30 de abril de 2011

Aullidos en la Web

Pedro Mairal


He visto a las mejores mentes de mi generación destruidas por la red de redes, con la banda ancha clavada en la vena, twitteando desaforadamente hacia la nada, hacia la hiperconexión del autista flotante. Se podría parafrasear así largamente a Allen Ginsberg en su poema Aullido, del que ahora sale una adaptación al cine. ¿Será la primera vez que se adapta, ya no una novela o un cuento, sino un poema a la pantalla grande? Claro que lo que se adapta no es sólo el poema sino la historia del poema censurado con el típico juicio oral por inmoralidad americana incluido. Y como no podía ser de otra manera, a Ginsberg, aquel barbudo anteojudo nada lindo, lo interpreta el carilindo James Franco que ya hizo de James Dean.

En fin, volviendo a las redes sociales, me asusta la ausencia mental de algunos amigos y amigas durante reuniones, pispeando la BlackBerry o el iPhone por debajo de la mesa, sonriendo apenas, como si nadie se diera cuenta, participando de otras reuniones paralelas en la nube de la Web. ¿Estás acá o en otro lado? En los dos lados, me dicen. Parezco una maestra de escuela pidiendo atención a los niños díscolos. En algún momento van a lograr hacerlo sin mirar la pantallita y ahí serán plenamente felices. Te mirarán a la cara y estarán en otro lado. Los he reprendido. Se confiesan adictos, se desintoxican durante unos días tratando de no conectarse hasta que reinciden.

Les cuesta cada vez más socializarse de otra manera, se deprimen si nadie les contesta, si no hay “faveos”, algo en el inbox, o un “me gusta”. Necesitan esa ida y vuelta que los afirma. Se les agrega gente que no conocen, pero a la que logran conocer en segundos, porque se arman un perfil global muy rápido de fotos y Facebook, saben dónde trabaja esa persona, qué estudió, si tiene novio o novia, si está casado o casada y cuántos hijos tiene o si no quiere tener, qué está haciendo en ese momento, y qué música está escuchando. Tienen el cráneo de cristal y se pueden ver entre ellos todos sus recuerdos, fantasías y emociones. Se abruman con toda la info ajena y dejan atrás huellas imborrables de todo, y para no seguir cruzándose con sus ex en la Red se encandadan los unos a los otros, se bloquean, se cambian el nick, emigran a otras cuentas. Están en Twitter, Facebook, Lastfm, Vimeo, YouTube, Scribd, Topickr, Blogger, Gmail... Todo a la vez, colapsados de actividad digital. No la pasan bien, ellos mismos me lo confiesan.

Internet parece haber traído nuevas formas de la angustia. El otro día veía al Ninja peleando en un ring de valetodo contra Yacaré. Dos patovicas gigantes. El Ninja lo derribó al oponente en diez segundos con una trompada cruzada a la mandíbula y le quiso seguir pegando en el suelo. Se lo tuvieron que sacar de encima al caído porque si no lo mataba. Y el Ninja saltaba cuando le levantaban el brazo triunfador, gritaba eufórico para las cámaras: “Esto es para cerrarles el culo a todos los giles que hablan mal de mí en los foros de Internet”. Pobre Ninja, yo lo banco.

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Perfil, 30 de abril de 2011

28 de abril de 2011

Amor Jurídico

Pedro Mairal


Durante once años trabajé dando cursos de redacción para abogados, intentando que escribieran de manera más simple. Lo que me decidió a renunciar fue una carta de amor. Un abogado la escribió para una colega y me pidió que la corrigiera porque le sonaba demasiado jurídica. La carta decía así: Mediante la presente, el Dr. Leopoldo Justo (en adelante “yo”) me dirijo a la Dra. Beatriz Galíndez (en adelante “Bichi”) en mi carácter de aspirante a su impulsor de la sangre (en adelante “corazón”) a los efectos de proceder a informarle acerca de mis intenciones para con su persona física y espiritual porcentualmente. Bichi, Ud. y yo (en adelante denominados conjuntamente “nosotros”) podríamos ser tan felices. A modo ejemplificativo, solicito se arrogue Ud. la autorización de imaginar el sano esparcimiento junto a mi persona jurídica entre nuestros bienes muebles y nuestros bienes inmuebles, esto sin perjuicio de la generalidad de lo dispuesto anteriormente y poniendo a su disposición las llaves que permitan el acceso a la felicidad de tales inmuebles y correspondientes resguardos. A mayor abundamiento, Bichi, expreso que en ocasiones temo su recusación, pero si Ud. en los términos y condiciones pactados me suministrara apenas un intercambio de movimientos labiales (en adelante “besos”), se cumpliría así el requisito del consentimiento conyugal establecido en el art. 1277 del Código Civil, quedando así evidenciado que resulta improcedente el temor antes mencionado. De todos modos, conforme a lo originariamente convenido, si Ud. así no lo deseara y me lo manifestara tal como lo hiciere el día próximo pasado, mediante la sonora aplicación de sus dedos sobre mi maxilar izquierdo (en adelante “cachetazo”), tendré por irrevocablemente asumida su negativa. Atento a lo antedicho y luego de analizar profundamente las posibilidades que yo tuviere para establecer el acercamiento ilusionado, he decidido comunicarme con su persona mediante la presente para que Ud. decida, una vez evaluada la situación, las medidas cautelares a tomar respecto de mi apasionada iniciativa. Espero que dichas medidas disminuyan considerablemente el riesgo de algún tipo de impugnación y/u objeción ulterior por su parte. Por los argumentos expuestos y a los efectos de que mis sentimientos no fueren desinterpretados, el abajo firmante se despide con la esperanza de que no se prorrogue la implementación de un acuerdo definitivo entre ambas partes. Bichi, sin otro particular la saludo atentamente y, conforme lo ya acordado, le adjunto mi corazón.

