Hace poco en una excavación en Armenia encontraron el zapato más viejo del mundo, tiene 5500 años. La imagen (esta primera que pongo acá abajo) me hizo acordar a mi colección de fotos de zapatos náufragos.
Veinte años después estamos grabando parte de un capítulo de Impreso en Argentina en el lugar exacto. Del equipo de filmación nadie sabe -ni importa tampoco- que yo me senté acá casi todos los días de 1989, abajo de este árbol, cuando andaba bastante desesperado y perdido en la soledad de mi mentira, porque había largado el Ciclo Básico de Medicina, pero no me animaba a contarlo en mi casa y me tomaba el 37 todas las mañanas para quedarme en la facultad leyendo y escribiendo, llenando el cuaderno de Matemáticas con unas prosas cortas, medio poéticas, de las que no me acuerdo nada. Lo que sí me acuerdo es que en este lugar empecé a escribir. Ahora estamos grabando sobre otro tema, una escena del capítulo de Misteriosa Buenos Aires. Para conducir un programa sobre libros, tengo que actuar de mí mismo, lo cual es bastante difícil porque nunca supe bien quién soy. Es raro: hoy me toca actuar de escritor justo en el lugar donde me pensé por primera vez como escritor. Nadie sospecha eso. En la pausa de la filmación, saco unas fotos.
"Este es el poema que yo más quiero. Una vez en un viaje que hice a esa zona de campo -esto fue en el 67...68- yo tenía una de esas pequeñas radios, de esas primeras que salieron a transistor, y pesqué la parte final de un informativo de la radio de Corrientes que decía: Paraná. Acaban de ser sepultados los restos del poeta Alfredo Martínez Howard, que han sido trasladados desde La Serranita en Córdoba a Paraná, su ciudad natal. Ese fue el orígen del poema. Martínez Howard me hablaba siempre del tema del oro a través de toda la historia de la poesía. Me leía lo que él conocía sobre el tema del oro y leía poemas relacionados con el oro. Le gustaba hablar de eso. Cuando me enteré, este fue el homenaje. Salí, era la tardecita, estaba por entrar el sol, y tuve la sensación de que todo se transformaba, estaba todo como una especie de cuadro vivo, en el paisaje todas las palmeras parecían lámparas encendidas, todas doradas, las vaquitas estaban en unas cuchillas pastando, doradas por el sol, todo era un paisaje de oro. Entonces surgió el poema. Por eso está dedicado a él".
(Francisco Madariaga, junio 1992, conversación con Félix della Paolera)
Estamos empezando una serie de entrevistas para el programa Impreso en Argentina, para Encuentro. Acá con Mirta Arlt, la hija de Roberto Arlt, y el gran equipo: Mariana, Mercedes y Ángel detrás de cámara.
Cuando Maradona lo hace entrar a Palermo en el partido contra Grecia y, según sus propias palabras, le dice al oído “definímelo”, está usando una forma gramatical que se llama dativo ético o dativo de interés. Es la misma expresión que usan las madres cuando dicen: el nene no me come. (El nene no me come, doctor. No, señora, el nene no la traga.). Definímelo, dice Maradona. También le dice a Mancuso: Traémelo a Palermo. Y en una entrevista reciente: “Son jugadores que me están rindiendo de una manera increíble en los entrenamientos”. El dativo ético es una manera de subrayar una participación afectiva. Una vez escuché a una madre justificar por qué no le convencía para nada la novia del hijo, diciendo: “Me le fuma encima, se me le abalanza…”. Ese “me” es un complemento indirecto con el que podemos involucrarnos más en la acción que contamos y mostrar así un vínculo sentimental. Entonces Maradona, que siempre se ha caracterizado por ser efectivo y certero con las piernas y la lengua, dice definímelo porque el partido es como su hijo. Los jugadores en alguna extraña manera se lo juegan a Maradona y para Maradona.
