12 de octubre de 2006

La prueba de vida

por Ana Agote

-No lo reconozco para nada-, dijo papá inspeccionando un dedo morado que le habían enviado los secuestradores de Agustín como prueba de vida. -Para nada-, repitió.
-Pero Don Marcelo, ya le mandamos la oreja, ahora el dedo, no nos queda nada para mandarle-, dijo la voz del teléfono.
-Entonces no pago. Si ustedes creen que ese dedo hinchado y esa oreja sangrienta son pruebas de vida están muy equivocados. Y no crea que me lo tomé a la ligera. Agarré la oreja con la punta de los dedos enfundados en un guante de goma, porque cabe destacar que la mandaron toda ensangrentada y sucia (y no lo digo enojado porque ¿qué podían hacer ustedes? gente sin educación) y se la probé a, uno por uno, todos mis hijos. La sostuve contra su oreja, un poco más arriba para ver las dos y comparar cómodamente, para ver si se parecían pero ningún parecido. En el turno de Martina, mi hija del medio, vimos un pequeño parecido, debo reconocerlo, pero no podemos asegurar que sea la oreja de Agustín.
-Papá callate,- gritó Martina- te estás yendo por las ramas. Se van a hartar de escucharte.
-Callate mocosa-, dijo papá. -Como le iba diciendo-, siguió por teléfono, -no fue mala voluntad pero realmente no encontramos ningún parecido. Y la verdad es que no creo que pueda seguir mandando estas pseudo pruebas de vida porque con el aire y los microbios llegan hinchadas, moradas e irreconocibles.
A mamá se le escapó un gritito.
-Tranquilizate vieja,- dijo papá.- Lo que yo creo, -dijo al teléfono, -para ser justos y para que las dos partes sepamos que el negocio es limpio, es que lo deberían mandar a Agustín directamente. Ahí sí sabríamos que es él.
-Pero Don Marcelo, ¿cómo se lo vamos a mandar a Agustín? Es nuestro rehén, si se lo devolvemos no cobramos nada.
-Mire usted, como se llame, ¿acaso no le demostré entereza, integridad mientras negociamos?
-Eso es verdad pero de todos modos ¿cómo cobramos una vez que le devolvemos el pibe?
-Usted tiene mi palabra. Usted me lo manda, yo lo inspecciono y se lo mando de vuelta. Después pago el rescate pero, eso sí, hay que descontar los daños que le hayan causado.

Se ve que a los secuestradores les pareció justo porque dijeron que al día siguiente lo mandarían. Era un sábado 23 de septiembre y hacía frío. Todos nos levantamos temprano. Creo que nadie durmió. Lo traerían a las 11 de la mañana. Yo me maquillé para que me viera linda. Eran las 12 y no llegaba. Empezamos a preocuparnos.
Cayó Rodolfo, el primo de papá, que viene todos los sábados. Papá se había olvidado de avisarle de que no viniera pero una vez que estaba en casa le ofreció un clarito y preparó el copetín. Papá también se preparó un clarito.
-Mejor no tomes papá, me animé a decirle.
-Mirá linda-, me contestó- no se puede confiar en la gente que no toma y yo necesito sembrar confianza en esta gente.
Papá y Rodolfo comían, chupaban y conversaban. Nosotros no podíamos hacer nada. Estábamos sentados en el living mirando la nada. Pasaron las 2, 3 de la tarde. Papá se fue a dormir la siesta y Rodolfo dijo gracias y se fue. A las 5:17 en punto llegó un auto. Ya nadie se asomó a la ventana, ya lo habíamos hecho más de cuarenta veces durante el día y no queríamos otra desilusión. Oímos pasos que caminaban hacia nuestra puerta. Nadie se movió. Sonó el timbre. Se levantó Marcelo y todos lo acompañamos con la mirada.
-¡Agustín! -gritó y lo abrazó y lo besó.
Agustín entró y nos vio a todos sentados.
Una bincha de toalla blanca, un poco manchada de sangre, le cubría las orejas. Guardaba las manos en los bolsillos. Mamá lloró un poco. Se quedó parado y nosotros sentados. Marcelo lo abrazó. Yo me levanté y le di un beso. De a poco todos hicieron lo mismo.
-Qué suerte que estás bien Agus-, le dijo Marcelo.
-¿Quién te dijo que estoy bien?- preguntó él.
-Bueno, ya sé, quise decir a salvo.
-¿Y quién te dijo que estoy a salvo?
Papá bajó de su cuarto.
-¿A verlo?- dijo. Le agarró el mentón y lo inspeccionó de un lado y del otro. - ¿A ver la mano?- Agustín sacó la mano del bolsillo y se la mostró. –Claro, no era el anular, como me dijo el secuestrador, era el índice, por eso no lo reconocí, - se disculpó. -Cómo no iba a reconocer el dedo de mi propio hijo. Lo abrazó. –Estás muy bien, -dijo. -Ahora podés volver.
-No, -dijo Marcelo, -ahora que se quede, ya lo tenemos, ¿para qué lo vamos a devolver?
Pero papá dio un discurso insoportable y destacó que él tenía palabra, que se la había dado a los secuestradores que, pobres, que no eran malos sino que no habían tenido las mismas oportunidades que nosotros y que no eran educados, que eso se notaba en la forma de hablar, en la forma en que nos habían enviado las pruebas de vida, pero que si nosotros, que teníamos educación y principios, mentíamos ¿qué quedaba para el resto? Él había dado su palabra y estaba dispuesto a cumplirla. Agustín lo interrumpió y se despidió de todos. Todos lo abrazamos. Cuando me saludó a mí, tenía el cuello mojado. Marcelo lo acompañó hasta la vereda. Se subió a un auto. Una vez que arrancó, Agustín sacó el brazo por la ventana y saludó.



***


Ana Agote nació en Bs. As. en 1967. Publicó en 2003 el libro de cuentos Otonio (Ciudad de Lectores).

Te juro que no sé en qué estaba pensando


10 de octubre de 2006

Vamos a tomar un vino



PALOMAS EN PRIMAVERA


En la explanada encandilada
de la primera luz rasante, en fría primavera,
multitud arrullante de pesadas palomas
sobre el borde ascendente del día
picotean el adoquín brillante, hora mojada,
arrítmicos oráculos.

Generoso es el cereal del cielo esta mañana,
y entusiasta y cruel el buche tornasol
de las gordas lujuriosas y aladas;
desde viejísimas cornisas húmedas y blanqueadas
descendidas,
ojo funesto, fijo y rojo,
primas híbridas del cuervo y la gallina.

Poderosa será la luna esta jornada,
denso y adverso el hado,
y remota, inasible la vida, como tantas veces
en esta ciudad abstraída y difusa
en que un agua invisible degrada
al verídico aire terso de acústico sol de danza.

He cruzado en medio de la pereza impura
y la sonora gula de las palomas;
y descreyeron de mí, átonas y ajenas,
como si el transparente, o el ya muerto,
despojado de furia o apagado de sino,
pasara sin su sombra, con apenas un aire que el sol remueve
esponjando sus plumas y sus piojos.

Y sin embargo, aún digo "buenos días"
como quien puede,
fingiendo tener cambio.

Y entonces ya es el día
y las palomas
despaciosas remontan
un condenado barrio del bajo cielo,
trazando círculos de azul y gris rutina.

César Mermet
1975


¿César quién?

Eloísa la bostera?

Eloísa Cartonera se mudó a La Boca.
Nueva dirección:
Brandsen 647 - a metros de la bombonera.




8 de octubre de 2006

su sexo de pestañas nocturnas parpadea

De pie como un cerezo sin cáscara ni flores,
especial, encendido, con venas y saliva,
y dedos y testículos,
miro una niña de papel y luna,
horizontal, temblando y respirando y blanca,
y sus pezones como dos cifras separadas,
y la rosal reunión de sus piernas en donde
su sexo de pestañas nocturnas parpadea.

(de Material nupcial, Residencia en la tierra)

Y algunos todavía creen que el gran Pablo es sólo autor de unos cursis poemitas de amor.

Acá, las obras completas de Neruda on line.

7 de octubre de 2006

S’amor non è, che dunque è quel ch’io sento? (CXXXII, Petrarca)

por Rodrigo (Fideos con manteca)


Hay una propaganda de Axe, el nuevo, el doble, la breve y superlativa mina de la cabina telefónica. También está la de Nivea Body, la de Ibu Evanol, las del jabón en polvo Drive (las libres), las potables de Sprite, Coca y Pepsi; están las turras de las cervezas y el Baileys, las del chocolate (todas, acá es cuestión de la piel); y una mortal es la de una mina dándole Danonino a un crío mientras él se toca una lastimadura o algo así. Hay otra grosa, nacional pero buena, la de Criollitas: primero los dedos lacónicos, las manos para la manteca, después la galletita, el cuerpo, después la cara y las mechas volando, chinita, la cortina, el chuchillito, todo amarillo, jetona, con vos nos vamos a sacar las ganas, todos vamos, a vos en una F-100, que te dejás ver tanto y que no te quejás y nos purgás, a vos que estás echando chispas, todos vamos aplaudiendo; tu voz será chiflido fulgoroso y tus gomas de acero una calle inmensa, también tu patio rubio anglicano, valle de pardos y cabezazos. De una vez por todas, nadie leerá más esa poesía en AM. Nadie. Nadie más mirará esos Simpsons. Nadie. Nadie más tocará esas guitarras. Nadie. Nadie más hablará de las canciones que ni siquiera son dignas del pronombre. Allá vamos todos, todos los que entren, para hacerle frente, para pasar el rato. Después están las de los autos negros monógamos (por el adulterio), las de los antiácidos lascivos y las aspirinas con un montón de perras saltando en bombachas de algodón; están las historias cortas, como la de mina de la oficina que sólo consigue que se enamoren de ella cuando se pone una crema en los rulos o aquella mina que sólo logra que su novio se quede a comer cuando toma un Armonil, creo; después está la del flaco y la flaca (dos historias en dos propagandas) ególatras que piensan que son cuatro. Me gusta cuando están bien vestidas, me gusta que la belleza sea una cuestión de piel, y que la piel haga juego con el vestido y las luces y las narices, y que el vestido sea suave y brillante, que las cosas así son geniales, sí, que las cosas brillen y sean suaves.