Perfil, 23 de abril de 2011

26 de abril de 2011

Coequiper




Epa. No está trucada. Es mi coequiper en Impreso en Argentina, el historietista y dibujante Juan Sáenz Valiente, que además es audaz con el skate (streetboard, me corrige). Acá abajo, algunos de sus libros y fanzines. Algún día vamos a hacer uno juntos.


foto de arriba: nicolás vasen

Este miércoles, El juguete rabioso


Ya empezaron a dar el programa Impreso en Argentina donde estoy con el dibujante Juan Sáenz Valiente. En cada capítulo transformamos un libro del siglo XX argentino en su versión de historieta. Ya pasó el miércoles pasado La invención de Morel de Bioy Casares. A partir del miércoles 27 de abril vendrán El juguete rabioso de Arlt, Enero de Sara Gallardo, El Aleph de Borges, Cuentos de locura de amor y de muerte de Quiroga, Misteriosa Buenos Aires de Mujica Láinez, Rayuela de Cortázar, y otros. No sé si saldrán en ese orden. Lo dan por canal Encuentro (canal 6 de cablevisión y multicanal, 126 de direct tv, o en vivo acá en la página web del canal.)
Se emite los miércoles a las 20:30, los jueves a las 18, y los viernes a las 8 y a las 10:30.
Los entrevistados de este miércoles en el capítulo de El juguete rabioso: Mirta Arlt, Sylvia Saítta, y Ricardo Ragendorfer.
En la foto: Mirta Arlt, por Angel González

19 de abril de 2011

Guadalupe Gaona - Historia y estética de la fotografía


CURSO: HISTORIA Y ESTETICA DE LA FOTOGRAFIA

POR GUADALUPE GAONA


-Introducción a la noción de imagen. Especificidad de la imagen fotográfica. Ontología de la imagen fotográfica. Los presupuestos técnicos de la fotografía. La cuestión de la analogía. Diferencia entre fotografía y cine, fotografía y pintura.


-La cámara oscura. 1839: los primeros descubrimientos para fijar una imagen. El daguerrotipo. El calotipo. La popularización del retrato. Los retratos de Nadar. La conquista de la acción. Fotografía pictorialista vs documentalismo. El concepto de inconciente óptico de Walter Benjamin. El significado y la historia de la fotografía en Sobre la fotografía de Susan Sontag. Los fotógrafos: Robert Frank, Diane Arbus, Richard Avedon.


-Tendencias en la fotografía artística. La Creación de un acto para la cámara: la influencia del arte conceptual en la fotografía. Estudio sobre las fotografías de Philip Lorca di Corcia y Sophie Calle. La narración en una imagen. Jeff Wall, Philip Lorca di Corcia, Sharon Lockhart y Sarah Jones. Dead Pan: La mirada impasible. La vuelta al gran formato. La representación del espacio. (Fotografía Alemana. Los alumnos de Bern y Hilla Becher: Thomas Struth, Thomas Ruff, Candida Höffer, Andrea Gursky.) El retrato: De August Sander a Rinike Dijkstra. Vida íntima: Nan Goldin, Nobuyoshi Araki, Wolfgang Tillmans.


inicio del curso: viernes 6 de mayo, 11 hs. duración dos meses.

MERIDION ac

INFORMES E INSCRIPCIÓN:

meridion.meridion@gmail.com
Chile 1331 Montserrat

Estreno



14 de abril de 2011

Impreso en Argentina - Miércoles 20 de abril

El primer capítulo de Impreso en Argentina, es sobre La invención de Morel, de Bioy Casares. Lo dan el 20 de abril a las 20:30 por canal Encuentro (canal 6 en Cablevisión y Multicanal, canal 126 en Direct TV).

6 de marzo de 2011

Media docena

Pedro Mairal

Una novela que siga la historia de media docena de huevos desde el vientre de la gallina ponedora hasta su destino sudamericano cuando la mucama chaqueña los saca de la góndola del Disco, los pone en el carrito, al lado de las endivias y la caja de Earl Grey que figura en la lista que le escribió la señora, y deja el pedido para envío y van a parar al departamento en Avenida Libertador, donde los primeros dos se los come la hija mayor revueltos y con pimienta apurada saliendo para la productora de publicidad donde trabaja, el tercero se lo lleva el hermano más chico para una manualidad en el colegio donde lo van a vaciar y a pintar como un jugador de fútbol con la camiseta de la selección, el cuarto y el quinto se los come duros y picados en una ensalada con endivias la madre con sus amigas de yoga, y el sexto lo agarra la hija del medio con caja y todo para tirárselo por la cabeza a Vargas Llosa en la inauguración de la Feria del Libro, para demostrar que es un operador de la derecha internacional, aunque no lo leyó pero le cae mal porque se parece un poco a su papá que ahora está de viaje de negocios en Toronto, así que el huevo viaja en su mochila en el 37 junto a su novio que conoció en la plaza cuando murió Néstor y ella se sumaba a los saltos y los cantitos de “che gorila, che gorila, no te lo decimos más si la tocan a Cristina qué quilombo se va a armar” y se besaron llorando, así que ahí va el huevo que parece tener un glorioso destino de huevazo hasta que en el tumulto, un amigo del novio le dice que los muchachos de La Cámpora bajaron línea de que no vuele una mosca y el huevo vuelve a la heladera de donde lo saca la chaqueña a los tres días y se lo come de parada, frito y con cebolla, tarareando una canción de Justin Bieber.

(Perfil, 5 de marzo de 2011)

24 de febrero de 2011

El equilibrio

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Pedro Mairal

Cuando le propone a su hijo enseñarle a andar en bicicleta, el hijo le dice: mejor cuando sea adolescente, pa. Como padre le parece que ése es uno de sus deberes. Tenés que aprender a andar en bici, es como aprender a nadar; al principio te costó pero después pudiste y no te olvidaste más. Pero al hijo no lo convence el argumento. Para un chico de departamento, la bicicleta no presenta demasiados atractivos. No puede salir solo, no puede dar la vuelta a la manzana, no hay bandas de amigos que andan juntos pedaleando, jugando carreras. Igual el padre compra la bicicleta y ahí queda un tiempo como una máquina rara que estorba en el lavadero. El hijo la mira como si fuera un invento de otra época, un aparato un poco absurdo, ideado por Leonardo da Vinci. Él juega en la PlayStation al BMX (Bicycle Moto Cross), unos especies de saltos ornamentales pero en bicicleta. Su avatar sube montañas en bici, salta, hace giros de 360 grados hacia atrás y encima lo aplaude un estadio entero. Convencerlo de pasar de eso a la iniciación con rueditas se hace duro. No quiere que lo vea nadie. Entonces van al KDT, donde hay unos caminitos desiertos. El chico pedalea humillado por la realidad no virtual, enojadísimo con la torpeza de ese aparato casi ortopédico que oscila de una ruedita a otra. Prueban sacando las rueditas. No hay forma. Se cae hacia un costado; el padre lo sostiene y el hijo pedalea en un plano inclinado, diciéndole que no puede, y llora. Se van. A la noche el padre no se puede enderezar por el dolor de espalda. Un desastre. Se siente mal padre. Se cuestiona si realmente saber andar en bici será hoy día algo tan necesario. Vuelven varias veces y todo sigue igual: cuando lo suelta el hijo se cae. Tenés que encontrar el equilibrio, le dice. ¿Pero cómo se enseña eso? ¿Qué quiere decir encontrar el equilibrio? Pasa un tiempo y una tarde lo lleva a la Costanera Sur y le dice: ya no te agarro más. Después de unos intentos de arranque, el hijo pedalea con bronca, zigzaguea dudoso y dibuja una línea con las ruedas, encuentra algo, sigue. Después frena y se da vuelta. ¿Me viste, pa?



