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24 de agosto de 2013

Seis de copas

Fabián Casas


El invierno pasado, una gripe fuerte me tomó de sorpresa. Me compré un blister de Refrianex y cometí el error de comprarlo compuesto. El Refrianex compuesto te duerme, el Refrianex solo (que es el que suelo tomar) te levanta. La cosa es que con el compuesto en el cuerpo, tuve que parar el auto volviendo del trabajo y ponerme a dormir, ahí mismo, como suelen hacerlo los remiseros. No sólo duermo en el auto sino que también escucho mucha música, mientras voy a mi trabajo, ya que es un viaje largo. Hace poco tuve que parar el coche de nuevo, pero no porque estuviera dormido, sino porque estaba conmocionado. Venía escuchando el disco 6 de copas, de Edgardo Cardozo, y me fue imposible seguir conduciendo. Estacioné en una calle lateral, arbolada, y me dejé transportar por la música, la voz y la letra encantatoria de este compositor genial. Muchachas de ojos de flores es el tema que abre el disco y donde Cardozo hace algo muy difícil: le pone música a un poema del inmenso Juan L. Ortiz. Es difícil, digo, porque muchas veces asistimos a la musicalización forzada de poemas, como si se tratara de ponerle a un niño un saco que le queda chico o largo, pero que no se ajusta a su esencia. Ya maravillados por el primer tema, el segundo que viene, Vamos a levantarnos para ver las flores del jardín, es la obra maestra del disco. Empieza así: “Tanto que yo creí que nunca iba a ser esto/ Y acá estoy diciéndome es insólito es simplísimo/ entre tantas frases hechas te diré que me hace falta tu canción”. No sé cómo lo logra pero la canción parece elástica y a la vez, mineral. Cardozo es un guitarrista virtuoso pero nunca la habilidad pierde emoción; en algún sentido, parece que trabajara en contra de su habilidad, como debe ser. ¿Por qué le creemos a un artista? ¿Qué es lo que hace que nos resulte definitivo, revelador? Cada tema de 6 de copas es una crítica al cliché de nuestra vida, es la búsqueda de una melodía inexistente. El disco no se estanca, duda y aprende con nosotros. Hace poco un amigo de la familia cumplió años y le regalamos el disco de Cardozo. Como suele suceder cuando se entregan los obsequios, uno le dice al homenajeado: si no te gusta, lo podés cambiar. Con el disco de Edgardo Cardozo la sentencia es otra: si este disco no te gusta, tenés que cambiar vos; dale tiempo, dale gracias.


Perfil, 10 de agosto de 2013




EL AGUARIBAY FLORECIDO

Juan L. Ortiz

Muchachas de ojos de flores y de labios de flores.
En la sombra exhalada -¿de qué su dulce hálito?-
los vestidos ligeros, muy ligeros, con pintas.
Arde de abejas el aguaribay, arde.
Ríen los ojos, los labios, hacia las islas azules
a través de la cortina
de los racimos
pálidos.
Ríen los ojos, los labios. ¿Veis las muchachas o es
la tenue sombra ebria
y bordoneada
que se alucina de muselinas claras
y de otras flores vivas –extrañas flores vivas-
riendo, riendo, riendo hacia las islas?
Muchachas de ojos de flores y de labios de flores.
Arde de abejas el aguaribay, arde.


