25 de agosto de 2010

El zapato más viejo del mundo

Hace poco en una excavación en Armenia encontraron el zapato más viejo del mundo, tiene 5500 años. La imagen (esta primera que pongo acá abajo) me hizo acordar a mi colección de fotos de zapatos náufragos.









9 de agosto de 2010

Grabando

Veinte años después estamos grabando parte de un capítulo de Impreso en Argentina en el lugar exacto. Del equipo de filmación nadie sabe -ni importa tampoco- que yo me senté acá casi todos los días de 1989, abajo de este árbol, cuando andaba bastante desesperado y perdido en la soledad de mi mentira, porque había largado el Ciclo Básico de Medicina, pero no me animaba a contarlo en mi casa y me tomaba el 37 todas las mañanas para quedarme en la facultad leyendo y escribiendo, llenando el cuaderno de Matemáticas con unas prosas cortas, medio poéticas, de las que no me acuerdo nada. Lo que sí me acuerdo es que en este lugar empecé a escribir. Ahora estamos grabando sobre otro tema, una escena del capítulo de Misteriosa Buenos Aires. Para conducir un programa sobre libros, tengo que actuar de mí mismo, lo cual es bastante difícil porque nunca supe bien quién soy. Es raro: hoy me toca actuar de escritor justo en el lugar donde me pensé por primera vez como escritor. Nadie sospecha eso. En la pausa de la filmación, saco unas fotos.

22 de julio de 2010

Tembladerales de oro

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Poema de Francisco Madariaga

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"Este es el poema que yo más quiero. Una vez en un viaje que hice a esa zona de campo -esto fue en el 67...68- yo tenía una de esas pequeñas radios, de esas primeras que salieron a transistor, y pesqué la parte final de un informativo de la radio de Corrientes que decía: Paraná. Acaban de ser sepultados los restos del poeta Alfredo Martínez Howard, que han sido trasladados desde La Serranita en Córdoba a Paraná, su ciudad natal. Ese fue el orígen del poema. Martínez Howard me hablaba siempre del tema del oro a través de toda la historia de la poesía. Me leía lo que él conocía sobre el tema del oro y leía poemas relacionados con el oro. Le gustaba hablar de eso. Cuando me enteré, este fue el homenaje. Salí, era la tardecita, estaba por entrar el sol, y tuve la sensación de que todo se transformaba, estaba todo como una especie de cuadro vivo, en el paisaje todas las palmeras parecían lámparas encendidas, todas doradas, las vaquitas estaban en unas cuchillas pastando, doradas por el sol, todo era un paisaje de oro. Entonces surgió el poema. Por eso está dedicado a él".

(Francisco Madariaga, junio 1992, conversación con Félix della Paolera)

13 de julio de 2010

Mirta Arlt



Estamos empezando una serie de entrevistas para el programa Impreso en Argentina, para Encuentro. Acá con Mirta Arlt, la hija de Roberto Arlt, y el gran equipo: Mariana, Mercedes y Ángel detrás de cámara.

10 de julio de 2010

Dativo ético

Por Pedro Mairal

(Perfil, 2 de julio de 2010)

Cuando Maradona lo hace entrar a Palermo en el partido contra Grecia y, según sus propias palabras, le dice al oído “definímelo”, está usando una forma gramatical que se llama dativo ético o dativo de interés. Es la misma expresión que usan las madres cuando dicen: el nene no me come. (El nene no me come, doctor. No, señora, el nene no la traga.). Definímelo, dice Maradona. También le dice a Mancuso: Traémelo a Palermo. Y en una entrevista reciente: “Son jugadores que me están rindiendo de una manera increíble en los entrenamientos”. El dativo ético es una manera de subrayar una participación afectiva. Una vez escuché a una madre justificar por qué no le convencía para nada la novia del hijo, diciendo: “Me le fuma encima, se me le abalanza…”. Ese “me” es un complemento indirecto con el que podemos involucrarnos más en la acción que contamos y mostrar así un vínculo sentimental. Entonces Maradona, que siempre se ha caracterizado por ser efectivo y certero con las piernas y la lengua, dice definímelo porque el partido es como su hijo. Los jugadores en alguna extraña manera se lo juegan a Maradona y para Maradona.