4 de octubre de 2006

Corre la voz

Por Funes

En una media mañana Mogólica, una de las tantas estrellas maradonianas alumbró generosa los altosbajos botines aguerridos guachos de tiempo (Iorio). Para ese hombre gastado de cuarenta y cortos, para el fumador compulsivo sin medias, el casi hombre de casi treinta, unotro pelado voraz de quién sabe cuántos y el Obelix de los sueños bloggers, la estrella maradoniana encandiló al perfecto ganador y dio lugar a la sorpresa, a la sombra, a la morochez de unotro equipo inasible, irrespetuoso, sospechado y sospechoso, envidiado y bautizado como El Equipo de los Sueños o Los Sin Techo.

Estos hombres, cinco valerosos hombres, distraídos en su genialidad irreverente (perdón pero me sale así), lograron el acople abrupto, la montura silenciosa de un búfalo desconsideradoarrebatadoenojado.

Este admirable despliegue de locura y, de a ratos, ceñido control de las emociones, logró un objetivo absurdo increíbleterrible en el criollo lenguaje del violento fútbol de hoy; romperle el culo a un equipazo.

La cosa fue breve, de apenas una hora (como lo bueno; que siempre se toma en frasco chico) por lo que escribir al respecto suena insolente. Pero aquí estamos, poniendo el pecho gayfriendly a los balas.

Igual que en su primera presentación contra el equipo de Vladimir, en aquella filosa Siberia como fondo de pantalla, los cinco desamparados del fútbol arrancaron ganando un enfrentamiento que sonaba épico y, cual otrora, suicida. Los Sin Techo, arremangados sin timidez para su labor, concentrados desde el minuto cero hasta el minuto golvamoscarajoterminó siempre tuvieron en mente un solo objetivo: morir con la sombra puesta.
Los Sin Techo se saben menos o, jugando; más negros, más sombra, más temibles. Los Sin Techo nunca sobraron al rival pero tampoco lo sobaron. Con un esfuerzo descomunal del internacional Samu Etoó, el fumador descalzo, descomprimiendo la presión sobre el (Inte) Lingenti Alex y el cerebro del equipo, mal llamado Willies, el partido se resolvió en los primeros dos minutos del comienzo. El goleador Intempestivo, oculto en sus cuarenta y cortos, hizo gala de su botín experimentado y puso lo justo y necesario para mantenerse arriba en la tabla de goleadores, arriba en una luminosidad cero, de equipo oscuro, misterioso.

El encuentro fue parejo, el rival atrevido y las medias tintas, un deseo incumplimentado (?) para los más cansados. Se corrió y mucho. Se metió y mucho. Se gritó y mucho. Apenas dos laterales, varios palos y un manopanza sospechoso intentaron opacar una media mañana media épica.
El prejuicio de pensar que Los Sin Techo son un equipo mediocre los transforma, a estos desamparados, en envidiables señores callados pero no sumisos, samuráis peligrosos de una esencia inmejorable; gen-ialidad inconseguible en una Europa Nacional Socialista ávida de un Messías.

¿Habrá revancha? Por supuesto que no. Porque Los Sin Techo también son prejuiciosos. Porque no quedan afuera de ese mezquino sentimiento. Y porque si jugamos de vuelta, nos ganan.
Pero los resultados, tickis mías, los resultados hablan por sí solos:
efectividad 100%
dos jugados
dos ganados.

¿Quién sigue?

3 de octubre de 2006

La importancia del deporte

por Pedro Mairal
El jueves pasado cumplí 37 años y la gente que no me conoce me ve y cree que todavía no pasé los 30. Siempre tuve este desfasaje entre mi cuerpo y mi edad. Ahora ya no me molesta, incluso me alegra porque veo a mis amigos quedándose pelados, echando panzas y canas mientras yo sigo como Dorian Gray, escondiendo un cuadro que envejece por mí.

Crecí con ese desfasaje. No me acuerdo de haber sido distinto antes. Siempre me sentí chiquito, más flaco, más petizo que los demás, menos peludo, menos hombre. Era el segundo de la fila; el primer puesto lo tenía un amigo que en ese tiempo todavía no era un futuro coordinador de ongs a lo ancho del planeta sino uno de los pocos tipos a quien yo no tenía que mirar para arriba para hablarle.

Estábamos siempre ahí adelante, mientras se izaba la bandera, en el patio, en esas filas que nos ponían tan en evidencia todas las mañanas. ¿De dónde habrá salido esa costumbre de poner a los chicos en fila por orden de estatura? ¿Era para que quedáramos prolijos? ¿Cómo no se daban cuenta de que era como ponernos por orden de peso, del más flaco al más gordo, o por orden cromático, del más rubio al más morocho, del albino al africano, pasando por todas la gamas. Nadie lo veía mal. Era lo más natural del mundo. Los más petisos íbamos adelante, primeros. Los más altos atrás. Y no se discutía.

Debe ser una cosa militar, medio obsesiva con la prolijidad. Una especie de orden primitivo. Como ordenar los libros en la biblioteca por color. Pero a mí me parecía ideado para humillar a los más bajos. Quizá sería para vernos mejor desde el frente y controlarnos. Yo me vengaba mentalmente ordenando en mi cabeza a los profesores por orden de estatura. El director, el Lic. Chiampiti era el más bajo. Me imaginaba todo el secundario en fila mezclado con los profesores por orden de estatura y el Chiampiti casi con nosotros delante de todo y en seguida la profesora de química y después el de matemáticas al que le decíamos el Pollo. No servía para nada ser el primero de la fila, no ofrecía ningún beneficio. Uno de mis primeros cuentos, que por suerte se perdió, era sobre un tipo traumado que, en la fila del cine o del banco, obligaba a la gente a ponerse por orden de estatura. Un loco que entraba con un arma y en vez de robar los ordenaba a punta de pistola. Hacía eso y se iba para que a los más petisos los atendieran primero.

Es difícil idear formas del orden todavía más humillantes para escolares: quizá ordenarlos por coeficiente intelectual, por ejemplo, o del más rico al más pobre. A eso no se animaron. Ahora que lo pienso, como todo sistema efectivo, el orden de estatura se establecía casi solo. Me suena mucho la frase “señores se ubican acá en una sola fila por orden de estatura”, me parece haberla oído varias veces. Pero creo que ya lo hacíamos automáticamente: los más altos iban empujando hacia delante a los más bajos; en los casos de altura empatada se ponían espalda con espalda y un tercero arbitraba.

Me acuerdo de llegar después de cada verano al primer día de clase y tener la esperanza de estar más alto, la sensación de que había pasado tiempo y que quizá había crecido en esos tres meses; y toparme en el patio con unos tipos medio irreconocibles, mis amigos deformados por las hormonas, con la voz cambiada, huesudos, altos, muy altos, con una seguridad y una fuerza que a mí no me habían sido dadas. Creo que por eso me obsesionaba la serie de televisión “El increíble Hulk”, la veía todas las tardes y soñaba con ser Bill Bixby que le advertía “No soy yo cuando me disgusto” a la gente que lo ponía nervioso; soñaba con pegar el estirón ahí delante de todos en medio de la clase, romper la camisa, los pantalones, con músculos, con mucha fuerza, hacerme hombre de golpe, asustando a todos, inquietando a las chicas, y salir corriendo del colegio ya como el fisicoculturista Lou Ferringo, gruñendo, en cuero, descalzo, pero sin estar pintado de verde.

Siempre tuve que conformarme con este crecimiento imperceptible, esta especie de invariabilidad. Y la altura no fue lo peor. Lo peor fueron los pelos, la ausencia de pelos, los años de lampiño. Esas comparaciones de vestuario, esa preocupación. Mirar a los otros y mirarme. Y preguntarme cuándo, cuándo me iba a tocar a mí, cuándo sería mi turno de ir caminando hacia las duchas desnudo y con aplomo, usando la toalla no para taparme como una nena sino para ir pegándole latigazos en el culo a los distraídos, desfilando mi pelambre, mi sombra de mamífero sexual. Yo me cambiaba apurado, medio sentado, ocultando mi lampiñismo. Cuando volvíamos de un partido, me mojaba la cabeza en los lavamanos para que los profesores creyeran que me había bañado y me ponía los pantalones con las costras de barro en las rodillas. No iba a las duchas, me volvía a casa mugriento pero invicto de las burlas.

Todo era un poco así en el colegio. Cuatro divisiones con 25 alumnos cada una. Cien chicos y chicas por año. Quinientos en todo el secundario. Era sólo cuestión de pasar inadvertido. Me hice campeón en eso. Era como el juego del quemado donde un tipo se paraba en el medio de la cancha de básquet y empezaba a desnucar a los otros a pelotazos y los desnucados pasaban a su bando y se dedicaban a desnucar a más y más gente. Yo me perdía en el tumulto, me hacía invisible. Camus decía que el fútbol le enseñó todo lo que necesitó aprender en la vida. A mí me pasó lo mismo con el quemado. Por ahora vengo zafando. Aunque sé que el pelotazo final algún día me lo van a dar. Soy el último desesperado corriendo en pantalones cortos, en invierno, sabiendo que la pelota de básquet lanzada con saña por esos compañeros sedientos de sangre va a llegar y va a doler como trompada contra la espalda, contra la cara, contra el muslo congelado.

