luz (Die eine Orange war das einzige Licht)”. Es un dibujo a lápiz, están apenas coloreadas las mantas raídas y grises, y brilla el color de la naranja. No estuvo preso mucho tiempo, fueron tres meses y tres días, pero se percibe en esas imágenes una soledad absoluta, casi feliz. En otra de las acuarelas, dice: “Me siento purificado, no castigado”. En ese contexto, la naranja que le dieron, o que le mandaron, irradia su propia luz, es lo único vivo en la celda, como si quien la mira se estuviera volviendo transparente, ausentándose, fugándose del encierro hacia un estado espiritual. Difícil ver la naranja como la vio Schiele, aunque el dibujo logra mostrarnos algo de su experiencia.

Si a uno lo hicieran escribir sobre una naranja debería rodearla por sus infinitos lados y después entrarle hasta el corazón. Primero, quizá podría buscar las asociaciones personales en la infancia, la forma en que le enseñaron a uno a cortar la naranja, a pelarla, el gusto, los botecitos, el primo que se ponía un gajo en la boca como dientes postizos y nos tiraba en el ojo ese spray ácido que sale al apretar la cáscara. La naranja secreta y afectiva.

La naranja con mayúscula se podrá rastrear en Wikipedia, su origen oriental, su viaje hacia el Este rodando en su palabra, del sánscrito al persa, del persa al árabe y de ahí al español, narang, narensh, naranjah, naranja... La historia de la naranja, cuando se llamaba naranja china a la redonda y naranja mandarina a la achatada. Hasta que una quedó naranja (salvo en Puerto Rico, donde ahora la llaman directamente china) y la otra quedó mandarina.

Se puede pensar en la naranja general, pero también en esa naranja en particular. Cuando fue flor en una provincia del Litoral quizá, y el riego de los árboles la convirtió en fruto. La dejaron madurar al sol. Alguien la cosechó, la seleccionaron en la planta procesadora, la lavaron, la encajonaron y la llevaron en un camión hasta un depósito y después a un supermercado donde uno la terminó comprando. El viaje de la naranja individual entre millones iguales. La producción y el consumo reducido a un sólo ejemplar que ahora rueda en nuestras manos.

Y esa faceta industrial podría llevarnos a la desnaturalización de la naranja, o más bien a mirar todo lo mercadotécnico que hay en su naturaleza. Su estrategia de franchising en árboles que tienen el know how codificado y automático y producen frutos idénticos que albergan cápsulas mínimas donde se esconden más futuras plantas sucursales. Su packaging perfecto, esférico, impermeable, no tóxico, biodegradable... Todo su marketing saludable, vitamínico, nutricional. La gran naranja capitalista.

Y lo que sucede al hacerle un corte transversal: descubrimos la rueda, que estaba dibujada ahí desde los siglos de los siglos, delante de los ojos de la humanidad que seguía arrastrando bloques de piedra para construir pirámides. Los planos de la rueda dibujada por Dios para que los hombres –ese experimento mal encarado– echen a rodar la historia y aceleren y se estrellen de una vez por todas contra el final de los tiempos.

Y ya que estamos apocalípticos, pensar también la transformación de la naranja quieta, cuando cambia a escondidas cada vez que no la miramos. Se desinfla intacta en la frutera, se inclina, le crece un moretón grisáceo que le avanza, una ceniza que la cubre hasta quedar como una luna de moho, y se va pinchando, pudriendo, secando, se hace tierra. Un bodegón macabro.

Mirarle el aura a la naranja viva, eso que la vuelve gigante, alrededor, su energía movediza de links y asociaciones, las palabras que le salen si la exprimimos: naranjazo, anaranjado, naranjo, naranjales, su color, su jugo, pulpa, semillas, su tango de naranjo en flor, mi media naranja, no pasa naranja. La pinchamos, la cortamos, la aplastamos, la mordemos, la matamos. La naranja entra en nosotros y entramos en la naranja.