Nunca había visto un DT tan comprometido afectivamente con lo que sucede en la cancha. El despliegue emocional de los otros directores técnicos, incluso los más efusivos, es el enojo, los nervios, la explosión colérica, como Bielsa durante la derrota de Chile frente a Brasil. Pero Maradona llora, se cuelga de un suplente como un koala, hace panzazo de foca de acuario sobre el pasto. Porque el partido es su criatura. Si Argentina gana, Maradona lo gana. Si Argentina pierde, Maradona lo pierde. Al borde de la cancha quiere que sus jugadores le cuiden el partido, que se lo ganen. Por eso no se sienta, sino que se queda ahí parado, porque está custodiando algo que es de él (porque fue de él cuando era el mejor jugador del mundo, y ahora no lo quiere soltar). Se para al borde de la cancha como un expulsado que, aunque no le permitan jugar, no puede dejar de involucrarse. Maradona siente el partido porque el partido sucede dentro de él. Lo ansía, lo extraña, lo necesita, lo dirige.

8 de julio de 2010

Waiting for the Mundial

por Fabián Casas

LOST


Muchos se preguntaban por qué la gente fue a Ezeiza a aplaudir a la Selección en su regreso. Es que no todos saben que es una costumbre argentina aplaudir cuando hay un niño perdido en la playa. El plantel del Gordismo, que hasta hace poco se imaginaba en la final del Mundial, de golpe tomó la aerolínea Oceanic e irrumpió con los pies para adelante en un bonus track de Lost [SIGUE ACÁ]

5 de julio de 2010

Leyendo a Mermet

En el ciclo Carne Argentina estuve leyendo un poema de César Mermet que son unos consejos medio zen para viajar en bondi: Aforismos del micro

21 de junio de 2010

Clausuran La Propia Cartonera en Montevideo


Pedro Mairal
La Intendencia de Montevideo clausuró el local de La Propia Cartonera donde se hacen y se presentan los libros, porque no les parece que en un centro cultural pueda haber una rocola, un pool y que se sirva cerveza. ¿Qué es un espacio cultural para esa intendencia? ¿Un lugar de mármol blanco? Estuvimos ahí el año pasado y podemos asegurar que el grupo de La Propia Cartonera genera trabajo y cultura en su comunidad, abriendo para la gente algo que suele ser inalcanzable: la literatura, los libros, el proceso de edición y la escritura. Todos los gobiernos pretenden hacerlo a gran escala y fallan, La Propia Cartonera lo hace a pequeña escala y lo consigue. Lástima que aparezca la burocracia para ponerle palos en la rueda.
Más info en La Propia Cartonera.

10 de junio de 2010

¿De qué hablan los autores argentinos en europa?


Quizá por la perspectiva de la distancia, o por el relajamiento de la distancia misma, o por la necesidad de hacerse entender ante extranjeros, o por quién sabe qué, los escritores argentinos hablan más claro fuera del país. Acá una buena discusión en Berlín de autores argentinos y alemanes: Sergio Raimondi, Pablo Ramos, Lola Arias, Félix Bruzzone, Timo Berger, Juliane Liebert, Julia Zange, Laura Alcoba, Nora Bossong, Daniel Falb, Tilman Rammstedt... Hablaron de poesía y mercado, países ricos/países pobres, literatura y política, el plagio y la literatura "joven".

8 de junio de 2010

Desde el camión

(Publicado en la revista Brando, en mayo de 2010)
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Pedro Mairal
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La noche antes del viaje daba vueltas en la cama. Me voy a morir, pensaba. Por hacerme el transcultural. Voy a quedar en la ruta señalado con una de esas crucecitas que ponen los familiares al costado de la curva mortal. Estaba todavía a tiempo de cancelar. Además no sabía quién iba a ser el camionero. ¿Qué pasaba si era el camionero prototípico que “chupa como un camionero” y maneja borracho? ¿Cuántos kilómetros iba a soportarlo si manejaba mal? Le había preguntado a mis amigos si les parecía que yo iba a poder ponerme el cinturón de seguridad en el camión y se rieron en mi cara. Me estaba arrepintiendo de haber aceptado la propuesta de la revista: subirme con un tipo que no conocía a un camión con acoplado por las rutas argentinas para escribir un artículo... [SIGUE ACÁ]