Incluso yo jugaba al rugby así. En mi primer día de rugby a los ocho o nueve años, la pelota voló por el aire, a mí se me ocurrió atajarla y un batallón de hiperactivos con botines de tapones de aluminio se me vino al humo; me chocaron y me aplastaron en el piso. A partir de ese momento, para mí, la regla número uno del rugby pasó a ser: “manténgase lo más lejos posible de la pelota”. El secreto entonces era simular que hacía el esfuerzo, que la buscaba, que me metía. Era una actuación muy fina: todos jugaban al rugby, pero yo en cambio actuaba que jugaba. Era más difícil. En cierta forma tenía más mérito. Era una simulación pero no había que sobreactuar porque se podía notar. Había que encontrar un equilibrio, meterse pero llegar justo tarde, cuando la pelota ya estaba saliendo de la pila de gente. Arrojarse sobre la montonera pero cuando ya no había muchos más jugadores para que te cayeran encima. Estar muy atento, anticipando la jugada para correr hacia el otro costado como esperando un pase que no se daba pero que se podría haber dado. Tenía que adivinar lo que podría haber sido pero no era, moverme en esa orilla. Era un juego secreto, de supervivencia, que yo jugaba dentro del gran juego. Igual que ahora, supongo, ahora que en este juego enorme de la adultez practico este otro juego paralelo, casi invisible, de la literatura, simulando que trabajo, simulando que sí, que soy un hombre con currículum que paga impuestos, pero soy torpe y no me creo nada y sé que están a punto de aplastarme y anticipo, esquivo, hago como que corro con todos, pero siempre me siento al margen, soñando otra cosa, nunca me creo la vida, ese juego tan raro que practican los demás.

No puede ser



El otro día le dijeron al Sr. de Abajo "Tu blog es todo culos", a lo cuál él respondió "Sí. Pero es a todo culo". Así que, para estar a la altura de la respuesta, va la prodigiosa Agus Keyra bailando en "la escasez de un jumper azul casi inexistente".

Dice que se viene el volumen 3

*
por Ramón Paz


ricardo conoció a una morochaza
y se mudó a su culo de por vida
la morocha le dio la bienvenida
y él tuvo entre cachetes nueva casa
lo fue a buscar la esposa le gritaba
que bajara de ahí no seas pendejo
yo quiero en este culo hacerme viejo
le contestaba él y se quedaba
lo buscaron los suegros y un bombero
sus amigos del club sus ex maestras
y el tipo ni siquiera daba muestras
de quererse bajar de ese trasero
hoy sigue acomodado entre los bifes
la negra y él parecen muy felices


*
www.pornosonetos.blogspot.com

2 de octubre de 2006

Llamen a Mou, que Larry está en cualquiera!


Un poco de infra literatura para Marce Cohen que lo mira por tv. Inquietante entrevista a Fabián Casas en No Retornable.
Y acá la banda sonora.

1 de octubre de 2006

Antología En celo - Asado

[arriba: Diego Grillo Trubba, Maximiliano Tomas, Marina Mariasch (con Eugenio Bruzzone en brazos), Hernán Arias, Juan Terranova, Natalia Moret, Mariela Ghenadenik, Gabriel Vommaro, Josefina Licitra, Pedro Mairal, Alejandro Parisi. abajo: Joaquín Linne, Pablo Ali, Glenda Vieites, Félix Bruzzone, León y Benita Llach]










Camarón Y Paco De Lucía (1976) - Bulerías

Rita y Bertoni

por Fabián Casas


El otro día, escuchando hablar a Daniel Bertoni en un documental sobre el Mundial 78 –un documental crítico sobre la utilización del fútbol para ocultar una masacre- me vino a la cabeza la frase de Spinoza: ¿Por qué los hombres luchan por su opresión como si se tratara de su libertad? Spinoza supo contestar con su vida a esa pregunta: se negó a hacerse cargo de una cátedra de filosofía en la universidad de Heidelberg y rechazó además el dinero mensual que el Rey de Francia le ofrecía a cambio de que le dedicara uno de sus textos. Spinoza pensaba y escribía y para poder hacerlo sin interrupciones, no se dejaba seducir por boludeces. Trabajaba puliendo lentes y con eso le bastaba. Tenía una idea central para mantenerse alejado del poder: creía que quienes mandan son impotentes que encuentran una alegría compensatoria construyendo su poder sobre la tristeza de otros.

¿Pero qué decía Bertoni? Cuando le preguntaron si se sentía afectado por haber ganado un mundial organizado por la dictadura militar, contestó: “Yo hacía las paredes con Luque y kempes, no con Videla y Massera”. Lo cual era cierto. Dentro del juego, dentro del perímetro de la cancha, no había militares, pero el cemento con el que se construían sus paredes, estaba pagado por el Proceso de Reorganización Nacional. De modo que Bertoni –y muchos otros- a la hora de enfrentarse con los hechos políticos-con la vida diaria de ese momento- sólo elegían ser futbolistas: hamsters corriendo en sus rueditas en la pecera de vidrio que les construyó el EAM.

Y una idea, así al tuntún, me llevó a otra. La noche anterior al documental del mundial, había estado leyendo un ensayo que publicó Marcelo Cohen en su revista Otra Parte donde da cuenta de un posible mapa de la literatura argentina actual y cita, en el párrafo del comienzo –posiblemente como disparador de su texto- , la polémica que instaló el libro de Damián Tabarovsky “Literatura de izquierda” en un suplemento literario. Así que leí a Cohen y después leí el libro de Tabarovsky.

El ensayo de Cohen tiene la particularidad de dividir en tuppers, para guardar en el frizer y comerlos cuando se pueda, a determinados escritores que divide en determinadas categorías: prosa de estado, hiperliteratura, infraliteratura, afroliteratura, etc. El ensayo, escrito en una prosa florida y seductora –Cohen es un maestro de la lengua- abunda en tecniquerías y párrafos que parecen aniquilarse en sí mismos a medida que se los lee. Suele pasar hasta en las peores familias. Cuando un gran escritor no tiene nada que decir, se enamora de su facilidad y se saca los tapones de los oídos para dejarse llevar por el canto de las sirenas. Pero en las noches argentinas, lo que se escucha ahora son las sirenas de los patrulleros. Cohen, al igual que Bertoni, hace su trabajo dentro de la literatura. Es un escritor. Tal vez un Gran Escritor. De hecho, su último libro dice en el cinturón de castidad que le puso la editorial: la última novela del mejor escritor argentino. ¿Y qué puede decir un Gran Escritor Argentino? Cosas de un Gran Escritor Argentino. Su texto es un paneo metafísico por un panorama donde la escritura es sometida a un ordenamiento para tranquilidad de todos (prosa de estado, hiper, infra, etc), mientras el gran ojo en el cielo, el ojo del demiurgo las contempla y ordena en su cerebro argentino cargado de terrores. Hay algo en Cohen, a la hora de dividir a los escritores en castas, de funcionario de aduana de los Estados Unidos. Este pasa, este es un poco sospechoso, este tiene un turbante. Todo esto aderezado con una seriedad que envidiaría el mismísimo Ernesto Sábato. Freud se preguntaba ¿por qué este hombre está haciendo esto? Lacan, en cambio, decía ¿para quién lo está haciendo?

El libro de Tabarovsky me pareció notable por varias razones. Primero, porque nunca me reí tanto leyendo un libro de crítica. Uno de los programas que se plateó César Aira, lo concretó Tabarovsky: escribir un chiste. Un chiste muy bueno es Literatura de Izquierda. De esos que uno memoriza y que corre a contarle a sus amigos en la primera sobremesa que encuentra (de hecho, yo hice eso con el libro de Tabarovsky, se lo recomendé a todo el mundo). Hay algo en la prosa de Literatura de Izquierda que lo vuelve liviano, aunque planteé un combate: de un lado, los escritores del mercado, los que hacen bien los deberes o los que quieren ser famosos, estrellas de rock, etc; y del otro, los que no escriben para nadie, los escritores sin público. Tabarovsky, a diferencia de Cohen, es honesto: ya que va a entrar a diseccionar, pone nombres y apellidos y no se esconde en categorías para no malquistarse con nadie. Pone en primer plano la dudosa categoría del gusto. Gelman diría: ¡Hurra, al fin nadie es inocente! Igual, los nombres que el autor distribuye en uno y otro bando no me parecen importantes para la discusión, simplemente son los que le gustan y los que no. Lo más interesante es que tantoTabarovsky como Cohen siguen hablando de literatura, aunque el primero pareciera querer llegar –vía Deleuze- hacia una desintegración, el punto de fuga que la conecte con la vida. Un- más – allá- de- Bertoni.