Nunca había visto un DT tan comprometido afectivamente con lo que sucede en la cancha. El despliegue emocional de los otros directores técnicos, incluso los más efusivos, es el enojo, los nervios, la explosión colérica, como Bielsa durante la derrota de Chile frente a Brasil. Pero Maradona llora, se cuelga de un suplente como un koala, hace panzazo de foca de acuario sobre el pasto. Porque el partido es su criatura. Si Argentina gana, Maradona lo gana. Si Argentina pierde, Maradona lo pierde. Al borde de la cancha quiere que sus jugadores le cuiden el partido, que se lo ganen. Por eso no se sienta, sino que se queda ahí parado, porque está custodiando algo que es de él (porque fue de él cuando era el mejor jugador del mundo, y ahora no lo quiere soltar). Se para al borde de la cancha como un expulsado que, aunque no le permitan jugar, no puede dejar de involucrarse. Maradona siente el partido porque el partido sucede dentro de él. Lo ansía, lo extraña, lo necesita, lo dirige.
Muchos se preguntaban por qué la gente fue a Ezeiza a aplaudir a la Selección en su regreso. Es que no todos saben que es una costumbre argentina aplaudir cuando hay un niño perdido en la playa. El plantel del Gordismo, que hasta hace poco se imaginaba en la final del Mundial, de golpe tomó la aerolínea Oceanic e irrumpió con los pies para adelante en un bonus track de Lost [SIGUE ACÁ]
La Intendencia de Montevideo clausuró el local de La Propia Cartonera donde se hacen y se presentan los libros, porque no les parece que en un centro cultural pueda haber una rocola, un pool y que se sirva cerveza. ¿Qué es un espacio cultural para esa intendencia? ¿Un lugar de mármol blanco? Estuvimos ahí el año pasado y podemos asegurar que el grupo de La Propia Cartonera genera trabajo y cultura en su comunidad, abriendo para la gente algo que suele ser inalcanzable: la literatura, los libros, el proceso de edición y la escritura. Todos los gobiernos pretenden hacerlo a gran escala y fallan, La Propia Cartonera lo hace a pequeña escala y lo consigue. Lástima que aparezca la burocracia para ponerle palos en la rueda. Más info en La Propia Cartonera.
Quizá por la perspectiva de la distancia, o por el relajamiento de la distancia misma, o por la necesidad de hacerse entender ante extranjeros, o por quién sabe qué, los escritores argentinos hablan más claro fuera del país. Acá una buena discusión en Berlín de autores argentinos y alemanes: Sergio Raimondi, Pablo Ramos, Lola Arias, Félix Bruzzone, Timo Berger, Juliane Liebert, Julia Zange, Laura Alcoba, Nora Bossong, Daniel Falb, Tilman Rammstedt... Hablaron de poesía y mercado, países ricos/países pobres, literatura y política, el plagio y la literatura "joven".
(Publicado en la revista Brando, en mayo de 2010) . Pedro Mairal . La noche antes del viaje daba vueltas en la cama. Me voy a morir, pensaba. Por hacerme el transcultural. Voy a quedar en la ruta señalado con una de esas crucecitas que ponen los familiares al costado de la curva mortal. Estaba todavía a tiempo de cancelar. Además no sabía quién iba a ser el camionero. ¿Qué pasaba si era el camionero prototípico que “chupa como un camionero” y maneja borracho? ¿Cuántos kilómetros iba a soportarlo si manejaba mal? Le había preguntado a mis amigos si les parecía que yo iba a poder ponerme el cinturón de seguridad en el camión y se rieron en mi cara. Me estaba arrepintiendo de haber aceptado la propuesta de la revista: subirme con un tipo que no conocía a un camión con acoplado por las rutas argentinas para escribir un artículo... [SIGUE ACÁ]