Perfil, 15 de junio de 2013



4 de junio de 2013

Estado de spam

por Fabián Casas

Hace ya muchos años, en un poema hermoso que se llama Zona, Guillaume Apollinaire decía: "Estoy cansado de este mundo nuevo". Lo curioso era que el yo que se quejaba de esa modernidad, lo hacía en un poema absolutamente nuevo. Tanto, que sólo unos pocos pudieron percibir su poder renovador en el momento histórico en el que fue publicado. No siempre somos contemporáneos de los hechos. Yo me incluyo entre los muchos que, de haberse encontrado con un mingitorio en una galería de arte, hubiesen meado adentro. Pero ahora estamos con el resultado puesto y sabemos que ese artefacto de Duchamp fue un objeto de ruptura radical. Lo cierto es que si uno se preocupa por informarse, por leer, por estudiar, puede saber, rápidamente, que Duchamp fue muchísimo más que ese mingitorio. Diríamos, como suelen hacerlo los pintores japoneses, que en el trazo de un artista, por más leve que sea, están concentrados todos sus años de estudio, sus experiencias, su vida misma. Acá hay dos cosas que debemos decir rápidamente: por un lado, que el arte es un sistema elitista, que es para pocos. Ni siquiera Adorno y toda su estructura marxista pudieron redimirlo para las clases populares. De todas formas, hay que decirlo, Adorno buscaba la verdad, la verificación de la alienación como modelo afirmativo de su filosofía. La otra cosa que surge es que en la vida cotidiana, las personas ya no tienen experiencia. Si no se tiene experiencia, no se tiene lenguaje, si no se tiene lenguaje lo único que queda parta refugiarnos es la ideología. Y la ideología es como una alacena: ese lugar que cuando uno lo abre sabe que ahí están ordenados los cuchillos, los platos, los vasos, nunca un mingitorio. La ideología sirve para que no pensemos, para que seamos pensados por los que ostentan el poder. Walter Benjamin decía algo muy hermoso: "Para Marx las revoluciones son las locomotoras de la historia universal. Pero quizá en realidad no sea así. Quizá las revoluciones son el momento en que la raza humana que viaja en ese tren empuña el freno de emergencia". Parece contradictorio que un filósofo marxista escriba algo así ¿no? Pero Benjamin y su amiguito Adorno se preocupaban por no comer comida enlatada, se preocupaban por hostigar al devenir de la historia, le miraban los calzoncillos sucios a Kant, a Luckács y a Heidegger. Y pensaban no en la dirección del status quo, sino a contrapelo de los hechos. El artista crea para sí mismo y en esa libertad individual está su aporte colectivo. Existe el fútbol para todos, pero no el arte para todos. Y el mundo nuevo, que agotó a Apollinaire, nos da, día a día, un menú sofisticado de invenciones: no hay vida en Marte pero hay vida virtual. Hace semanas hubo un hecho que ilustra las líneas antes citadas con la precisión didáctica de Plaza Sésamo. Diego Bianchi fue crucificado en las redes sociales porque al explicar una perfomance que él desarrollaba en Arte Ba, dijo que, más o menos, "las personas no queremos ver a los trapitos, los nigerianos que venden relojes". Bastaba ver el video donde él se explicaba para entender que Bianchi sólo se incluía en el relato de manera ingenua. Que podía haber sido políticamente correcto y decir "la gente no quiere ver a estos seres marginales", pero no lo hizo y rápidamente fue censurado por las buenas conciencias que siempre leen de manera literal, sin las inflexiones de la voz. Rápidamente el video se viralizó y la televisión lo replicó hasta el hartazgo como "Arte discriminador". A nadie se le ocurrió buscar quién era Diego Bianchi, cuál era su obra, en el marco de qué contexto se podía ubicar su trabajo estético y político. Si las personas ya no piensan, la televisión mucho menos. Cuando era chico, mis tíos mayores me solían hacer esta broma, me preguntaban ¿sabés el cuento de la buena pipa? Cuando yo respondía que no, ellos me replicaban: yo te pregunté si sabés el cuento de la buena pipa. Y así una y otra vez. No recuerdo otro juego de palabras cuyo remate sea más alienante que este. Casi como un relato kafkiano insertado en un acertijo infantil. 

18 de mayo de 2013

Música para claustrofóbicos


Pedro Mairal


“Era más blanda que el agua, que el agua blanda.” Con esa frase empieza Naranjo en flor, quizá el mejor comienzo de todas las letras de tango. Es uno de esos casos de la poesía en que la forma es el fondo. Está hablando de la suavidad de una novia que tuvo, de lo inasible de esa mujer, de su recuerdo que se le escapa entre las manos, como el agua. Y el verso mismo es el agua, se acerca “era más blanda que el agua”, hace una pausa arriba como una ola, y se aleja repetida y hacia atrás, “que el agua blanda”. Son esas repeticiones del tartamudeo de la emoción.

Pero empecé al revés. Quería hablar primero de meterse en el subte a las ocho y media de la mañana y apiñarse como si los demás no fueran otra cosa que la angustia, los problemas sin resolver, temas pendientes, eso es el horrendo prójimo de golpe, un vagón de conflictos, incertidumbres que se te cayeron encima temprano, se te llenó el vagón con los pasajeros de tu pesadilla, no entran más, pero siguen subiendo. Como dice Mermet, “Donde no cabe uno, caben tres”. Te cuesta respirar. Te concentran, no te dejan distraerte de vos mismo. En una época soñaba que salía de un estadio, iba casi adelante en una multitud, me metía en la boca del subte, por el pasillo, toda la gente venía detrás, el pasillo doblaba y terminaba ahí, como el final de un túnel sin salida. Y la gente se empezaba a acumular. Soy un claustrofóbico controlado.

Y el otro día venía así, aunque sin controlar demasiado bien la cosa. Tenía trepado al monstruo. El espacio entre la gente era más gente. Alguna de esas cabezas de ganado era yo, queriendo bramar fuerte, pero mugiendo por dentro. ¿Yendo a dónde? Al Microcentro, al micropunto. Parecía que el subte estaba intentando reducirnos de tamaño para que entráramos en esa idea porteña, esa maqueta de ciudad. Decidí bajar en Pueyrredón para caminar desde ahí, pero al salir de la aglomeración tuve que abrirme paso a empujones. Salí furioso contra nadie, que es la peor furia.

En el pasillo, cuando todo me parecía el fin del mundo, unos acordes de armónica me levantaron del piso y me dejaron flotando. Era el comienzo de Naranjo en flor. La música se me metió hasta los huesos, calmó a la fiera, me humanizó. La guitarra y la armónica en la reverberación del pasillo del subte. La luz de la escalera hacia la calle. Salí cantando. Es un guitarrista pelado y genial. Al día siguiente le compré el disco. Se llama Nino Zoccola.