Perfil, 18/2/2011

18 de febrero de 2011

Mujer dormida

No es de Botero ni de Picasso. La hizo alguien hace 5000 años, en el Neolítico, en la isla de Malta. Ahí la encontraron. Dicen que representa a una sacerdotisa soñando sus oráculos, una figura religiosa que con su sueño vincula la vida con la muerte. Pero cómo saberlo. Es una gorda hermosa dormida, y con eso ya encierra en sí misma suficiente magia. Que nadie la despierte. Quizás esté soñando el mundo.

11 de febrero de 2011

9 de febrero de 2011

El curandero


Hoy miércoles 9, con un dibujo de Rep, salió en Página12 el cuento El curandero del amor, de Cucurto, con un texto de él sobre el cuento, donde dice que reelaborar la realidad es una forma de ser piadoso con ella.




3 de febrero de 2011

Preparando más alambres



Como mudándose de zoológico la jirafa asoma la cabeza por afuera de la caja. No puede esperar. Salieron otros bichos este verano. En cuanto los acomode un poco, hago el video y lo cuelgo acá. Siempre me gustó febrero.


30 de enero de 2011

Verano en la ciudad a bordo del 160

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por Marina Kogan

De marzo a diciembre, en el colectivo 160, se ven jóvenes con carpetas de dibujo, chicas con su indumentaria diseñada, lentes de cine independiente, maquetas de edificios soñados, y sueños con plantas, organismos, estrellas y teorías matemáticas.
También, jóvenes que esperan terminar el ciclo básico con algo de ansiedad por empezar su carrera y estar enserio en la facultad.
O no. Jóvenes que simplemente van y vienen y ven por la ventana del 160 (A) cómo pasan los días entre el Río de la Plata y los aviones de Aeroparque.

Entre enero y marzo, alrededor de las siete de la tarde, en el 160, olor a transpiración mezclado con el cloro de una pileta masiva, musculosas y bikinis, ojotas para todos, piel bronceada y lentes de sol. Chicas sueñan con chicos mientras ellos las miran pasar antes de sumergirse en el agua y por qué no unos besos, entre conversaciones que quizá empezaron al sol, en el borde de la pileta, entre mate y mate de un termo que se termina en el colectivo, antes del saludo que los despide cuando uno tiene que bajar.
O no. Jóvenes que simplemente van y vienen y ven por ventana del 160 (A) cómo pasan los días entre el Río de la Plata y los aviones de Aeroparque.

27 de enero del 2006

26 de enero de 2011

Poema XXVIII de Trilce

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César Vallejo

He almorzado solo ahora, y no he tenido
madre, ni súplica, ni sírvete, ni agua,
ni padre que, en el facundo ofertorio
de los choclos, pregunte para su tardanza
de imagen, por los broches mayores del sonido.

Cómo iba yo a almorzar. Cómo me iba a servir
de tales platos distantes esas cosas,
cuando habráse quebrado el propio hogar,
cuando no asoma ni madre a los labios.
Cómo iba yo a almorzar nonada.


A la mesa de un buen amigo he almorzado
con su padre recién llegado del mundo,
con sus canas tías que hablan
en tordillo retinte de porcelana,
bisbiseando por todos sus viudos alvéolos;
y con cubiertos francos de alegres tiroriros,
porque estánse en su casa. Así, ¡qué gracia!
Y me han dolido los cuchillos
de esta mesa en todo el paladar.

El yantar de estas mesas así, en que se prueba
amor ajeno en vez del propio amor,
torna tierra el bocado que no brinda la
MADRE,
hace golpe la dura deglución; el dulce,
hiel; aceite funéreo, el café.

Cuando ya se ha quebrado el propio hogar,
y el sírvete materno no sale de la
tumba,
la cocina a oscuras, la miseria de amor.


1922

13 de enero de 2011

Palermoma

Pedro Mairal

Una amiga tiene en Palermo un departamento de dos ambientes y terracita con hamaca paraguaya y estrellas. A veces se va y me lo presta. Yo, parasitario, me instalo y soy feliz por unos días. El único problema que tengo en esa zona es la comida. En uno de los lugares con mayor concentración de restaurantes por cuadra, no se puede comer. Todos son bares de diseño, con mozas minimalistas que están pensando en su último parcial. Todo Palermo quiere ser un restaurante del MOMA.

Paren. No metan el yo en la gastronomía. No metan la pretensión socio-artística en algo que tiene que ser honesto y directo. Den de comer. Tuve que deambular buscando no sabía bien qué, perdido. Había un lugar que en vez de menú tenía unas boletas como las de votar con el nombre de los platos. No me causó gracia. No es mala onda. Es diseño-fobia. Mi estómago no es conceptual.
El único boliche que conocía por la zona es el Club Eros, un restaurante de barrio auténtico, pero estaba repleto, había cola, porque los argentinos –o los extranjeros que llevan en el país más de dos semanas– no son tontos. Se dan cuenta dónde hay comida. Los barcitos y restós con decorado de Sex & the City están vacíos. A veces, adentro hay dos amigos del dueño que van a hacerle la banca. Caminé mucho entre gente semidescalza que hablaba de primeros planos y cosas así. Cineastas con rastas, cinerrastas.

Al final en Gorriti y una después de Uriarte (para el lado de Juan B. Justo) encontré una parrilla real. Me senté en las mesitas de afuera y sin mirar el menú, pedí una tira de asado, una mixta y un porrón de cerveza. Qué felicidad: la panera de plástico rojo, la aceitera y vinagrera pegajosas, la bandejita de aluminio ovalada con la carne, el vaso de vidrio grueso que parecía un vaso de vidrio, el Tramontina con mango negro de plástico, el precio justo, el mozo con buena memoria. Comida para el hombre solo. Gracias, le dije al mozo cuando me iba, pero no sé si entendió a qué me refería.