Pedro Mairal . Es un otoño privado, pensé cuando entré al country al que me invitaron el fin de semana. Afuera del cerco perimetral no había una estación del año, sólo se había acabado el verano y en un par de meses iba a empezar a hacer frío. Dentro del cerco era otoño, un otoño de postal con árboles amarillos que perdían las hojas, un otoño diseñado por paisajistas, con árboles plantados en grupos cromáticos. Me pasé dos días como metido dentro de un estudio de grabación, imaginando que hacía un documental con todo eso, viendo cómo unos amigos disfrutaban y otros se tragaban los comentarios cáusticos sobre el barrio cerrado, unos tomaban distancia progre y otros se entregaban a la belleza del truco. Cuando una amiga dijo yo tengo mi corazoncito a la izquierda alguien le retrucó, sí, y el paladar a la derecha. Hubo ofensas. Llegando a los cuarenta las posiciones de vida se empiezan a definir aunque no se quiera: están los que hicieron algo de plata y los que, mientras se toman el vino ajeno de 200 pesos, dicen estar orgullosos de su austeridad. Están los que tienen niñera o mucama (“ayuda” se dice ahora) y los que declaran que jamás harían eso pero le encajan el niño a cuanta persona se les cruza por el camino. Etc. En las sobremesas hubo diálogos que atrasaban varias décadas, sobremesas como de película de Aristarain, con frases que empezaban diciendo “porque vos te pensás que la vida...”. Me fui a dormir. A las tres de la mañana, desvelado, quise salir al jardín y sonó una alarma. Me había perdido el momento instructivo. Se despertó todo el mundo. Ahí estábamos en la penumbra del living en pijamas y joggins. La alarma parecía estar avisándonos que entre nosotros algo se terminaba o se empezaba a hundir.
Una pareja alegó que desertaba porque el hijo estaba con un poco de fiebre. Yo me quedé. A la mañana siguiente salí a caminar y vi una escena rara: una grúa sacaba un mini tractor de la pileta del Club House. Pregunté. Unos pendejos, me explicó el guardia. Existe el terrorista de country, que suena un poco como Tarzán de maceta o esquimal de freezer. Son los adolescentes que destruyen todo lo que pueden. Tiran a la pileta el tractorcito de cortar pasto, destruyen las casas en obra, se meten en las casas vacías. La caricatura indica que los padres, para entregarse libremente al golf, a los talleres de cerámica y a la infidelidad, delegan al cerco perimetral y a la guardia privada la tarea de ponerle límites a los hijos. No sé si será tan así, quizá haya otras causas. El vandalismo implica siempre el placer de la destrucción y la transformación. Hay gente que dice que va al country para que no le pase nada a su familia, y después comprueban que efectivamente no les pasa nunca más nada. Quizá la falta de cambio, lo invariable, acumule una violencia silenciosa. Quizá los chicos rompen todo para que algo cambie, para que algo pase. Tiré esta teoría en el auto cuando salíamos del otoño, pero no cuajó mucho. En silencio la pareja de amigos que me traía de vuelta rebotaba al unísono en cada lomo de burro.
. "...ahora me preguntan cuándo voy a publicar una novela grande. Nunca pensé en eso ni lo puedo pensar. No tengo que escribir la gran novela argentina. No soy el Premio Herralde; soy el Premio Errale (risas). Es más fácil ganar el Errale. Todos mis libros son una comprobación de que puedo ganar el Errale".
Cómo escorchan con la emoción futbolística, la pasión, el pathos de la redonda. Se abrió la temporada de pathos. Soy un amargo: en los mundiales no comparto esa emoción colectiva, la pasión de multitudes, miro los partidos nervioso y de reojo, la paso mal solo, me alegro de los triunfos en silencio, secretamente. Sobre todo ahora que la fiebre albiceleste es tan empresarial, ahora que tantas empresas te auspician la emoción. No sé por qué el festejo colectivo siempre me dio un poco de vergüenza ajena, saltando en la multitud siempre me sentí un infiltrado. Además de amargo, melancólico. Pero empieza la justa deportiva sin igual, el Diego y sus once apóstoles, la publicidad exasperante de hinchas multirraciales, la multitud de extras actuando la emoción con lluvia de papelitos y banderas y plasmas de cincuenta cuotas.
