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8 de mayo de 2011

La cosa literaria

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por Damián Ríos

(leído en la presentación de "The Book of Writers" en la librería Otra lluvia, el 6 de mayo de 2011)


Vuelvo a leer un libro de Elvio Gandolfo y cuando digo vuelvo me gustaría decir más exactamente "volvemos" si no fuera por el carácter generacional que a veces adquiere esa primera persona del plural. Vuelvo a disfrutar del tono, de la estructura, del manejo de las tramas, de las escenas narradas con sensibilidad y elegancia, como hace veinte años cuando descubrí “La Reina de las nieves”, “Vivir en la salina”, “Caminando alrededor” entre tantos otros. Quise ser escritor o tener algo que ver con el mundo de la literatura por esos textos, entre algunos de otros autores que además Gandolfo se ocupaba de promover. Como me pasa desde aquel entonces, es un libro que me pide memorizarlo y pruebo… “Dicen que una vez el Zorro abrió la puerta de un lugar donde se hacía una reunión a la que él había llegado media hora antes, y se encontró ante una desconocida…”. Como me pasa desde aquel entonces con los libros de Elvio, “The Book of Writers” es un libro que hace tiempo que venía esperando y del que incluso había tenido algún adelanto. Como me va a seguir pasando con los libros de Elvio, es uno que me hubiera gustado editar, pero todo no se puede y entonces trato de copiarlo. Además, su autor se había encargado de hablar de “The Book of Writers” en algunos reportajes y el proyecto en sí me interesaba y más me interesaba que fuera él el encargado de escribirlo porque, voy a decirlo ahora, Elvio es el mejor de todos nosotros (después voy a volver sobre este punto) y este es uno de sus libros más personales en una obra, la de Elvio, que está poblada de libros personales, únicos en su especie, siempre corridos gratamente de lo que sus lectores esperamos.

¿En qué especie o categoría me ubico cuando digo “nosotros” o antes cuando quise decir “volvemos”? En una especie, tal vez una raza, que “The Book of Writers” describe muy bien: la especie de los escritores que andamos dando vueltas por el mundo, tratando de componer buenas frases en alguna lengua en la que de a poco vamos adquiriendo destrezas pero que siempre nos resulta un poco ajena y que usamos, con mayor o menor pericia, algo extrañados. La apuesta en “The Book Of Writers” es elidir los nombres propios para desnudar los sistemas literarios, sus modos de funcionamiento, sus procedimientos, el modo en que los integrantes de esa especie “triunfan” o “fracasan”, sus grandezas y pequeñas miserias, en suma, para acercarse a los miembros de esa especie con ojo de escritor, de crítico, de periodista, algunas de las cosas que es Elvio, sin el peso del chisme; más bien, para ubicar al chisme en el mejor lugar de la literatura: aquel en donde el nombre propio no importa porque importa el sistema que hace funcionar y en el que funciona. Gandolfo se vale de un título en inglés y de la elisión de los nombres propios para acercarse mejor a la cosa literaria, eso que es tan difícil de definir pero que termina dándonos un destino y una razón de ser en un mundo a lectores y escritores, aunque ese mundo esté reducido a unas pocas personas e incluso a algunas pocas cuadras, cuyo carácter se nos escapa una y otra vez y que nos resulta misterioso.

Se podría decir que son historias gandolfianas, y si aceptamos eso, tenemos que decir que “Acto de desaparición” y “El juguete roto” están entre los mejores relatos que se pueden leer en narrativa en estos tiempos. Precisión, lenguaje, tensión, mirada: todos recursos admirablemente manejados que se ponen al servicio del arte de narrar en un nivel al que sólo de vez en cuando se llega y a veces no se llega nunca. Aunque en este libro, Elvio Gandolfo nos muestra que se puede llegar si se siguen unas pocas reglas que uno mismo se impone, y si uno también sabe abandonarlas o romperlas, siempre y cuando esos movimientos sean, o parezcan ser, absolutamente personales. Reglas que no se oponen a las modas pero que por efecto de su capricho parecen pensadas por afuera de la corriente y, como en este caso, hablan mejor de los sistemas, de los ambientes, sin ironías. Por ejemplo, para hablar y pensar mejor a la especie de los escritores o escritoras es mejor no nombrarlos. Por eso Gandolfo generaliza cuando habla de “Fulano”, de “Universidad de Lovaina” o de la revista “Línea clara”: truco para ahorrar esfuerzo y pegar mejor y con fuerza en el medio, en lo que importa. Por ejemplo, hablar de un Fulano diciendo (necesito citar): “Lo curioso era esto: yo entraba a la librería y él estaba en el mostrador, un tipo común, de lentes, no demasiado bien vestido. En otras palabras, a su manera, con diferencias de todo tipo (de formación, incluso de repercusión) un tipo como yo, un tipo como uno. Así que nos veíamos, y con cierta recatada alegría decíamos: ¡Fulano! ¡Mengano! Y después: cómo estás, cómo andás. Pero luego, casi al instante, aunque sin dejar de colgar una o dos frases en el aire sobre un libro o un autor reciente, él empezaba a irse, sin irse del todo al principio, pero yéndose al fin y al cabo bastante rápido (digamos diez, quince segundos). Ya no estaba.”