Perfil, 18 de mayo de 2013



24 de marzo de 2013

Habemus niñam



Pedro Mairal

Con una mano sostengo a mi hija recién nacida, con la otra escribo esta columna, con la otra le abro a la gata que quiere pasar a la cocina, con la otra agarro la tostada... soy Visnú, el dios de muchos brazos. Ya vengo ejercitándome desde que el verano pasado en Montevideo, en una de esas fiestas de terraza a la que caímos de rebote con un amigo, surgió el uruguayo del futuro. Fue así: encontré un bracito de muñeca dando vueltas entre las macetas y me lo puse asomando de la manga corta de la remera, a la altura de la axila. Parecía real, era medio impresionante. Entre los dedos del bracito puse un cigarrillo. Entonces me manifesté ante los presentes: “Soy el uruguayo del futuro, vengo a mostrarles el brazo suplementario que luego de generaciones y generaciones irán desarrollando para sostener el termo. La mutación será lenta pero ya está en curso. Aquellos de ustedes que sientan un leve rollo sobresaliendo a la altura del sobaco son los más aptos. Ése es el tímido comienzo de lo que será el tercer miembro superior que les permitirá recuperar la movilidad de ambos brazos sin soltar el termo y el mate”. No me echaron. Al contrario. Supongo que el Fernet (muchos montevideanos toman Fernet) ayudó a que mi aparición no cayera mal.

Mi hija solo se duerme en brazos. La miro. Es más chiquita que un haiku. Entra entera en un diminutivo. Como dice e.e.cummings: “Nadie, ni siquiera la lluvia, tiene manos tan pequeñas.” Y ella tiene solo dos, por suerte; se las conté cuando nació. Fue el día del Habemus Papam. En las primeras contracciones de la madre yo llevaba y traía toallas calientes, vasos de agua fría, cronometraba intervalos, hacía llamados, ya empezaban a brotarme los demás brazos. En una de las pasadas frente al televisor sin sonido se vio la fumata blanca, en otra pasada el titular urgente: El Papa argentino. Se lo conté a la parturienta. ¿Esto le juega a favor o en contra a Cristina? Si lo sabe usar, a favor, me contestó la licenciada en ciencias políticas entrando en el trance de la siguiente contracción. Y tenía razón. Días después estaba la presidenta vestida de negro Darth Vader: con una mano desenvolvía el mate de regalo, con la otra la yerbera, con la otra el termo, con la otra no se atrevía a tocar la blancura inmaculada de su Santidad, y juntaba las dos restantes entre las piernas, en gesto de escolar arrepentido.

Ahora mi niña arruga la cara y se pone una mano en la frente como un mini luchador de sumo que se enteró de algo tremendo. Se dio cuenta de golpe adónde la traje. Se suponía que éste era un estado laico. Ahora se va a volver todo más católico. No franciscano y humilde, sino más bien con ese aire de Versace que tiene el Vaticano. Aquella propuesta de la jueza Argibay de sacar los crucifijos de Tribunales no prosperará. Sumemos la teatralidad eclesiástica al estilo ya de por sí teatral del peronismo y pensemos en el resultado. El papa peronista. Es una idea genial. El gran guionista que escribe la película de este país se está luciendo. Se viene el cirio pascual hasta en las tortas de cumpleaños. El papa tocando el bombo en la capilla Sixtina. Los retorcidos profetas de Miguel Ángel lo miran de reojo.

Ella sacude los brazos, como si temiera caerse para arriba, le da vértigo ascendente. Vértigo de futuro. Y tiene razón mi niña. Qué país más raro y mazorquero. Un país donde se colgaba el retrato del gobernador Rosas en el altar mientras se celebraba la misa. Esa energía recursiva se vuelve a activar en la nueva era, Iglesia y Estado potenciando sus liturgias. Con cuánta naturalidad el presidente Mujica se omitió de la ceremonia de asunción del papa: “Uruguay es un país absolutamente laico, la Iglesia está separada del Estado desde principios del siglo pasado". Un país tan cercano y tan distinto.

La hija de este gorila hereje abre los ojos. Mira con asombro la luz. Busca tetas en el aire. Mi tamagotchi glorificado. Se chupa una mano. Hace un mini puchero, le tiembla la pera. Habemus niñam. Vino con un papa bajo el brazo. Entró llorando al país que se viene. Daniel Scioli y Karina Rabolini de rodillas rezando como en ese aviso para su campaña, en La Nación. Macri declarando asueto escolar para que los niños de todos los credos puedan ver la asunción de Francisco. Esto lo tiene que haber inventado Cucurto, es el realismo atolondrado. Dios interfiriendo a través del papa cuervo en el resultado del torneo de clausura para que gane San Lorenzo. O quizá lo inventó el poeta Fabián Casas. Los dos están metiendo mano en la obra del gran guionista, no cabe duda hija mía.


Perfil, 23 de marzo del 2013





20 de marzo de 2013

"El Gran Surubí" en libro



Ya está a la venta mi novela en sonetos ilustrados por Jorge González, en la tienda Orsai.  Un libro de tapa dura. Lo envían a todo el mundo. 

18 de marzo de 2013

LE MONDE DESTRUYE EL ARCHIVO DE 27 AÑOS DE OBRA DE DANIEL MORDZINSKI

José Manuel Fajardo

Es una conmoción. Algo tan increíble, tan vejatorio que no puede quedar en silencio. El pasado 7 de marzo, el fotógrafo Daniel Mordzinski, cuya obra como retratista de escritores se expone en museos de todo el mundo, descubrió que su archivo con más de 50.000 fotografías tomadas entre 1978 y 2006, guardado con llave en el despacho que usaba en el diario Le Monde en París, había sido enviado a un sótano y quemado. El periódico que reclama el respeto a la libertad de expresión en otros países, ha hecho desaparecer para siempre la mayor parte de un trabajo artístico que daba testimonio excepcional de casi tres décadas de cultura, con fotos únicas de Cortázar y Borges, de momentos de intimidad en el corazón mismo de la literatura de nuestra época. Una decisión que es un monumento a la incompetencia y la imbecilidad. Rematada por un inexplicable silencio de Le Monde, que se convierte en la guinda de desprecio de un acto execrable.