30 de mayo de 2010

Música country

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Pedro Mairal
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Es un otoño privado, pensé cuando entré al country al que me invitaron el fin de semana. Afuera del cerco perimetral no había una estación del año, sólo se había acabado el verano y en un par de meses iba a empezar a hacer frío. Dentro del cerco era otoño, un otoño de postal con árboles amarillos que perdían las hojas, un otoño diseñado por paisajistas, con árboles plantados en grupos cromáticos. Me pasé dos días como metido dentro de un estudio de grabación, imaginando que hacía un documental con todo eso, viendo cómo unos amigos disfrutaban y otros se tragaban los comentarios cáusticos sobre el barrio cerrado, unos tomaban distancia progre y otros se entregaban a la belleza del truco. Cuando una amiga dijo yo tengo mi corazoncito a la izquierda alguien le retrucó, sí, y el paladar a la derecha. Hubo ofensas. Llegando a los cuarenta las posiciones de vida se empiezan a definir aunque no se quiera: están los que hicieron algo de plata y los que, mientras se toman el vino ajeno de 200 pesos, dicen estar orgullosos de su austeridad. Están los que tienen niñera o mucama (“ayuda” se dice ahora) y los que declaran que jamás harían eso pero le encajan el niño a cuanta persona se les cruza por el camino. Etc. En las sobremesas hubo diálogos que atrasaban varias décadas, sobremesas como de película de Aristarain, con frases que empezaban diciendo “porque vos te pensás que la vida...”. Me fui a dormir. A las tres de la mañana, desvelado, quise salir al jardín y sonó una alarma. Me había perdido el momento instructivo. Se despertó todo el mundo. Ahí estábamos en la penumbra del living en pijamas y joggins. La alarma parecía estar avisándonos que entre nosotros algo se terminaba o se empezaba a hundir.

Una pareja alegó que desertaba porque el hijo estaba con un poco de fiebre. Yo me quedé. A la mañana siguiente salí a caminar y vi una escena rara: una grúa sacaba un mini tractor de la pileta del Club House. Pregunté. Unos pendejos, me explicó el guardia. Existe el terrorista de country, que suena un poco como Tarzán de maceta o esquimal de freezer. Son los adolescentes que destruyen todo lo que pueden. Tiran a la pileta el tractorcito de cortar pasto, destruyen las casas en obra, se meten en las casas vacías. La caricatura indica que los padres, para entregarse libremente al golf, a los talleres de cerámica y a la infidelidad, delegan al cerco perimetral y a la guardia privada la tarea de ponerle límites a los hijos. No sé si será tan así, quizá haya otras causas. El vandalismo implica siempre el placer de la destrucción y la transformación. Hay gente que dice que va al country para que no le pase nada a su familia, y después comprueban que efectivamente no les pasa nunca más nada. Quizá la falta de cambio, lo invariable, acumule una violencia silenciosa. Quizá los chicos rompen todo para que algo cambie, para que algo pase. Tiré esta teoría en el auto cuando salíamos del otoño, pero no cuajó mucho. En silencio la pareja de amigos que me traía de vuelta rebotaba al unísono en cada lomo de burro.

Perfil, 9/4/10

27 de mayo de 2010

La gran novela argentina

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"...ahora me preguntan cuándo voy a publicar una novela grande. Nunca pensé en eso ni lo puedo pensar. No tengo que escribir la gran novela argentina. No soy el Premio Herralde; soy el Premio Errale (risas). Es más fácil ganar el Errale. Todos mis libros son una comprobación de que puedo ganar el Errale".

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Horla City y otros, poesía completa de Casas

26 de mayo de 2010

Pasión de multitudes

Pedro Mairal
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Cómo escorchan con la emoción futbolística, la pasión, el pathos de la redonda. Se abrió la temporada de pathos. Soy un amargo: en los mundiales no comparto esa emoción colectiva, la pasión de multitudes, miro los partidos nervioso y de reojo, la paso mal solo, me alegro de los triunfos en silencio, secretamente. Sobre todo ahora que la fiebre albiceleste es tan empresarial, ahora que tantas empresas te auspician la emoción. No sé por qué el festejo colectivo siempre me dio un poco de vergüenza ajena, saltando en la multitud siempre me sentí un infiltrado. Además de amargo, melancólico. Pero empieza la justa deportiva sin igual, el Diego y sus once apóstoles, la publicidad exasperante de hinchas multirraciales, la multitud de extras actuando la emoción con lluvia de papelitos y banderas y plasmas de cincuenta cuotas.
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Nos van a taladrar con el amor global, la unión de los pueblos y las etnias y los continentes, el fútbol como Esperanto, como idioma en común con el que todos podemos entendernos; el africanito, el japonesito, el europeíto, el latinoamericanito, los colores unidos de Benetton, todos abrazados en la tarjeta de crédito. Hasta el ruido del clamor de las hinchadas, la efervescencia popular, se vuelve efervescencia de gaseosa, en el mezclado final del sonido del comercial. La publicidad no imita al hincha, el hincha imita la publicidad, al menos en los mundiales. El hincha mundialista se comporta como lo predisponen las grandes marcas, copia conductas, intenta alcanzar el éxtasis del máximo disfrute deportivo que propone la tele.
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Me gustaría ver los partidos editados, sin sponsors oficiales ocupando el setenta porciento de la pantalla, sin primeros planos de Maradona parado al borde de la cancha como una bomba de tiempo a punto de explotar, sin victorhugomoralismos, sin araujismos, ni fantinismos, ni marianoclossismos. Pero no se puede. Están todos los intermediarios, y además el fútbol no es la cancha, la pelota y los jugadores, sino el medio: las cámaras, los carteles, el debate, el replay con siete logos... La pelota no se mancha, pero se esponsorea.
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(Perfil, 22 de mayo de 2010)