4 de junio de 2013

Estado de spam

por Fabián Casas

Hace ya muchos años, en un poema hermoso que se llama Zona, Guillaume Apollinaire decía: "Estoy cansado de este mundo nuevo". Lo curioso era que el yo que se quejaba de esa modernidad, lo hacía en un poema absolutamente nuevo. Tanto, que sólo unos pocos pudieron percibir su poder renovador en el momento histórico en el que fue publicado. No siempre somos contemporáneos de los hechos. Yo me incluyo entre los muchos que, de haberse encontrado con un mingitorio en una galería de arte, hubiesen meado adentro. Pero ahora estamos con el resultado puesto y sabemos que ese artefacto de Duchamp fue un objeto de ruptura radical. Lo cierto es que si uno se preocupa por informarse, por leer, por estudiar, puede saber, rápidamente, que Duchamp fue muchísimo más que ese mingitorio. Diríamos, como suelen hacerlo los pintores japoneses, que en el trazo de un artista, por más leve que sea, están concentrados todos sus años de estudio, sus experiencias, su vida misma. Acá hay dos cosas que debemos decir rápidamente: por un lado, que el arte es un sistema elitista, que es para pocos. Ni siquiera Adorno y toda su estructura marxista pudieron redimirlo para las clases populares. De todas formas, hay que decirlo, Adorno buscaba la verdad, la verificación de la alienación como modelo afirmativo de su filosofía. La otra cosa que surge es que en la vida cotidiana, las personas ya no tienen experiencia. Si no se tiene experiencia, no se tiene lenguaje, si no se tiene lenguaje lo único que queda parta refugiarnos es la ideología. Y la ideología es como una alacena: ese lugar que cuando uno lo abre sabe que ahí están ordenados los cuchillos, los platos, los vasos, nunca un mingitorio. La ideología sirve para que no pensemos, para que seamos pensados por los que ostentan el poder. Walter Benjamin decía algo muy hermoso: "Para Marx las revoluciones son las locomotoras de la historia universal. Pero quizá en realidad no sea así. Quizá las revoluciones son el momento en que la raza humana que viaja en ese tren empuña el freno de emergencia". Parece contradictorio que un filósofo marxista escriba algo así ¿no? Pero Benjamin y su amiguito Adorno se preocupaban por no comer comida enlatada, se preocupaban por hostigar al devenir de la historia, le miraban los calzoncillos sucios a Kant, a Luckács y a Heidegger. Y pensaban no en la dirección del status quo, sino a contrapelo de los hechos. El artista crea para sí mismo y en esa libertad individual está su aporte colectivo. Existe el fútbol para todos, pero no el arte para todos. Y el mundo nuevo, que agotó a Apollinaire, nos da, día a día, un menú sofisticado de invenciones: no hay vida en Marte pero hay vida virtual. Hace semanas hubo un hecho que ilustra las líneas antes citadas con la precisión didáctica de Plaza Sésamo. Diego Bianchi fue crucificado en las redes sociales porque al explicar una perfomance que él desarrollaba en Arte Ba, dijo que, más o menos, "las personas no queremos ver a los trapitos, los nigerianos que venden relojes". Bastaba ver el video donde él se explicaba para entender que Bianchi sólo se incluía en el relato de manera ingenua. Que podía haber sido políticamente correcto y decir "la gente no quiere ver a estos seres marginales", pero no lo hizo y rápidamente fue censurado por las buenas conciencias que siempre leen de manera literal, sin las inflexiones de la voz. Rápidamente el video se viralizó y la televisión lo replicó hasta el hartazgo como "Arte discriminador". A nadie se le ocurrió buscar quién era Diego Bianchi, cuál era su obra, en el marco de qué contexto se podía ubicar su trabajo estético y político. Si las personas ya no piensan, la televisión mucho menos. Cuando era chico, mis tíos mayores me solían hacer esta broma, me preguntaban ¿sabés el cuento de la buena pipa? Cuando yo respondía que no, ellos me replicaban: yo te pregunté si sabés el cuento de la buena pipa. Y así una y otra vez. No recuerdo otro juego de palabras cuyo remate sea más alienante que este. Casi como un relato kafkiano insertado en un acertijo infantil. 

20 de diciembre de 2012

La solarística

Fabián Casas

(Publicado en la revista de la Facultad de comunicación y Letras, de Chile)



Voy a escribir sobre la amistad, sobre la ciencia ficción, sobre la idea de país, sobre los símbolos patrios, sobre un extraño océano compuesto por la materia de nuestros sueños y terrores. Sobre la nostalgia. Voy a escribir acerca de cosas que no tengo en claro. Voy a escribir sobre la polis  [SIGUE ACÁ]

10 de noviembre de 2010

Elogio de la pereza


–¿Entienden al ocio como algo bueno o malo? ¿Y cómo lo ven en el caso del protagonista?

Fabián Casas: –La edición alemana del libro me llamó la atención porque el título es Elogio de la pereza. No se llama Ocio. Y yo lo veo como algo productivo, como dice Heidegger: uno en el estado de aburrimiento siente por primera vez el ser. Así que yo lo entiendo de esa manera. Me parece que es como una sensación productiva: aunque siempre estamos dentro de las líneas del mercado, es salirse un poco y bajarse de esa alienación. Es un momento irrepetible en la vida de una persona: uno está en su casa, escuchando los discos que le gustan, masturbándose, no sabiendo qué hacer con su vida pero, a su vez, también con un montón de cosas que se pueden ver en el horizonte y que pueden llegar a pasar. Para mí, ese tipo de ocio es un momento super interesante.

