
25 de agosto de 2010
El zapato más viejo del mundo

9 de agosto de 2010
Grabando
30 de julio de 2010
25 de julio de 2010
22 de julio de 2010
Tembladerales de oro
Poema de Francisco Madariaga
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(Francisco Madariaga, junio 1992, conversación con Félix della Paolera)
13 de julio de 2010
Mirta Arlt
10 de julio de 2010
Dativo ético
(Perfil, 2 de julio de 2010)
Nunca había visto un DT tan comprometido afectivamente con lo que sucede en la cancha. El despliegue emocional de los otros directores técnicos, incluso los más efusivos, es el enojo, los nervios, la explosión colérica, como Bielsa durante la derrota de Chile frente a Brasil. Pero Maradona llora, se cuelga de un suplente como un koala, hace panzazo de foca de acuario sobre el pasto. Porque el partido es su criatura. Si Argentina gana, Maradona lo gana. Si Argentina pierde, Maradona lo pierde. Al borde de la cancha quiere que sus jugadores le cuiden el partido, que se lo ganen. Por eso no se sienta, sino que se queda ahí parado, porque está custodiando algo que es de él (porque fue de él cuando era el mejor jugador del mundo, y ahora no lo quiere soltar). Se para al borde de la cancha como un expulsado que, aunque no le permitan jugar, no puede dejar de involucrarse. Maradona siente el partido porque el partido sucede dentro de él. Lo ansía, lo extraña, lo necesita, lo dirige.
8 de julio de 2010
Waiting for the Mundial
LOST
Muchos se preguntaban por qué la gente fue a Ezeiza a aplaudir a la Selección en su regreso. Es que no todos saben que es una costumbre argentina aplaudir cuando hay un niño perdido en la playa. El plantel del Gordismo, que hasta hace poco se imaginaba en la final del Mundial, de golpe tomó la aerolínea Oceanic e irrumpió con los pies para adelante en un bonus track de Lost [SIGUE ACÁ]
5 de julio de 2010
Leyendo a Mermet
21 de junio de 2010
Clausuran La Propia Cartonera en Montevideo
Más info en La Propia Cartonera.
10 de junio de 2010
¿De qué hablan los autores argentinos en europa?

Quizá por la perspectiva de la distancia, o por el relajamiento de la distancia misma, o por la necesidad de hacerse entender ante extranjeros, o por quién sabe qué, los escritores argentinos hablan más claro fuera del país. Acá una buena discusión en Berlín de autores argentinos y alemanes: Sergio Raimondi, Pablo Ramos, Lola Arias, Félix Bruzzone, Timo Berger, Juliane Liebert, Julia Zange, Laura Alcoba, Nora Bossong, Daniel Falb, Tilman Rammstedt... Hablaron de poesía y mercado, países ricos/países pobres, literatura y política, el plagio y la literatura "joven".