(Perfil, 8 de enero de 2011)

31 de diciembre de 2010

La nieve, la electricidad

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por Luis Chaves



La ropa tendida
y esas nubes.


Hay un perro nuevo,
me sigue a todas partes
aquí está debajo de la mesa,

cuando llueve con truenos
se clava al piso y no lo mueve nadie.

La casa está igual
menos la cocina,
la ampliamos botando la pared de atrás.
Ahora es más moderna,
tiene mostrador de granito
como en las revistas que mandaste,
cuando mandabas cosas.


Pusimos piedras blancas en el jardín,
hacen camino hasta la puerta.
Antes de llover
o cuando ya casi oscureció
entra el olor de la albahaca.
Eso tampoco ha cambiado,
todos los días
de todos los años,
esté quién esté,
ese aroma entra apenas
a la parte de la casa
que da al jardín
como siguiendo el camino de piedras.
Entra la albahaca
luego llueve
u oscurece.


Tenemos la misma tele
aunque parezca mentira.
Anoche, por cierto,
mientras pensaba en otra cosa
en un programa pasaban
la imagen de unas torres enormes
clavadas en campos verdes
para sacar electricidad del viento.
Todas en fila, formadas,
las hélices enormes y lentas
giraban a destiempo,
perdían la sincronización.


Entonces dejé la otra cosa
y pensé en eso
un buen rato:
cómo sería ir ahí,
el silencio mecánico talvez
al pie de una torre.
Luego me quedé dormida.


Afuera pasan las nubes
en formación,
las piedras del cielo parecen,
piedras rodantes.


Va a llover
y tengo ropa tendida.
Los truenos son el sonido
de la electricidad.
Pienso esa frase de revista
mientras el perro tiembla,
atornillado al piso.


Puede ser tu lugar
donde están esas torres,
no entendí mucho
era el canal alemán o el francés,
a mí me confunden igual.
Unas praderas extensas,
parches verdes
de gramíneas diferentes
como corrientes de agua
o manchas de diesel
que se juntan
sin mezclarse.


Cómo será tu casa,
la ruta que lleva a la puerta,
la ropa secándose en un balcón.
En la tele veo programas de lugares y viajes
como el de anoche
o uno con gente rodeada de blanco
hundida hasta las rodillas.
Luego el mismo lugar sin gente,
sin otro sonido que el tic tac interno,
el que no viene del televisor.


Daban ganas de estar ahí.
La nieve en la tele,
detrás de la electricidad,
me pregunto cosas,
tu lugar, qué pensarás
antes de que llueva
o anochezca,
cosas así pienso
hasta que me duermo.


Me sigue el perro
pero se queda afuera,
al pie de la puerta.
No entra a este sueño
como de aspas gigantes
en cámara lenta,
la nieve al otro lado
de la electricidad.


Huele a albahaca,
es de noche
o va a llover.


Cuánto pesarán,
me pregunto,
sacando la mano
por el balcón de tu casa,
los copos,
los copos de nieve,
cuánto duran en la mano.


***


http://www.tetrabrik.blogspot.com/
Luis Chaves acaba de publicar en Costa Rica un libro de prosas cortas con el título de "300 páginas", una autobiografía no autorizada.


23 de diciembre de 2010

Sobre "Abejas" de Alejandro Crotto



Tradiciones contradictorias




por Diana Belessi


Pocas veces el primer libro de un poeta joven irrumpe en la escena de Buenos Aires con tal intensidad, y toma mi corazón por completo. Hablo de Abejas, de Alejandro Crotto, publicado por ediciones Bajo la Luna. Leí a este muchacho, por primera vez, meses antes de la aparición del libro, en Diario de Poesía, y fue tal la emoción, el estado de plenitud que me produjo, que no dudé en buscar el blog que tenía anunciado y le envié un mensaje diciéndole que sus poemas eran maravillosos. Gesto raro en mí, me asusté después de haberlo hecho, pero su austera respuesta me tranquilizó, y tardé más de dos años en conocerlo personalmente. Su erudición y su memoria me parecieron inconmensurables. También su candidez. Si ésta prima sobre aquéllas, salvando el corazón y la cabeza, Alejandro Crotto será un gran poeta, como lo es en este pequeño libro que acaba de publicar hace apenas un año.

Cuando trato de ver cómo lo logra, veo en primer lugar la masa musical que despliega cada poema, especialmente los largos, como “Las palomas”, o “En el haras Vadarkablar”. Cuenta, sin afeites, una anécdota, con un casi infaltable acento sobre la sexta, o la cuarta y la octava, mostrando en su base rítmica que no le es ajena la versificación en lengua castellana, desde el Renacimiento hasta el Modernismo, y dejando al poema ser libre en su tradición de ruptura, buscando en los quiebres melódicos el sentido que lo llevó a escribirlo. Abejas reúne tradiciones que parecen contradictorias, o al menos suele vérselas así en la arena arena local de la poesía. El ejercicio de la traducción, esa enorme escuela, retumba al mismo tiempo.

Cuenta, a la manera de la poesía, historias mínimas que se vuelven, en su envés, inmensas: caza, desplume de palomas; el apareamiento de una yegua; el instante previo a comer unos tallarines; las abejas que mueren de sed sobre una palangana de agua; etc. Y en la vibrante evocación de una imagen natural, los sentidos se agigantan.