3 de mayo de 2010

La migración

por Fabián Casas
Hace poco un conocido me dijo al pasar que un amigo se había ido de la ciudad. Me lo dijo como quien registra un cambio de clima o consigna distraído lo que dice una gacetilla en un diario. A mí la noticia no me conmocionó de manera ostensible, para afuera, es decir, dije, “ah, sí, ¿se fue?”, pero por dentro algo se activó y empezó a crecer hasta que tuve la necesidad imperiosa de escribir sobre mi amigo y el vínculo que nos unió y explicarme a mí por qué me había afectado tanto que alguien se las tomara a sólo cinco horas de omnibus de donde vivo. Un tranco que se puede también cruzar en auto en tres horas y media. Y sobre todo, ¿por qué me afectaba que mi amigo se hubiera ido si en los últimos años apenas nos veíamos de manera ocasional? [SIGUE ACÁ]

180 familias


"la empresa aún no saldó los sueldos de marzo..."

22 de abril de 2010

Escribir con tacos


Para Gataflora, Ana Prieto me hizo una entrevista sobre mis personajes femeninos, acá.

15 de abril de 2010

Sudor

Pedro Mairal

Estuvimos cuatro años de novios con Valeria hasta que empezamos a buscar departamento para irnos a vivir juntos y en la búsqueda infinita me empecé a dar cuenta de que yo rechazaba todos los departamentos que veíamos porque en realidad no quería mudarme con ella. Pero todo lo demás fue felicidad. O casi todo. [SIGUE ACÁ]

31 de marzo de 2010

Ocio al cine, por Lingenti y Villegas

Con la actuación estelar de Lucas Funes Olivera

En abril en el Bafici
Viernes 9 10.15 Hoyts 09 / Privada (prensa + acreditados)
Viernes 9 23.15 Hoyts 09
Domingo 11 20.45 Hoyts 09
Domingo 18 23.45 Hoyts 09

Basada en la novela de Fabián Casas

30 de marzo de 2010

En Celo en Cine

Cinco cuentos de la antología de los chanchitos fueron llevados al cine por directores argentinos en una película que se llama 5. Todavía no la vi. Me hablaron muy bien de la versión de Coger en castellano que hizo Andy Sala.


La dan en el Bafici, en Abasto, el 10 abril a las 00:30 h, el 11 abr / 13:15 h y el 18 abr / 23:30 h

10 de febrero de 2010

El alba cálida



El poema leído por Madariaga

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EL ALBA CÁLIDA

Francisco Madariaga

¡Se clarifica el día! Oh viejos Elementos, dadme un poco de agua.

La ciudad ha sido invadida por el mar, pero conserva todos sus ruidos, su tráfico.
Todos los rumores se han transformado en cánticos de pájaros.

Viejos árboles míos, ¿estaréis locos en la campaña?
A cualquiera lo meten en un ataúd de habitación delgada hundiéndose en el mar.

¡Que un mar cálido le tape todos los nidos al alba cálida!
Los ferrocarriles penetran en la arena. Uno, sordo revienta y se le abre un abismo de mar. ¡Candentes aventureros que nadie atrapa, hermanos que aún no han pasado bajo mis árboles!

Eh, monos, corregid vuestros errores: al alba cálida no se la mastica ni se la contempla. La virginidad de las ramas de las últimas sombras que nunca ha visto a un hombre, no se la holla, monos. ¡Sacadle toda la boca para el alma!

Asnos que beben en el alba tímidamente porque hay bosques que los embriagan por la noche, me
encuentro bajo el mar, en una estancia de calor esmeralda. De entre ola y ola brotan los pájaros como balas de sol y saltan velozmente hacia el infierno.