17 de septiembre de 2010

El Viejo León del Zoo

foto: laura crespi



por Fabián Casas

para Damián Ríos
y Martín Gambarotta


La última vez que hablamos fue un domingo muy frío, por la noche. Me acuerdo que Guadalupe y yo estábamos metidos en la cama cuando sonó el teléfono y era él. Me dijo que tenía la computadora ocupada por sus hijos y que por eso aprovechaba para saber cómo iba el embarazo. Le dije que teníamos fecha de parto para la semana entrante y que ni bien saliera Ana al espacio, le íbamos a avisar. Desde que se había enterado que esperábamos un hijo, él nos hacía un seguimiento ginecológico-telefónico semanal. Me acuerdo que cuando le conté lo del embarazo, se le quebró la voz y se puso a llorar. Me dijo que dar vida era lo máximo que uno podía hacer en el mundo, que él, ahora, estaba al servicio de sus hijos.


Cuando cumplí 21 años me fui de viaje por América con mis compañeros de filosofía. Queríamos remedar el viaje del Che pero sin que muriera nadie. Antes de salir del país, mientras parábamos en el camping de Salta capital, di en una librería con la obra poética completa de Juan Gelman, editada por Corregidor. Años después Gelman me dijo que era una edición llena de errores, pero yo no estaba capacitado para identificarlos. De Gelman, en ese entonces, me gustaban hasta las erratas. Conseguí ese libro de manera curiosa. Le vendí mis botas naúticas al sereno del camping y con esa plata me lo compré. Lo raro fue que a la semana detuvieron al sereno robando en las carpas. No sé por qué, en vez de robarme las botas, prefirió pagármelas, lo cual redundó en el excedente del libro de Gelman y en que pasé unos días hermosos leyéndolo en el pasto y a orillas de los ríos donde acampábamos. Era muy feliz. Aún hoy Cólera Buey me parece una obra genial y disfruto de los poemas de Sydney West y algunos que otros sueltos de los primeros libros. Como el del albañil Iraniaka, al que la muerte cuando lo está pasando para el otro lado le dice que tiene que venir también su corazón, pero él le explica que no puede porque su corazón "ha hecho su casa en una mujer". Estoy citando de memoria y puede que los versos no sean exactamente así. Porque muchas veces modifico los versos en mi cabeza hasta que me los apropio. Otro poema que me gusta es de Gotán, un libro de Gelman que causó sensación en su momento pero que ahora parece haber envejecido ya que estaba muy apegado a la época. El poema empieza con este verso: "Al que extraño es al Viejo León del Zoo". De manera curiosa, cuando recuerdo este comienzo, le agrego el adverbio "verdaderamente". Es decir, que digo "Al que verdaderamente extraño es al Viejo León del Zoo". No sé por qué. Sin duda es mejor no empezar -ni terminar- con un adverbio, pero en mi memoria éste se vuelve necesario, como si anclara el verso en el corazón.


Parece que fue a un encuentro de escritores que organizaron en Montevideo. Le tocó un fin de semana muy frío y el hotel donde lo habían ubicado no tenía calefacción. Como también le iban a demorar el pago por los honorarios, es decir, no era en cash sino con factura a 60 días, él se puso en llamas y se hizo mucha mala sangre discutiendo con los organizadores. Consiguió que lo cambiaran de hotel y que le pagaran en el acto. Como era un encuentro de escritores, a mí me parece que debe haber jugado también la parte narcisista y que debe haber tenido que encender día y noche su representación, algo que resulta muy desgastante aún para esos que, de alguna manera, hicieron de su personaje una segunda naturaleza. El Viejo León del Zoo -porque ahora lo recuerdo así- era tímido y muy emotivo. Con la sensibilidad a flor de piel. Y para defenderse tiraba zarpazos y meaba el entorno en lugares inapropiados. Parecía estar siempre al ataque -y tal vez lo estaba- pero nunca se había comido a ningún cazador.