Cuando muchos de nosotros empezamos a escribir o a leer, los libros de Gandolfo ya estaban y habían estado antes sus reseñas, las revistas que había fundado y dirigido, sus prólogos, las colecciones que dirigió, sus traducciones, y si tenemos que hacer un conteo de la cantidad de escritores a los que de alguna manera se ha referido en esas labores suman varios centenares: miles de páginas rigurosamente leídas y tratadas con inteligencia. El nombre de Gandolfo está de alguna manera constelado en esos escritores. Como siempre fue curioso, trabajador y generoso, a veces parece que hubiera escrito sobre todo lo que importa o importó leer, y siempre que alguien se “consagra”, “llega”, uno se acuerda de una nota de Elvio, de hace mucho. Ya está, entonces: hay que decir que Elvio hizo mucho por poner en circulación o ayudar a poner en circulación nombres propios de nuestra y de otras literaturas. “The Book Of Writers”, entonces, narra el modo en que funcionamos, el sistema que contiene, y eso quiere decir que habla de nadie en general y de todos nosotros en particular, y lo hace de una manera hermosa –a veces pasan cosas hermosas, a veces se publican libros hermosos- porque la literatura de Elvio Gandolfo lo es.






12 de noviembre de 2010

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El trayeco desde Entre Ríos a Buenos Aires es uno de los grandes desvíos de la literatura argentina -Juanele, Zelarayán, Durand, Ríos. ¿Cuánto influye el pasaje de ese corto viaje de la escritura?

Larga payada hecha de digresiones y de afectos, Enterrianos es un libro de amor. Porque hay uno que escribe, otra que lee y una historia que termina bien. Las frases de esta novela primero formaron cartas, que fueron echadas por debajo de la puerta de la chica, y no esperaban respuesta; después se transformaron en capítulos, y con el título de Habrá que poner la luz simularon ser una novela que circuló entre algunos amigos a fines del siglo pasado bajo el sello Ediciones del Diego. Eloísa Cartonera las rescató e hizo una versión en 2003. La novela se fue desprendiendo de esos capítulos que pasaron a integrar libros de poemas y también antologías varias y de a poco volvieron a ser cartas y por último nuevamente frases. Ahora Mansalva vuelve a recopilarlas, agrega fragmentos inéditos, desdeña partes completas, tacha, prosifica versos, suma personajes, integra, reordena y bajo el título de Entrerrianos vuelve a simular una novela. Esta es la historia de unas frases entonadas para seducir.
(Contratapa)

18 de septiembre de 2010

Damián Ríos

Con una especie de ansiedad feliz o de nostalgia de futuro, estoy esperando un libro de Damián que se va a llamar Entrerrianos y va a salir en Mansalva dentro de poco. Mientras tanto Cecilia Pavón subió a su blog un texto que Ríos leyó en el ciclo Miau Miau: "Hola, te decía en el otro mail que ando con ganas de escribir, como si le debiera algo a alguien..."

10 de noviembre de 2007

Artículo sobre la novela de Damián Ríos "Habrá que poner la luz"


"Ríos elude toda impostación, todo impacto; quiere ser sincero, creíble, honesto, ser él mismo quien habla. Es el más cotidiano de todos los autores, y esto es posible porque Ríos mismo es esencialmente un lector, lo que significa que su relación con el horizonte de expectativas del lector es natural, clara, que no pretende impresionar por el lado de la exageración, que no considera que haya que violar nada; semejante tranquilidad es de apreciar en un momento en que algunos nuevos narradores hacen del bullicio un salvoconducto o una justificación".
(de Violeta Kesselman y Ana Mazzoni en revista Planta, "Damián Ríos: aprender, leer, escribir")
Y acá el texto completo de "Habrá que poner la luz" (muy recomendable; es una novela corta que se lee en una o dos horas).

16 de diciembre de 2006

La misma luz en todas partes

por Damián Ríos



Este es un poema dedicado:

Marina, Julia, Germán, Mariano.








Empecé otro
sobre bichitos de luz, aviones
y ruidos de gente sola que se conecta
a cualquier hora o
llama por teléfono y todo se mezcla
con el pedo de mi viejo un verano
a las tres de la tarde,
cuando no es mi viejo todavía,
es mi papá,
y falta un rato para que empiece a entender,
tengo los pies metidos en el barro.