Sin embargo, hay algo que no me parece productivo en la crítica de Tabarovsky a la manera de escribir de los escritores que él denomina serios, es decir, los que no “enloquecen” al lenguaje y se afirman en modelos clásicos. No veo que haya que estar en contra de ningún escritor, en contra de ninguna forma narrativa, en contra de ninguna manera de venderse como escritor. Se le puede robar a todos, se puede aprender de todos. En su casita de Aberdeen, donde vivía de manera muy pobre, Kurt Cobain tenía muchas mascotas. Había, entre otros, un conejo y un gato. El gato se empeñaba en fornicar con el conejo. A Cobain le causaba risa imaginarse qué podría salir de esa unión. A mí también. Lo que quiero decir es que esa manera de purificar la escritura, de conseguir que el galgo salga con las orejas ornamentales y que no haya que cortárselas, no conduce a nothing. Se termina replicando el modelo que se quiere atacar. Imaginémoslo: una mañana nos despertamos y estamos rodeados por super escritores de vanguardia, que le hacen trampas a la lengua, que escriben de atrás para adelante, que se citan mutuamente, se reproducen en antologías incomprensibles, y que logran que, al lado de ellos, Beckett parezca Tinelli.

Tanto el periodismo como la academia necesitan clasificar, ordenar, digerir y escupir por el recto los excrementos. El excremento es la literatura. Y nuestros problemas empezaron cuando nos vimos obligados a esconder la mierda. Ahí entramos en la cultura, las restrospectivas, Kuitca en el Malba, las mesas redondas, las ferias del libro, los suplementos de cultura, etc. La literatura es una imagen de pensamiento que nos impide escribir. Es un clishé dentro del mundo de los clishés. Y como clishé sólo sirve para deterner, estancar, enfermar. Un escritor sin público se plantea Tabarovsky como el escritor de izquierda. Pero ahí sigue la engañosa dualidad culposa del progresismo. Algo de lo que carece, por ejemplo, el peronismo. La derecha sabe lo que tiene que hacer con el poder. El progresismo ambiciona el poder pero utiliza cosméticos para que se le note poco. Y lo cierto es que uno escribe con alguien, en el medio de todos, cruzándose con estéticas y propuestas diferentes, ampliando su paleta de colores, se escribe inspirado por los que no escriben y sólo narran de manera oral, como en el sermón de la montaña. En cada bar, oficina, dormitorio o plaza, hay alguien relatando el gran sermón de la montaña, sólo hay que tener el oído atento y el estado de atención para hacerse escribir. Somos narraciones de la vida. Cuando el relato se estanca, nos enfermamos y morimos.

Siempre, en vez de Duchamp, Duchant. Y como le dijo Alí a Frazier después de una mutua golpiza descomunal: Joe, ¡ahora somos libres!

Hace poco se me rompió un zapato. No recordaba que existiera un zapatero cerca de mi casa. Igual salí a buscar uno. A las dos cuadras lo encontré. La zapatería era increíble. Había olor a cuero, la estufa estaba encendida y el cono de luz de la mesa de trabajo del zapatero inundaba todo con su calidez. El hombre tendría unos sesenta años y me dijo que estaba en esa cuadra desde hacía veinte, que había visto crecer a muchos de los chicos del barrio. Me llamó la atención que nunca había notado el negocio –pese a pasar seguido por ahí- hasta que lo necesité. Me di cuenta que el que hace bien su trabajo es invisible. Que no tiene que salir a buscar a nadie porque el que lo necesita llega. En la cultura de la exposición, la invisibilidad es un don.

En estos precisos momentos hay un escritor sin público de verdad. Se llama David Jerome Salinger. Según dicen, se pone un overol y dedica gran parte de sus mañanas a escribir historias de la familia Glass. Tiene ya cuatro libros en una caja fuerte. Está escribiendo una hagiografía.

Cuando Kurt Cobain alcanzó el nirvana y se pegó un tiro, su mejor amigo y compañero de grupo, leyó esto en su funeral: “Kurt tenía una ética arraigada en el pensamiento propio del punk rock: ningún grupo es especial, ningún músico es el rey. Si tenés una guitarra y mucha alma, meté ruido y tomátelo en serio, porque sos una super estrella. Tocá los tonos y los ritmos que son universales para toda la humanidad. La música. Vamos, utilizá la guitarra de tambor, descubrí un ritmo y dejá fluir tu corazón. Kurt nos hablaba al nivel del corazón”.

Dos sugerencias de las artes marciales:
Uno. No pasarse la vida quejándose de que el suplemento x es el verdugo de la lengua, que no te publica, que siempre publica a otros, etc. Hacer el medio que uno necesite para lo que se quiera decir. Y, en vez de utilizar una retórica de rechazo (“yo ahí no publico porque etcétera, etcétera”), aplicar la lógica del yudo: utilizar la fuerza del más fuerte. Hacerle trampas a los medios, utilizar su poder industrial de difusión para traficar información. Saber que estás en la Matrix, pero intentar que te sea funcional. ¡Nada de llorisqueos! Ya hemos repetido hasta el cansancio lo que dijo Rolando de hacerle trampas a la lengua, y lo que dijo Marcelo y sampleó Deleuze de que el escritor crea un lenguaje propio dentro de un lenguaje. Creemos los medios, utilicemos los medios que ya están, abandonemos esa estupidez de que alguien nos está haciendo algo, de que somos víctimas de la Prosa de Estado. Nadie le hace nada a nadie. O como le decía Don Juan a Castaneda: nadie le hace nada a un guerrero.

No le pidamos peras al olmo: el Papa no puede aprobar el aborto porque es el gerente de contenidos de la Iglesia Católica y labura de eso.

Dos. El kata es una combinación de posturas del karate de defensa y ataque. Es meditación en movimiento. Yo sé hacer dos. La Heian Shodan y la Heian Nidan. Me gusta eso, parecen servir para atacar y defenderse pero en la práctica sirven para meditar. Yo me armé una kata literaria: está compuesta por estos manifiestos a los que veo como movimientos para meditar y crecer, para producir vida.

1) La Carta a la Dictadura Militar, de Rodolfo Walsh.
2) El Escritor argentino y la tradición, de Borges.
3) El prólogo de Gombrowicz a la edición del Ferdidurke argentino.
4) El prólogo a Los Lanzallamas, de Roberto Arlt.

En karate existen muchas katas, creo que cada uno, a lo largo de su vida, debería armar las que se le canten.

Con la primavera llegó a mi vida un regalo de Dios que se llama Rita. Tiene tres meses. La otra noche estábamos en el parque y se puso a cavar un pozo, lo hacía con un convencimiento milenario, lo hacía con el corazón de la especie. De esa manera me gustaría escribir.

27 de septiembre de 2006

Silvia Attwood va por más


Primero fue ese video con el pez dorado saliendo de su aterciopelada vulva. Ahora empieza a probar con animales más grandes, como un perro manto negro y muestra las fotos en el Cabildo Histórico de Córdoba. Empieza hoy. Si el sr. de abajo estuviera en Córdoba, iría. La muestra (en serio) se llama "La dama y el perrito".

Todos somos Arjona

por Rodolfo Edwards


en la Torre de los Ingleses
son las siete menos cinco
y arranco las agujas del reloj
para hacerme harakiris
y otros tragos orientales
invento a cada rato
tantas formas de pensar en ti
sí en ti en ti en ti

y como un necio
trato de ignorar esta distancia
que es como ir hasta la luna
y volver siempre volver

acaríciame al menos el cabello
como a un perro zalamero
como a un niño de la calle
olvidaste mi corazón
en el cuarto de los trastos
es un triste obús desactivado
de la guerra del 14
una pieza de museo
que no cotiza en el mercado
sabés bien que no tengo
otra cosa que ofrecerte
que una mañana de lilas muertas
en la cama
oh en la cama

me enteré que ahora sos
la novia de un rockero
muy pagado de sí mismo
que canta cosas que no entiendo
él es un maestro del cinismo
y yo un aprendiz
en esto de amarte sin coraza

yo sé que no estoy pa´ campeonato
pero al menos quiero
mantener la categoría
verte en sueños
pasar como a una liebre
siempre linda siempre linda
oh dulce añoranza en mi memoria
en mi memoria
en mi memoria

por vos hoy abrí una lata
de fantasías importadas
de países sin bandera
soy pirata equivocado
en tu vida sin fronteras

¿y si busco un abogado
y te armo un pleito
por robar de mi pecho
algunas cosas?
son testigos las estrellas
y una nube que pasaba
donde escribí tu nombre
con mi pluma de poeta

aunque pasen mil años
en la historia de la tierra
ante tus ojos seguiré siendo
este niño engominado
temeroso de la brisa
que lo lleva con las aves a la altura
donde florecen los olvidos
los olvidos
oh los olvidos

tú eres la cruz
y yo no soy Cristo
soy un equilibrista
entre tu boca y el destierro
soy el pobrecito de la novela de la tarde

ya no quiero ver el sol
que me destruye
los sesos la cordura
prefiero la luna
plateando tus caderas
cuando supe que tu espalda
era una escalera hacia la gloria

de tu piel probé tequila fuerte
y me he quedado borracho
pa toda la vida
casi siempre veo doble
y me enamoré
de vos y tu melliza

y aunque nada sabés
de mi abril desesperado
de mis dramas de domingo
dejo esta nota
en el umbral de tu sonrisa
para ver si puedes leer a contraluz
mi confesión de imberbe monaguillo

Bob Dylan + Scarlett Johansson

When the deal goes down (Modern times, 2006)

(se puede traducir literalmente como "Cuando el trato se realice" o en su sentido metafórico: "Cuando llegue el momento")

En la quietud de la noche, en la antigua luz del mundo / Donde la sabiduría se abre paso a golpes / Mi cerebro desconcertado trabaja en vano / A oscuras por los senderos de la vida / Cada rezo invisible es una nube en el aire / El mañana sigue dando vueltas / Vivimos y morimos, no sabemos por qué / Pero voy a estar con vos cuando llegue el momento // Comemos y bebemos, sentimos y pensamos / Vagamos calle abajo / Río, lloro y me obsesiono / Por cosas que nunca deseé ni quise decir / La lluvia de medianoche sigue al tren / Todos llevamos la misma corona de espinas /Alma con alma, ruedan nuestras sombras /Y voy a estar con vos cuando llegue el momento // La luna da luz y brilla en la noche /Cuando apenas siento su ardor /Aprendemos a vivir y después perdonamos / En el camino que nos lleva /Son más frágiles que las flores estas horas preciosas / Que nos atan tan fuerte uno al otro / Llegás a mis ojos como una visión del cielo / Y voy a estar con vos cuando llegue el momento // Junté un flor, floreció en mi ropa / Seguí el arroyo ondulante / Oí el ruido ensordecedor, sentí alegrías pasajeras / Sé que no son lo que parecen / En estos dominios terrestres, llenos de desilusión y dolor / No me van a ver poniendo mala cara / Te debo mi corazón y esa es toda la verdad / Y voy a estar con vos cuando llegue el momento.