La primera vez que lo ví fue en en un apart hotel de la avenida Santa Fe donde vivía. Yo había leído algunos relatos suyos y teníamos amigos en común. Algunos de los cuentos me parecían muy buenos -como "Japonés", una obra maestra- pero lo que más me impactaba eran las fotos de su cara con las que ilustraba las tapas de sus libros. "Pájaros de la cabeza", editada por Catálogos, era genial. Los pelos parados, las cejas levantadas en signo de alarma, los ojos desorbitados. Era la contracara de esa enfermera que te pide silencio en las paredes de los hospitales. Ese rostro parecía orbitar el caos, ser el caos. Ahora, mientras escribo, me imagino que él me hubiese dicho: "No pongas rostro, boludo". Tampoco quería que pusiera "torso" en vez de pecho. El apart hotel era un desastre. Entrabas por una galería que nacía casi sobre la 9 de Julio, subías unas escaleras y tenía todo patas para arriba. Recuerdo un mate volcado sobre una alfombra verde. Tenía un escritorio repleto de papeles y una computadora siempre prendida. Y un grabador con música folclórica, lo cual me sorprendió. No sé de qué hablamos aquella vez, pero nos hicimos amigos. Desde ese momento lo visité en diferentes casas, donde vivía solo o en pareja, con más o menos hijos, con hijos más grandes y más chicos. Siempre con pocos libros -suyos y de otros- pero leyendo de manera persistente a los contemporáneos. Tenía algo particular con esto y que es esencial para una cultura: era un escritor que no bendecía a los que escribían como él. Le gustaban los que hacían lo contrario, los que expandían la paleta de colores sobre la que él trabajaba. No estaba generando su propio canon para que reafirmara su obra, es más, es probable que esos nuevos escritores cuestionaran sus textos. Con él se podía hablar, se podía discutir de igual a igual. Un don que pocas personas pueden sostener. Somos todos iguales, en esencia, pero muchos se olvidan de eso. También quería que los escritores grandes -los que él admiraba- conocieran a los autores que él "promocionaba". Una vez me citó en un hotel donde estaba parando Saer. Cuando llegué el Turco tomaba una copa de champagne mientras él y dos hijos suyos se comían todo lo que estaba en la mesa. Me dijo, con la boca llena, que le pasara mi libro al genio de Serodino. Eso hice. También le dije -para entrar en calor- que para mí había sido central leer sus libros, que era el escritor más grande del mundo. "Cicatrices", le dije. Saer me miró -aunque habló, no recuerdo su voz- y agarró mi libro y lo dejó caer entre su muslo izquierdo y el pliegue de la silla. Y debe estar aún ahí, porque no le volvió a prestar atención. Quique se me acercó y me dijo: "Comé que paga el Turco".


Volvió de Montevideo enfermo -por lo que pude reconstruir- y pasó unos días malos. Respirando cada vez peor. Igual no paró, vio gente, fue a comer a casa de amigos, escribió, leyó, se fue a nadar al club y cuando el cuerpo estaba al dente, caminó hasta el Hospital Italiano para internarse. Ya lo había hecho varias veces. Se internaba, se ponía mejor, volvía a sus cosas. Sabía que en cualquier momento se podía morir, era algo que tenía presente, pero esto no lo perturbaba. No era un esclavo. Con relación a su muerte, era un hombre libre. Podría haber muerto mucho antes, un montón de veces. Podría no haber publicado nunca. De hecho, lo hizo ya mayor, a los 39 años. Ahora digo que toda su obra -que es grande- no le llega ni a los talones a él. No extraño sus cuentos, no extraño que no escriba más, que no vaya a leer cosas nuevas suyas. Extraño su voz, su risa. Su generosidad. Su mal genio. No reivindico su inteligencia. La inteligencia es algo que puede tener cualquiera. Es un don. Reivindico su bondad. La bondad es algo que uno trabaja, que uno aprende a ser. Su inteligencia, por ejemplo, puede hacer una reescritura cool del Orlando de Virginia Woolf, pero a mí ese relato -"Memoria de paso"- me deja seco. Es como un ejercicio de habilidad. Pero su coraje y su talento pueden escribir "Los libros del caminante", tal vez su libro más querido por mí. No digo el que me gusta, digo querido. En ese libro él se estaba probando como novelista, tanteaba en abismo. Después está "Vivir afuera" o "En Otro orden de cosas", novelas que parecen irrumpir desde la literatura hacia la sociología. Y no al revés. Frescos de época. A mi lo que me gustaba de Quique era la forma en que vivía, a la marchanta, con una inmensa vitalidad. Para un conservador y depresivo como yo, era homeopático verlo avanzar entre el desorden, imponiéndose con sus gustos y disfrutando de sus diatribas. Como una torta de hojaldre, uno percibía que había tenido muchas vidas, muchas mujeres, muchos amigos, muchos muertos punks en su haber. Y muchos hijos. Dice Vera -su hija- que cuando era muy chica él la llevaba en una bolsa de hacer las compras. Me quedé pensando largo tiempo en esa imagen. La precariedad de un bebé adentro de un objeto cotidiano y bamboleante como una bolsa. Ojalá yo pueda tomar algo de esa frescura a la hora de relacionarme con mi hija. Estas noches en las que camino en círculo con ella en mis brazos, para que se duerma, pienso mucho en Quique. Y siento que él también está nadando de noche. Con largas brazadas. La respiración, ya lejos del agobio de la historia, es perfecta. Va a la par nuestro. Eso me da fuerzas. De alguna manera, soy Fogwill.