16 de enero de 2013

El gran surubí

Pedro Mairal

Escribí una novelita en sonetos que se llama “El gran surubí”. La historia ocurre en una Argentina de pesadilla. El país se quedó sin carne y hay poca comida. En medio del caos, el Ejército recluta a los varones mayores de edad. Los saca de sus casas, de los bares, de donde sea. Los arrastra a empujones, los uniforma y los obliga a pescar. En los afluentes del río Paraná crecieron surubíes enormes que son atrapados por gomones de Gendarmería y suministrados a los habitantes del conurbano.

En las profundidades viscosas, además, existe un surubí gigante (una especie de Moby Dick) que todos los Regimientos quieren pescar como trofeo. Los soldados pasan hambre, frío, tienen sexo entre ellos, pescan de noche, mueren ahogados, quieren escapar.

“El gran surubí” está escrito en seis capítulos de diez sonetos cada uno, ilustrados por Jorge González. La revista Orsai lo fue publicando como folletín en los números del 2012. En orsaipad hay una versión con el audio leído por mí, para iPad y iPhone. En 2013 sale el libro en papel.

Va un video con el avance del audio y los dibujos del Capítulo I







20 de diciembre de 2012

La solarística

Fabián Casas

(Publicado en la revista de la Facultad de comunicación y Letras, de Chile)



Voy a escribir sobre la amistad, sobre la ciencia ficción, sobre la idea de país, sobre los símbolos patrios, sobre un extraño océano compuesto por la materia de nuestros sueños y terrores. Sobre la nostalgia. Voy a escribir acerca de cosas que no tengo en claro. Voy a escribir sobre la polis  [SIGUE ACÁ]

13 de diciembre de 2012

Dramaturgos y telépatas


Pedro Mairal


Existen dos tipos de familias: la teatral y la telepática. La familia teatral es la más expresiva, donde todo sale para fuera y la gente se grita las cosas en la cara. Familias de estilo italiano, por ejemplo, donde los hermanos pueden tirarse las sillas por la cabeza y al rato estar abrazados riéndose. Los conflictos salen a la luz, se ventilan en la mesa, hay confrontaciones, se levanta la voz, todo sucede más rápido, porque la energía se libera, el conflicto se vuelve materia actuada para todos los presentes. Esas familias ya tienen abiertos los canales de lucha y así aprovechan como un deporte en los asados y comilonas, se miden entre sí, forcejean. La madre o el padre quizá hacen de árbitro, aunque nadie está libre del “¿y vos qué te metés? ¿Qué te peinás si no salís en la foto? No saltés que no hay charquito”, etc. Los invitados o familiares políticos recién llegados pueden asustarse, porque les parece que se van a matar, que de esa pelea no se vuelve, que ese llanto va a incubar un odio eterno, que el insulto le va a quedar colgado al otro de por vida. Y no. El fluir del domingo dentro de la casa se va llevando lejos el mal rato, un par de carcajadas soplan la nube de la mala onda, lo dicho dicho está y quedó claro. El sacudimiento de brazos en plena discusión fue como un karate a distancia, un “kame hame ha” de dibujito japonés, puños aéreos de llamas encendidas, y así se resolvió, uno aplastó al otro, lo revolcó en el barro de la humillación doméstica, le enseñó, sonó un portazo, bajó al rato la hermana menor después de encerrarse a llorar en el baño, la tía hizo el rogel famoso y no faltará quien le diga que le salió horrible, un mazacote, aunque igual se lo coma y pida otro pedazo.

La familia telepática, en cambio, es para adentro, más de drama sicológico, de angustia larga y silenciosa. En este tipo de familia no se pierde nunca la cordialidad básica, y toda emoción se terceriza. “Estuviste medio duro con papá, aflojá un poco”, o “A tu hermana no le gustó nada que te metas con el tema del bautismo”. En la mesa se cuentan anécdotas, se intercambian opiniones que pueden diferir, pero nadie lleva nada al plano personal. A lo sumo el aparente choque mínimo se resuelve en chiste y la causa pasa al juzgado telefónico del lunes a la mañana donde alguien hace de mediador, habla con uno, habla con otro, el tema se patea, quizá se disuelve pero queda como el mercurio en el agua. Y se hacen intensas telepatías donde cada uno cree que el otro debería ya haber entendido algo que nunca se dijo. Hay mucha burocracia emocional, se trabaja la culpa con triangulaciones del mensaje. No se le pega directo a la bocha, se juega al menos a dos bandas, hasta con el cariño, porque “dice mamá que Sofi está tan agradecida con ustedes.” Se aman y se odian pero a través de los ríos subterráneos. Aunque esté presente en los gestos distantes, la palabra amor no se susurra cara a cara ni en situaciones terminales, y así todo lo no dicho se puede volver cuento o poema o novela, pero nunca teatro.