21 de septiembre de 2006

19 de septiembre de 2006

La Revancha


El partido es el domingo 24 de septiembre a las 12 hs en Open Gallo, y los cordobeses ya están temblando. Nos llegó el siguiente mail:
Gente
para que no hagan falsas presunciones
ni fabulen
con un partido fácil
llevo a Quique custodiado
el jueves por la noche
necesita relajarse
aclimatarse
dos días de antelación van a funcionar
Le estuve pasando informes
de lo que ví aquella noche en el Gallo
la calidad del suelo
la ligereza del balón
las patadas de Terra
de aquellos jugadores nuevos
como Santiago, Mairal
(tiene equipo nuevo, sin lustre)
llegaremos el viernes temprano

Tenemos una dieta que cumplir
sólo hidratos y ensalada
avisen novedades

abrazo grande

JQ

ellos y yo

por Superloyds

al expositor le patina la ere
las carteras no están más
solas

nos la mandan a guardar

los performers están locos:
uno es un bodrio
el otro es bizarro pero
al menos hace gracia

el rubio se queda dormido
en todas partes
nuestro arquero da rebote
en la última jugada

el cumpleañero me lima la gorra
con su tributo a jimi hendrix
los delanteros
no le hacen un gol a nadie

los gorditos caretas
pagan en dólares
tienen hijos y hablan
de carreras empresariales

mientras yo
me enamoro de una casa
recorro el barrio de moda
diagramo un cuento impublicable

17 de septiembre de 2006

Viajando vi una señora y aplaudí

por Rodrigo (Fideos con manteca)


Pensando en un tema de Sepultura, alegrísimo por volver a casa, subí al 53 y en la mitad del camino, después de la general Paz e hipnotizado por el sonido del motor del colectivo, por la ventana, en un toque y en una esquina, vi un bardo de mujer enorme cargando bolsitas de supermercado chino, a cada paso inclinándose a golpecitos de un lado a otro y tratando de equilibrar la escena, y una bocha de críos corriendo unos metros adelante y volviendo en círculos a la madre y jugando a ver quién corre más, a quién grita más, a quién es más ninja y a quién algo más; ella era una vaca tratando moscas, un planeta llevando lunas, una suela levantando mierda de baldosa, una ranchera Ford y perros ladrando, vino acabando bolas de frailes y churros o morcilla y riñoncitos, Blanca nieves bailando cumbia con los siete enanitos, boca cochina babeando putas madres y ave marías; ella era un nombre propio, virgen y sagrado, chinísima hasta en las chinelas, una pollera azul escondiendo verdín, pullover negro con olor a caldito Knor verduras, evitando las miradas ociosas e hiperbólicas (esas que se compadecen pero ridiculizan o ridiculizan para no compadecer) llegando a casa y nada más.

16 de septiembre de 2006

De costa a costa en 4 minutos

Castaneda revisitado

por Fabián Casas

El nombre de Carlos Castaneda lo escuché por primera vez en un aula de la facultad de Filosofía y Letras. Estaba en un teórico repleto del profesor que daba Introducción a la Antropología. El hombre –bajo, entusiasta, muy buen orador- discurría sobre su tema cuando fue interrumpido por un psicobolche que le preguntó qué opinaba sobre los libros de Castaneda. El profesor pareció perder la postura, hizo silencio y, después, largó una diatriba encendida sobre lo que él consideraba un chiste, una estafa que estaba muy lejos de la ciencia antropológica. Castaneda, nos quedó claro a todos, era un farsante que ponía nervioso a los antropólogos que no comulgaban con sus métodos de trabajo. ¿Pero cuál era su famoso sistema? Yo en ese entonces no sabía nada del aprendiz de brujo.

La segunda vez que escuché hablar de Carlos Castaneda fue en la casa de un matrimonio amigo. Era una pareja joven, de buen pasar económico debido a algún dinero que habían heredado de los padres. Vivían en un piso grande de Palermo y durante los fines de semana vendían artesanías en una feria donde yo también tenía un puesto. Esta gente tenía marcados intereses espirituales. Es decir, no sólo no querían morir –como todo el mundo- sino que querían encontrarle algún sentido a la existencia. Un sentido trascendente. Una tarde, el macho de la pareja –al que llamaré Gustavo- se quedó dormido en un sofá mientras los demás charlábamos y tomábamos café. Su mujer –a la que llamaré Amanda- nos hizo reparar en la posición en la que Gustavo se había quedado dormido. Era una enseñanza de los brujos del desierto de Sonora, era, más específicamente, algo que le había enseñado Don Juan a Carlos Castaneda. Todos nos quedamos mirando el cuerpo de Gustavo. Estaba tirado boca abajo, con los brazos extendidos a los costados, y las manos cerradas, pero sin llegar a convertirse en puños. “Por ahí”, decía Amanda, “por las yemas de los dedos que tocan apenas las palmas de las manos, pasa la energía y él se recarga mientras duerme”.

Carlos Castaneda empezó su carrera hacia la fama mundial matriculándose en la UCLA para estudiar antropología. Donde se dedicó a investigar el valor medicinal de determinadas plantas utilizadas por los indios mexicanos. Parece que es verdad que viajó al desierto mexicano varias veces en su trabajo de campo, y que obtuvo información de algunos informantes de las comunidades indígenas de la zona. La tesis de grado que escribió para coronar su licenciatura fue publicada –después de muchas idas y vueltas- por la editorial universitaria de California. Se llamó “The Teachings of Don Juan, a Yaqui Way of Knowledge”. En el libro se narra –mediante charlas socráticas delirantes - la aventura del joven “Carlos”, quien se acerca a un indio yaqui, “Don Juan”, para que lo instruya en el estudio de las plantas psicotrópicas. Lo cierto es que el indio lo tomó como aprendiz y le propuso que se convirtiera en un hombre de conocimiento, en un brujo. A través del aprendizaje de Carlos, los lectores de todo el mundo descubrieron una cultura esotérica que los indios americanos se vieron obligados a esconder cuando fueron sometidos por el invasor español. Convertirse en cuervo y volar, hablar con un coyote luminoso en medio del desierto, desaparecer, crear un doble o estar en muchos lados al mismo tiempo, son algunas de las hazañas que “soporta” el aprendiz de brujo. Siempre oscilando entre el terror y el humor. Ya que su maestro es un hombre que suele matarse de risa cada vez que Carlos es sometido a pruebas –mediante el uso de plantas alucinógenas o no- para expandir su percepción del mundo. Fue el libro de cabecera de los psicodélicos sesenta. Republicado por Simon and Shuster, impactó en toda una generación que estaba en busca del amor libre y las drogas que expandieran las puertas de la imaginación. Mochileros de todo el mundo, droguetas y demás salieron a buscar a los desiertos de México al mítico Don Juan. Castaneda entonces publicó un segundo libro –y otro y otro-, vendió millones, se convirtió en un gurú, construyó un mito en torno suyo ( no se dejaba fotografiar, nadie sabía dónde vivía, había eliminado –como le enseñó el maestro- su historia personal ( se separó de su mujer, abandonó a su hijo adoptivo, dejó de ver a su grupo de amigos) y, lisa y llanamente, desapareció. O casi. Hace poco se supo, después de su muerte, que Castaneda –quien se había autoproclamado el último Nagual- había formado una secta. Según sus enseñanzas, cuando llega la hora, el Nagual arde interiormente y, en vez de morir, pasa a otra dimensión. Pero cuando se le apareció Caronte, el cuerpo pesado de Castaneda no ardió interiormente, sino que crepó en su cama de un cáncer de hígado. Sus discípulas más cercanas –las brujas que él protegía y que formaban la jerarquía principal de la secta- desaparecieron y, se presume, se suicidaron. Un libro de Amy Wallace “Aprendiz de bruja, mi vida con Carlos Castaneda” narra por dentro y de manera cruel el fin del hombre que sólo buscaba, según sus propias palabras “ser un guerrero, un hombre de conocimiento”. Estas cosas le suelen pasar a los tipos que edifican una catedral con sus obsesiones. Pienso en Lacan, ya viejo, rodeado de los juguetes con los cuales construía los nudos borromeos, tratando de encontrarle una vuelta matemática a la eternidad, mientras que los discípulos de sus grupos de estudio se suicidaban.

Pero una cosa es el hombre y lo que éste hace con su vida y otra cosa son los libros que escribe. Y en los primeros cuatro que Castaneda publicó hay gran poesía –como bien lo señaló Octavio Paz en el prólogo a Las enseñanzas de Don Juan- . Así que, tratando de ser un antropólogo, Castaneda se convirtió en un poeta. Veremos por qué.