8 de julio de 2010

Waiting for the Mundial

por Fabián Casas

LOST


Muchos se preguntaban por qué la gente fue a Ezeiza a aplaudir a la Selección en su regreso. Es que no todos saben que es una costumbre argentina aplaudir cuando hay un niño perdido en la playa. El plantel del Gordismo, que hasta hace poco se imaginaba en la final del Mundial, de golpe tomó la aerolínea Oceanic e irrumpió con los pies para adelante en un bonus track de Lost [SIGUE ACÁ]

27 de mayo de 2010

La gran novela argentina

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"...ahora me preguntan cuándo voy a publicar una novela grande. Nunca pensé en eso ni lo puedo pensar. No tengo que escribir la gran novela argentina. No soy el Premio Herralde; soy el Premio Errale (risas). Es más fácil ganar el Errale. Todos mis libros son una comprobación de que puedo ganar el Errale".

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Horla City y otros, poesía completa de Casas

3 de mayo de 2010

La migración

por Fabián Casas
Hace poco un conocido me dijo al pasar que un amigo se había ido de la ciudad. Me lo dijo como quien registra un cambio de clima o consigna distraído lo que dice una gacetilla en un diario. A mí la noticia no me conmocionó de manera ostensible, para afuera, es decir, dije, “ah, sí, ¿se fue?”, pero por dentro algo se activó y empezó a crecer hasta que tuve la necesidad imperiosa de escribir sobre mi amigo y el vínculo que nos unió y explicarme a mí por qué me había afectado tanto que alguien se las tomara a sólo cinco horas de omnibus de donde vivo. Un tranco que se puede también cruzar en auto en tres horas y media. Y sobre todo, ¿por qué me afectaba que mi amigo se hubiera ido si en los últimos años apenas nos veíamos de manera ocasional? [SIGUE ACÁ]