Perfil, 8 de diciembre de 2012



10 de diciembre de 2012

20 de noviembre de 2012

Polaroids por telegrama


Pedro Mairal

Desde hace veinte años el mundo no cambia, algo se congeló en el devenir del diseño y la moda. Los veinteañeros siguen vestidos como Kurt Cobain. Los años 80, con su brushing flúo, marcaron el último momento de los cambios ridículos. Y en los 90 se estancó la mutación. La línea redondeada de los autos, la arquitectura de vidrio y acero, la ropa, el diseño gráfico, los peinados... todo parece haber quedado en una meseta de repetición donde sólo se hacen alusiones retro. Es decir, no hay más presente evolutivo, no hay actualidad como cosa nueva. Sólo existe el replay de lo que cada uno quiera revivir. Los cambios suceden dentro de la pantalla, la revolución fue sólo digital, pero afuera de la pantalla nos quedamos quietos y desentendidos. Los cibernautas estamos vestidos igual que hace veinte años, cuando prendimos la computadora por primera vez. La humanidad se distrajo mirando videítos de YouTube y se olvidó del mundo externo. Quizá no necesitamos cambios en ese plano concreto, porque todo está cambiando en este otro plano más cerebral. Somos Kurt Cobain pero con iPhone. Desde hace dos décadas Bart Simpson sigue teniendo 10 años.

Pienso en Instagram, una aplicación para darles a las fotos una pátina vintage. El nombre es una mezcla de instantánea y telegrama. El filtro más conocido de esta aplicación hace que una foto digital actual tenga los colores saturados y el grano de una Polaroid de los setentas, con su borde blanco analógico y todo. La imagen con Instagram pasa así a tener algo que no podía tener antes una foto del presente, pasa a tener una nostalgia automática, tiempo acumulado, como si fuera ya un viejo recuerdo. Y sin embargo quizá es una foto de tu gato sacada hace pocos minutos. Los norteamericanos son buenos descubriendo ese tipo de trucos. Mientras los franceses dejan el vino treinta años en barricas de roble para que tenga esa madera sutil al fondo de su sabor, en California consiguen el mismo efecto espolvoreando aserrín de roble sobre el vino nuevo. (Habría que inventar un sobrecito que le echás al vino en cajita y lo convierte en un Château Petrus cosecha 1971).

Los fotógrafos están horrorizados con Instagram porque logra darles un aire profesional a las malas fotos amateurs. El usuario sólo tiene que encuadrar bien y apretar un botón, y el cielo de hoy parece el cielo de la infancia, la ropa tiene un aire gastado, la gente se convierte en sus propios padres cuando eran jóvenes. Instagram te atrasa una generación (si tenés cuarenta, porque si tenés veinte te atrasa dos). Para los más jóvenes habría que ver qué sentido tienen esos anacronismos visuales, esas alusiones a un mundo analógico que no conocieron y que no despierta ningún eco afectivo. Instagram es una maquinita del tiempo que manda a los setenta cualquier cosa que apuntes con tu lente: tu taza de café, tus pies, tu bicicleta, tu cuadra y el sol en la ventana.

Ya tenemos en el disco rígido diez años de fotos digitales. Las primeras, con el numerito rojo de la fecha que no sabíamos quitar, o esas de familiares todavía posando como si fuera una ocasión única, un solo disparo. Fotos de las cuales las mejores se imprimían en papel porque el archivo digital no se consideraba la cosa en sí, sino algo parecido a los negativos.

Después las carpetas de fotos crecieron. Pasamos de las fotos malas a las fotos malísimas, total no tenían costo. Fotos más documentales que estéticas. Miles y miles y también videítos. Y también carpetas con fotos borrosas y ultrapésimas sacadas con el celular. Las mandamos por mail, las subimos a Facebook, las guardamos en la nube, en Flickr, en Picasa Web, ahora las compartimos por Twitter en Instagram...

Pero son fotos de un presente que ya no envejece, sólo cambian un poco los cuerpos; el entorno es siempre el mismo. No hay pérdida, ni tiempo, ni nostalgia. Esa falta es lo que parece llenar Instagram: transforma y envejece un presente eterno e inmutable. Le agrega un filtro emocional al museo infinito de los días iguales. Durará un rato, después ya no va a causar efecto. Si cada época inventa su pasado, ¿cómo será en el futuro el pasado de este tiempo congelado? Como Billy Pilgrim, el personaje de Vonnegut en Matadero 5, nos salimos del tiempo lineal y vivimos un poco en cada época. Saltamos por los años con nuestros dispositivos, archivos y filtros. Envejece Madonna y la suplantamos por Lady Gaga. No necesitás cambiar, tu iPhone cambia por vos.



Perfil, 17 de noviembre de 2012


8 de noviembre de 2012

Hoy jueves 8 de noviembre

Hoy jueves 8, leo el final de El Gran Surubí, una novelita que escribí en sonetos y que se publicó a lo largo de este año, por entregas, en la revista Orsai. Cada soneto está ilustrado por Jorge González.
Leen también Carolina Aguirre y Leo Oyola.
Es en Humberto Primo 471
A partir de las 21

21 de octubre de 2012

Perros al alba


Pedro Mairal

De lunes a sábado me despiertan 7.30 los perros que el paseador deja atados en un poste a mitad de cuadra. Mientras busca más perros por los departamentos, los deja ladrando sus ladridos metafísicos que suben hasta mi ventana como una jauría atrapada en un cañadón. Las fachadas de los edificios hacen de megáfono, el ruido sube. Son casi veinte perros preguntándole cosas al cielo, en toda la escala, desde el guau profundo de un labrador hasta el aullido finito de un caniche toy. ¿Qué dicen, a quién invocan, llaman a sus dueños, liberan tensión, se declaran listos para algo, se contestan a sí mismos, afirman su yo canino en cada grito?