8 de junio de 2010
Desde el camión
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Pedro Mairal
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La noche antes del viaje daba vueltas en la cama. Me voy a morir, pensaba. Por hacerme el transcultural. Voy a quedar en la ruta señalado con una de esas crucecitas que ponen los familiares al costado de la curva mortal. Estaba todavía a tiempo de cancelar. Además no sabía quién iba a ser el camionero. ¿Qué pasaba si era el camionero prototípico que “chupa como un camionero” y maneja borracho? ¿Cuántos kilómetros iba a soportarlo si manejaba mal? Le había preguntado a mis amigos si les parecía que yo iba a poder ponerme el cinturón de seguridad en el camión y se rieron en mi cara. Me estaba arrepintiendo de haber aceptado la propuesta de la revista: subirme con un tipo que no conocía a un camión con acoplado por las rutas argentinas para escribir un artículo... [SIGUE ACÁ]
30 de mayo de 2010
Música country
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Es un otoño privado, pensé cuando entré al country al que me invitaron el fin de semana. Afuera del cerco perimetral no había una estación del año, sólo se había acabado el verano y en un par de meses iba a empezar a hacer frío. Dentro del cerco era otoño, un otoño de postal con árboles amarillos que perdían las hojas, un otoño diseñado por paisajistas, con árboles plantados en grupos cromáticos. Me pasé dos días como metido dentro de un estudio de grabación, imaginando que hacía un documental con todo eso, viendo cómo unos amigos disfrutaban y otros se tragaban los comentarios cáusticos sobre el barrio cerrado, unos tomaban distancia progre y otros se entregaban a la belleza del truco. Cuando una amiga dijo yo tengo mi corazoncito a la izquierda alguien le retrucó, sí, y el paladar a la derecha. Hubo ofensas. Llegando a los cuarenta las posiciones de vida se empiezan a definir aunque no se quiera: están los que hicieron algo de plata y los que, mientras se toman el vino ajeno de 200 pesos, dicen estar orgullosos de su austeridad. Están los que tienen niñera o mucama (“ayuda” se dice ahora) y los que declaran que jamás harían eso pero le encajan el niño a cuanta persona se les cruza por el camino. Etc. En las sobremesas hubo diálogos que atrasaban varias décadas, sobremesas como de película de Aristarain, con frases que empezaban diciendo “porque vos te pensás que la vida...”. Me fui a dormir. A las tres de la mañana, desvelado, quise salir al jardín y sonó una alarma. Me había perdido el momento instructivo. Se despertó todo el mundo. Ahí estábamos en la penumbra del living en pijamas y joggins. La alarma parecía estar avisándonos que entre nosotros algo se terminaba o se empezaba a hundir.
Una pareja alegó que desertaba porque el hijo estaba con un poco de fiebre. Yo me quedé. A la mañana siguiente salí a caminar y vi una escena rara: una grúa sacaba un mini tractor de la pileta del Club House. Pregunté. Unos pendejos, me explicó el guardia. Existe el terrorista de country, que suena un poco como Tarzán de maceta o esquimal de freezer. Son los adolescentes que destruyen todo lo que pueden. Tiran a la pileta el tractorcito de cortar pasto, destruyen las casas en obra, se meten en las casas vacías. La caricatura indica que los padres, para entregarse libremente al golf, a los talleres de cerámica y a la infidelidad, delegan al cerco perimetral y a la guardia privada la tarea de ponerle límites a los hijos. No sé si será tan así, quizá haya otras causas. El vandalismo implica siempre el placer de la destrucción y la transformación. Hay gente que dice que va al country para que no le pase nada a su familia, y después comprueban que efectivamente no les pasa nunca más nada. Quizá la falta de cambio, lo invariable, acumule una violencia silenciosa. Quizá los chicos rompen todo para que algo cambie, para que algo pase. Tiré esta teoría en el auto cuando salíamos del otoño, pero no cuajó mucho. En silencio la pareja de amigos que me traía de vuelta rebotaba al unísono en cada lomo de burro.
Perfil, 9/4/10
27 de mayo de 2010
La gran novela argentina
"...ahora me preguntan cuándo voy a publicar una novela grande. Nunca pensé en eso ni lo puedo pensar. No tengo que escribir la gran novela argentina. No soy el Premio Herralde; soy el Premio Errale (risas). Es más fácil ganar el Errale. Todos mis libros son una comprobación de que puedo ganar el Errale".