Como Castaneda inició sus escritos bajo la apariencia de un estudio de campo, la polémica estalló rápidamente. El centro de la discusión se puso en sí era cierto lo que Carlos informaba o si era un fraude. Algo de lo que nadie se animaría a acusar a Dostoievski, por ejemplo. Para mí la cosa es bien clara. Creo que los libros de Carlos Castaneda –si bien recojen parte de la experiencia vital de sus incursiones en el desierto mexicano buscando informantes- son pura ficción. Castaneda es un novelista extraordinario. Como Dostoievski o Conrad, nos transmite su visión del mundo a través de imágenes y palabras que se vuelven inolvidables. No se trata de estar de acuerdo con lo que dice, se trata de percibir la fuerza de lo que se expresa como algo que nos perturba y nos pone en estado de perpetua pregunta. Samuel Beckett se maravillaba –cuando descubrió a Schopenhauer- de poder leer a un filósofo que escribía como un poeta. Detrás de la obra de Beckett o de Kafka, vibra la presión de un postura filosófica no sistemática. Con la de Carlos Castaneda pasa lo mismo. Ahora las historias de los hombres están compartimentadas en géneros que son estudiados por especialistas, pero antes la filosofía, la poesía y los relatos religiosos se mezclaban en una única fuente.

¿De qué habla la saga de Don Juan? De la trágica y maravillosa cosa que es ser un hombre y la inevitable soledad que a veces implica vivir de manera impecable. Para Don Juan, convertirse en un hombre de conocimiento supone una larga ordalía. Eliminar la historia personal, despojarse de los afectos, volverse inaccesible y aprender a parar el mundo. Detener el diálogo interno para, finalmente, poder “ver”. Un brujo –le explica Don Juan a Carlos- ve que los hombres son huevos luminosos y que de su vientre salen hebras de luz que lo conectan con todas las cosas. En el mundo según Don Juan, nada pasa porque sí. El viento puede ser un aliado, la aparición de un cuervo, un augurio. El planeta se vuelve un lugar oscuro y peligroso, más intenso y vital. Y la muerte es nuestra compañera “siempre a la izquierda, a un brazo de distancia”, lista para tocarnos.

La habilidad narrativa de Castaneda hace que todo este bagaje de conceptos no resulte una estupidez pedagógica de un manual new age. Por el contrario, la lectura se vuelve –a medida que pasan los libros- intensa, adictiva. Don Juan es un personaje notable: se ríe rodando por el suelo, se tira pedos, hace chistes y, de golpe, también puede inspirar terror. Castaneda logra que el lector se indentifique con el personaje de Carlos. Mira a través de sus ojos. Carlos es inocente, medio estúpido, siempre sometiendo todo lo que ve a la bendita razón. Hasta que, superado por los acontecimientos, rompe a llorar o, literalmente, se caga encima. William Burroughs le dijo una vez a un periodista: “¿Por qué Don Juan no me eligió a mí en vez de al idiota de Carlos?”.

De manera que ahí están esas gloriosas escenas del aprendiz de brujo fabricándose un trampa para “cazar poder” en medio del desierto o luchando contra el doble de Don Juan, quien trata de engañarlo para matarlo. O la magnificencia de Don Genaro, el otro hechicero que aparece como contrapartida de Don Juan, una especie de Patoruzú condenado a la soledad de estar siempre “viajando hacia Ixtlán”.

Los dos primeros libros de la saga “Las enseñanzas de Don Juan y Una realidad aparte”, narran –entre otras cosas- la práctica de ingerir plantas alucinógenas para desprenderse del mundo glosado según los patrones occidentales. Don Juan derriba las estructuras mentales de Castaneda para introducirlo en una nueva forma de estar en el mundo. Para eso, le dice, es necesario que logre “detener el diálogo interno, lo que hace que el mundo sea lo que es para nosotros”. Escuchen:

-Durante años he tratado de vivir de acuerdo a sus enseñanzas –dije- por lo visto no he sabido hacerlo. ¿Cómo puedo mejorar ahora?
-Piensas y hablas demasiado . Debes dejar de hablar contigo mismo.
-¿Qué quiere usted decir, Don Juan?
- Hablas demasiado contigo mismo. No eres único en eso. Cada uno de nosotros lo hace. Sostenemos una conversación interna. Piensa en eso. ¿Qué es lo que siempre haces cuando estás solo?
-Hablo conmigo mismo.
-¿De qué te hablas?
-No sé, de cualquier cosa, supongo.
- Te voy a decir de qué nos hablamos. Nos hablamos de nuestro mundo. Es más, mantenemos nuestro mundo con nuestra conversación interna. Cuando terminamos de hablar con nosotros mismos el mundo siempre es como debería ser. Lo renovamos, lo encendemos de vida, lo sostenemos con nuestras conversación interna. No sólo eso, sino que también escogemos nuestros caminos al hablarnos a nosotros mismos. De allí que repetimos las mismas preferencias una y otra vez, porque seguimos repitiendo la misma conversación interna una y otra vez hasta el día en que morimos. Un guerrero se da cuenta de esto y lucha para parar su habladuría. Este es el último punto que necesitas saber si quieres vivir como un guerrero.

Otra de las pericias narrativas de Castaneda está dada por la manera en que relata su conversión. Nunca le es fácil. Abandona, retoma, vuelve a probar. Es humillado por Don Juan y Don Genaro, pero a pesar de esto también le despiertan un profundo afecto. Les tiene miedo, pero sabe que sólo en medio del terror a veces está la salvación. Y por sobre todas las cosas, aprende a no ser un hombre grave, serio, importante. Ni autoindulgente. Sentirse importante lo hace a uno pesado, rudo y vanidoso. Para combatir esto hay que aplicar el “desatino controlado” del brujo: “Primero tenemos que saber que nuestros actos son inútiles. Y luego proceder como si no lo supiéramos”.

“Viaje a Ixtlán” y “Relatos de Poder”, los libros que cierran la pentalogía inicial, son extraordinarios. En ellos Castaneda alcanza el súmmun de su habilidad narrativa. En el primero, cada enseñanza está apoyada por imágenes que parecen sacadas de una obra de teatro existencialista montada en el desierto. En el último, el recurso de hacer aparecer a Don Juan con traje en una barriada populosa de la ciudad de México –llevarlo del desierto a la ciudad- tiñe a todo el relato de un tinte onírico perturbador. La escena en que Don Juan, en una fonda de mala muerte, sirviéndose de un mantel y de los utensilios que están sobre la mesa, le enseña a Carlos la relación entre el tonal y el nahual –un punto central en su filosofía, llamado “la explicación de los brujos”-, es memorable.

Castaneda está llegando al fin de su enseñanza. Se está por convertir en brujo. Don Juan y Don Genaro vienen a despedirse porque, una vez que Carlos se convierta en hombre de conocimiento, no los va a ver más. El lector, emocionado, acompaña a todos los personajes de la saga mientras Carlos se prepara para la última prueba. Una proeza que consiste en arrojarse desde la cima de una montaña para volar hacia otro mundo convertido en energía. Entonces, en medio del valle, se escucha el ladrido de un perro: “El ladrido de ese perro es la voz nocturna de un hombre –dijo Don Juan-. Viene de una casa en ese valle, hacia el sur. Un hombre grita a través de su perro, pues ambos son esclavos compañeros de por vida, su tristeza, su aburrimiento. Está rogando a su muerte que venga y lo libre de las torpes y sombrías cadenas de su vida. Ese ladrido, y la soledad que crea, hablan de los sentimientos de los hombres –prosiguió-. Hombres para los que toda la vida fue como una tarde de domingo, una tarde que no fue del todo mala, pero sí calurosa y aburrida y pesada. Sudaron y se fastidiaron más de la medida. No sabían a dónde ir ni qué hacer. Esa tarde les dejó solamente el recuerdo del tedio y de pequeñas molestias, y de pronto se acabó; de pronto ya era de noche”.

15 de septiembre de 2006

Diálogos post futbolísticos

De noche, en una pizzería del barrio del Abasto:

Incardona (mirando arriba la pantalla de Crónica TV): ¿Viste que murió Frigerio?
Funes (preocupado): -¿Andrea?
Incardona: -No, Rogelio.
Funes (levantando los hombros con alivio): -Ah...

14 de septiembre de 2006

Enjoy

Es cierto lo que dice la Battu dos posts más abajo. No nos quedan ni neuronas. Pero no hay nada para decir que supere la belleza de estas chichis. Íbamos a poner un video de unos afro-reyes de la nortemérica profunda pegángose de lo lindo, pero al final nos pareció demasiado violento.

11 de septiembre de 2006

El blog y la ansiedad

Pedro Mairal
(Texto basado en la desgrabación -hecha por Malba Literatura, con algunos agregados y correcciones- de lo dicho en las Jornadas de literatura, crítica y periodismo, en Malba, marzo de 2007, específicamente en la mesa redonda -junto a Mariana Enríquez, Guillermo Piro y Gustavo Nielsen-, coordinada por Maximiliano Tomas, “Hipermedia. De los suplementos al blog”.)
Temperatura

Entre los aspectos que me interesan de los blogs, quizá el primero es que me parece un medio caliente y cambiante. Uno se mete en un blog y espera que haya cambiado; o siente la desilusión de meterse en un blog y descubrir que está abandonado hace un año. Se suele hablar de la televisión como un medio caliente a diferencia del cine que es un medio frío. Caliente en el sentido que se actualiza y habla de la actualidad y está todo el tiempo cambiando, en diálogo constante con el presente. En este sentido los blogs me parece que son un medio caliente, por donde pasan hoy las discusiones más interesantes, a diferencia de los suplementos donde las discusiones a lo mejor llegan tarde, frías; o incluso los libros donde hay discusiones, que también llegan un poco tarde. En los blogs hay una demanda de dinamismo por parte de los lectores. Por eso cuando dicen que el blog es una especie de diario personal me parece equivocado, porque en el diario personal nadie te exige que escribas, justamente por eso es personal; esto es un diario público, en todo caso.