Esto sostiene también la magia de los poemas breves, como “Hilo”, donde interrumpe la sintaxis con una larga frase comparativa, para rematar al final, con dos verbos, aquello que empezó diciendo allá atrás: “vaya salándome en su toque eso que en mí […], titila, quiere”. O de ese otro, ricamente aliterativo, cuyo final parece marcar la poética de este libro: “De lo que abunda / el corazón hable la boca”. Es fácil decir de un libro de poemas que es bueno y hermoso; es difícil explicar por qué. Ojalá estas líneas inviten a leerlo sin preguntarse nada, en la eucaristía del lector con el poema.
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Revista Ñ, 18 de diciembre de 2010

13 de diciembre de 2010

El hombre polar regresa a Stuttgart


Contratapa de El hombre polar regresa a Stuttgart

por Silvio Mattoni

Si fuera un lector real, atolondrado, diría: “El hombre polar es el mejor libro de Cucurto”. Y como sí soy un lector, también esa impresión del libro es verdad. Aquí el lenguaje tropical ha retrocedido un poco, porque han llevado a nuestro héroe al corazón de Europa, donde el sol no calienta. Pero el viaje le templa la voz y hace más fuerte la sinceridad, esa ilusión de decir algo que hace vivir un poema. En este caso, muchos: cada uno memorable. Chocan al principio entre sí las imágenes del mundo embellecido, a la vez antiguo y superdesarrollado, de una Alemania boscosa y urbana, contra lo que trae adentro un joven escritor sudamericano. La poesía le dice: “sacá todo, no dejés nada sin observar, ganá lo que puedas y multiplícate, agarrá la ocasión de los pelos…” Aunque a veces la melancolía, como una contradictoria niebla que abruma al bosque desconocido, llega hasta el ánimo del que escribe. Pero sigue escribiendo; los versos son su estufa inmanente, interior. La memoria le dicta las historias familiares, las interrogaciones al padre, el amor a los hijos. Un poema sobrevive porque llega a transmitir esa ilusión de que la vida continúa. Hay quiebres y catástrofes, pero la vida sigue. La poesía también. Cucurto, más todavía. Incluso nos canta un homoerotismo reinventado que sacude toda la historia de la vieja literatura, desde los griegos hasta los futbolistas atildados, pasando por los niños de barrio en su infinita variedad. El regreso de Cucurto, como un ataque nuevo, otro asedio a la ciudad cualquiera, celebra con mil efectos de ternura y tragedia, de plagio amoroso y destrucción, la supervivencia de un poeta auténtico en un mundo clasificatorio, al que en el fondo redime, poniéndole otro polo. A partir de entonces, el trabajo revela su inutilidad en última instancia, y se destacan los lujos, los adornos, o sea la poesía, como lo único necesario para sostenerse vivo. Si estamos muertos, ¿para qué querríamos una heladera llena? Si un hijo se enferma, ¿de qué nos sirven las palabras? Preguntas a la confusión de lo real, núcleo activo y movedizo de estos poemas, que vale más que todo orden de lenguaje.


4 de diciembre de 2010

Grabando en Entre Ríos

Con el historietista Juan Sáenz Valiente
Foto: Angel S. González

Boliche Díaz Hnos.


Juan Sáenz Valiente dibujando en el boliche. Foto: Angel S. González


Pedro Mairal

El boliche de los hermanos Díaz está lejos de todo, en medio del campo, a veinte kilómetros de General Galarza, al sur de la provincia de Entre Ríos. Saer o Briante lo hubieran mostrado bien. Está sobre el tramo de ripio que llega a la comisaría y un poco más allá donde se corta y donde se acaba el mundo cuando llueve fuerte, porque se hace un barro arcilloso que ahora empantana las camionetas y antes reventaba los caballos. Es un almacén pero lo llaman el boliche de los Díaz, como si en el fondo dijeran el boliche de los días porque está clavado ahí desde 1960, sin cambiar. Hay un ombú al costado del camino para hacer sombra a los autos que paran, apenas una abertura en el alambrado para que pase la gente, y la construcción de material y chapa. Cuando el recién llegado entra, tiene que acostumbrar la vista a la penumbra. Los Díaz son plurales, están siempre de a dos, aunque son cuatro, dos hermanos y dos hermanas, pero ellas casi no atienden el mostrador, salvo urgencias que no suceden nunca. Uno está parado y el otro sentado. Uno de anteojos, bigote y boina con visera, achispado para las respuestas y los números, y el otro un poco más joven, más ancho, de cara roja y ojos claros y menos luces para el presente pero más sabio para los tiempos largos, para callarse y seguir tirando. Envejecieron así como están, entre almanaques de jineteadas y propagandas de cerveza. Medio siglo de historia política argentina los atravesó como esas filmaciones en cámara rápida de cielos cambiantes. Ahí siguen detrás del mostrador.

Ahora hay un hombre joven de gorra tomándose un taco de wisky a las diez de la mañana; va llevando unos postes que asoman de la caja de su camioneta estacionada. Hablan del camino, de Vialidad que no pasa hace rato a emparejar con las máquinas y se está haciendo un huellón de barro seco que rompe la dirección y las puntas de eje. Silencios largos entre temas y subtemas. Pasan cosechadoras lentas por el camino y camiones apurados levantando tierra. La maquinaria agrícola que avanza tiene un aire extraterrestre, como grandes naves de alas plegadas y ruedas gigantes. Es el Imperio de la Soja. Los Díaz tuvieron un pedazo de campo chico hasta los ochentas, después vendieron. En esa época se empezó a ir la gente. Antes había chacras en la zona, estaba más parcelada la tierra. Había tambos, huertas, gallineros. No eran tiempos felices, ni más fáciles, pero había más movimiento, más comunidad. En los tiempos del finado papá, dicen los Díaz. Empiezan así varias frases. Estarán los cuatro hermanos entre los 65 y los 75 años, todos solteros. Al lado de una estampa de Ceferino Namuncurá hay unas fotos viejas: el finado papá en blanco y negro, bastante reforzado, vestido de botas y pantalón y saco y corbata y sombrero de ala corta, impecable y ajustado, como un alemán redondo, teniendo de la rienda un caballo ensillado y también muy ajustado. La pata más gringa de una gauchesca que nunca existió. Y otra foto de gente trabajando en una cosecha. Son del año treinta más o menos, dice el Díaz sentado, porque el finado papá estaba vestido así para ir a ver a la madre de ellos que en ese tiempo todavía era la novia.

Parecen haber armado entre los cuatro hermanos una sociedad cerrada en la que cualquier pareja era la intrusa o el intruso. Debe haber habido novias, novios, relaciones fallidas, peleas. O quizá no. Quizá ninguno dudó de la hermandad blindada. No cabe duda que les funcionó para atravesar el tiempo. Ahora para un Renault 18, con parches de distintos colores. Bajan dos hombres y queda una mujer en el asiento de atrás. Suenan las puertas de las heladeras viejas. Cerveza fría. Compran galleta, caramelos para los chicos. La balanza tiene una especie de espejo retrovisor muy misterioso. El boliche está surtido: alpargatas, encendedores, tanquecitos de Flit, carne, pan y leche fraccionada en botellas de Pepsi de dos litros. El hombre de los postes se fue. Llega una maestra de guardapolvo en un Duna, viene a comprar una lata de tomates porque están haciendo unas pizzetas para los chicos en la Escuela 12. Llega un Falcon celeste, baja un hombre y las dos mujeres se quedan, una en el asiento del acompañante y otra en el asiento de atrás. Se saludan con la mujer que estaba en el Renault. Se conocen. Las mujeres sólo entran al boliche para comprar algo del almacén pero no se quedan a tomar un trago. Ahora adentro hablan de la lluvia que no llega y de una nena de diez años que encontraron muerta en Gualeguay.