Horla City y otros, poesía completa de Casas
26 de mayo de 2010
Pasión de multitudes
3 de mayo de 2010
La migración
29 de abril de 2010
22 de abril de 2010
15 de abril de 2010
Sudor
Estuvimos cuatro años de novios con Valeria hasta que empezamos a buscar departamento para irnos a vivir juntos y en la búsqueda infinita me empecé a dar cuenta de que yo rechazaba todos los departamentos que veíamos porque en realidad no quería mudarme con ella. Pero todo lo demás fue felicidad. O casi todo. [SIGUE ACÁ]
5 de abril de 2010
31 de marzo de 2010
Ocio al cine, por Lingenti y Villegas
En abril en el Bafici
Viernes 9 10.15 Hoyts 09 / Privada (prensa + acreditados)
Viernes 9 23.15 Hoyts 09
Domingo 11 20.45 Hoyts 09
Domingo 18 23.45 Hoyts 09
30 de marzo de 2010
En Celo en Cine
Cinco cuentos de la antología de los chanchitos fueron llevados al cine por directores argentinos en una película que se llama 5. Todavía no la vi. Me hablaron muy bien de la versión de Coger en castellano que hizo Andy Sala.
La dan en el Bafici, en Abasto, el 10 abril a las 00:30 h, el 11 abr / 13:15 h y el 18 abr / 23:30 h
6 de marzo de 2010
3 de marzo de 2010
25 de febrero de 2010
10 de febrero de 2010
El alba cálida
El poema leído por Madariaga
*
EL ALBA CÁLIDA
Francisco Madariaga
¡Se clarifica el día! Oh viejos Elementos, dadme un poco de agua.
La ciudad ha sido invadida por el mar, pero conserva todos sus ruidos, su tráfico.
Todos los rumores se han transformado en cánticos de pájaros.
Viejos árboles míos, ¿estaréis locos en la campaña?
A cualquiera lo meten en un ataúd de habitación delgada hundiéndose en el mar.
¡Que un mar cálido le tape todos los nidos al alba cálida!
Los ferrocarriles penetran en la arena. Uno, sordo revienta y se le abre un abismo de mar. ¡Candentes aventureros que nadie atrapa, hermanos que aún no han pasado bajo mis árboles!
Eh, monos, corregid vuestros errores: al alba cálida no se la mastica ni se la contempla. La virginidad de las ramas de las últimas sombras que nunca ha visto a un hombre, no se la holla, monos. ¡Sacadle toda la boca para el alma!
Asnos que beben en el alba tímidamente porque hay bosques que los embriagan por la noche, me
encuentro bajo el mar, en una estancia de calor esmeralda. De entre ola y ola brotan los pájaros como balas de sol y saltan velozmente hacia el infierno.
¡El alba cálida es el infierno, la iniciadora de todos los amores!
Allá en el fondo la presión ha bloqueado a mi alma a lo largo, en su ataúd habitación. La ha hecho entrar rápidamente, por los pies, en el cuadro verde más infinito.
Después, cayeron ferrocarriles de punta en la arena.
Alba cálida, alba cálida, ¿Por qué acudís a mí en esta habitación tan delicada?
Oh movimientos de las sombras, humedades del pañuelo de los niños, gorjeo del polvo del amor, jaulas mías colgadas en el bosque:
Una liana de oro fuerte de relámpago atrapado por el bosque puede arrancar este ataúd habitación.
*
Las jaulas del sol, 1960
*
En este blog vamos a ir colgando algunos poemas. El audio entero, con los comentarios de Madariaga sobre cada poema y sus historias de los antiguos gauchos de Corrientes, lo va a colgar Lucio Madariaga, el hijo del poeta, en el blog de homenaje a su padre Rincón del infinito donde está gran parte de su obra.