Esa demanda también es propia porque uno se dice “hace mucho que no posteo, tengo que poner algo nuevo”. Es interesante la devolución inmediata que hay de los textos. Eso de publicar un poema y ser insultado inmediatamente. O que a alguien le guste. Uno puede escribir un poema y quizás ese poema tarda cinco años en llegar a un libro y después de ese libro se publican quinientos ejemplares de los cuales se leen treinta o cien y quizás uno nunca recibe una devolución de ese poema. En cambio si uno lo cuelga en un blog enseguida puede recibir una devolución.

Exhibicionismo

Después por supuesto hay un exhibicionismo en esta escritura on line. El colmo de eso sería un escritor que anunciara “tal fecha, tal día voy a escribir un cuento on line. Cada oración la voy a ir posteando, voy a ir actualizando el post como si fuera una especie de escritura transparente, donde sea vean las correcciones, etc.”. Una idea insoportable además; darían ganas de matar al autor. La idea del work in progress genera cierto exhibicionismo. Lo que me parece que también provoca la escritura en un blog es que uno empieza a pensar que no tiene sentido escribir en un documento Word. Un poco como cuando a Madonna la filmaban todo el día para hacer la película A la cama con Madonna. Warren Beatty, que estaba con ella en ese tiempo, dijo “Ella no habla fuera de cámara porque qué sentido tendría si no la están filmando”. La sensación que a veces uno tiene es que al escribir en Word, o algún otro procesador de textos, queda medio muerto el texto, queda latente o dormido. En cambio en el blog uno escribe y consigue los lectores inmediatamente. Dicen que la vida se escribe en borrador y pareciera que el blog es el borrador de la vida. Todo es borrador en el blog, nada es definitivo.

Literatura con minúscula

También me interesa el blog porque es como una rama bastarda de la literatura. Como un medio bastante desprestigiado. De hecho en EE.UU. hay unas remeras que dicen “A nadie le interesa tu blog”. Todo el mundo tiene blog, ya la gente nace con blog, es gratis (acá Nielsen y Piro dicen que la gente nace con el blog bajo el brazo). Y esa especie de gratuidad, además, baja un poco la exigencia de lo literario en su peor sentido, el querer hacer literatura con mayúsculas; hay un relajamiento de esa pretensión literaria.

Tengo un amigo que tenía un blog, y cuando se iba de viaje me daba su clave porque tenía miedo de morirse en el avión y no quería que su blog muriera y quedara congelado en un post estúpido. Justamente ahí tuve la idea de que los blogs tenían que estar moviéndose, él tenía miedo de que el suyo quedara quieto, como muerto. Ahora lo sacó, pero era un blog donde contaba que él trabajaba en un restaurant en Chicago y se iba afuera con otros empleados que trabajaban ahí a fumar un cigarrillo en esos lugares horribles de Estados Unidos, esos parking lots con nieve sucia; había una chica pelirroja a la que le pegaba el sol y, mientras fumaban y tiraban vapor por la boca, él decía que la chica era como una bruja de fuego (estaba bastante solo mi amigo). Pero lo que digo es que estaba contado muy naturalmente. Yo le decía “tenés que hacer una novela con esto” y fue un grave error: a los seis meses me mandó un documento Word que era ilegible, imposible de leer. Cuando decía cosas así como la del pelo, en vez de decirlo naturalmente había puesto “la luz cansina, oblicuamente pegaba sobre su cabellera”. Quiso hacer literatura. Y justamente creo que ese relajamiento en los blogs está provocando una escritura muy viva, sin pasar por el filtro de lo prestigioso que en general momifica todo.

Hay un blog que se llama The Charlotte Papers (Uncensored). Es casi como una novela; está contado por una chica que fue a un colegio en zona norte y habla de sus sucesivos novios, de su padre enfermo, de su madre alcohólica recuperada. Hay personajes reconocibles que están transitando un cambio -como sucede en las novelas- pero es como una novela abierta, todavía sin final, que se sigue escribiendo y que no se sabe hacia dónde va. Pero no pretende ser una Novela con mayúscula. A mí me parece justamente que esa falta de pretensión literaria salva muchos textos que se escriben en los blogs.

Supongo que esto pasó siempre. Petrarca quería trascender a través de sus libros escritos en latín y nunca pensó que iba a trascender con esos sonetos escritos en lengua vulgar, que era el italiano de la época. Echeverría pensó que su gran obra era La Cautiva (ese plomazo romántico) y su texto más conocido, más potente, más vivo, es El matadero, ese cuento que él nunca publicó. Es como si lo hubiera escrito –voy a exagerar- en un blog, aparte.

Las fugas y los puentes

Los blogs brindan un espacio de fuga, permiten una disolución o atomización del “yo”, la posibilidad de escribir con pseudónimos, de travestirse. Yo escribo con varios pseudónimos, con nombre de mujer: eso me libera mucho, me libera de la información de solapa, esos datos personales que te persiguen, “sos eso, naciste en tal lugar, tenés tal nombre, tal sexo”. Esto también lo permite una novela, pero es gracioso escribir como mujer y recibir comentarios dirigidos a esa mujer (a esa voz de mujer) que uno inventó. Se liberan así (como dice Chico Buarque) “las mujeres que viven dentro de uno”.

El blog también funciona como puente de comunicación. El año pasado hicimos la experiencia de desafiar al fútbol a escritores y blogueros cordobeses, y fuimos hasta Córdoba a jugar, perdimos (estaba Maxi). Y a la noche hicimos con ellos una lectura de poesía y narrativa en un centro cultural. Después ellos vinieron para Buenos Aires y les ganamos por más de un gol (yo jugué cinco minutos nomás). Y también hicimos una lectura. Los blogs sirvieron para conocernos, para publicitar los eventos, para publicar textos de unos y otros, para difundir textos de editoriales independientes, para sugerir nuevas lecturas. Me parece que el blog es como un puente de comunicación entre gente que está lejos; genera una red de circulación de textos totalmente distinta a la provocada por las grandes editoriales.

(Es un puente que salta por encima de editoriales y editores, y por encima del poder de los medios. Se suele decir que con el blog todo el mundo puede ser autor. Pero eso implica que todo el mundo es también editor, porque entonces es uno el que tiene que hacer el trabajo de leer muchas cosas irrelevantes y desabridas para encontrar lo que sí le interesa.)

En marzo, en un congreso de escritores latinoamericanos en EE.UU, me sorprendió que fueran más los estudiantes que habían leído mi blog que los que habían leído mis libros. Algo bastante obvio que, además de otros factores, obedece a la disponibilidad de los textos (no estoy publicado allá y había un ejemplar de cada uno de mis libros en la biblioteca). Pero darme cuenta de que habían leído muchas cosas de mi blog me sorprendió, por todo esto que estoy diciendo del blog como un lugar lateral, etc. Uno escribe despreocupado en un blog y después resulta que ese texto puede ser estudiado en universidades americanas. Al lo que iba es que se generó este fenómeno de los puentes entre los escritores latinoamericanos. En general los escritores decían “mi libro está publicado en Polonia pero yo soy peruano y no estoy publicado en Argentina”. Después descubrimos que muchos teníamos blogs y que podíamos leernos sin necesidad de estar publicados en toda Latinoamérica. El blog entonces permite todas estas conexiones que saltan por encima de la incomunicación que provocan las políticas de las grandes editoriales digitadas desde España.

La tercera dimensión


Los blogs agregan una especie de tercera dimensión en la escritura con el uso de los vínculos o links. En alguna época, por ejemplo, Dickens escribía describiendo todo. Todavía no existía la fotografía, no se había popularizado la disponibilidad y circulación de imágenes, y el autor tenía que describir un edificio y los ladrillos con detalles. Después dejó de ser necesario todo ese tipo de descripción porque la gente ya había visto más cosas. La novela era una manera de viajar, supongo. La gente no viajaba y necesitaba descripciones. Ahora uno puede escribir directamente en un blog “conocí una chica que tenía el pelo así”, la palabra “así” es un vínculo que va a una foto de una chica que tiene de determinada manera el pelo. Eso no sé qué va a producir en la escritura, no sé si es bueno o malo, pero provoca una sensación extraña. La idea de la nota al pie, un poco abismal, porque uno clickea a la página con la imagen de la chica y quizás nos interesa un link que está en esa página -erótica supuestamente- y terminamos abandonando el primer texto, entregados al placer de la digresión.

Así como en el cuento de Walsh, Nota al pie, donde la nota al pie se come al cuento y termina siendo el cuento principal, de la misma manera los hipervínculos, con sus desvíos, muchas veces se terminan comiendo al texto.

La ansiedad


Me pregunto qué provoca en la escritura esta ansiedad de los links. Porque la máquina de escribir que se usaba antes, ahora se volvió una máquina donde uno tiene el correo, y videos, películas, música, la enciclopedia, toda la distracción está en nuestra página en blanco. Me pregunto qué provoca eso. ¿Qué hubiera escrito Proust de haber tenido banda ancha? Pareciera ser que el blog, con su escritura linkeada en tercera dimensión, logra asimilar la dispersión, el zapping textual, la distracción arborescente de los textos on line; esa ansiedad que provoca pensar que hay algo mejor en la página de al lado. El blog es quizá la manera que tiene la escritura de entregarse y de sobrevivir a la ansiedad de estos tiempos.