(Perfil, 26-11-10)


30 de noviembre de 2010

Malabarismo

.
Daniel Durand


Bajó el sol, salgo a la sombra del patio
para hacer malabares. Tiro
las bolas bien alto y
al levantar la vista veo
el cielo todavía soleado.
Dentro de unos días se morirá mi madre.
Unas cuantas golondrinas
vuelan a media altura
entre la casa y el cielo,
se pelean con chirridos
y se alimentan de insectos invisibles.

(De "Ruta de la Inversión" )



12 de noviembre de 2010

Recomendado



El trayeco desde Entre Ríos a Buenos Aires es uno de los grandes desvíos de la literatura argentina -Juanele, Zelarayán, Durand, Ríos. ¿Cuánto influye el pasaje de ese corto viaje de la escritura?

Larga payada hecha de digresiones y de afectos, Enterrianos es un libro de amor. Porque hay uno que escribe, otra que lee y una historia que termina bien. Las frases de esta novela primero formaron cartas, que fueron echadas por debajo de la puerta de la chica, y no esperaban respuesta; después se transformaron en capítulos, y con el título de Habrá que poner la luz simularon ser una novela que circuló entre algunos amigos a fines del siglo pasado bajo el sello Ediciones del Diego. Eloísa Cartonera las rescató e hizo una versión en 2003. La novela se fue desprendiendo de esos capítulos que pasaron a integrar libros de poemas y también antologías varias y de a poco volvieron a ser cartas y por último nuevamente frases. Ahora Mansalva vuelve a recopilarlas, agrega fragmentos inéditos, desdeña partes completas, tacha, prosifica versos, suma personajes, integra, reordena y bajo el título de Entrerrianos vuelve a simular una novela. Esta es la historia de unas frases entonadas para seducir.
(Contratapa)

10 de noviembre de 2010

Elogio de la pereza


–¿Entienden al ocio como algo bueno o malo? ¿Y cómo lo ven en el caso del protagonista?

Fabián Casas: –La edición alemana del libro me llamó la atención porque el título es Elogio de la pereza. No se llama Ocio. Y yo lo veo como algo productivo, como dice Heidegger: uno en el estado de aburrimiento siente por primera vez el ser. Así que yo lo entiendo de esa manera. Me parece que es como una sensación productiva: aunque siempre estamos dentro de las líneas del mercado, es salirse un poco y bajarse de esa alienación. Es un momento irrepetible en la vida de una persona: uno está en su casa, escuchando los discos que le gustan, masturbándose, no sabiendo qué hacer con su vida pero, a su vez, también con un montón de cosas que se pueden ver en el horizonte y que pueden llegar a pasar. Para mí, ese tipo de ocio es un momento super interesante.

1 de noviembre de 2010

Ocio

EL PAMPERO CINE y TRESMILMUNDOS CINE
con el apoyo de la Universidad del Cine
presentan
OCIO
una película de Alejandro Lingenti y Juan Villegas

basada en la novela de Fabián Casas

A PARTIR DEL JUEVES 11 DE NOVIEMBRE DE 2010
CINE COSMOS
Av. Corrientes 2046
Jueves, viernes, sábados y domingos - 20 y 22 hs.

17 de octubre de 2010

El mudo de Berlín

.
Pedro Mairal

Tengo un día en Berlín antes de volver. La hipertrofia vincular de la Feria del Libro de Frankfurt me quemó la simpatía, la capacidad de sonreír, de interesarme por el prójimo literato, el prójimo editor, el prójimo periodista. Me subí al tren y ya no hablé con nadie más y llegué mudo a Berlín, y analfabeto, porque no puedo ni pronunciar el nombre de la calle donde estoy parando, ni preguntar por estaciones de subte, ni pedir la comida sin señalar con el dedo la foto del menú. Es mentira que todos los alemanes hablan inglés, al menos no conmigo. Ya caminé la ciudad, vi la arquitectura de la reunificación, crucé el río Spree y el Havel y los canales, pasé por la puerta de Brandenburgo, ya me embebí con el peso de nuestra cultura occidental que de vez en cuando termina haciendo eclosión en guerras mundiales. Hoy renuncio al Potsdamer Platz y al Alexanderplatz y a los museos y pinacotecas y a Nefertiti y a la historia de la humanidad, pido disculpas, soy una bestia, y por eso mismo quizá en un impulso de rechazo por lo humano entro en el zoológico. Me quedo largo rato ante las jaulas de los monos. Qué alivio no entender lo que dicen las familias este sábado, ni captarles sus matices. Son primates albinos frente a los primates encerrados. Una chica pelirroja se acerca al vidrio donde está el macho orangután. Los dos con el mismo tono de pelo. Los niños se cuelgan de las barandas, se balancean, los monos también. Una vieja muy pintarrajeada le hace muecas al gorila, le saca la lengua de manera bastante obscena. El gorila ensimismado escupe el vidrio y lo lame recuperando su escupida, varias veces. Un chimpancé deambula con una bolsa sobre la cabeza, una nena arrastra un suéter. Me pongo a sacar fotos, no tanto de los monos, sino de los humanos frente a los monos, de la continuidad entre ambos. Alguna gente se pone incómoda cuando se da cuenta de que está dentro de mi encuadre. Voy al acuario y miro las medusas, como latidos de gelatina, el puro corazón latiendo hacia adelante. Me pregunto si no somos eso al fin y al cabo, corazones que laten hacia adelante. Ya hace quince días que estoy de viaje y lo extraño a mi hijo.


Perfil, 16 de octubre de 2010
*El mote de El mudo de Berlín lo inventó Fabián El Bautista Casas.
Va un video de ese día. Dura 5 minutos.

27 de septiembre de 2010

Vox, títulos





Esta última foto es de Sebastián Muzi, del libro "Océano y pampa" con textos e imágenes de Bahía Blanca.