¡El alba cálida es el infierno, la iniciadora de todos los amores!

Allá en el fondo la presión ha bloqueado a mi alma a lo largo, en su ataúd habitación. La ha hecho entrar rápidamente, por los pies, en el cuadro verde más infinito.

Después, cayeron ferrocarriles de punta en la arena.

Alba cálida, alba cálida, ¿Por qué acudís a mí en esta habitación tan delicada?
Oh movimientos de las sombras, humedades del pañuelo de los niños, gorjeo del polvo del amor, jaulas mías colgadas en el bosque:
Una liana de oro fuerte de relámpago atrapado por el bosque puede arrancar este ataúd habitación.

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Las jaulas del sol, 1960

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Una noche de junio de 1992, Francisco Madariaga leyó poemas en la casa de Félix della Paolera. La grabación de esa lectura y esa charla estuvo durante años en casette y ahora está digitalizada.
En este blog vamos a ir colgando algunos poemas. El audio entero, con los comentarios de Madariaga sobre cada poema y sus historias de los antiguos gauchos de Corrientes, lo va a colgar Lucio Madariaga, el hijo del poeta, en el blog de homenaje a su padre Rincón del infinito donde está gran parte de su obra.

5 de febrero de 2010

Cuando calienta el sol

por Pedro Mairal

Acá estamos, en bermudas o shorts o bikinis o grandes mallas enterizas que intentan atajar la fofez, lo mofletudo de uno, el excedente, el tejido adiposo, lo liposuccionable que acarreamos con nosotros. Señoras como del Bosco salidas a la luz, oreando por primera vez al sol toda su carne de sombra, blanqueando su viudez amoratada; unas gallegas descendientes del mantón riguroso, del faldón hasta el suelo, del cuello alto y cerrado, de los puños abrochados, ahora ya en pelotas asándose en la arena. Cuerpos como quien lleva un barril, señores médicos con un embarazo de diez meses, encorvados, las patitas de tero, el sombrerito. Mujeres de pechos chupados, estirados hacia abajo, de la mano del responsable de semejante estrago: nenes en bombachita, como mini levantandores de pesas de medio metro de alto, nenas con la espalda negra, haciendo pozos en la orilla. Escribanos saliendo del agua con sus calvas embadurnadas de protector solar y protector lunar. Mujeres despatarradas en la arena, como caídas desde un tercer piso, boca abajo, el corpiño desabrochado; los límites del bronceado y la blancura invernal, urbana, oficinística. Viejos todavía apolíneos requemados, en slip, mostrándose parados con los brazos en jarra mirando el horizonte. Maridos malhumorados bajo la sombrilla, acurrucados, protegiéndose bajo un paraguas del gran chubasco de sol, del resplandor insoportable de la vida. Ingenieros panzones varados en la arena para siempre. Arquitectos flacos costilludos, con tendones a la vista, clavículas funcionales y rótulas. Adolescentes recién estirados con húmeros, fémures y tibias demasiado largos. Mujeres luchando ya en sus cuarenta con cuerpos cansadores que pasaron por el yoga, el tae-bo, el step, el spinning, pilates. Ninfas paradas inmóviles, esculturales en la orilla, proyectando la sombra movediza de sus personal trainers. Todo el sudor perdido para llegar hasta la gloria dorada de esta pasarela de los cuerpos tan reales, indisimulables, nuevos o vencidos. Las atrofias sinceradas bajo el cielo, la escoleosis, las várices, las manchas de nacimiento, y también la histeria de lo tirante, la bikini que justo, la micro bikini que apenas, la tanga que por un milímetro respeta el límite del tabú del pubis y el pezón. La playa como momento de gloria para los orgullosos poseedores de carnes acordemente distribuidas con los gustos de la época. El gran momento esperado todo el año por la chica narigona, feúcha, pero con linda cola. Y también la playa como momento sufriente para los otros, los acomplejados, los tímidos, los pudorosos, que son su cuerpo, no tienen un cuerpo sino que son fatalmente esa suma de detalles evidentes que asoma en el espejo. La playa como muestrario anatómico, dermatológico, caricaturesco de la bíodiversidad. Industriales de pecho canoso, políticos de pechitos caídos, licenciadas en administración de empresas con cicatrices de cesáreas, profesoras de matemática fumando y odiando todavía a sus alumnos sentadas en la orilla, apergaminadas, pecosas, un poco anaranjadas de tanto bronceador, y las tonalidades del fucsia en los recién venidos que duermen al sol, los ardores color ocaso, los elásticos del corpiño amatambrando la espalda, encarnándose, los pliegues múltiples del jefe de personal, como un sharpei albino, y el frío del mar encogiendo las bolsas escrotales de los bañistas, los surfers, los padres de familia que levantan los brazos con el agua a la cintura y hacen pis sin mirar a la orilla.