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Nos van a taladrar con el amor global, la unión de los pueblos y las etnias y los continentes, el fútbol como Esperanto, como idioma en común con el que todos podemos entendernos; el africanito, el japonesito, el europeíto, el latinoamericanito, los colores unidos de Benetton, todos abrazados en la tarjeta de crédito. Hasta el ruido del clamor de las hinchadas, la efervescencia popular, se vuelve efervescencia de gaseosa, en el mezclado final del sonido del comercial. La publicidad no imita al hincha, el hincha imita la publicidad, al menos en los mundiales. El hincha mundialista se comporta como lo predisponen las grandes marcas, copia conductas, intenta alcanzar el éxtasis del máximo disfrute deportivo que propone la tele.
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Me gustaría ver los partidos editados, sin sponsors oficiales ocupando el setenta porciento de la pantalla, sin primeros planos de Maradona parado al borde de la cancha como una bomba de tiempo a punto de explotar, sin victorhugomoralismos, sin araujismos, ni fantinismos, ni marianoclossismos. Pero no se puede. Están todos los intermediarios, y además el fútbol no es la cancha, la pelota y los jugadores, sino el medio: las cámaras, los carteles, el debate, el replay con siete logos... La pelota no se mancha, pero se esponsorea.
Hace poco un conocido me dijo al pasar que un amigo se había ido de la ciudad. Me lo dijo como quien registra un cambio de clima o consigna distraído lo que dice una gacetilla en un diario. A mí la noticia no me conmocionó de manera ostensible, para afuera, es decir, dije, “ah, sí, ¿se fue?”, pero por dentro algo se activó y empezó a crecer hasta que tuve la necesidad imperiosa de escribir sobre mi amigo y el vínculo que nos unió y explicarme a mí por qué me había afectado tanto que alguien se las tomara a sólo cinco horas de omnibus de donde vivo. Un tranco que se puede también cruzar en auto en tres horas y media. Y sobre todo, ¿por qué me afectaba que mi amigo se hubiera ido si en los últimos años apenas nos veíamos de manera ocasional? [SIGUE ACÁ]
Estuvimos cuatro años de novios con Valeria hasta que empezamos a buscar departamento para irnos a vivir juntos y en la búsqueda infinita me empecé a dar cuenta de que yo rechazaba todos los departamentos que veíamos porque en realidad no quería mudarme con ella. Pero todo lo demás fue felicidad. O casi todo. [SIGUE ACÁ]
Cinco cuentos de la antología de los chanchitos fueron llevados al cine por directores argentinos en una película que se llama 5. Todavía no la vi. Me hablaron muy bien de la versión de Coger en castellanoque hizo Andy Sala.
¡Se clarifica el día! Oh viejos Elementos, dadme un poco de agua.
La ciudad ha sido invadida por el mar, pero conserva todos sus ruidos, su tráfico. Todos los rumores se han transformado en cánticos de pájaros.
Viejos árboles míos, ¿estaréis locos en la campaña? A cualquiera lo meten en un ataúd de habitación delgada hundiéndose en el mar.
¡Que un mar cálido le tape todos los nidos al alba cálida! Los ferrocarriles penetran en la arena. Uno, sordo revienta y se le abre un abismo de mar. ¡Candentes aventureros que nadie atrapa, hermanos que aún no han pasado bajo mis árboles!
Eh, monos, corregid vuestros errores: al alba cálida no se la mastica ni se la contempla. La virginidad de las ramas de las últimas sombras que nunca ha visto a un hombre, no se la holla, monos. ¡Sacadle toda la boca para el alma!
Asnos que beben en el alba tímidamente porque hay bosques que los embriagan por la noche, me encuentro bajo el mar, en una estancia de calor esmeralda. De entre ola y ola brotan los pájaros como balas de sol y saltan velozmente hacia el infierno.
¡El alba cálida es el infierno, la iniciadora de todos los amores!
Allá en el fondo la presión ha bloqueado a mi alma a lo largo, en su ataúd habitación. La ha hecho entrar rápidamente, por los pies, en el cuadro verde más infinito.