6 de julio de 2009

Diosiderio

por Fabián Casas

En el 83 entré en Filosofía. El examen de ingreso se dividía en epistemología y lógica. Cursábamos unas semanas durante el fin del verano y después rendíamos. Aprobamos casi todos. Ya en la facultad, me sentía solo: eran nuevos los compañeros, la forma en que se estudiaba cada materia y el ambiente enfervorizado de los pasillos repletos de consignas políticas. También había muchas chicas hermosas. Silvio Rodríguez reinaba a todo lo ancho y lo largo del edificio de la calle Charcas.
Una tarde, entre dos materias, bajé a tomar un café en el bar que estaba en el subsuelo. Era un avispero de gente. Sin embargo, me quedé mirando a un joven muy delgado, con el pelo corto, que hacía una extraña mímica que tenía fascinados a sus compañeros de mesa. Movía las dos manos dando a entender que construía un recuadro inmenso, después hacía que serruchaba los bordes de ese recuadro. Esto lo repetía varias veces hasta que ese recuadro quedaba de un tamaño minúsculo, lo pesaba sobre su mano y, acto seguido, lo arrojaba sobre la tacita de café que estaba delante suyo. Tomaba la cucharita -esta sí real, al igual que la tacita- y revolvía el café. Sus compañeros de mesa se reían.
En los cursos de filosofía antigua teníamos a un bromista que, aprovechando la sordera del ayudante de prácticos, le preguntaba desde el fondo con la boca tapada por una bufanda: "Profesor, Erútodo de Albóndiga, ¿qué resto material de escritura dejó?" A veces cambiaba el nombre del filósofo presocrático y decía: "Profesor, Yogurth de Macedonia...". Todos nos reíamos. Teníamos un compañero que militaba en el Mas y que se paraba a discurrir de manera compulsiva en las clases de Introducción a la Filosofía. Esta cualidad es casi una característica de los alumnos de esta carrera. Se supone que uno va a filosofía a hablar, a discutir, a darle rienda suelta a la vía peripatética. El muchacho en cuestión usaba una boina negra que no se sacaba dentro del aula. Y tenía rulos negros y largos que salían por los costados. Siempre terminaba sus alocuciones con una frase que me parecía genial: "Porque usted sabe, profesor, que en la edad media los árboles eran ninfas". Había otro, un poco más grande en edad, que levantaba la mano para hablar y antes de hacerlo decía: "Me gustaría, antes de hablar sobre este tema en cuestión, hacer un pequeño introito".
Cuando empecé a cursar metafísica en la cátedra de Carpio me tocó sentarme con el mimo del terrón de azúcar invisible. Se llamaba Juan Desiderio e iba a ser uno de esos amigos clave que tenemos en la vida. Algunos cumplen -cumplimos- la función de ser testigos, otros la de ser mentores e impulsores de nuestros amigos. Otros somos sus dobles o sus antagonistas futuros. El joven Desiderio era como una canción de Spinetta: fresca, demencial, surrealista e imprevisible en su ejecución. No sé porque motivo para mí la palabra Horacio remite a un pedazo de cuero, otro gran amigo, Alejandro Caravario, suele decir que a él la palabra Roberto le trae la imagen de postigos antiguos. El significante de Desiderio es la palabra flash. Creo que es la que más repite desde que lo conozco: el tema tal lo "flashea", los poemas de Ginsberg le parecieron un "flash", una mujer lo "hiperflasheeo" y uno de los innumerables grupos de rock que fundó en su vida se llama "Cardioflash". También tocó el bajo, cantó o fue guitarra líder de Aguante de Cancha y Hippie Rabioso, dos grupos efímeros que circularon por pequeños locales de Corrientes. Escribió también varios libros de poesía: La Trilogía Sacra, Tos y la ya famosa "Zanjita" que tanto influenció en buena parte de los poetas que empezaron a escribir a mediados de los 90.
Desiderio es un surrealista trasnochado, un neo hippie y un Larkin melenudo y fumeta, ya que al igual que el inglés conservador, es empleado de una pequeña biblioteca que dirige en Parque Chacabuco. Para los que no lo conozcan físicamente, se lo podría describir con cierto aire a Capusotto, pero con un estilo más rocker: sin duda no desentonaría en ninguno de esos posters extraordinarios de The Mothers of invention, la gran banda de Frank Zappa. Siempre me llamó la atención Desiderio no solo por su fantasía desbocada -sistemáticamente desbocada- sino por su gran corazón. Considero a la bondad como un don superior que sólo muy pocos pueden esgrimir. Entiendo por bondad como una natural disposición a perderse en el otro, a ayudar a los demás por encima de nuestra importancia personal. Existe la vocación de poder y la vocación de servicio. La vocación de servicio es la que nos vuelve invulnerables. Recuerdo que la primera versión de mi primer libro de poemas estaba dedicada a "Juan Desiderio, quien recibe señales telepáticas de la belleza y cuyo corazón jamás emite órdenes". Era una dedicatoria bien beatnik, en línea con otra de las características desiderianas: el camino zen o budista, el keroackismo beat.
Desiderio se fue de la facultad misteriosamente y varios meses después me lo encontré en la Plaza Houssey con una túnica blanca y repartiendo volantes con los poemas de Almafuerte. Estaba apelando al desorden de los sentidos. Después se enamoró de una chica y se fue a vivir una temporada a Costa Rica, yo me quedé en su departamento y recibía, cada varias semanas, unas cartas geniales que parecían escritas por Artaud. Pasaron los años y lo dejé de ver durante mucho tiempo pero siempre teniendo noticias suyas que llegaban a través de otras personas. Hace poco recibí un mail donde me decía que nos podíamos juntar a cenar. Nos juntamos. Estaba en gran forma, más desideriano que nunca. Ni bien se sentó me dijo "Qué flash lo de la gripe porcina!", riéndose. Creo que pensaba, como Artaud en el comienzo del Teatro y su doble, en el poder creativo de la peste. A la mitad de la botella de vino me informó que estaba estudiando Taoísmo con unos chinos a los que conoció comprando comida china en una rotisería. Me dijo que había muchos chinos haciendo esto en varias rotiserías del país y que era ahí donde ellos reclutaban a sus discípulos. Me acordé que hace una semana se había abierto una rotisería china a dos cuadras de casa.
A los postres se puso a relatar la historia de Armand Binoche a quién conoció en la biblioteca en donde trabaja y que estaba viviendo en una casa abandonada, casi como un mendigo. Sin embargo, el tipo era un gran lector y hermano de Juliette Binoche, la actriz francesa. Desiderio lo invitó a vivir a su casa y Armand Binoche terminó conquistando a todos sus amigos con su proverbial simpatía. Armand Binoche también era modelo y actor y le dijo a Desiderio que pensaba viajar al extranjero para retomar su carrera. Lo raro es que pese a su indingencia crónica, siempre tenía plata para sus gastos y se encerraba en su pieza a escribir un libro. En un momento, Armand Binoche organizó una serie de fotos en un estudio -que pagó él- para volver a modelar. Pero le exigió a la fotógrafa que le entregara todas las fotos que había sacado. Así que nadie tiene fotos de Armand Binoche. Una mañana le propuso a Desiderio comprar la casa en la que vivían a medias. Desiderio lo pensó y aceptó. Pusieron un día en el que iban a encontrarse para cerrar el trato. El día indicado Armand Binoche -que ya vivía hace meses en la casa de Desiderio- tenía que pasarlo a buscar por la biblioteca para hacer la operación inmobiliaria. Pero nunca llegó. Tampoco estaba en la casa, de donde desapareció. Aunque era pobre, dejó toda su ropa. Lo único que se llevó fueron los cuadernos donde escribía. A la semana, al correo de Juan llegó un mail de una mujer que decía ser la representante europea de Armand Binoche. El mail decía "lamento informarles que Armand Binoche murió en la calle de un paro cardíaco". Un buen cierre de un demiurgo consumado. Pero algo quedó. Desiderio grabó unas conversaciones que sostuvieron sobre metafísica, política y actuación. Me dijo que las piensa desgrabar y publicar.