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(Perfil, 29 de enero de 2010)

3 de febrero de 2010

Poemas Municipales, Santiago Llach



por Santiago Llach

En una de nuestras últimas salidas
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Ana vino a visitarme a la casa municipal de mis padres.
La llevé a la heladería El Lido
y cucurucho en mano fuimos en su auto
a pasear por la costa.
Después agarramos la Panamericana
y la llevé a un telo,
el legendario Jardines de Babilonia.
Era un sábado y había media hora de espera.
Al final nos hicieron entrar a la suite Nueva York.
Dos pisos, hidromasaje
y una gigantesca vista de la Gran Manzana
en fibra sintética y papel cuatro colores plastificado.
Cogimos con un poco de violencia.
En el paseo de la costa nos cruzamos
con un pibe que iba con su chica
en un Fiat Spazio preparado.
Con Ana discutimos:
yo imaginaba un poema
en el que la pareja advertía el patetismo
de su ostentación fierrera
cuando apagaban el motor frente al río.
Ana, una chica de barrio, de Lanús,
decía que el pistero
nunca podía tomar conciencia de su ser pistero.

Ahora los poemas se escriben así,
a la que te tiraste.

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(Poemas Municipales, Eloísa Cartonera, 2009)

16 de enero de 2010

Alambres

p.mairal

De vez en cuando hago estas figuras de alambre que después regalo o se me aplastan en las mudanzas. Son como dibujos en el aire, de una sola línea. Tenía listo un post con una analogía de esto con la escritura, pero quedaba un poco forzada. Mejor cuelgo el video nomás. Dura 2 minutos.



23 de diciembre de 2009

Tarde de domingo

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Joaquín Giannuzzi


El domingo está desierto. La calle se alarga sin finalidad precisa.
Detrás de las paredes la vida parece haber agotado su última oportunidad.
Llamo al azar en algunas puertas y nadie acude.
La población entera ha abandonado el planeta en automóvil.
La historia ha concluído aquí. Las empresas humanas han hecho el ridículo.
¿A quién llamar por teléfono? ¿Por quién morir?
¿A quién apelar con esta mentira?
Si este simulacro durara demasiado, recordaría
que una vez tuve un destino y hasta un entusiasmo
y que la razón de estar vivo estaba en los otros.
Y no quiero imaginar mi pánico
si buscando la prueba absoluta de este mundo vacío
encendiera la radio portátil
y me respondiera el silencio universal.
Si la llegada del hombre había sido un producto casual
su partida es una fuga que me excluye
para que deambule como un muerto
que sabe que está muerto en un domingo infinito.

*

(Señales de una causa personal, 1977)

15 de diciembre de 2009

Sábado 19


Él proximo sábado 19 a las 16 hs, se presenta "Rita viaja al cosmos con Mariano", de Fabián Casas y Santiago Barrionuevo.
Delgado 1235

9 de diciembre de 2009

Dame pelota

Dalia Rosetti lee una parte del primer capítulo de su novela "Dame Pelota" editada por Mansalva.



video: p. mairal

1 de diciembre de 2009

El viernes acá

El Viernes 4 de diciembre a las 19, en El Nacional, Estados Unidos 308.
Presentarán la novela Marina Mariasch y Pedro Mairal
Luego No-DJ Guada Gaona hará un set de música de chicas.


"Te pido un taxi es la síntesis de que una situación, escena, momento, ya no da para más. La fiesta, cualquiera que sea, se terminó. Una noche de borrachera con una amiga, una cita a ciegas armada por el enemigo, una conversación con tu madre que te hace involucionar 15 años. Vayamos más lejos. Una relación en la que dos personas ya no se reconocen, o peor, se desconocen. Te pido un taxi es la la frase que obliga a la retirada.
Pero Te pido un taxi, la novela, es mucho más que eso. Es la historia de dos amigas que llegan al mismo tiempo a situaciones límites que las harán barajar y dar de nuevo. Cuando la vida no se parece en nada a lo que planearon, cuando el éxito laboral se convierte en un espejismo y el amor en una fórmula averiada, la amistad es, sin embargo, lo único seguro, el lugar en donde estar a salvo. La posibilidad de hilvanar todo aquello que parece arruinado.
Mercedes Halfon y Fernanda Nicolini lograron escribir una historia verdadera, sin fórmulas fáciles. Sin artilugios. Y, sobre todo, muy divertida".