Después, cayeron ferrocarriles de punta en la arena.
Alba cálida, alba cálida, ¿Por qué acudís a mí en esta habitación tan delicada? Oh movimientos de las sombras, humedades del pañuelo de los niños, gorjeo del polvo del amor, jaulas mías colgadas en el bosque: Una liana de oro fuerte de relámpago atrapado por el bosque puede arrancar este ataúd habitación.
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Las jaulas del sol, 1960
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Una noche de junio de 1992, Francisco Madariaga leyó poemas en la casa de Félix della Paolera. La grabación de esa lectura y esa charla estuvo durante años en casette y ahora está digitalizada. En este blog vamos a ir colgando algunos poemas. El audio entero, con los comentarios de Madariaga sobre cada poema y sus historias de los antiguos gauchos de Corrientes, lo va a colgar Lucio Madariaga, el hijo del poeta, en el blog de homenaje a su padre Rincón del infinito donde está gran parte de su obra.
Acá estamos, en bermudas o shorts o bikinis o grandes mallas enterizas que intentan atajar la fofez, lo mofletudo de uno, el excedente, el tejido adiposo, lo liposuccionable que acarreamos con nosotros. Señoras como del Bosco salidas a la luz, oreando por primera vez al sol toda su carne de sombra, blanqueando su viudez amoratada; unas gallegas descendientes del mantón riguroso, del faldón hasta el suelo, del cuello alto y cerrado, de los puños abrochados, ahora ya en pelotas asándose en la arena. Cuerpos como quien lleva un barril, señores médicos con un embarazo de diez meses, encorvados, las patitas de tero, el sombrerito. Mujeres de pechos chupados, estirados hacia abajo, de la mano del responsable de semejante estrago: nenes en bombachita, como mini levantandores de pesas de medio metro de alto, nenas con la espalda negra, haciendo pozos en la orilla. Escribanos saliendo del agua con sus calvas embadurnadas de protector solar y protector lunar. Mujeres despatarradas en la arena, como caídas desde un tercer piso, boca abajo, el corpiño desabrochado; los límites del bronceado y la blancura invernal, urbana, oficinística. Viejos todavía apolíneos requemados, en slip, mostrándose parados con los brazos en jarra mirando el horizonte. Maridos malhumorados bajo la sombrilla, acurrucados, protegiéndose bajo un paraguas del gran chubasco de sol, del resplandor insoportable de la vida. Ingenieros panzones varados en la arena para siempre. Arquitectos flacos costilludos, con tendones a la vista, clavículas funcionales y rótulas. Adolescentes recién estirados con húmeros, fémures y tibias demasiado largos. Mujeres luchando ya en sus cuarenta con cuerpos cansadores que pasaron por el yoga, el tae-bo, el step, el spinning, pilates. Ninfas paradas inmóviles, esculturales en la orilla, proyectando la sombra movediza de sus personal trainers. Todo el sudor perdido para llegar hasta la gloria dorada de esta pasarela de los cuerpos tan reales, indisimulables, nuevos o vencidos. Las atrofias sinceradas bajo el cielo, la escoleosis, las várices, las manchas de nacimiento, y también la histeria de lo tirante, la bikini que justo, la micro bikini que apenas, la tanga que por un milímetro respeta el límite del tabú del pubis y el pezón. La playa como momento de gloria para los orgullosos poseedores de carnes acordemente distribuidas con los gustos de la época. El gran momento esperado todo el año por la chica narigona, feúcha, pero con linda cola. Y también la playa como momento sufriente para los otros, los acomplejados, los tímidos, los pudorosos, que son su cuerpo, no tienen un cuerpo sino que son fatalmente esa suma de detalles evidentes que asoma en el espejo. La playa como muestrario anatómico, dermatológico, caricaturesco de la bíodiversidad. Industriales de pecho canoso, políticos de pechitos caídos, licenciadas en administración de empresas con cicatrices de cesáreas, profesoras de matemática fumando y odiando todavía a sus alumnos sentadas en la orilla, apergaminadas, pecosas, un poco anaranjadas de tanto bronceador, y las tonalidades del fucsia en los recién venidos que duermen al sol, los ardores color ocaso, los elásticos del corpiño amatambrando la espalda, encarnándose, los pliegues múltiples del jefe de personal, como un sharpei albino, y el frío del mar encogiendo las bolsas escrotales de los bañistas, los surfers, los padres de familia que levantan los brazos con el agua a la cintura y hacen pis sin mirar a la orilla.