O las luces de los aviones
o las de los bichitos de luz,
o las que se reflejan en las caras de los
que hacen fuerza con los dedos,
los codos, los hombros y teclean:
serán las tres?
Son las tres o las diez,
hay sol, en algunas partes soy el uno
que se ceba un mate en un pe hache
en planta baja, arriba duermen ellas,
se dan vuelta, me tropiezo con un zapato,
pateo una caja de pastillas,
está oscuro.



Ay, cómo me duele la nuca
de tanto mirar de los aviones las luces
de los bichitos que andan al ras del piso
y se apagan, allá está, no, está allá, está:
el movimiento
para agarrar un bichito
de luz debe ser armónico
y calculado,
inclinando apenas los hombros y pensando vas a ver
bichito, vas a ver.
Después, cerrar las manos como un cuenco para estudiarlo.
Si se prende es porque está asustado,
si se apaga es porque está buscando novia
y piensa que para buscar novia
hay que ser medio canuto.



Ay, esa rama de sauce que una tarde mete
y saca del agua mi viejo, hace calor,
sigue sentado con el agua hasta
las rodillas al lado del titi,
su mejor amigo, me acerco y los miro.

¿Están en pedo?
Sí, están en pedo.
Todos merecemos estar en pedo.
Todos merecemos estar en pedo.
Todos merecemos estar en pedo.



Ayyy, cómo me duele la nuca
de tanto mirar aviones, luces, no es verano,
es primavera y el cielo está más negro
que nunca las estrellas esplenden porque la luna
se ve entera exactamente al otro
lado del mundo, o no, donde un joven maestro
chino la mira brillar y piensa con desdén
en los que están de este lado,
tengo los pies en el barro frío
y de abajo brota un olor húmedo y verde,
quiero fumar para secarme la boca.



El piloto, el copiloto y la azafata
cruzan el cielo manejando
y ven apenas un manchoncito de luz
que viene a ser el pueblito dónde mamá me dice que
qué ando haciendo en el bajo a esta hora,
cazando bichitos enamorados, mami,
los tripulantes me miran desde la cabina
y soy esta sombra buscándole la vuelta a esto,
se me va de la cabeza,
mi viejo no deja de sorprenderse
mientras mete y saca la rama del agua,
le pone el ojo, digamos, y después
lo mira al titi que asiente y mi primo me codea
(están en pedo, dice)
y a mí me gustaría poder contar
ahora una historia, sólo para ser bueno,
sólo para salvarme,
que tiene a una chica apenas iluminada
por el resplandor de su pantalla
a las tres de la mañana,
el pelo negro. Le gustaría estar durmiendo
para responder al otro día: estoy bien.

En una casa que no es su casa,
se mueve, va a su cuarto de dormir sola,
¿hay una escalera?,
corre algunos libros y abajo la pantalla se
apaga, pac, automática.



Y mi viejo que vuelve
a sacar la rama del agua, está en cuero,
el titi tiene la camisa desabrochada
medio flameando, al contrario de
sus rulos, firmes, ¿se quedará pelado
en alguna parte de esto
que va, viene y no sabe
para donde agarrar?



El uno baja al chino a comprar
cigarrillos y con la primera pitada
se empieza a llenar toda su casa de luz,
es decir que los dientes, los pulmones, el corazón
del uno brillan en la oscuridad
y le hace señas de luces al piloto diciendo
ey, entregá la azafata que acá abajo,
nunca, dice el piloto, acá estamos iluminados
por las luces del tablero.



La chica de nuevo baja las escaleras
haciendo el ruido
de la noche. El ruido de la noche es
igual y distinto en todas partes:
es el ruido del teclado,
de las ranas, de las puertas,
del ventilador de la cpu,
de la respiración pesada de los que duermen bien,
de la liviana de los que duermen mal,
de los ojos bien abiertos de
los que no pueden dormir y
agarran un cigarrillo con la mano izquierda
y con la derecha el encendedor,
e inclinan apenas las cabezas
que ahora también resplandecen, débiles.

Buenos Aires es un panal
de bichitos en el horizonte.

Que lo parió, dice mi papá,
y me mira. Se apaga
el sol, la siesta entera queda
a oscuras, y sólo mi papá y yo,
iluminados, empezamos a explicarnos
con los pantalones arremangados,
y una rama en la mano
que entra y sale de lo oscuro
por la que sube un caminito de hormigas
que después de estar un rato
abajo del agua sin respirar, no se ahogan.
No se ahogan. No se mueren.
¡Es raro!

¿Entendés?

sí



todos merecemos estar en pedo
todos el uno el miguel la guadalupe la chichita la cecilia la cecilia la cecilia la cecilia lupe eleonora el chichí el puto elías el todos taco julia gaby fernanda josé silvia ilona todos ilu uli merecemos marina todos merecemos germán mariano nico estar julia marianino juancito ariel en pedo todos merecemos papá estar todos merecemos estar mamá en pedo

Todos merecemos estar en pedo
Todos merecemos estar en pedo
Todos merecemos estar en pedo
estar en pedo
estar en pedo