18 de septiembre de 2010

Damián Ríos

Con una especie de ansiedad feliz o de nostalgia de futuro, estoy esperando un libro de Damián que se va a llamar Entrerrianos y va a salir en Mansalva dentro de poco. Mientras tanto Cecilia Pavón subió a su blog un texto que Ríos leyó en el ciclo Miau Miau: "Hola, te decía en el otro mail que ando con ganas de escribir, como si le debiera algo a alguien..."

17 de septiembre de 2010

El Viejo León del Zoo

foto: laura crespi



por Fabián Casas

para Damián Ríos
y Martín Gambarotta


La última vez que hablamos fue un domingo muy frío, por la noche. Me acuerdo que Guadalupe y yo estábamos metidos en la cama cuando sonó el teléfono y era él. Me dijo que tenía la computadora ocupada por sus hijos y que por eso aprovechaba para saber cómo iba el embarazo. Le dije que teníamos fecha de parto para la semana entrante y que ni bien saliera Ana al espacio, le íbamos a avisar. Desde que se había enterado que esperábamos un hijo, él nos hacía un seguimiento ginecológico-telefónico semanal. Me acuerdo que cuando le conté lo del embarazo, se le quebró la voz y se puso a llorar. Me dijo que dar vida era lo máximo que uno podía hacer en el mundo, que él, ahora, estaba al servicio de sus hijos.


Cuando cumplí 21 años me fui de viaje por América con mis compañeros de filosofía. Queríamos remedar el viaje del Che pero sin que muriera nadie. Antes de salir del país, mientras parábamos en el camping de Salta capital, di en una librería con la obra poética completa de Juan Gelman, editada por Corregidor. Años después Gelman me dijo que era una edición llena de errores, pero yo no estaba capacitado para identificarlos. De Gelman, en ese entonces, me gustaban hasta las erratas. Conseguí ese libro de manera curiosa. Le vendí mis botas naúticas al sereno del camping y con esa plata me lo compré. Lo raro fue que a la semana detuvieron al sereno robando en las carpas. No sé por qué, en vez de robarme las botas, prefirió pagármelas, lo cual redundó en el excedente del libro de Gelman y en que pasé unos días hermosos leyéndolo en el pasto y a orillas de los ríos donde acampábamos. Era muy feliz. Aún hoy Cólera Buey me parece una obra genial y disfruto de los poemas de Sydney West y algunos que otros sueltos de los primeros libros. Como el del albañil Iraniaka, al que la muerte cuando lo está pasando para el otro lado le dice que tiene que venir también su corazón, pero él le explica que no puede porque su corazón "ha hecho su casa en una mujer". Estoy citando de memoria y puede que los versos no sean exactamente así. Porque muchas veces modifico los versos en mi cabeza hasta que me los apropio. Otro poema que me gusta es de Gotán, un libro de Gelman que causó sensación en su momento pero que ahora parece haber envejecido ya que estaba muy apegado a la época. El poema empieza con este verso: "Al que extraño es al Viejo León del Zoo". De manera curiosa, cuando recuerdo este comienzo, le agrego el adverbio "verdaderamente". Es decir, que digo "Al que verdaderamente extraño es al Viejo León del Zoo". No sé por qué. Sin duda es mejor no empezar -ni terminar- con un adverbio, pero en mi memoria éste se vuelve necesario, como si anclara el verso en el corazón.


Parece que fue a un encuentro de escritores que organizaron en Montevideo. Le tocó un fin de semana muy frío y el hotel donde lo habían ubicado no tenía calefacción. Como también le iban a demorar el pago por los honorarios, es decir, no era en cash sino con factura a 60 días, él se puso en llamas y se hizo mucha mala sangre discutiendo con los organizadores. Consiguió que lo cambiaran de hotel y que le pagaran en el acto. Como era un encuentro de escritores, a mí me parece que debe haber jugado también la parte narcisista y que debe haber tenido que encender día y noche su representación, algo que resulta muy desgastante aún para esos que, de alguna manera, hicieron de su personaje una segunda naturaleza. El Viejo León del Zoo -porque ahora lo recuerdo así- era tímido y muy emotivo. Con la sensibilidad a flor de piel. Y para defenderse tiraba zarpazos y meaba el entorno en lugares inapropiados. Parecía estar siempre al ataque -y tal vez lo estaba- pero nunca se había comido a ningún cazador.


La primera vez que lo ví fue en en un apart hotel de la avenida Santa Fe donde vivía. Yo había leído algunos relatos suyos y teníamos amigos en común. Algunos de los cuentos me parecían muy buenos -como "Japonés", una obra maestra- pero lo que más me impactaba eran las fotos de su cara con las que ilustraba las tapas de sus libros. "Pájaros de la cabeza", editada por Catálogos, era genial. Los pelos parados, las cejas levantadas en signo de alarma, los ojos desorbitados. Era la contracara de esa enfermera que te pide silencio en las paredes de los hospitales. Ese rostro parecía orbitar el caos, ser el caos. Ahora, mientras escribo, me imagino que él me hubiese dicho: "No pongas rostro, boludo". Tampoco quería que pusiera "torso" en vez de pecho. El apart hotel era un desastre. Entrabas por una galería que nacía casi sobre la 9 de Julio, subías unas escaleras y tenía todo patas para arriba. Recuerdo un mate volcado sobre una alfombra verde. Tenía un escritorio repleto de papeles y una computadora siempre prendida. Y un grabador con música folclórica, lo cual me sorprendió. No sé de qué hablamos aquella vez, pero nos hicimos amigos. Desde ese momento lo visité en diferentes casas, donde vivía solo o en pareja, con más o menos hijos, con hijos más grandes y más chicos. Siempre con pocos libros -suyos y de otros- pero leyendo de manera persistente a los contemporáneos. Tenía algo particular con esto y que es esencial para una cultura: era un escritor que no bendecía a los que escribían como él. Le gustaban los que hacían lo contrario, los que expandían la paleta de colores sobre la que él trabajaba. No estaba generando su propio canon para que reafirmara su obra, es más, es probable que esos nuevos escritores cuestionaran sus textos. Con él se podía hablar, se podía discutir de igual a igual. Un don que pocas personas pueden sostener. Somos todos iguales, en esencia, pero muchos se olvidan de eso. También quería que los escritores grandes -los que él admiraba- conocieran a los autores que él "promocionaba". Una vez me citó en un hotel donde estaba parando Saer. Cuando llegué el Turco tomaba una copa de champagne mientras él y dos hijos suyos se comían todo lo que estaba en la mesa. Me dijo, con la boca llena, que le pasara mi libro al genio de Serodino. Eso hice. También le dije -para entrar en calor- que para mí había sido central leer sus libros, que era el escritor más grande del mundo. "Cicatrices", le dije. Saer me miró -aunque habló, no recuerdo su voz- y agarró mi libro y lo dejó caer entre su muslo izquierdo y el pliegue de la silla. Y debe estar aún ahí, porque no le volvió a prestar atención. Quique se me acercó y me dijo: "Comé que paga el Turco".