En una de nuestras últimas salidas, Ana vino a visitarme a la casa municipal de mis padres. La llevé a la heladería El Lido y cucurucho en mano fuimos en su auto a pasear por la costa. Después agarramos la Panamericana y la llevé a un telo, el legendario Jardines de Babilonia. Era un sábado y había media hora de espera. Al final nos hicieron entrar a la suite Nueva York. Dos pisos, hidromasaje y una gigantesca vista de la Gran Manzana en fibra sintética y papel cuatro colores plastificado. Cogimos con un poco de violencia. En el paseo de la costa nos cruzamos con un pibe que iba con su chica en un Fiat Spazio preparado. Con Ana discutimos: yo imaginaba un poema en el que la pareja advertía el patetismo de su ostentación fierrera cuando apagaban el motor frente al río. Ana, una chica de barrio, de Lanús, decía que el pistero nunca podía tomar conciencia de su ser pistero.
Ahora los poemas se escriben así, a la que te tiraste.
De vez en cuando hago estas figuras de alambre que después regalo o se me aplastan en las mudanzas. Son como dibujos en el aire, de una sola línea. Tenía listo un post con una analogía de esto con la escritura, pero quedaba un poco forzada. Mejor cuelgo el video nomás. Dura 2 minutos.
El domingo está desierto. La calle se alarga sin finalidad precisa. Detrás de las paredes la vida parece haber agotado su última oportunidad. Llamo al azar en algunas puertas y nadie acude. La población entera ha abandonado el planeta en automóvil. La historia ha concluído aquí. Las empresas humanas han hecho el ridículo. ¿A quién llamar por teléfono? ¿Por quién morir? ¿A quién apelar con esta mentira? Si este simulacro durara demasiado, recordaría que una vez tuve un destino y hasta un entusiasmo y que la razón de estar vivo estaba en los otros. Y no quiero imaginar mi pánico si buscando la prueba absoluta de este mundo vacío encendiera la radio portátil y me respondiera el silencio universal. Si la llegada del hombre había sido un producto casual su partida es una fuga que me excluye para que deambule como un muerto que sabe que está muerto en un domingo infinito.
El Viernes 4 de diciembre a las 19, en El Nacional, Estados Unidos 308. Presentarán la novela Marina Mariasch y Pedro Mairal Luego No-DJ Guada Gaona hará un set de música de chicas.
"Te pido un taxi es la síntesis de que una situación, escena, momento, ya no da para más. La fiesta, cualquiera que sea, se terminó. Una noche de borrachera con una amiga, una cita a ciegas armada por el enemigo, una conversación con tu madre que te hace involucionar 15 años. Vayamos más lejos. Una relación en la que dos personas ya no se reconocen, o peor, se desconocen. Te pido un taxi es la la frase que obliga a la retirada. Pero Te pido un taxi, la novela, es mucho más que eso. Es la historia de dos amigas que llegan al mismo tiempo a situaciones límites que las harán barajar y dar de nuevo. Cuando la vida no se parece en nada a lo que planearon, cuando el éxito laboral se convierte en un espejismo y el amor en una fórmula averiada, la amistad es, sin embargo, lo único seguro, el lugar en donde estar a salvo. La posibilidad de hilvanar todo aquello que parece arruinado. Mercedes Halfon y Fernanda Nicolini lograron escribir una historia verdadera, sin fórmulas fáciles. Sin artilugios. Y, sobre todo, muy divertida".
las autoras de te pido un taxi y de autobombo, fernanda y mechi, por cm