Si uno solo empieza, ése desata el coro, y cada uno empieza a probar la acústica de la cuadra, les gusta estudiar el espacio a los perros, fijarse dónde pega su ladrido, dónde rebota, dónde se pierde. Estoy seguro. Tiene algo de radar su vozarrón. García Lorca muestra muy bien los ladridos lejanos en lugares abiertos cuando, en su Romancero, un gitano y una casada infiel van al río de noche, furtivos, a amarse sin ser vistos, y a lo lejos se oye “un horizonte de perros”. Saer, en su novela La grande, desglosa el recuerdo de los cinco sentidos en su pueblo y al llegar a las sensaciones auditivas habla de los ladridos en el espacio negro descomponiendo una multiplicidad de planos diferentes, una geometría de ladridos que rebotan en patios cuadrados, en tapiales largos, en tinglados de chapa. Los ladridos son el espacio.

Muy lindo y muy literario todo. Pero quiero dormir media hora más hasta las ocho sin que las tres cabezas del can Cerbero me ladren en la puerta del infierno. ¿Qué hacer? ¿Bajar con un bate de baseball a hablar con el paseador? ¿Bajar en son de paz? ¿Llamarlo? ¿Agremiarme con los vecinos para hacerle un reclamo colectivo? ¿Distribuir su teléfono en un papelito buchón por todos los pisos? ¿Soltarle una mañana la jauría y dejarle un cartel mafioso en el poste? ¿Hacerme el San Francisco de Asís y hermanarme con los hermanos perros hasta anularlos por aceptación?

Qué detestable esa actitud de tercerizar el tema mascota. Los dueños que no se hacen cargo de sus perros deberían ser atados todos juntos a un poste. Qué manera de joder al prójimo. Yo convivo con una gata hace dos meses. A la tarde, cuando el sol entra por la ventana, ella se sienta derecha, egipcia y luminosa, adora a un dios antiguo, brinda tributo, se acicala. Yo la miro y escribo. No molestamos a nadie.

Perfil, 20 de octubre de 2012




16 de setiembre de 2012

La Pasión


Pedro Mairal


Un médico al que no le gusta el fútbol está almorzando con dos matrimonios amigos, por Núñez, en una larga sobremesa de domingo. Uno de los amigos mira por debajo de la mesa su BlackBerry y dice: “¡Vamos! San Lorenzo metió un gol en el último minuto. Terminó el partido. Están jugando acá en River”. Los amigos del médico discuten sobre San Lorenzo. Uno es de San Lorenzo; el otro, de Boca. El los escucha cansado, mirándose con las esposas respectivas, hartos todos del tema, y se pone a argumentar contra el fútbol.

Afuera hay unas corridas a la salida del estadio. Aconsejan en el restaurante esperar un poco, y cierran la puerta.

Después salen. Hay un tumulto en la esquina. Se acercan. La gente pide un médico. Contra un poste de luz, ven a un hincha de San Lorenzo sentado sobre su propio charco de sangre. El médico duda, se acerca, lo revisa. El tipo le pregunta si se va a morir. El médico no le contesta. Le mira la herida, trata de frenar la hemorragia. Llama a una ambulancia y se arrodilla al lado de él. El hincha, otra vez, le pregunta si se va a morir. El médico le dice que puede ser. El hincha está en estado de gracia. Se ríe a carcajadas pero a la vez grita de dolor. El médico lo acompaña en su agonía.

El hincha le pregunta: “¿De qué cuadro sos”. “No me gusta el fútbol”, dice el médico. “Entonces ahora sos de San Lorenzo”, le dice, se saca la bandera que lleva en los hombros y se la pone al médico. “Mi pasión ahora es tuya”, le dice. El médico se mira la bandera como bufanda colgada del cuello, la agarra y en ese momento el hincha le agarra las manos, se las aprieta y lo trae contra sí como si lo fuera a zamarrear o a decirle un secreto; no lo suelta. Es un tipo grandote y fuerte. Se aferra a la vida muriéndose, yéndose. Es un momento íntimo. Se escucha la respiración agónica. Finalmente, el hincha le dice al oído: “Aguantame los trapos”. Y se muere.

Llegan otros barras corriendo. Lo empiezan a levantar. El médico les dice que ya no hay nada que hacer. Es mi hermano, dice uno. El médico le dice: “Me dio esto”, le quiere devolver la bandera. El hermano le mira la camisa blanca ensangrentada, las manos. Le dice: si te la dio, es tuya.
Se lo llevan en andas. Llega la ambulancia. El médico queda ahí parado en medio de la gente que mira.
Una semana después está dando una conferencia en Europa, en un congreso de medicina. Habla en inglés, lo aplauden. Se va a sentar para escuchar a otros, pero no puede dejar de mirar en su iPhone cómo va el marcador del partido de San Lorenzo. 


***


Cuando vuelve en el avión lee los suplementos deportivos on line. La azafata le pide que apague el teléfono y él le dice: “Ya lo voy a apagar”, y se demora un rato. En el kiosco del aeropuerto va a comprar cigarrillos (no fuma hace cinco años, pero no se aguanta) y entre las revistas ve un número aniversario de San Lorenzo que viene con un DVD. Lo compra y lo hojea en el remise, con la ventana baja, fumando.