5 de febrero de 2010
Cuando calienta el sol
Acá estamos, en bermudas o shorts o bikinis o grandes mallas enterizas que intentan atajar la fofez, lo mofletudo de uno, el excedente, el tejido adiposo, lo liposuccionable que acarreamos con nosotros. Señoras como del Bosco salidas a la luz, oreando por primera vez al sol toda su carne de sombra, blanqueando su viudez amoratada; unas gallegas descendientes del mantón riguroso, del faldón hasta el suelo, del cuello alto y cerrado, de los puños abrochados, ahora ya en pelotas asándose en la arena. Cuerpos como quien lleva un barril, señores médicos con un embarazo de diez meses, encorvados, las patitas de tero, el sombrerito. Mujeres de pechos chupados, estirados hacia abajo, de la mano del responsable de semejante estrago: nenes en bombachita, como mini levantandores de pesas de medio metro de alto, nenas con la espalda negra, haciendo pozos en la orilla. Escribanos saliendo del agua con sus calvas embadurnadas de protector solar y protector lunar. Mujeres despatarradas en la arena, como caídas desde un tercer piso, boca abajo, el corpiño desabrochado; los límites del bronceado y la blancura invernal, urbana, oficinística. Viejos todavía apolíneos requemados, en slip, mostrándose parados con los brazos en jarra mirando el horizonte. Maridos malhumorados bajo la sombrilla, acurrucados, protegiéndose bajo un paraguas del gran chubasco de sol, del resplandor insoportable de la vida. Ingenieros panzones varados en la arena para siempre. Arquitectos flacos costilludos, con tendones a la vista, clavículas funcionales y rótulas. Adolescentes recién estirados con húmeros, fémures y tibias demasiado largos. Mujeres luchando ya en sus cuarenta con cuerpos cansadores que pasaron por el yoga, el tae-bo, el step, el spinning, pilates. Ninfas paradas inmóviles, esculturales en la orilla, proyectando la sombra movediza de sus personal trainers. Todo el sudor perdido para llegar hasta la gloria dorada de esta pasarela de los cuerpos tan reales, indisimulables, nuevos o vencidos. Las atrofias sinceradas bajo el cielo, la escoleosis, las várices, las manchas de nacimiento, y también la histeria de lo tirante, la bikini que justo, la micro bikini que apenas, la tanga que por un milímetro respeta el límite del tabú del pubis y el pezón. La playa como momento de gloria para los orgullosos poseedores de carnes acordemente distribuidas con los gustos de la época. El gran momento esperado todo el año por la chica narigona, feúcha, pero con linda cola. Y también la playa como momento sufriente para los otros, los acomplejados, los tímidos, los pudorosos, que son su cuerpo, no tienen un cuerpo sino que son fatalmente esa suma de detalles evidentes que asoma en el espejo. La playa como muestrario anatómico, dermatológico, caricaturesco de la bíodiversidad. Industriales de pecho canoso, políticos de pechitos caídos, licenciadas en administración de empresas con cicatrices de cesáreas, profesoras de matemática fumando y odiando todavía a sus alumnos sentadas en la orilla, apergaminadas, pecosas, un poco anaranjadas de tanto bronceador, y las tonalidades del fucsia en los recién venidos que duermen al sol, los ardores color ocaso, los elásticos del corpiño amatambrando la espalda, encarnándose, los pliegues múltiples del jefe de personal, como un sharpei albino, y el frío del mar encogiendo las bolsas escrotales de los bañistas, los surfers, los padres de familia que levantan los brazos con el agua a la cintura y hacen pis sin mirar a la orilla.
*
(Perfil, 29 de enero de 2010)
3 de febrero de 2010
Poemas Municipales, Santiago Llach
por Santiago Llach
En una de nuestras últimas salidas,
Ana vino a visitarme a la casa municipal de mis padres.
La llevé a la heladería El Lido
y cucurucho en mano fuimos en su auto
a pasear por la costa.
Después agarramos la Panamericana
y la llevé a un telo,
el legendario Jardines de Babilonia.
Era un sábado y había media hora de espera.
Al final nos hicieron entrar a la suite Nueva York.
Dos pisos, hidromasaje
y una gigantesca vista de la Gran Manzana
en fibra sintética y papel cuatro colores plastificado.
Cogimos con un poco de violencia.
En el paseo de la costa nos cruzamos
con un pibe que iba con su chica
en un Fiat Spazio preparado.