27 de mayo de 2009

El soldador

por Fabián Casas

Tenemos a un hombre mayor en una cama.
Está por morir.
Es algo que pasa una y otra vez. Ayer, en la plaza,
Olga agarró una paloma con la mano para acariciarla,
pero el animal, por el susto, se murió.
Dentro de una bolsa de plástico
quedó en el tacho de basura.
Pensé mucho en el destino de esa paloma,
en los lentes negros e inmensos de Olga,
y en sus uñas manchadas con esmalte rojo.
El problema es que este hombre mayor es un ser querido.
Y que escribo el poema donde él se está muriendo.
El poema es mío, el hombre mayor es mío.
De estas posesiones surgen preguntas
difíciles de responder.
Un escritor, ¿no debería ir siempre
en contra de su habilidad? Y Aquiles,
¿no tendría que haber bajado un cambio
y cerrado el trato con Héctor?
De todas formas, el hombre mayor va a morir al toque.
Ha decidido hacerlo en su casa,
rodeado de los seres queridos.
El cerebro comenzó a enviar órdenes para que los órganos
se cierren en sí mismos
y empiecen a pasar los títulos
sobre una cara memorable.
Una cara para besar, una sandía jugosa en un día de calor.
Quería ser un soldado pero fue un soldador.
Bajaba la máscara de acero y trabajaba durante la noche
uniendo los destinos de personas
que se rechazaban como órganos implantados.
Aún hoy la gente del barrio comenta
los chispazos de luz y ruido
que el soplete largaba en la oscuridad.
Es el soldador que está trabajando,
decía el que paseaba al perro nocturno.
Es el soldador que está trabajando,
decía la que le pasaba el último trapo a la cocina
antes de acostarse. Me tengo que apurar,
pensaba el joven poeta mientras copiaba y copiaba.
El sueño sudamericano cabe en un mp3,
el sueño de los dioses no nos incumbe,
la pesadilla de los erpios es morir fusilados.
Los que fueron tocados por la gracia del Soldador,
jamás podrán olvidarlo. Publicó lo mejor
y lo peor de Horla City: al montonero que
se arrodilló ante la Reina,
al gaucho psicodélico, a la gorda resentida,
al que esperaba nervioso, sin escuchar a nadie,
que lo invitaran al podio para leer sus poemas.
Olga, la abuela de Baltazar, pasa los días
en una vieja casa de Almagro, la paloma muerta
no ocupa ni un milímetro de sus pensamientos.
Era enfermera, ahora es enferma y corrió
a refugiarse en el evangelismo. Se la puede ver
reseteando la biblia en las esquinas.
Dice Olga:
“Nadie podía tocar su cuerpo
porque todavía no se había presentado ante El Señor”.
Ese Señor fue mi pastor. Recuerden cómo era,
recuerden cómo hablaba.