De noche en su cuarto se oye que dice: Buticce, Albrecht, Rosi, Calics, Villar, arriba Rendo... Prende la luz, su mujer le pregunta qué le pasa (está casado, con hijos estudiando en el exterior). Mira la revista, apaga la luz y dice: Rendo, Veglio, Cocco, González... El domingo le pide a su amigo cuervo que lo lleve a la cancha. En la popular mira como asustado a los demás gritando, saltando. De a poco se suma al grito de la hinchada. Pierden 1 a 0 y el árbitro no cobra un penal evidente. Empiezan a volar cosas, el amigo se lo quiere llevar y él sigue saltando desaforado. En los empujones el hermano del barra brava muerto lo reconoce y se lo lleva al corazón del agite. Uno le pregunta si es alemán, no escucha, dice que sí. Lo bautizan “el Alemán”. Se vuelve solo a su casa, sentado en el asiento de atrás del colectivo, se trata de calmar pero por momentos se ríe solo.

Es obstetra. El lunes está en un parto. “¿De qué cuadro lo van a hacer?”, pregunta. “El abuelo es de Huracán”, dice el padre. “No, tiene que ser de San Lorenzo”, le dice. “Vamos a ver”, dice el padre. “Si no lo hacés de San Lorenzo no lo asisto yo”, contesta y se empieza a sacar los guantes, como yéndose. La madre con las piernas abiertas, empapada en sudor, los mira y dice: “¿Me están jodiendo?” “Está bien, está bien”, dice el padre, “es de San Lorenzo”. Al día siguiente, tiene que dar explicaciones al director de la clínica.

Va a ver a su amigo cuervo que es psicoanalista. Quiere parar con esta conducta, pero no puede. El amigo le habla de una proyección traumática puesta en el fútbol. Le dice que San Lorenzo no es lo más importante. Discuten. El médico se va gritándole: “No tenés huevos, loco, no tenés huevos.” Vuelve a la cancha, ya es “el Alemán” en la barra brava. Ese día hay heridos. Lo invitan a un asado. De vuelta en su casa a la noche, lejos del sexo tullido matrimonial, tienen sexo apasionado y de pie con su mujer, que lo mira sorprendida.

El lunes lo llaman del hospital para decirle que no vaya más. “Prendé la tele”, le dice el director. En el noticiero lo identificaron con las cámaras de la cancha. Su imagen congelada en pantalla. Santo Biasatti dice: “¿Saben quién es este señor que tira piedras? Un prestigioso médico porteño.”

Una noche le traen un herido de bala. Se vuelve médico clandestino de la barra brava. Empieza a tomar decisiones. Viajan a un partido en el interior... El final mejor no contarlo todavía.




Perfil, 9 de septiembre y 16 de septiembre de 2012



25 de agosto de 2012

18 Whiskys, era cierto

Acá lo pueden ver a Fabián Casas cuando tenía la melena del Diego a principio de los 90. "Rally París Dakar" es un documental de Mario Varela que registra una competencia que consistía en algo así como ir a 9 bares por San Telmo y tomar una bebida alcohólica distinta en cada uno:  ginebra, vodka, whisky, melaza, vino, etc. No se podía vomitar entre vino y vino. Y se suponía que el último en quedar en pie ganaba y le editaban un libro gratis. Los competidores eran los poetas de la revista 18 Whiskys: Desiderio, Villa, Durand, Casas, Rojo... Dura media hora. 


21 de agosto de 2012

El amo y el sirviente


por Pedro Mairal 

A la mañana me siento en el living y apoyo la taza de café al lado de la taza sucia de ayer. Y de pronto me veo repetido, desfasado, facetado en fotogramas, el fantasma del que fui cada día de la semana apoyando la taza el lunes, apoyando la taza el martes, y el miércoles, etc. Es decir todos mis etcéteras como una serpiente que me sigue, un multiplicado reflejo de ascensor, una coreografía de mí mismo, mi estela semanal.

No logro equilibrarme en la soledad de mi casa: o soy el amo o soy el sirviente. Cuando soy el amo voy ensuciando platos, cubiertos, vasos, y ahí quedan, y la ropa se apila en la silla, y los papeles van formando una parva, los libros que fui hojeando estos días para preparar clases llegan hasta la cocina, los cables de los distintos adaptadores y cargadores se van haciendo un nudo negro... Qué lindo ser el amo, qué gran displicencia indigna, ser un déspota caprichoso que va barajando el orden y despeina la casa y vuelca el frasco de monedas en la mesa para sacar un clip de papel y así lo deja.

Cuando soy el sirviente voy levantando el caos del señorito. Repaso su semana, la voy como leyendo, acá su vaso de vitamina C dominical, acá su clase de Saer del jueves, acá el bol de cereales del miércoles del hijo, acá las cuentas impagas, acá el recibo que buscó durante días. El sirviente es mucho más sabio que el amo, más digno, más alto y despejado. Nada de jogging, ni pijama, ni crocs impresentables. El sirviente es un mayordomo inglés que respeta hasta el orden alfabético de la biblioteca y guarda en carpetas las facturas, y dobla la ropa del hijo con amor. Qué lindo cuando finalmente logro ser el sirviente y la casa queda planchada, espaciosa, nueva.

Por qué me costará tanto invocarlo más seguido, y tenerlo más cerca para aplacar el aluvión del amo. Quisiera ser amo y sirviente al mismo tiempo, poder mezclarlos, volverlos simultáneos hasta que no se sepa quién hace qué, hasta que el amo le traiga un té al sirviente que estaba cansado y leyendo una novela.