Con Ana discutimos:
yo imaginaba un poema
en el que la pareja advertía el patetismo
de su ostentación fierrera
cuando apagaban el motor frente al río.
Ana, una chica de barrio, de Lanús,
decía que el pistero
nunca podía tomar conciencia de su ser pistero.
Ahora los poemas se escriben así,
a la que te tiraste.
*
(Poemas Municipales, Eloísa Cartonera, 2009)
2 de febrero de 2010
27 de enero de 2010
16 de enero de 2010
Alambres
6 de enero de 2010
29 de diciembre de 2009
Quito I
23 de diciembre de 2009
Tarde de domingo
Joaquín Giannuzzi
El domingo está desierto. La calle se alarga sin finalidad precisa.
Detrás de las paredes la vida parece haber agotado su última oportunidad.
Llamo al azar en algunas puertas y nadie acude.
La población entera ha abandonado el planeta en automóvil.
La historia ha concluído aquí. Las empresas humanas han hecho el ridículo.
¿A quién llamar por teléfono? ¿Por quién morir?
¿A quién apelar con esta mentira?
Si este simulacro durara demasiado, recordaría
que una vez tuve un destino y hasta un entusiasmo
y que la razón de estar vivo estaba en los otros.
Y no quiero imaginar mi pánico
si buscando la prueba absoluta de este mundo vacío
encendiera la radio portátil
y me respondiera el silencio universal.
Si la llegada del hombre había sido un producto casual
su partida es una fuga que me excluye
para que deambule como un muerto
que sabe que está muerto en un domingo infinito.
*
(Señales de una causa personal, 1977)
15 de diciembre de 2009
Sábado 19
9 de diciembre de 2009
Dame pelota
6 de diciembre de 2009
5 de diciembre de 2009
Rulfo

1 de diciembre de 2009
El viernes acá
El Viernes 4 de diciembre a las 19, en El Nacional, Estados Unidos 308.Presentarán la novela Marina Mariasch y Pedro Mairal
Luego No-DJ Guada Gaona hará un set de música de chicas.
"Te pido un taxi es la síntesis de que una situación, escena, momento, ya no da para más. La fiesta, cualquiera que sea, se terminó. Una noche de borrachera con una amiga, una cita a ciegas armada por el enemigo, una conversación con tu madre que te hace involucionar 15 años. Vayamos más lejos. Una relación en la que dos personas ya no se reconocen, o peor, se desconocen. Te pido un taxi es la la frase que obliga a la retirada.
Pero Te pido un taxi, la novela, es mucho más que eso. Es la historia de dos amigas que llegan al mismo tiempo a situaciones límites que las harán barajar y dar de nuevo. Cuando la vida no se parece en nada a lo que planearon, cuando el éxito laboral se convierte en un espejismo y el amor en una fórmula averiada, la amistad es, sin embargo, lo único seguro, el lugar en donde estar a salvo. La posibilidad de hilvanar todo aquello que parece arruinado.
Mercedes Halfon y Fernanda Nicolini lograron escribir una historia verdadera, sin fórmulas fáciles. Sin artilugios. Y, sobre todo, muy divertida".
24 de noviembre de 2009
El monstruo
por Pedro Mairal
El otro día vi un monstruo en el subte. Lo vi cuando ya lo tenía encima. Fue el viernes del diluvio universal que dejó los autos flotando a la deriva. Me refugié del chaparrón en la estación Carranza, me subí corriendo al último vagón y ahí estaba el monstruo sentado. Tenía dos patas tocando el suelo y otras dos patitas flacas colgando hacia un costado, la respiración pesada, una mano que le salía por detrás de la nuca, se escondía y volvía a aparecer por abajo de una axila. Tenía algo de pulpo, con dos cabezas unidas por la boca. Se devoraba a sí mismo con violencia, se mordía hasta hacerse doler y con los múltiples brazos se iba palpando y explorando como si necesitara cerciorarse de que ciertas partes de su cuerpo seguían estando en su lugar.