las autoras de te pido un taxi y de autobombo, fernanda y mechi, por cm

24 de noviembre de 2009

El monstruo

por Pedro Mairal

El otro día vi un monstruo en el subte. Lo vi cuando ya lo tenía encima. Fue el viernes del diluvio universal que dejó los autos flotando a la deriva. Me refugié del chaparrón en la estación Carranza, me subí corriendo al último vagón y ahí estaba el monstruo sentado. Tenía dos patas tocando el suelo y otras dos patitas flacas colgando hacia un costado, la respiración pesada, una mano que le salía por detrás de la nuca, se escondía y volvía a aparecer por abajo de una axila. Tenía algo de pulpo, con dos cabezas unidas por la boca. Se devoraba a sí mismo con violencia, se mordía hasta hacerse doler y con los múltiples brazos se iba palpando y explorando como si necesitara cerciorarse de que ciertas partes de su cuerpo seguían estando en su lugar.

Impresionaba lo abstraído que estaba en sí mismo, como fuera del tiempo, como soñando despierto una guerra alucinante. Estaba empapado, se ve que lo había agarrado la lluvia y no le importaba nada. El vagón se fue llenando cada vez más, nos aglomeramos alrededor del monstruo, impresionados pero disimulando para no mirarlo tanto. Afuera, arriba, caía medio metro de agua en dos minutos, se desentubaba el Arroyo Maldonado, el Gobierno porteño preparaba los comunicados de disculpas, se iba a acabar el mundo, era el fin, y el monstruo entraba delirando en el Apocalipsis, entre suspiros, susurrándose palabras asesinas y calientes, indiferente a la música del acordeonista ciego, sin percatarse de la nena valiente que le dejó una estampita de San Cayetano en una de sus cuatro rodillas ni de la señora de pelo naranja que lo miraba indignada.

De golpe se paró el subte, se colgó el sistema, los claustrofóbicos dejamos de respirar, empalidecimos, todo el espacio se encogió al mismo tiempo. Sin el zumbido de los vagones en movimiento, se oía cada ruidito: una tos, un diálogo, pero más que nada se oía al monstruo, su lamento regodeado, la actividad chiclosa del molusco de su boca, la lengua bífida como buscando algo al fondo de su doble garganta, acogotándose, hasta que necesitó respirar, cambió de posición, con las patas entrelazadas de otra manera, porque tenía algo de Transformer, parecía poder adquirir diversas formas y posturas. Vi que en uno de sus hombros tenía tatuadas una boca y una lengua. Era un monstruo rollinga. En el vagón no se podía respirar y a alguien se le ocurrió preguntarse en voz alta: “No se inundan los túneles, ¿no?”. Ibamos a morir todos y al monstruo seguía sin importarle, seguía rodeándose, trabado, engorilado, se frotaba los muslos, se rascaba, parecía que se ahogaba en un miedo cavernoso, estaba muy inquieto, como sufriendo por una causa personal, metido en una asfixia más profunda que la asfixia del vagón. Por suerte el subte volvió a arrancar y pudimos respirar.

La señora de pelo naranja no aguantó más y le dijo al monstruo que era muy indecente lo que estaba haciendo, que se fuera a un lugar solo, que no teníamos por qué aguantar semejante espectáculo. Con una voz finita y burlona, el monstruo la carajeó y casi a la vez con un vozarrón pesado se rio. La señora dijo que iba a llamar a un policía. El monstruo se levantó y se bajó en la estación siguiente, y atrás la señora y yo también. La señora llamó a un guardia de Metrovías tratando de retener al monstruo por el brazo. El guardia tardó en entender y ahí el monstruo hizo algo genial: se dividió en dos, sin despedirse, y el guardia no supo a qué mitad perseguir, quedó pagando junto a la señora de pelo naranja que protestaba sacudiendo los brazos.