Volvió de Montevideo enfermo -por lo que pude reconstruir- y pasó unos días malos. Respirando cada vez peor. Igual no paró, vio gente, fue a comer a casa de amigos, escribió, leyó, se fue a nadar al club y cuando el cuerpo estaba al dente, caminó hasta el Hospital Italiano para internarse. Ya lo había hecho varias veces. Se internaba, se ponía mejor, volvía a sus cosas. Sabía que en cualquier momento se podía morir, era algo que tenía presente, pero esto no lo perturbaba. No era un esclavo. Con relación a su muerte, era un hombre libre. Podría haber muerto mucho antes, un montón de veces. Podría no haber publicado nunca. De hecho, lo hizo ya mayor, a los 39 años. Ahora digo que toda su obra -que es grande- no le llega ni a los talones a él. No extraño sus cuentos, no extraño que no escriba más, que no vaya a leer cosas nuevas suyas. Extraño su voz, su risa. Su generosidad. Su mal genio. No reivindico su inteligencia. La inteligencia es algo que puede tener cualquiera. Es un don. Reivindico su bondad. La bondad es algo que uno trabaja, que uno aprende a ser. Su inteligencia, por ejemplo, puede hacer una reescritura cool del Orlando de Virginia Woolf, pero a mí ese relato -"Memoria de paso"- me deja seco. Es como un ejercicio de habilidad. Pero su coraje y su talento pueden escribir "Los libros del caminante", tal vez su libro más querido por mí. No digo el que me gusta, digo querido. En ese libro él se estaba probando como novelista, tanteaba en abismo. Después está "Vivir afuera" o "En Otro orden de cosas", novelas que parecen irrumpir desde la literatura hacia la sociología. Y no al revés. Frescos de época. A mi lo que me gustaba de Quique era la forma en que vivía, a la marchanta, con una inmensa vitalidad. Para un conservador y depresivo como yo, era homeopático verlo avanzar entre el desorden, imponiéndose con sus gustos y disfrutando de sus diatribas. Como una torta de hojaldre, uno percibía que había tenido muchas vidas, muchas mujeres, muchos amigos, muchos muertos punks en su haber. Y muchos hijos. Dice Vera -su hija- que cuando era muy chica él la llevaba en una bolsa de hacer las compras. Me quedé pensando largo tiempo en esa imagen. La precariedad de un bebé adentro de un objeto cotidiano y bamboleante como una bolsa. Ojalá yo pueda tomar algo de esa frescura a la hora de relacionarme con mi hija. Estas noches en las que camino en círculo con ella en mis brazos, para que se duerma, pienso mucho en Quique. Y siento que él también está nadando de noche. Con largas brazadas. La respiración, ya lejos del agobio de la historia, es perfecta. Va a la par nuestro. Eso me da fuerzas. De alguna manera, soy Fogwill.

3 de septiembre de 2010

In plot we trust

In plot we trust

Taller de lectura de relatos estadounidenses (1914-2009)

Coordinado por Santiago Llach

El taller constará de doce encuentros, en cada uno de los cuales se se leerán tres cuentos de distintos autores estadounidenses. Será un viaje de placer por la imaginación narrativa de una nación agropecuaria que se transformó en imperio. Habrá una exposición inicial a cargo del coordinador y luego se trabajará en conjunto, buscando crear un clima relajado en el que surjan perspectivas iluminadoras sobre los textos.
Los cuentos se leerán en castellano. Pero también se pondrán a disposición y se recurrirá a sus versiones en el original. No es necesario conocer el idioma inglés para asistir al curso.
El taller está abierto a interesados en la literatura en general, estudiantes, etc.

Duración: tres meses, del 18 de septiembre al 13 de diciembre
Horario: Sábados de 11 a 13
Arancel: $150 mensuales, o $375 por todo el curso
Lugar: Crack-up Libros, Costa Rica 4767, Palermo
Informes e inscripción: libros@crackup.com.ar / 4831-3502

Horarios: Martes a las 19 o domingos a las 19:30
Arancel: $150 mensuales, o $375 por todo el curso

Lugar: Talcahuano y Corrientes
Informes e inscripción: santiago.llach@gmail.com


www.inplotwetrust.blogspot.com

28 de agosto de 2010

Consumidor Final, en chino


La influenza cucurtiana ya alcanzó el Oriente. Me escribe Guillermo Bravo para contarme que salió mi libro en la cartonera de Pekín, en chino. Va foto de lectoras y atrás, infraganti, un serial killer.

foto: daniel mendez

25 de agosto de 2010

El zapato más viejo del mundo

Hace poco en una excavación en Armenia encontraron el zapato más viejo del mundo, tiene 5500 años. La imagen (esta primera que pongo acá abajo) me hizo acordar a mi colección de fotos de zapatos náufragos.









9 de agosto de 2010

Grabando

Veinte años después estamos grabando parte de un capítulo de Impreso en Argentina en el lugar exacto. Del equipo de filmación nadie sabe -ni importa tampoco- que yo me senté acá casi todos los días de 1989, abajo de este árbol, cuando andaba bastante desesperado y perdido en la soledad de mi mentira, porque había largado el Ciclo Básico de Medicina, pero no me animaba a contarlo en mi casa y me tomaba el 37 todas las mañanas para quedarme en la facultad leyendo y escribiendo, llenando el cuaderno de Matemáticas con unas prosas cortas, medio poéticas, de las que no me acuerdo nada. Lo que sí me acuerdo es que en este lugar empecé a escribir. Ahora estamos grabando sobre otro tema, una escena del capítulo de Misteriosa Buenos Aires. Para conducir un programa sobre libros, tengo que actuar de mí mismo, lo cual es bastante difícil porque nunca supe bien quién soy. Es raro: hoy me toca actuar de escritor justo en el lugar donde me pensé por primera vez como escritor. Nadie sospecha eso. En la pausa de la filmación, saco unas fotos.