10 de septiembre de 2006

Constitución

Pedro Mairal

Una noche, hace varios años, Cucurto me quiso hacer un tour guiado por Constitución. Pasé a buscarlo por Honduras y Bulnes, y después nos tomamos el 168. Era invierno y hacía un frío horrible. Estábamos los dos con gorro de lana, hablando de cualquier cosa mientras el colectivo cruzaba Once y después Congreso. Cada vez que subía una chica linda, el diálogo se interrumpía por unos segundos.

No sé dónde bajamos, pero me acuerdo que estaba oscuro. Era un viernes a la noche. Empezamos a dar vueltas. Cucurto me decía “crucemos” y cruzábamos a mitad de cuadra en diagonal por las calles vacías, buscando y esquivando no sé qué. Fuimos hasta la cortada donde me había anticipado que estaba el Bronco bailable que aparece en muchas de sus historias. Estaba cerrado. Fuimos a buscar un bar donde se juntaban las dominicanas. Estaba cerrado. Me acuerdo de las persianas de metal bajas, hasta el piso por todos lados.

Seguimos caminando. Cucurto estaba callado, yo no decía nada. Pensé que quería mostrarme un mundo que ya no existía más. Caminábamos por el fin de una época. Pensé en una foto de Marcos López que muestra una esquina desierta repleta de afiches y donde hay un poste con un cartelito que dice: “mudanzas al Paraguay” y un teléfono. Yo pensé que se habían vuelto todos, las paraguayas, las dominicanas, y habían cerrado Constitución.

¿Dónde estaba el calor tropical de la bachata, la música, el ruido, la alegría? Hacía un frío pos-menemista. Se había apagado la matrix. En una cuadra había un travesti boliviano peleando solo y vomitando. Había varios patrulleros dando vueltas. ¿Qué buscaba Cucurto cruzando las calles en diagonal, dos, tres veces? Cruzamos acá, Pedrito, vení, crucemos acá. Cucurto me mostraba los lugares cerrados como si fueran ruinas: acá estaba la peluquería donde se juntaban todas las dominicanas, acá, en estas dos puertas que están ahí ¿ves? estaba el hotelito donde me encamaba todo el día con las negras. Yo miraba. Tirábamos vapor por la boca, se venía el frío de la noche oceánica que Cucurto iba a cruzar en avión un tiempo después para ir a Alemania. Fue el frío negro de Stuttgart que se nos anticipó esa noche.

Muchos meses después, recién cuando Cucurto volvió sano y salvo de Alemania, volvimos a Constitución una tarde, antes de la presentación de un libro. Esta vez llegamos cuando todavía era de día, y Cucurto empezó con el “crucemos acá y crucemos acá” de su agenda secreta. Estaba todo mucho más animado, incluso Cucurto.

Entramos en una feria de ropa en una playa de estacionamiento. Dimos vueltas. Cucurto preguntaba precios, miraba zapatillas para los chicos. Todos los colores de la ropa colgada, un tsunami de ropa moviéndose al viento. Vi una camiseta chiquita de Independiente para mi hijo de cinco años y Cucurto insistió en regalármela (mi hijo no se la sacó durante un mes, dormía con la camiseta, iba al colegio con la camiseta abajo del buzo).

Después de dar vueltas y mirar y cruzar y recruzar calles saludando a las chicas que esperaban clientes en las puertas de los telos, Cucurto y yo terminamos entrando al bar de la esquina de Cochabamba y Salta. Ya se había hecho de noche. Vas a ver lo que es esto, Pedrito, te vas a morir. Había unos billares. Nos sentamos. De golpe entró una negra que nos pasó por al lado en cámara lenta. Fue como una aparición, nos pegó unas pestañadas como aletazos de pájaro biguá, tenía un conjuntito rojo ajustándole un culo de cachas siderales como dos planetas que se querían independizar uno del otro. Cortaba el aliento la negra. En un momento se nos sentó en la mesa. Dijo que se llamaba Coral. Yo quedé paralizado de las cejas para abajo, como una esfinge. Cucurto le hablaba de mí. Ella decía: es silencioso tu amigo. Cuando olfateó que no íbamos a sacar la billetera, se fue. Entraban más negras que lo saludaban a Cucurto, lo llamaban por uno de sus tantos nombres: Santiago. Así me presentó a Idalina y a su hermana. Salían de sus poemas las dominicanas del demonio, caminando con tacos, todas muy reinas aunque vinieran de la calle a calentarse un poco en ese bar después de no conseguir nada de nada.

Salimos. Hicimos un par de cruces más. Entramos al bar frente a la plaza. Yo le hablaba a Cucurto y él no me contestaba. ¿Eh?, me decía. En un rato tenemos que ir para la presentación del libro, Cucu. Ni bola me daba, estaba cruzando miradas con alguien, alguna paraguaya fuera de mi ángulo de visión. Me dijo “ahí vengo”, salió, volvió a entrar, me dijo “Pedrito, tomate una cerveza, en media hora estoy acá, bancame, no te vayás sin mí”.

Yo me quedé ahí sentado en una mesa enclenque. Al lado mío, una negra sentada en una butaca de la barra se hamacaba y su banqueta pegaba contra mi mesa, y se me hamacaba toda la cerveza en el porrón, todo se volvía inestable, se me hamacaba el alma. La negra, metida en unas calzas fosforescentes, hacía un mínimo zigzagueo desde la cabeza y le bajaba como un latigazo por la columna hasta ese culo de negra poderosa que golpeaba en mi mesa, en mi osamenta, en el piso del bar, y empujaba unos milímetros el mundo, lo ponía en marcha, hacía andar Constitución, pum, pum, lo iba impulsando a su ritmo, los toques eran mínimos y los hacía como sin darse cuenta, pero eran golpes en la puerta del infierno, una fuerza imparable que quería entrar en mi vida, y en un momento ella me miró riéndose. Era una negra medio avejentada, linda, altanera. Me soslayó, me siguió cadereando, me pegaba culazos en la mesa, me incitaba pegando con toda su materia sexual en la campana del amor, para ver si despertaba al rubiecito tímido que estaba ahí sentado como un turista entre las dominicanas de nombres bíblicos, los africanos que entraban a vender relojes de oro por las mesas con sus maletines, el mozo al que se le trasparentaba la camiseta musculosa abajo del delantal blanco, el cartelito que decía “toda consumición se abona en el acto”, las putas viejas pintarrajeadas en una mesa del rincón, las putas gordas forzando al máximo la costura del jean, la cumbia en la rocola, los tipos tomando vino…

Pasaron casi dos horas así. Cucurto no apareció. Salí y en un kiosco me compré un Gatorade para bajar la sed, la sed que me daba estar perdido, extraviado para siempre en el desierto. ¿Para adónde iba a ir? Mi guía personal se había entregado al misterio de su agenda y yo, con la camiseta de Independiente para mi hijo en una mano, no sabía para dónde rumbear.

8 de septiembre de 2006

“Vulneratus” por Silvia Attwood

“Vulneratus” 2007

(cosmética para un no-lugar)por Silvia Attwood

Intervención sobre asfalto en calle Colón al 1.100, Ciudad de Córdoba

Como una actividad de adhesión a la presencia de Marc Augè en Córdoba, Silvia Attwood desde la noche del 11 de abril de 2007 realizará Vulneratus (cosmética para un no-lugar). Se trata de una intervención cuyo soporte es la propia calle (Colón al 1100) adyacente a una parada de ómnibus (Líneas A2, A4, A6). “Hace tiempo que estoy trabajando con la temática de los No-lugares de Augé. En todas las obras que incluyo este concepto (10 metros de gritos, Micro-cuentos: Historias en el colectivo, Letras en el Vater) busco modificar el estatuto No lugar. El modo que he encontrado, es el de introducir un elemento ajeno al mismo. Ese elemento activa la comunicación entre los transeúntes ocasionales. Es precisamente el uso de la palabra lo que dota de sentido ese espacio, convirtiéndolo aunque sea en modo efímero, precario, fugaz, en un Lugar. Vulneratus muestra la analogía entre nuestras heridas (externas e internas) y las que se producen sobre el asfalto. Y de idéntico modo, metaforiza las formas de (en) cubrimiento de esas grietas cicatrizadas. Todo material es susceptible de romperse. Piel, alquitrán, cementos, epitelio, son vulnerables a las diferentes acciones agresivas. Sin embargo, en la búsqueda de la reparación, no sólo realizamos lo posible para borrar esas secuelas: también las enmascaramos, usando una cosmética que las oculte. Pero esa máscara (maquillaje / alquitrán) también es vulnerable, como las calles, como nuestros cuerpos. Poco a poco la cosmética se desvanece, mostrando, denunciando la cicatriz que está debajo. La memoria cuando se la oculta, siempre busca modos creativos y emergentes para estar presente. Los materiales utilizados en la intervención van desde textos en plotter, fotografías de cicatrices, lentejuelas, tapitas de bebidas, acrílicos y diminutos objetos. “Desde la medianoche del miércoles 11 y con las primeras horas del jueves, iniciaré el trabajo de intervención para que los usuarios del transporte se encuentren con la obra frente a sus ojos mientras esperan el colectivo. El tramo del asfalto se cubrirá de fotos, pintura, lentejuelas, plumas, purpurina y textos. Todo será documentado visualmente. Durante dos meses, en forma diaria, registraré la degradación del maquillaje sufrida por acción de los vehículos, el clima y el tiempo. La idea es realizar una video instalación futura con todo este material."