Perfil, 17 de agosto de 2012

18 de agosto de 2012

Amor incondicional


Pedro Mairal

Se podría escribir un cuento de una chica joven que se muda con un viejo escritor. El viejo no termina de entender el porqué de la devoción de ella, que pasa todo el día en la casa durmiendo y leyendo, y se acuesta con él de vez en cuando con ternura, sin desprecio. A los dos años la chica se va y lo deja. Después entendemos la verdad: ella estaba enamorada de la biblioteca del escritor, no del escritor, y se quedó todo el tiempo que le llevó leer sus libros.

Tuve durante diez años mi biblioteca desparramada en distintos lugares. Mis libros iban y venían según mi estado civil y mis metros cuadrados. En cajas, en roperos ajenos, guardé primero, creo, los libros de teoría y ensayo, después en bolsas de consorcio la narrativa que no fuera latinoamericana, después me quedé solo con la literatura argentina, pero al final la ficción también terminó en una baulera oscura... De lo que nunca pude despegarme fue de mis libros de poesía en castellano que me acompañan a todos lados, como el árbol de Basho que él llevaba consigo en cada mudanza.

Intenté varios sistemas que fallaron. En una época tuve doble fila de libros en los estantes, pero no funciona porque el libro que no se ve no se lee. Guardé libros abajo de la cama, pero eso tampoco es práctico y además provoca pesadillas. A veces imagino una casa con un piso flotante y abajo guardados los libros en escotillas traslúcidas. Sería una linda biblioteca.

Ahora estoy logrando reunir todos mis libros disgregados, rebobinar mi atomización. Sé que puede no parecer motivo para la felicidad, pero estoy enamorado de mi biblioteca, de hecho me tolero solo gracias a mis libros. Hace poco murió un amigo de quien todavía no pude escribir una sola línea porque ninguna partícula de mi persona se cree realmente que él ya no esté. El asunto es que, cuando mi amigo ya sabía que se estaba muriendo, dijo que si tuviera que elegir un epitafio sería esa frase de Pearsall Smith: “Some people say life is the thing. I prefer reading”. Que se podría traducir como: “Algunos dicen que lo importante es vivir. Yo prefiero leer”.



Perfil, 10 de agosto de 2012


17 de agosto de 2012

Hijos de Babel

Fernando Varela me persiguió, me fue a buscar a eventos donde sabía que yo iba a estar, me entrevistó con su hermano, me acosaron con cámara y grabador. Yo no entendía qué querían. Me dijeron que estaban haciendo un disco con canciones basadas en cuentos de autores argentinos. Lo increíble es que lo hicieron. Terminé de entenderlo cuando me lo mandaron y escuché la canción poderosa que hicieron en base a mi cuento Hoy temprano. Se mandaron un laburo enorme, entrevistaron a Casciari, a Dolina, a Castillo, fueron hasta Gesell a grabar a Saccomanno y a Forn. Mucha energía. Y eso es lo que tiene la canción llamada "Nada en pie", energía musical.

El disco se llama Otros mundos y se puede escuchar acá.

Y acá el blog de Hijos de Babel donde están las entrevistas a los autores.

4 de agosto de 2012

Autorretrato a los 41


por Pedro Mairal

Me están creciendo las tetas. Cuando me siento, mi panza ya tiene tres pliegues como un Sharpei albino. Cumplí 41 años. Fui a natación el año pasado y me hizo mucho bien, pero este año opté por atrofiarme. Y sin embargo nunca las mujeres me miraron con tanta devoción como ahora. Me agarran cansado. Las miro de lejos. Cada vez me dan más miedo. Cuanto más hermosas, más miedo me dan. Son monstruas temibles. Cuanto más sexuales, más monstruas. Con esa cualidad tentacular de pechos y glúteos protuberando en direcciones opuestas, los labios rojos, la melena de león, la boca abierta con dientes y su flor carnívora.

Y lo que hacen con sólo una gota congelada del varón: se encienden con todas las luces como un cartel de Las Vegas y empiezan a fabricar en sus vientres a Arnold Schwarzenegger o a Serena Williams o a Lula da Silva, lo fabrican ahí dentro, durante nueve meses, y mientras tanto mascan chicle y caminan y trabajan, como si nada, pasan gradualmente de la cintura de avispa a la cintura de obispo, se inflan habitadas por un extraterrestre, un ocupa de rápida multiplicación celular, y finalmente expulsan con varios pujos al hombre rata, o a Susana Giménez, o a Tyson, o a Ted Bundy, que sale morado, azul y untado en una pasta blanca y llorando, atado a la madre por un cordón como una columna retorcida. ¿Hay algo más temible que eso?

Soy padre de un hijo varón. Después de separarme, me mudé a un departamento frente a su colegio para estar cerca de él. Le enseñé a andar en bicicleta, a lavarse los dientes y a prender fuego. Mis mejores cuentos se los cuento a él antes de dormir, y después no los escribo. Cada vez creo más en no escribir. No anotar. Dejar que pase el viento por las ramas de los árboles sin querer detenerlo con una red de palabras. Estoy bastante cansado. Como El graduado, quiero quedarme en el fondo de la pileta de natación con mi traje de buzo y mi arpón. Me acaba de llegar un mail para ofrecerme 500 dólares por escribir siete mil caracteres sobre un tema del que no tengo la menor idea. Voy a decir que sí. Ya no puedo escribir narrativa sin sentirme un impostor. 
 


Perfil, junio de 2012