Impresionaba lo abstraído que estaba en sí mismo, como fuera del tiempo, como soñando despierto una guerra alucinante. Estaba empapado, se ve que lo había agarrado la lluvia y no le importaba nada. El vagón se fue llenando cada vez más, nos aglomeramos alrededor del monstruo, impresionados pero disimulando para no mirarlo tanto. Afuera, arriba, caía medio metro de agua en dos minutos, se desentubaba el Arroyo Maldonado, el Gobierno porteño preparaba los comunicados de disculpas, se iba a acabar el mundo, era el fin, y el monstruo entraba delirando en el Apocalipsis, entre suspiros, susurrándose palabras asesinas y calientes, indiferente a la música del acordeonista ciego, sin percatarse de la nena valiente que le dejó una estampita de San Cayetano en una de sus cuatro rodillas ni de la señora de pelo naranja que lo miraba indignada.
De golpe se paró el subte, se colgó el sistema, los claustrofóbicos dejamos de respirar, empalidecimos, todo el espacio se encogió al mismo tiempo. Sin el zumbido de los vagones en movimiento, se oía cada ruidito: una tos, un diálogo, pero más que nada se oía al monstruo, su lamento regodeado, la actividad chiclosa del molusco de su boca, la lengua bífida como buscando algo al fondo de su doble garganta, acogotándose, hasta que necesitó respirar, cambió de posición, con las patas entrelazadas de otra manera, porque tenía algo de Transformer, parecía poder adquirir diversas formas y posturas. Vi que en uno de sus hombros tenía tatuadas una boca y una lengua. Era un monstruo rollinga. En el vagón no se podía respirar y a alguien se le ocurrió preguntarse en voz alta: “No se inundan los túneles, ¿no?”. Ibamos a morir todos y al monstruo seguía sin importarle, seguía rodeándose, trabado, engorilado, se frotaba los muslos, se rascaba, parecía que se ahogaba en un miedo cavernoso, estaba muy inquieto, como sufriendo por una causa personal, metido en una asfixia más profunda que la asfixia del vagón. Por suerte el subte volvió a arrancar y pudimos respirar.
La señora de pelo naranja no aguantó más y le dijo al monstruo que era muy indecente lo que estaba haciendo, que se fuera a un lugar solo, que no teníamos por qué aguantar semejante espectáculo. Con una voz finita y burlona, el monstruo la carajeó y casi a la vez con un vozarrón pesado se rio. La señora dijo que iba a llamar a un policía. El monstruo se levantó y se bajó en la estación siguiente, y atrás la señora y yo también. La señora llamó a un guardia de Metrovías tratando de retener al monstruo por el brazo. El guardia tardó en entender y ahí el monstruo hizo algo genial: se dividió en dos, sin despedirse, y el guardia no supo a qué mitad perseguir, quedó pagando junto a la señora de pelo naranja que protestaba sacudiendo los brazos.
(Perfil, 21 de noviembre de 2009)
22 de noviembre de 2009
Una vez por año - 2
[acá el relato de Federico Levín de cosas contadas una vez por año]
16 de noviembre de 2009
10 de noviembre de 2009
Entrar en librerías
por Pedro Mairal
Entrar en librerías, últimamente, me da mucha ansiedad. Trato ahora de entender las causas y noto que son varias y algo difusas. Para empezar, mi casa ya está llena de libros, muchos no leídos, o leídos por la mitad, libros en los estantes y también apilados en el piso contra las paredes, divididos en torres de las distintas literaturas –argentina, inglesa, latinoamericana, española, francesa–, torres que se derrumban cada tanto y tengo que volver a levantar. No hay más lugar para los libros, pero siempre se agrega alguno. Por eso entro en las librerías ya saturado y aplastado por el peso de lo no leído, el peso de las lecturas pendientes y los anillados intactos de mis amigos, juntando polvo sobre mi escritorio. Entro con una culpa original, una sensación de “no debo estar acá”, pero me lanzo sobre las mesas de novedades y casi en seguida me arrepiento, me da taquicardia. Todas esas tapas, ese diseño gráfico cultural rozándome las cuerdas, el marketing trabajando sobre mi persona, haciéndome calcular cuánta plata tengo en el bolsillo. Algo me aturde. Cómo escribe la gente, pienso, cómo publican, parecen todos César Aira, y yo sin escribir, sin publicar, sin tener siquiera un libro en el alma, como dice Pasolini. Qué bien funciona el mundo sin uno (el mundo editorial y el mundo entero). Qué paliza para el ego literario.