(Perfil, 21 de noviembre de 2009)


22 de noviembre de 2009

Una vez por año - 2

"No quiero hacer trampa. Durante todo este intervalo entre noviembres estuve tentado: pasaban cosas y yo las iba anotando mentalmente, suponiendo que tenían el peso o lo que sea necesario como para formar parte del capítulo anual".
[acá el relato de Federico Levín de cosas contadas una vez por año]

10 de noviembre de 2009

Entrar en librerías

por Pedro Mairal


Entrar en librerías, últimamente, me da mucha ansiedad. Trato ahora de entender las causas y noto que son varias y algo difusas. Para empezar, mi casa ya está llena de libros, muchos no leídos, o leídos por la mitad, libros en los estantes y también apilados en el piso contra las paredes, divididos en torres de las distintas literaturas –argentina, inglesa, latinoamericana, española, francesa–, torres que se derrumban cada tanto y tengo que volver a levantar. No hay más lugar para los libros, pero siempre se agrega alguno. Por eso entro en las librerías ya saturado y aplastado por el peso de lo no leído, el peso de las lecturas pendientes y los anillados intactos de mis amigos, juntando polvo sobre mi escritorio. Entro con una culpa original, una sensación de “no debo estar acá”, pero me lanzo sobre las mesas de novedades y casi en seguida me arrepiento, me da taquicardia. Todas esas tapas, ese diseño gráfico cultural rozándome las cuerdas, el marketing trabajando sobre mi persona, haciéndome calcular cuánta plata tengo en el bolsillo. Algo me aturde. Cómo escribe la gente, pienso, cómo publican, parecen todos César Aira, y yo sin escribir, sin publicar, sin tener siquiera un libro en el alma, como dice Pasolini. Qué bien funciona el mundo sin uno (el mundo editorial y el mundo entero). Qué paliza para el ego literario.

Suceden demasiadas cosas a la vez en esas mesas de novedades. Sobre todo en las novedades locales, uno puede ver las fuerzas chocando entre sí: los inventos editoriales, los intentos por reinstalar un autor, la timidez sobrepuesta de algún colega que al fin se animó, las apuestas a la calidad (esa palabra de la industria láctea como dice Cucurto), el buen ojo de un editor, las esperanzas de bestsellerismo, los premios, las poses no posadas en las solapas, las contratapas elogiosas escritas por el autor mismo, todo lo que el viento se llevó y se llevará. Ahí está la guerra visible de la que los narradores argentinos forman parte, los grupos editoriales, la incidencia oblicua del campo intelectual, un recorte extraño de lo que se escribe hoy día. Uno conoce las internas que conllevó esa antología, las amistades que se rompieron en el proceso de edición, los entramados hormonales de la lista definitiva, y el lobby de esa otra colección, los cafecitos secreteados, los chismes, la extorsión emocional. Cada libro es la punta del iceberg de un intento de operación cultural. Los títulos entre sí se sacan chispas. Como en todas las épocas.

Y está también la ansiedad cuando acabo de sacar un libro, porque me busco de reojo y expectante, me detecto, por un instante me hago upa a mí mismo, disimulo entre las mesas. Después, con las semanas, el libro se va saliendo de foco, se va a los estantes para alejarse finalmente hacia los saldos y los galpones de stock. El director de la librería Hernández, Ezequiel Leder Kremer, contó en una mesa redonda que una plaga de las librerías son los autores de incógnito en busca de su propio libro. Llegan, buscan, preguntan por un libro, hacen ir al empleado hasta el sótano a buscarlo y después lo dejan en un lugar visible. Dan trabajo y no compran nada. Y hay historias tristes. La de Fitzgerald, por ejemplo, cuando en sus últimos años de guionista en Hollywood quiso mostrarle a su nueva secretaria que él era un escritor importante y la fue llevando por las distintas librerías de la ciudad buscando sus novelas sin poder encontrar un solo título.

La ansiedad de las librerías puede aniquilarte. Cuanto más grande la librería, más ansiedad. Uno de los pocos lugares donde estoy tranquilo es la sección de poesía (en general, el tamaño de la sección de poesía es inversamente proporcional al tamaño de la librería). Ahí puedo quedarme hasta provocarme una tortícolis aguda leyendo títulos verticales en los lomos finitos. Me quedo en ese rincón (porque casi siempre la poesía está en un rincón) y busco sin apuro entre los libros de poemas, publicados fuera de la histeria narrativa, fuera de la novedad, fuera del podio de la revista cultural. Madariaga, Giannuzzi, Juanele, Viel Temperley. Ahí le pido a Alejandro Magno que no me tape el sol y me refugio con los poetas que trabajaron en silencio sus libros lanzados al mundo con esa lentitud implacable que le gana a la liebre. Libros de poemas que concentran toda la literatura. Si uno diluye un buen poema en un litro de agua consigue un cuento regular. Si uno diluye ese cuento en diez litros de agua, consigue una novela innecesaria.


Perfil, 7 de noviembre de 2009


8 de noviembre de 2009