16 de diciembre de 2008

Zelarayán, el compositor entrerriano

por Fabián Casas

Mateo es un peluquero joven del barrio de Monserrat. Una de sus obsesiones es poder dar un buen servicio a los clientes y que ese servicio se metabolice en un crecimiento de su negocio. También es fanático de los libros de autoyuda que te estimulan para potenciarte y “no decir sí cuando se quiere decir no”. Tiene mucho sentido del humor y chispa al hablar. Hace poco me dijo: “Todos las noches le pido a Dios que haga nacer pibes con dos cabezas”. Esa frase me hizo reir y después me dejó pensando.

16 de julio de 2008

Fabián Casas lee "El spleen de Boedo"


Esta lectura fue el 27 de junio en el ciclo "La manzana en el gusano". Casas leyó algunos poemas de Spleen.

1 de julio de 2008

El Castrador Oculto


por Fabián Casas

Ah, las viejas series! Tenían capítulos unitarios que empezaban y terminaban en el mismo día, aunque algunas siguieran su trama a lo largo de toda la temporada. Las veíamos por la noche, con toda mi familia tirada sobre la cama matrimonial de mis viejos. En ese entonces, seguíamos El fugitivo. Me acuerdo del último capítulo, en el que el doctor Richard Kimble consigue atrapar al Hombre Manco que había matado a su esposa. Un capítulo doble con final feliz y catártico. Ahora la cosa se perfeccionó, se volvió rizomática. Por ejemplo Lost. No me imagino que pueda tener un final satisfactorio para sus seguidores –dentro de los cuales me encuentro–, a esta altura del partido y con cuatro temporadas en el buche. No, me parece que los guionistas no van a poder suturar a Lost cuando deban converger las tramas y subtramas que se fueron desperdigando dentro y fuera de la isla. Creo que Benjamin Linus no quiere producir satisfacción. Con la obra inédita de J.D. Salinger va a pasar lo mismo... [SIGUE ACÁ]

14 de mayo de 2008

Una visita al pediatra


por Fabián Casas

(Sobre la Las aventuras de Barbaverde, la última novela de César Aira)
¿Se zarpó César Aira? Ya leímos en sus libros a indios que hablaban como eruditos universitarios, niñas proletarias que jugueteaban con fantasmas okupas y sectas de gimnastas dispuestos a disputarse el barrio de Flores palmo a palmo. Ahora le toca el turno al cómic como motor de inspiración... [SIGUE ACÁ]

21 de abril de 2008

El bocadillo de Délfor


por Fabián Casas

Sobre la novela “Jill”, de Philip Larkin (1922-1985)

Qué pensarían de un tío viejo y solterón que se la pasa diciendo que los libros son pura mierda y que Picasso, Joyce y Miles Davis representan la enfermedad de nuestra civilización? ¿Y qué haríamos si descubrimos que en el cajón de la cómoda nuestro tío impresentable guardaba poemas hermosos que había escrito después de cenar y lavar los platos? Bueno, ese tío existió y se llamó Philip Larkin, tal vez el mayor poeta inglés posterior a Auden, si es que estos podios le sirven a alguien [SIGUE ACÁ]