Suceden demasiadas cosas a la vez en esas mesas de novedades. Sobre todo en las novedades locales, uno puede ver las fuerzas chocando entre sí: los inventos editoriales, los intentos por reinstalar un autor, la timidez sobrepuesta de algún colega que al fin se animó, las apuestas a la calidad (esa palabra de la industria láctea como dice Cucurto), el buen ojo de un editor, las esperanzas de bestsellerismo, los premios, las poses no posadas en las solapas, las contratapas elogiosas escritas por el autor mismo, todo lo que el viento se llevó y se llevará. Ahí está la guerra visible de la que los narradores argentinos forman parte, los grupos editoriales, la incidencia oblicua del campo intelectual, un recorte extraño de lo que se escribe hoy día. Uno conoce las internas que conllevó esa antología, las amistades que se rompieron en el proceso de edición, los entramados hormonales de la lista definitiva, y el lobby de esa otra colección, los cafecitos secreteados, los chismes, la extorsión emocional. Cada libro es la punta del iceberg de un intento de operación cultural. Los títulos entre sí se sacan chispas. Como en todas las épocas.
Y está también la ansiedad cuando acabo de sacar un libro, porque me busco de reojo y expectante, me detecto, por un instante me hago upa a mí mismo, disimulo entre las mesas. Después, con las semanas, el libro se va saliendo de foco, se va a los estantes para alejarse finalmente hacia los saldos y los galpones de stock. El director de la librería Hernández, Ezequiel Leder Kremer, contó en una mesa redonda que una plaga de las librerías son los autores de incógnito en busca de su propio libro. Llegan, buscan, preguntan por un libro, hacen ir al empleado hasta el sótano a buscarlo y después lo dejan en un lugar visible. Dan trabajo y no compran nada. Y hay historias tristes. La de Fitzgerald, por ejemplo, cuando en sus últimos años de guionista en Hollywood quiso mostrarle a su nueva secretaria que él era un escritor importante y la fue llevando por las distintas librerías de la ciudad buscando sus novelas sin poder encontrar un solo título.
La ansiedad de las librerías puede aniquilarte. Cuanto más grande la librería, más ansiedad. Uno de los pocos lugares donde estoy tranquilo es la sección de poesía (en general, el tamaño de la sección de poesía es inversamente proporcional al tamaño de la librería). Ahí puedo quedarme hasta provocarme una tortícolis aguda leyendo títulos verticales en los lomos finitos. Me quedo en ese rincón (porque casi siempre la poesía está en un rincón) y busco sin apuro entre los libros de poemas, publicados fuera de la histeria narrativa, fuera de la novedad, fuera del podio de la revista cultural. Madariaga, Giannuzzi, Juanele, Viel Temperley. Ahí le pido a Alejandro Magno que no me tape el sol y me refugio con los poetas que trabajaron en silencio sus libros lanzados al mundo con esa lentitud implacable que le gana a la liebre. Libros de poemas que concentran toda la literatura. Si uno diluye un buen poema en un litro de agua consigue un cuento regular. Si uno diluye ese cuento en diez litros de agua, consigue una novela innecesaria.
Perfil, 7 de noviembre de 2009

















